Internet y el cambio social

El objetivo de esta comunicación es reseñar la opinión del autor acerca del impacto que Internet, y en general las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), están teniendo en la organización social y cómo se convierten en catalizadoras de múltiples manifestaciones de cambio.

Ya anticipo a la audiencia que no estamos ante una ponencia de índole académica. Trataré sólo de aportar mi visión, los hechos que cada día observo desde mi posición de persona interesada en los temas sociopolíticos. No es mi objetivo recoger las múltiples aportaciones bibliográficas o de investigación que sobre los aspectos sociológicos del cambio impulsados por Internet, se estén haciendo en las distintas universidades del mundo. A este respecto, mis pretensiones son sólo las de hacer reflexionar a la audiencia sobre este trascendental fenómeno de transformación social que estamos viviendo. Con ello ejemplifico una de las conclusiones que más tardé presentaré en la comunicación, aquella que indica que cualquier ciudadano tiene hoy en Internet un motivante canal para dar su opinión sin que la misma deba pasar por formas tradicionales, élites u organizaciones que la filtren o condiciones.

La hipótesis de partida en la argumentación comienza por suponer que el enorme desarrollo de las infraestructuras tecnológicas actuales está fomentando numerosos cambios sociales, algunos de ellos vinculados con la configuración de un nuevo rol de ciudadano interconectado con más capacidad de participación política, otros relacionados con cambios sociales, demográficos y económicos, derivados fundamentalmente de un nuevo enfoque en cómo el individuo se relaciona con el trabajo y la propiedad intelectual de su fruto.

 

Una infraestructura de comunicación global

Quizá la característica fundamental que denota a nuestra época es la de la comunicación global. Hace años era impensable que cualquier persona en tiempo real pudiera conectar con cualquier otra a lo largo de todo el planeta, de forma independiente a la ubicación en que cada uno de ellos se encontrara. Una vez emitida esta frase el lector puede pensar que no es del todo cierta, ya que algo parecido podíamos denotar que sucedía ya en nuestro mundo, al menos desde el invento del teléfono y el aprovechamiento de las ondas hertzianas para la transmisión de contenidos, es decir, al menos durante la mayor parte del siglo XX.

Pero realmente hay matices que claramente diferencian las comunicaciones en nuestro mundo de aquellas que se desarrollaba hace poco menos de un siglo. Podemos mencionar algunos cruciales, por ejemplo, el progreso de la tecnología espacial que ha hecho posible la comunicación global a través de satélites. Allí donde las comunicaciones desplegadas a través de distintos medios a nivel terrestre no pueden llegar, lo consiguen las transmisiones vía satélite que hoy tienen absolutamente controlada hasta la más recóndita zona de nuestro planeta. Así, la localización GPS representa una buena muestra de esta afirmación. La geolocalización es una de las disciplinas que posibilita en nuestro mundo el auge de la comunicación global y algunas de las tecnologías derivadas de ella revolucionan a diario nuestra vida cotidiana. Como prueba, sólo tenemos que observar los navegadores que se han convertido en herramientas imprescindibles para mejorar nuestra conducción y que cada día nos ofrecen más servicios, tales como el estado del tráfico en directo y otros similares. No está muy alejado el día en que una combinación de la geolocalización con la posibilidad universal de comunicación inalámbrica y el desarrollo de tecnologías de detección por radiofrecuencia u otras similares nos permita dar grandes pasos, si no en la conducción automática, sí, al menos, en un tipo de conducción fuertemente asistida. De hecho, la construcción de una carretera presenta ya numerosas complejidades tecnológicas. Debajo de nuestras ruedas tenemos ya no sólo bloques de cemento sino también intrincadas redes de fibra óptica y sofisticados dispositivos de electrónica de red que sirven para conectar paneles de información, controlar cámaras y radares, facilitar telefonía de emergencia y un largo etcétera. Poner más valor en esas redes será sólo cuestión de tiempo.

