Deidades

10 de septiembre de 2002

 

El tiempo comenzaba a detenerse a medida que el espacio sentía a la noche posarse sobre él. El sol temeroso de la luna se parapetaba tras las colinas que se perfilaban en el horizonte. La tenue luz del cuarto menguante lunar bañaba de forma mortecina al grupo humano que se apretaba en el interior de la tienda. El crepitar de la lumbre se fundía con el lánguido murmullo de una melodía olvidada. El olor de la hojarasca quemada impregnaba el ambiente cósmico sustentado por ramas algo más gruesas que aquellas que ardían en la hoguera central. Pieles secas, curtidas por el sol del desierto, se cubrían del frío nocturno y cubrían los cuerpos esculpidos por la vida. Desde los enjutos rostros de perfiles aguileños varios pares de ojos entornados comenzaban a vislumbrar a la divinidad. El calidoscopio estaba comenzando a funcionar una noche más, como lo había hecho desde el tiempo primigenio. Los nietos del fuego accedían al espacio de la divinidad, atravesaban sus mentes en dirección ascendente hacia el más profundo de los abismos. Los cuerpos perdían la corporeidad y ganaban la infinitud. El ceremonial estaba en marcha, las conciencias escapaban pausadamente entrelazadas con los efluvios gaseosos del hogar ardiente.

Los átomos de sus cuerpos se mezclaban con el ambiente circundante, lo numinoso eran ellos, eran dioses. Nada podría discurrir de un modo diferente pues era así. Así es. Ni fue, ni será, sencillamente es. No existe el tiempo. Han olvidado la palabra que los colonizadores intentaron grabar a fuego y sangre; han olvidado el tiempo, el espacio se ha recuperado. Se contemplan a sí mismos como seres luminosos, hijos del Fuego y de la Tierra, hermanos del Agua y del Viento, son el espacio, son el medio, son la Naturaleza. El espacio ocupa nuevamente, como siglos atrás, su mente, ya no existe el tiempo.

Comer a la deidad. Que pasara a través de los intestinos era la comunión aprendida y hoy olvidada, comunión que también quisieron quitarles, comunión que sintetizaron en fríos laboratorios, comunión que pervirtieron. Los centros neuronales que en sus cerebros se encargaban de organizar la percepción dialogaban con la deidad, conectaban con el mundo. Construían el espacio. El Tiempo ha muerto. Nunca existió. Jamás nació

Alfonso Fraguas-Bravo

Sobre Alfonso Fraguas-Bravo

Doctor por la Universidad Complutense de Madrid. Aplica las tecnologías de la información y la comunicación en arqueología, con especial énfasis en el arte rupestre del continente africano y el desarrollo de Infraestructuras de Datos Espaciales (IDE). Dedicado a las tecnologías de la información y comunicación hasta de 1999, obtuvo diferentes becas de introducción a la investigación del Consejo Suprior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de Formación de Profesorado Universitario del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD). Ha participado en trabajo de campo en excavaciones y prospecciones en España, Francia, Sudán y Etiopía. Ha escrito multitud de artículos y varios libros sobre informática y arte rupestre prehistórico. Obtuvo el primer premio de relato breve de I.E.S. Hortaleza II con el cuento Canción de muerte en 1987. Fue finalista del primer Certamen Universitario de Generación de Conocimiento Arquímedes del MECD con el trabajo Las formas del paraíso: Psicotropismo y producción social del arte premoderno en 2002.

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