Confieso que he emprendido

La verdad es que a poca gente le puede importar lo que uno pueda contar de sí mismo. El círculo privado de cada persona pertenece a lo más íntimo de su ser y, quizá, a quienes más de cerca le rodean, la familia y los mejores amigos. Uno odia esos programas de la cutre televisión actual donde ciertos individuos, que no presentan ningún interés social para nadie, desnudan sus nada relevantes vidas para que sus poco ejemplarizantes acciones se difundan entre esa masa de gente necesitada de llenar sus vacías existencias con las más hueras acciones de tan anodinos personajes.

Y, sin embargo, hay ocasiones en que nos mueve un cierto deseo de externalizar ciertas cosas nuestras, contar al aire los motivos que nos impulsan a obrar de un modo u otro. Se trata quizá del deseo de justificarnos ante el mundo, de contar, por más insignificantes que sean nuestros actos,  cuales son las causas que nos han impulsado a llevarlos a cabo.

Y es que hoy me encuentro en esa situación. Y me gustaría dejar aquí constancia de por qué uno se ha pasado la vida emprendiendo en lugar de siendo funcionario de Hacienda, empleado de banca, abogado, profesor de instituto o cualquier otra cosa tan respetable como esas. Y este deseo que me impulsa a hacerlo viene derivado de cosas que, a fuer de repetidas, cansan a la gente sensata de forma estrepitosa. Me refiero a la impresión que suelen tener muchos de que todos los empresarios son malos por naturaleza y solo buscan la sistemática explotación de quienes trabajan para ellos. Discúlpeseme si para defender mi perspectiva emprendedora recurro a hablar de pedazos de mi vida que quizá a nadie le importen.

El asunto es que allá cuando yo tenía sobre treinta años, un hijo recién nacido y un puesto de cierta entidad en la administración pública comprendí que no quería pasar el resto de mi vida en esa situación y puse en marcha, junto con otros socios, el que sería mi primer proyecto empresarial que duró cerca de veinte años. Lógicamente, me lo jugué todo. De trabajar ocho horas (escasas) cada día pasé a duplicar de media dicha cifra. Y de ganar un salario respetable pasé a dividirlo por tres aproximadamente. Fueron años muy duros, tardé alrededor de 10 años en volver a tener el nivel salarial del que disfrutaba en la administración, por supuesto que nunca volví a trabajar esas, muchas veces añoradas, ocho horas. Pero la empresa que montamos creció, se hizo grande y cuando ya desbordaba nuestras escasas posibilidades de capitalización la vendimos a un grupo que nos inyectaba nueva fortaleza. En el momento de la venta éramos ya cincuenta empleados, cincuenta familias que vivían, comían, pagaban sus hipotecas, alimentaban a sus hijos, etc. gracias a que en un determinado momento decidimos algunas personas abandonar nuestra aburrida comodidad con la idea de entrar en un horizonte mucho más divertido y motivador, aunque mucho más arriesgado y extenuante. Tras vender la compañía, que continuó creciendo, seguí vinculado a nivel ejecutivo con el grupo que la había adquirido y ahí continué hasta que avatares en los que no voy a entrar, para no herir susceptibilidades, me obligaron a abandonarla.

En ese momento, hace ahora dos o tres años, yo podría haber vuelto a una vida cómoda (hay que decir que conservo la excedencia indefinida de la administración pública), sin embargo decidí arriesgar el poco dinero que había acumulado en un nuevo proyecto empresarial. Así nacieron mis actuales compañías, primero Luarna Ediciones y luego Mundo Reader (BQ). Así, de nuevo, a mis cincuenta y tres años, me veo trabajando esas dieciséis horas diarias, avalando con mi patrimonio (que, dicho sea de paso, es bastante mediocre) todas las operaciones de la compañía y, sintiéndome orgulloso, de que en poco más de dos años, nos encontremos en un entorno donde tratamos de ser los mejores y donde más de setenta personas trabajan ya para la empresa en sus diferentes localizaciones de España, China, Argentina y Uruguay. Todo ello en un momento donde parece que el mundo se cae a pedazos y lo mejor es quedarse quietecito en casa.

Quisiera pedir disculpas por el atrevimiento de externalizar estas íntimas cuestiones o de mostrar un cierto orgullo por lo hecho. Pero lo hago porque me gustaría sentar aquí algunas cuestiones que no son solo aplicables a mí sino también a otros muchos emprendedores que conozco. La primera es indicar que, contrariamente a lo que la gente piensa, los auténticos empresarios emprendedores reinvertimos continuamente los beneficios empresariales que logramos. Y ello lo hacemos porque nos interesan más nuestros proyectos que las cosas que podamos adquirir con el dinero que unos dividendos proporcionarían. Nuestras empresas se sustentan en nuestros patrimonios. Esto quiere decir que si las cosas vienen crudas, el banco lo primero que hace es quitarnos la casa que es la que avala la pasta que necesitamos para poder disponer en la empresa del dinero necesario para financiar las operaciones. Nos gusta contratar a los mejores para que estén a nuestro lado y, ciertamente, no nos queda más remedio que despedir cuando las circunstancias lo aconsejan. Y hablando de despidos, no puedo por menos que ser políticamente incorrecto, en el sentido de indicar que, lamentablemente, he tenido que despedir a bastantes personas por distintas causas a lo largo de mi historia empresarial. La primera vez que lo hice no dormí en toda la noche pensando en lo que tenía que hacer al día siguiente. Pasada esa primera ocasión, he de reconocer que siempre ha sido incómoda para mí esta situación, pero mi conciencia está tranquila. Siempre que ha salido alguien de mis proyectos ha sido, bien porque su actitud ponía en peligro el proyecto de todos o bien porque las circunstancias económicas así lo exigían. Pero siempre, absolutamente siempre, he cumplido la más estricta legalidad a este respecto. Y no solo a este respecto, sino en todos. No dudo que exista esa imagen de cierto empresario español incumplidor para sus deberes fiscales, algo malévolo con sus empleados, una pizca de corrupto en sus operaciones con la administración pública, etc. Pero desde luego, yo conozco a muchos más de los esforzados, serios y competentes que de esos otros.

Quiero, por tanto, que esto se convierte en una cierta loa al emprendedor, a quien en lugar de quejarse de las situaciones se enfrenta a ellas e inventa cada día, en función de sus posibilidades, un nuevo camino a seguir. Esa es la auténtica vertiente humana, lo que nos hace ser seres pertenecientes a una especie que ha tardado varios millones de años en evolucionar a lo que es hoy.

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