Pero en este ámbito de las infraestructuras no podemos olvidar aquellas que más se han   desarrollado y, también, que más han cambiado en estos últimos años. Nos referimos a la emisión de contenidos, sea por radio o televisión, y a la telefonía. Cuando nos referimos a las dos primeras, tenemos que hacer referencia a una palabra fundamental en este entramado de cambio social actual al que nos estamos refiriendo, se trata de los contenidos. Tanto la radio como la televisión, los modernos y mucho más veloces sucesores de la imprenta, tienen la misión fundamental de transmitir contenidos para su conocimiento por parte de la población. Cuando nos referimos a la telefonía, la categoría a la que tenemos que hacer referencia es comunicación.

El problema que nos encontramos en las épocas más primitivas de desarrollo de estas tecnologías (segunda mitad del siglo XX) es la falta de una clara identificación de los medios eficaces para su desarrollo. Así, las grandes infraestructuras de radio y de televisión, es decir de emisión de contenidos, se desarrollaron a través de ondas de transmisión aérea, mientras que el hilo de cobre se constituyó en el elemento crucial de la comunicación. Pero esta asignación tecnológica tenía un potente error en su base y es que la posibilidad aérea de la transmisión de grandes cantidades de datos libres de errores no resultaba ideal por sus limitaciones. Igualmente, el hecho de que la comunicación tuviera que estar ligada a un cable representaba para la comunicación universal una fuerte limitación, ya que cada individuo debía desplazarse a un lugar concreto conectado por cable para poder usar el teléfono. Es con el paso del tiempo que se produce una importante mutación tecnológica en este ámbito de cosas. La aparición de la telefonía móvil por un lado y el desarrollo de la transmisión óptica adecuada como canal de gran capacidad y velocidad para los contenidos digitales por otro, dejaron las cosas en su sitio. Con la telefonía móvil se lograba el objetivo del acceso universal a la comunicación y los contenidos y con la posibilidad de transmitirlos a través de potentes redes de fibra se lograba también la posibilidad de la capacidad y la velocidad de transmisión de información.

Faltaba ya sólo un importante paso que dar para lograr ese mundo interconectado globalmente que hoy nos caracteriza, se trata de la bidireccionalidad, es decir, de la posibilidad de que cada individuo no sea un mero receptor de información sino alguien que interacciona con otros individuos y que también crea parte de esos contenidos. Este paso lo dio Internet. La red de redes no es más que un conjunto de protocolos que explota el uso de las infraestructuras ya mencionadas. Se basa en ellas y es fruto de ellas. Internet, a su vez, se nutre del enorme auge que las operadoras dieron a tecnologías como la ADSL que universalizaron el acceso a la misma, con el suficiente ancho de banda como para que el acceso a los contenidos y la conectividad se convirtieran en una experiencia agradable y no en un suplicio.

Sin duda, el enorme avance en cuanto a las infraestructuras de la comunicación es la base en que se sustenta cualquier posible transformación que Internet pueda estar aportando a la sociedad. Cada avance en este ámbito hace que nuestras posibilidades se vean absolutamente potenciadas. La banda cada vez más ancha en las transmisiones terrestres, los avances en la geolocalización, las tecnologías inalámbricas del tipo WiFi, WiMax, 3G, etc. son elementos que aportan más capacidades al individuo y, por tanto, le hacen más libre. Las lagunas de conectividad que puedan existir van cada vez cubriéndose más, así, por ejemplo, a WiMax le seguirá WiBro que tiene mucho mejores prestaciones en cuanto a posibilidad de conexión inalámbrica cuando nos movemos en vehículos a gran velocidad.

Podemos poner decenas de ejemplos acerca de cómo la garantía absoluta en cuanto a posibilidades de comunicación es un principio que cada vez se cuida más. Quien iba a pesar hace años que cualquier ascensor pudiera tener una línea telefónica asociada para garantizar que ante un problema podamos conectar con un servicio de emergencia. El acceso a la conectividad se está convirtiendo en un derecho básico de los ciudadanos en los países desarrollados. Hace poco, uno de los operadores de comunicaciones fundaba una campaña de publicidad en un slogan de esta índole. Es probable que no pasando mucho tiempo la realidad supere a la ficción; es posible que en el futuro ese tipo de derechos esté reconocido en las constituciones políticas de los países democráticos.

