Emprendiendo (II. La elección del proyecto)

Lo normal es que el proceso de emprendimiento suela comenzar en la cabeza del emprendedor acariciando la idea de aquello que quiere poner en marcha. Encontrar esa idea, saber darle forma, concretarla, es algo crítico para el devenir posterior de las cosas. En general, tendemos a creer que los proyectos fracasan por problemas financieros, organizativos, por no haber sabido llegar al nicho de clientes necesarios… Yo creo que la principal causa de fracaso es el hecho de no haber seleccionado la idea de proyecto adecuada.

Idea de proyecto

 

Ciertamente, el proceso por el que se llega a un emprendimiento no siempre es el mismo. Podemos dividir este camino según una doble tipología. por un lado los proyectos que nacen de una idea del emprendedor y que luego van tomando forma organizativa para dar sentido a la mencionada idea. Y por otro los proyectos que son consecuencia del deseo de emprender, es decir aquellos en los que se quiere emprender algo, sin saber muy bien qué, y se busca la idea adecuada para ello. Personalmente creo que la mayoría de los proyectos son del primero de los dos tipos mencionados. Y no creo que eso sea del todo bueno. Iremos viendo por qué a lo largo del artículo.


“Yo creo que la principal causa de fracaso es el hecho de no haber seleccionado la idea de proyecto adecuada.”


 

Es bastante común que el emprendedor parta de lo que considera una idea magnífica para llevar a cabo. Es “su idea” y quiere desarrollarla. Lo primero que debemos hacer, cuando surge este proceso en nosotros es someter a la crítica más fuerte que podamos la idea concebida. Y ello porque en la mayor parte de los casos partimos de concepciones engañosas de las cosas. Pensamos que hemos descubierto algo grande, que los demás nos van a quitar nuestro producto de las manos, que mi idea es lo más original que se ha concebido desde hace mucho tiempo. Y todo esto, salvo en contadísimas ocasiones, es absolutamente falso. Por ello, cuando nos entre tamaño virus deberíamos seguir este proceso:

  1. Contar con un enemigo de la idea. Si nos lo podemos permitir, deberíamos sentarnos en una larga sesión con algún amigo relativamente sensato y dedicar mucho tiempo a comentar los distintos extremos de aquello que se nos ha ocurrido. El emprendedor tomará el rol de defensor de la idea y pediremos a nuestro amigo sensato que trate de poner sobre la mesa todas las críticas o simplemente dudas que se le ocurran. Lo normal es que pocas ideas sobrevivan a una sesión como esta.
  2. Sea que lo hayamos hecho como se indica en el punto 1 o sea que nosotros mismos tomemos ambos roles, lo que está claro es que deberíamos tener muy en cuenta las cuestiones que se reseñan en los siguientes apartados.
  3. Si no logramos superar este proceso quizá lo mejor sea dejar aparcada nuestra grandiosa idea… ¡O no!  Muchas cosas han salido adelante por la genialidad de sus impulsores a pesar de tener a todo el mundo en contra. Contrariamente a lo que yo diga aquí, es conveniente que cada uno haga su camino. Y, por supuesto, sin miedo al fracaso. Solo aprendemos de nuestros fracasos, no de los que padecen los otros.
  4. Y si lo logramos superar, ¡pues adelante! Piensa que el azar es tremenda fuerte en la vida de las personas y más allá de todo lo racional que hayamos querido hacer nuestro proceso, habrá miles de factores no tenidos en cuenta que lo harán fracasar o triunfar.
  5. No obstante, hayamos salido de este árbol de decisiones por 3 o por 4, conviene que hagamos el proceso, aprenderemos más de nuestro proyecto y seguro que nos ayuda a cometer menos errores. Sigamos, pues los puntos reseñados.

¿Necesita el mundo mi idea de producto o servicio?

Lo normal es que esto sea el punto de partida ideal. Imaginemos que nuestra idea consiste en fabricar sensores para detectar si los yogures que tenemos en el frigorífico han caducado o no. Como idea nos puede resultar excepcional, pero en principio desconocemos si el mundo va a necesitar dicho producto. Evidentemente, acertar en este proceso es algo sumamente azaroso. Podemos tener ideas brillantes pero totalmente alocadas en cuanto a la forma práctica de ponerlas en el mercado, productos que el emprendedor compraría de mil amores, pero que quizá nadie más en el mundo esté dispuesto a llevarse a casa, servicios que han surgido en nuestras cabezas como consecuencia de nuestra educación, de nuestras ideas, de nuestros sueños, pero que no soportarán el contraste con el mundo real. Y, por supuesto, también habrá ideas brillantes, productos totalmente diferenciales, servicios que lleguen a sus usuarios por caminos absolutamente directos. Solo hemos de tener en cuenta que encontrar uno de estos últimos casos es tan difícil como encontrar una aguja en un pajar. Pensemos en Steve Jobs cuando saca al mercado el Iphone, en Larry Page y Serguei Brin cuando conciben Google como en servicio de búsqueda en intenet, en Daimler cuando construye el primer automóvil con tecnología de motor de combustión. Y en tantos otros que han tenido éxito en sus proyectos.