En nuestro mundo actual, la posibilidad de acceso global a la red facilita la llegada del principio de la conectividad absoluta. El individuo se mueve en un entorno donde los otros siempre están disponibles a demanda, pero donde se puede también mantener la individualidad querida, ya que cada uno es libre de estar o no en conexión.

Sin embargo, Internet en sí misma no ha traído el fenómeno de la intercomunicación global. Las primeras tecnologías de Internet: mail, http, ftp…, es decir, aquellas que se difundieron fuertemente a principios de los años noventa del siglo pasado, no eran aún tecnologías que se estuvieran empleando de forma interactiva en todos los sentidos que hoy conocemos. Han tenido que pasar casi veinte años para que la red dé un paso más y se convierta en lo que hoy se viene a denominar Web 2.0. Bajo esta denominación tratamos de denotar un sistema de comunicación que ya trata de ser absolutamente bidireccional, un universo donde los blogs, las redes sociales interactivas, la creación común de contenidos libres, y un largo etcétera de elementos de este tipo son los que realmente dan al individuo concreto la posibilidad de influir en su sociedad y fomentar, por tanto, el cambio en la misma.

Sea como fuere, conviene que resumamos, algunos de los efectos más estremecedoramente positivos (más tarde veremos también algunos negativos) que este enorme auge de las tecnologías de la información y las comunicaciones presentan. El que más a primera vista nos aparece es, sin duda, el de la velocidad con la que las hechos pueden ahora suceder. Antes del auge de la red las operaciones necesarias para la transmisión y procesado de información enlentecían la transmisión de la misma. Hoy el correo electrónico (gestionado en sus distintos dispositivos), se convierte en una potente herramienta de escalado de problemas y toma instantánea de decisiones. Todo sucede a una velocidad de vértigo y la información de los hechos esta cada vez más sincronizada con el momento en que los mismos acontecen. Pero el concepto de velocidad no es el único que nos salta a primera vista; también lo hace el de seguridad. La actual infraestructura de comunicaciones deja al hombre menos solo ante los problemas. La telefonía móvil, las posibilidades de acceso a través de redes inalámbricas hacen que todos tengamos la posibilidad de solicitar ayuda de forma inmediata. También existe otro concepto de gran relevancia y es el que podemos denominar dinamización del entramado social. Las ideas se difunden de manera inmediata. El hecho de que cada vez haya más personas participando en la creación de ideas y debatiendo acerca de las mismas, hace que el mundo se dinamice y diversifique. Además, la universalidad del acceso nos da también unas ingentes posibilidades de convocatoria que hacen que la difusión de cualquier evento pueda hacerse de forma inmediata y multitudinaria.

 

Una red de ciudadanos globalmente interconectados

A la base del cambio social que Internet está fomentando cada día se encuentra la figura del ciudadano interconectado. Alrededor del fenómeno de la democracia se vertebran un conjunto de elementos que son los realmente dinamizadores de las sociedades donde la libertad es un valor no sujeto a discusión. Uno de los cruciales es el de la participación ciudadana en el debate político y su influencia en la toma de decisiones a través de las opiniones vertidas en el mismo. El protagonista de El factor humano de Graham Green dice “El gobierno habla de democracia, pero no le presta la menor atención a nuestras pancartas y consignas. Excepto en época de elecciones” (Green, 1982). Ahora los ciudadanos tienen una capacidad de comunicación y asociación mucho mayor de la que le daban las pancartas y consignas en las manifestaciones u otros foros similares. Tienen la fuerza de poder conectarse y difundir ideas en grandes redes a lo largo de todo el mundo, por encima de sus diferentes gobiernos, de sus diferentes idiomas y ámbitos culturales. Y esta fuerza es irresistible por las posibilidades que da a cada ciudadano concreto de defender sus ideas sin limitaciones geográficas o temporales de ningún tipo. Cuando hace años una asociación deseaba difundir un mensaje, transmitir una idea, convocar a la población a una protesta, las posibilidades eran muy limitadas. Hoy, organizaciones como Greenpeace, Amnistía Internacional, los movimientos antiglobalización, etc., son capaces de aunar las voluntades de millones de personas en pocas horas. Este es el poder de la comunicación, es lo que Javier Cremades, denomina Micropoder o lo que es lo mismo, la fuerza del ciudadano en la era digital (Cremades, 2007).

La fuerza del ciudadano frente al poder político siempre ha estado vinculada a su potestas, a su capacidad de influencia. Las posibilidades de comunicarse entre sí los individuos, de asociarse para conseguir fines de orden social han estado siempre a la base de sus posibilidades de influir en las sociedades donde se asientan. La imprenta es el primer gran avance a este respecto, A través de ella se contribuye a difundir ideas y a hacer que aquellas emitidas por unas personas fueran recibidas por otras, debatidas y asumidas como propias. Desde luego, antes de la imprenta esto ya era posible, pero se encontraba restringido al reducido número de personas que podían tener acceso a la lectura y a ejemplares penosamente confeccionados a través del esfuerzo escribanil de los monjes en los monasterios o de otros contextos parecidos. Con la imprenta se consigue una cierta democratización de las posibilidades de comunicación. Las ideas pueden llegar a más gente en tanto que las posibilidades de reproducción de los contenidos se disparan al poder ser producidos los libros de manera no artesanal. Si a ello unimos la mejora en los sistemas de transporte podemos concluir que la imprenta está a la base de las primeras revoluciones burguesas. Un segundo hito importante en cuanto a la masificación de la comunicación de ideas lo tenemos en el siglo XX con el auge de la prensa escrita, rápidamente producida y difundida, así como con los inventos de la radio, el teléfono y la televisión. Las grandes revoluciones del siglo XX no hubieran sido posibles sin la existencia de estos medios y su acceso masivo a los mismos por parte de la población. Sin embargo, desde la imprenta a los medios del siglo XX estamos en un camino de una sola dirección, de las élites a los individuos. La influencia de cada individuo concreto en la elaboración de ideas políticas generales no era aún demasiado posible. Es en el mundo actual, cuando el ciudadano interconectado a través de Internet puede ejercer una influencia omnímoda en la toma de decisiones políticas. El canal principal, de las élites a los individuos, se está sustituyendo por un camino bidireccional donde todos contribuyen a crear los elementos políticos, sociales y de convivencia en que cada sociedad se asienta.

Pero no nos dejemos llevar por los mitos que alrededor de Internet como herramienta de participación se crean en nuestro mundo. Es común que hablemos de ciberdemocracia, pero este concepto no va más allá de la posibilidad de usar los medios telemáticos para que el individuo pueda votar. Quizá se haga extensivo, según algunos autores y corrientes, a una especie de democracia directa donde cualquier decisión pueda ser consultada on-line a los ciudadanos. El empleo de Internet como elemento dinamizador de la participación ciudadana fomentado por los partidos y organizaciones políticas tradicionales, el empleo de la red como elemento encuestador sobre los deseos de la población, todo ello no son más que manifestaciones arcaicas donde se considera al individuo como un auxiliar del poder y a la red sólo como un elemento de nexo entre el estamento que ejerce el poder político y los ciudadanos que han cedido el mismo a sus dirigentes. Desde nuestro punto de vista, la revolución de Internet es más profunda y hoy se está llevando a cabo sin que muchos de nuestros intelectuales y políticos se estén dando cuenta. Esta revolución trasciende los fetiches mencionados y se centra en algo que va más allá de los mismos y que podemos caracterizar por el aumento de capacidad de los individuos gracias a la posibilidad de interconectividad global que Internet les facilita. Nuestros jóvenes y adolescentes son los artífices de esa visión transformadora; cada vez que participan en la blogosfera, cada vez que contribuyen a crear la monumental Wikipedia, cada vez que prestan su apoyo a una campaña de Amnistía Internacional, cada vez que acuden o convocan, a través de la red, a cualquier evento sea presencial o virtual, están creando ese nuevo mundo donde las posibilidades de asociación y participación en la vida política se disparan.