Pensemos en el catastrófico negocio que han soportado muchos de los productores de apps para móviles. Atraídos por algo novedoso, por un nuevo entorno de comunicación, los humanos hemos creado cosas estupendas, pero también unos bodrios infumables. La duración media de una app en nuestro movil es de escasos días. Nos enteramos de algo, lo descargamos, lo usamos una vez y nos lo quitamos de encima, cuanto antes. Y, sin embargo, muchos emprendedores han basado sus ideas de negocio en la creación de una de estas apps. Por cada uno que ha triunfado hay decenas de miles que han fracasado. ¿Qué ha pasado? Sencillo, el mundo no necesitaba ese servicio.

El éxito tampoco tiene por qué ser algo estruendoso. Si nuestro objetivo es llegar a hacer lo mismo que Elon Musk con Tesla, a lo mejor lo logramos, pero quizá nos hemos puesto el listón demasiado algo. Ideemos proyectos que puedan tener un hueco en el mercado, que sean capaces de llegar a su público objetivo, que puedan aportarnos rentabilidad y no llevarnos a la ruina. Si conseguimos solo esto, probablemente ya podremos hablar de que nuestro idea se ha constituido en un proyecto de éxito.

 

¿Existe un mercado para mi producto o servicio?

Lo primero a distinguir aquí es si lo que tenemos en mente es poner en marcha un negocio que no aporta nada nuevo pero que simplemente es algo que deseamos hacer. Algo dentro de los negocios usuales, un restaurante, una panadería… O si, en cambio, será un elemento disruptor de los mercados. Es la diferencia entre montar un bar en una manzana donde ya hay otros tres o concebir un servicio para compartir vehículos que en unos pocos meses rompe todas las reglas del mercado imperante.

El primero de los casos, por más que no nos lo parezca, también es un emprendimiento. Tendemos a considerar proyectos de estas característica solo a aquellos sumamente novedosos y más si tienen un componente tecnológico. Y no es así. Los emprendimientos empresariales son cualesquiera que ponen en marcha los emprendedores con la idea de que se conviertan en un negocio que pueda ayudarles a llevar su vida adelante, da igual qué características tengan.


“¿Cabe lo que nosotros vamos a ofrecer en el consumo actual? Esa es la primera pregunta que debemos hacernos.”


 

Pero volvamos a las diferencia entre ambos tipos porque según en cual de ellos podamos catalogar el nuestro deberemos llevar a cabo un análisis u otro. Desde luego, en el caso de la taberna, el asunto estará en un claro análisis de demanda entre la ya existente. ¿Cabe lo que nosotros vamos a ofrecer en el consumo actual? Esa es la primera pregunta que debemos hacernos. Si el resto de los locales tienen dificultades para sobrevivir malamente podremos hacerlo nosotros. Si están hasta los topes y no consiguen satisfacer toda la demanda que se les presenta, es probable que tengamos un hueco en ese mercado. Pero también podemos tratar de ser diferenciales. Es decir, ofrecer un producto o una forma de dar ese producto diferente a la que los demás emplean. El análisis de este caso suele ser muy parecido al del segundo tipo. En ambos se plantea algo nuevo, algo no sujeto a las reglas actuales de la oferta y la demanda. Y en ambos hay que arriesgar fuerte. No sabemos en principio si el mercado aceptará aquello que le ofrecemos. Sin embargo es en esta clase de proyectos donde, si logramos no fracasar, podemos tener los mayores éxitos. Pensemos, por ejemplo, en Airbnb cuando en el negocio del hospedaje turístico, surge con un cambio absoluto de las reglas. Se actúa aquí de modo disruptivo, se rompe el mercado actual y las reglas nuevas hacen que operadores antiguos sucumban por no poder adaptarse.

Mientras que en los negocios del primer tipo (bar de la esquina) un simple análisis de demanda puede ayudarnos. En los del segundo tipo (disruptivos por ofrecer nuevas cosas o nuevas formas de ofrecer las antiguas) nos ayudará más nuestra intuición, el estar inspirados, quizá alguna encuesta… y la suerte, ¡claro!

 

¿Tendré la capacidad operativa, financiera o tecnológica de llevar a cabo mi proyecto?

Los humanos solemos engañarnos tremendamente en la visión de las cosas que nos afectan. En unos casos de forma demasiado positiva y en otros de forma bastante negativa. Entrar a tratar esta cuestión con un fiel de la balanza ajustado no es simple, pero es necesario para no dejarnos arrastrar por el engaño y caer con facilidad en el fracaso.

La pregunta objeto de este epígrafe casi puede reducirse a la capacidad económica simplemente, ya que si esta se tiene, fácilmente se pueden conseguir las otras dos. Pero como no es frecuente que el emprendedor en sus inicios ande sobrado de recursos, lo mejor será que se cuestione todas las cosas.


“Hay negocios que son intensivos respecto a las necesidades de capital. Y debemos analizar el nuestro para ver si de será de ese tipo.”