Y es que hemos de considerar que las posibilidades reales de los ciudadanos de intervenir en el cambio social, de participar en la creación de nuevos ámbitos políticos de libertad, son directamente proporcionales a su capacidad de asociación. Es decir, que si muchas personas confluyen en defender una misma idea, las posibilidades de que dicha idea influya en los poderes públicos es mucho mayor que cuando la defensa se realiza por sólo una persona o por una minoría. Hoy los ciudadanos interconectados globalmente sin límites de estados, de fronteras o de idiomas son capaces de presionar e intervenir continuamente en el acontecer político del mundo. Y ejemplos no nos faltan, desde la gran movilización mundial contra la guerra de Irak, o la más reciente contra las actitudes Chinas en el Tibet, pasando por las convocatorias vía SMS para protestar por la actitud del Partido Popular tras los atentados del 11-M.

Las sociedades más dinámicas son aquellas donde la participación ciudadana es mayor, donde la sociedad civil constituye un entramado donde todos los miembros de la misma se sienten partícipes y cooperantes. No cabe duda que el canal de comunicación que constituye Internet fomenta la vertebración de la sociedad civil en tanto que facilita la libre comunicación entre todos sus miembros.

 

Distintos planos de acceso y comunicación

Resumamos levemente lo avanzado y detengámonos, ahora, en categorizar algunos de los conceptos tratados. Nuestra hipótesis de trabajo es la siguiente: Vivimos una época de fuerte avance en las tecnologías de la información y las comunicaciones. Los avances creados están facilitando la capacidad del individuo para ejercer su acción en el ámbito de las decisiones políticas. Esto se debe a que la capacidad digital de intercomunicación y de creación y acceso a cualquier tipo de contenidos facilita la libre cooperación, la transmisión de ideas sin la mediación de élite alguna y la creación de redes de opinión que trascienden las organizaciones políticas convencionales, los gobiernos y las propias culturas y lenguas. Los ciudadanos así organizados ostentan un poder de influencia enorme en el ámbito de la política y se convierten, de este modo, en agentes del cambio social.

Esto sucede debido a una serie de posibilidades que podemos categorizar en los siguientes planos:

  • Cada vez es más posible el acceso universal a la red, en cualquier momento y desde cualquier lugar.
  • La red nos da la posibilidad de establecer un canal privado de comunicación uno-a-uno con cualquier otro individuo.
  • La red nos da la posibilidad de establecer un canal de comunicación del tipo muchos-a-muchos. Se centra en lo que podemos denominar redes sociales.
  • La red nos da la posibilidad de difundir, en una comunicación del tipo uno-a-muchos contenidos creados por el propio individuo sin la mediación de ninguna élite que controle los parámetros de dicha comunicación.
  • La red nos da la posibilidad de participar en la creación común de contenidos. Como producto de esta posibilidad aparecen fenómenos como la Wikipedia o el software de tipo Open Source.
  • La red nos da la posibilidad de acceder a cualquier contenido (teniendo en cuanta las posibles limitaciones de derechos)

 

¿Es posible la comunicación libre sin control por parte de una élite?

 Hay otro fenómeno que aún no hemos resaltado convenientemente y es que la revolución social que estamos viviendo tiene a su base un importante fenómeno y es que las élites están perdiendo su capacidad de generar, difundir y controlar la información. Con la universalización del acceso a Internet, cada individuo concreto tiene el poder omnímodo de crear y compartir sus propios contenidos, participar en redes sociales, contribuir a la creación de contenidos abiertos y un largo etcétera de posibilidades que, sin duda, transformarán la realidad que vivimos en los próximos años.

Para crear contenidos socialmente influyentes hasta nuestra época no sólo hacían falta las ideas necesarias sino también el acceso a canales elitistas de control y gestión de la información (editoriales, emisoras de radio, canales de TV, etc.). Los denominados medios de comunicación de masas que, normalmente, se encuentran vinculados a lobbies, grupos de presión, élites poderosas, todos ellos con intereses particulares a los que tratan de supeditar muchos de los contenidos por ellos gestionados. A pesar de la independencia teórica de este tipo de medios, ésta es poco creíble, ya que las vinculaciones económicas en que se sustentan no son precisamente un acicate a la libre expresión de ideas. Una buena prueba de esto la tenemos en los medios de comunicación en el mundo occidental actual, la mayor parte vinculados a compañías cercanas a alguno de los grandes partidos políticos.

Sólo el individuo en igualdad de condiciones ante el acceso a los canales de comunicación será capaz de desarrollar una nueva revolución de las ideas que traiga consigo nuevos hitos de cambio social. Siguiendo a Spinoza podemos considerar, tal como él lo hace en su Ethica, que todo aquello que aumenta nuestra capacidad de obrar nos hace más hombres, incrementando, además, nuestra satisfacción, haciéndonos más alegres y felices. He ahí la vertiente revolucionaria de la alegría. Una sociedad de hombres libres e iguales ante la capacidad de influir en los demás con sus ideas, es el mejor caldo de cultivo para la profundización en la democracia.

No podemos, tampoco engañarnos a este respecto ni caer en un optimismo sin límites. Internet aporta un nuevo elemento donde cualquier mensaje puede difundirse sin que para ello existan límites materiales; sin embargo, hemos de considerar también que el poder económico siempre tendrá una fuerte capacidad de mover el platillo de la balanza hacia sus intereses, apoyando aquellos mensajes que sean de su interés frente a los que no lo sean, creando distinciones y brechas digitales entre distintos países del mundo, distintas clases económicas, etc. Sólo tenemos que observar el mundo actual y sus enormes diferencias en cuanto a capacidad  de acceso a las infraestructuras tecnológicas. En última instancia, estas infraestructuras cuestan dinero y las posibilidades de acceso a las mismas será siempre mayor en los países ricos que en los pobres.

También hemos de tener en cuenta que en estas afirmaciones no se oculta un mensaje revolucionario de carácter utópico. En nuestra compleja sociedad actual, la importancia de los poderes económicos y políticos es enorme. No creo que nadie pensando libremente pueda aspirar a suplantar aquello que hacen las empresas para crear valor y dar servicios a la sociedad. Es cierto que existen determinados gurús del mundo del software libre que pretenden atentar en su discurso contra ciertas bases de la sociedad actual difícilmente derribables y, además, con un dudoso beneficio en el derribo de las mismas. Fundamentalmente me refiero a actitudes como las de Richard Stallman acerca de la propiedad intelectual y el software libre (Gay, 2002). Desde nuestro punto de vista, uno de los pilares en que se asienta nuestra sociedad es el de la libre posibilidad de las empresas en diseñar productos y facilitar servicios a la sociedad. Si cercenamos esa posibilidad o la enfrentamos con las labores voluntarias no remuneradas de colectivos de individuos, si menoscabamos el derecho de la propiedad intelectual probablemente estemos dando un paso de gigante hacia atrás en aquellos elementos que han hecho progresar a nuestro mundo, defendiendo a cambio unos ideales de carácter utópico poco concretables. No es ese nuestro punto de vista; nosotros nos estamos refiriendo sólo a la posibilidad real del individuo de propiciar el cambio social y lograr unas mayores cuotas de democracia y de capacidad de acción, todo ello sin atentar contra algunas de las bases en que se asienta nuestra sociedad, tales como la propiedad intelectual de los frutos del trabajo y la capacidad de las organizaciones empresariales en proporcionar servicios complejos y seguros a los ciudadanos.

 

Un nuevo derecho. El acceso sin interferencias a las redes de comunicación

Nuestros sistemas democráticos actuales suelen caracterizarse por principios como los siguientes:

  • El poder reside en el pueblo y éste elige a sus gobernantes según los métodos definidos por las leyes.
  • El imperio de la ley es universal e igual para todos los ciudadanos.
  • Existe un entramado legal de garantías que protegen los derechos civiles.
  • Se respetan los derechos humanos con especial atención a la libertad y la igualdad de oportunidades.
  • Se persigue la consecución de la igualdad en cuanto al acceso a los bienes económicos.
  • Se pretende un cierto dinamismo en cuanto a la extensión de los derechos civiles y la participación ciudadana. Las democracias deben inventarse a sí mismas cada día tratando de ampliar las libertades y profundizando en la acción de dotar a los individuos con más capacidades.
  • Se garantiza la igualdad en el acceso a la comunicación y a la libre expresión y transmisión de ideas.
  • Se protege a las minorías de los abusos de las mayorías.