 

El asunto es que podemos tener una idea brillante, pero carecer de las herramientas para ponerla en el mercado en forma de producto o servicio. Hay negocios que son intensivos respecto a las necesidades de capital. Y debemos analizar el nuestro para ver si de será de ese tipo. Si lo es ya os digo que será muy difícil ponerlo en marcha confiando en posibles inversores o ayuda bancaria. Normalmente, los sectores económicos son muy conservadores y solo apuestan por lo que ya da visos claros de estar funcionando. Mi consejo a este respecto es que penséis en proyectos que no requieran en sus inicios aportaciones masivas de capital. Si en un tiempo os comienza a ir bien, si vais generando caja, si el proyecto va tomando un camino razonable, es entonces mucho más fácil hacer rondas de financiación y que los inversores os apoyen.

Pero, trascendiendo lo económico, este mismo análisis debemos hacerlo para nuestra capacidad en las operaciones o en el ámbito técnico. Podemos, tener una idea genial a llevar a cabo a través de elementos tecnológicos, pero si carecemos absolutamente de competencias en dicho ámbito, será difícil que podamos concretarla. Deberemos entonces buscar el socio adecuado, ya que si lo intentamos solos lo más probable es que no logremos ponerla en marcha de forma correcta. Igual puede suceder en el asunto de cómo plantear las operaciones. Imaginemos un contexto donde nuestro factor diferencial va a consistir en un modo de organizar el planteamiento de un servicio para que lograr ofrecerlo al mercado en un tiempo mucho menor que el actual o de una forma mucho menos intrusiva para el cliente. Si nuestra experiencia en ingeniería de operaciones es nula, será bastante probable que partamos de principios falsos y de que no sepamos organizar las cosas con claridad para lograr el objetivo operativo reseñado.

 

¿Cuantas personas puede haber en el mundo en este momento pensando lo mismo que yo?

Esta es una pregunta clave antes casi de comenzar con el análisis de las anteriores. He conocido a personas que me contaban ideas más que interesantes, pero de las que ya conocía yo unas cuantas docenas en el mercado o fraguándose en ese momento.

No nos engañemos, hay pocos pensamientos originales. Lo normal es que para cualquier cosa que se nos ocurra, existan en ese mismo momento de tiempo algunos centenares o miles de personas que están ideando lo mismo. Los siete mil millones de habitantes de este puñetero planeta hemos de coincidir en demasiadas cosas.

Sentado esto, lo importante es que decidamos si nos importa o no el hecho de que esta faceta se dé. Es decir, si mi idea de negocio podrá salir adelante más allá de que haya otras personas en el mundo que estén montando proyectos iguales o parecidos al mío. Si pensamos que este hecho no es relevante y hemos superado el análisis de los dos puntos anteriores, pues ¡a por ello! Pero si no es así y no existen demasiadas barreras ni económicas ni tecnológicas para poder abordar el proyecto, ¡cuidado! Podemos estar metiéndonos en un mercado que nace ya saturado y que, por tanto, prácticamente garantiza nuestro fracaso.

 

La influencia de nuestra personalidad

Ya lo he mencionado antes, pero lo repito aquí intentando darle algo más de sistematicidad. Nos engañamos mucho los humanos. Nuestros sueños, nuestros deseos, aquellos elementos que han forjado nuestra personalidad nos influyen de forma relevante. Nos ayudan en ocasiones, pero en otras nos restan claridad de ideas, capacidad de análisis. Y a la hora de montar un proyecto, creo que es más importante el análisis que los sueños. Quizá esto no le guste a algún emprendedor soñador, pero es mi punto de vista y lo que la experiencia me ha ido demostrando.

Por ello, hemos de hacer un fuerte análisis introspectivo sobre nosotros mismos. Tratar de encontrar las fuentes internas de nuestra idea y separarla de cuantas raíces la engarcen con esos factores de nuestra personalidad. Pensémosla fuera de nosotros, tratemos de imaginarla siendo sustentada por otra persona distinta. ¿Soporta esta visión? Pues, ¡adelante! Pero si no lo hace, sometámosla un fuerte proceso de análisis para ver hasta qué punto es viable.

Pensemos en esa persona que ha pasado la vida soñando que deseaba montar un restaurante y pelear por tener una estrella Michelín. Muy atractivo, claro. Pero hasta qué punto dicha idea es capaz de superar todos los análisis aquí propuestos o simplemente es un sueño sin demasiados fundamentos, ya que carecemos de cualquier elemento para ponerlo en marcha. No tenemos capacidad económica, apenas si sabemos cocinar… Mal asunto. Dejemos los sueños en los sueños.

Concluyendo por hoy

En fin, la elección del proyecto es algo complejo. Esta es la principal idea que me gustaría dejar en este capítulo. No es algo baladí y hemos de dedicarle tiempo y análisis. No dejarnos llevar por impresiones engañosas derivadas de ideas falsas, de nuestros sueños o deseos que tergiversan la realidad de las cosas o de análisis de capacidad insuficientes.

Como he comentado que en este serie de artículos me gustaría dejar también retazos de mi propia experiencia. En la próxima entrega mencionaré los inicios de dos de mis proyectos: Grupo EIDOS y Luarna Ediciones, por si sirven de enseñanza para que el lector pueda sacar sus propias conclusiones al respecto.

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