 

Este conjunto de características es posible sólo en tanto que la gente ostenta el poder real y puede actuar en el sistema no sólo para elegir sus gobernantes en ese acto, muchas veces poco meditado, de poner un voto en una urna. La garantía real de que este conjunto de elementos se respeta es consecuencia de que exista una auténtica capacidad de acción por parte de las personas, que puedan intervenir realmente en la política y hacer uso del poder que las leyes ponen en sus manos.

Por tanto, aunque ya lo he mencionado antes, creo que es bueno remarcarlo nuevamente ahora que nos acercamos al final de esta parte de la reflexión. Se trata de que la importancia que en este momento comienza a presentar el acceso sin interferencia a Internet, aconseja ya que vayamos enfocándolo como un derecho político sobre el que debemos reflexionar y que debe estar presente en la ordenación legislativa y en los sistemas de garantías y derechos de los estados. Si nuestras constituciones garantizan la inviolabilidad de la correspondencia en un paquete de derechos civiles que tienen ya siglos de existencia, parece necesario que aquello que constituye ya la esencia de la participación ciudadana sea cuidado por los poderes públicos y reconocido como un derecho esencial. Y me refiero no sólo a que cualquiera pueda tener acceso a la información (aunque este acceso pueda ser no gratuito) sino también a que la comunicación se establezca en un canal seguro e inviolable no sujeto a censura previa. Como todos sabemos existen países que piden a los proveedores de servicios del tipo Google, Yahoo o Microsoft que limiten el acceso de los ciudadanos a determinados contenidos.

Evidentemente, si Internet se constituye en el canal fundamental de la participación ciudadana no puede estar limitado por acciones de este tipo. Probablemente será la presión de los propios ciudadanos, organizada a través de los resquicios que estos sistemas autoritarios presentan, la que termine con situaciones de esta índole.

 

Un nuevo reto, la propiedad intelectual

Un horizonte como el que estamos dibujando impacta de forma directa en la propiedad intelectual.

Por un lado tenemos el hecho que Internet supone un canal de muy fácil distribución de contenidos que pueden estar sujetos a protección de derechos de autor. Escanear un libro, grabar una película o una canción y ponerla de forma inmediata a disposición de millones de personas, a lo largo de todo el mundo, es un acto fácil que cualquiera puede realizar en pocos minutos. Este atentado contra la propiedad intelectual del trabajo nos tiene que llevar a reflexionar acerca de cómo gestionamos los derechos inherentes a esta titularidad.

Tradicionalmente el pago por copia vendida ha sido la base por la que se ha remunerado a los autores; esto hace que exista una enorme pérdida económica cuando se copia sin pagar. Los creadores y las compañías que les apoyan para lanzar sus productos atraviesan una etapa de fuerte menoscabo en sus intereses debido al auge de la copia pirata por Internet. Para luchar contra esto se tratan de poner en marcha medidas legales y policiales que poco pueden hacer ante un fenómeno tan poco controlable. Por otro lado las empresas que comienzan a apostar por vender en la red tratan de gestionar los derechos de autor a través de complejos sistemas de DRM (Digital Rights Management) que, con la finalidad de proteger los derechos de autor, complican sobremanera la experiencia del usuario con los contenidos que adquiere.

Los precios, además, que se suelen fijar para contenidos digitalizados no están aún en consonancia con la percepción de valor que el usuario de los mismos tiene. El famoso 1 € por canción resulta extremadamente caro y sus paralelos dentro del mundo del libro o del cine lo son igualmente. Las compañías deben entender que sólo unos precios adecuados a la escalabilidad de venta que el medio Internet presenta podrán luchar de forma efectiva contra la difusión ilegal de contenidos. Si tenemos una película en el emule o en otra red P2P y para verla tardamos varias horas en bajarla y además no tenemos ninguna garantía de contenido, es fácil que estemos dispuestos a pagar un precio razonable por tener ese mismo servicio con mejores prestaciones y más garantía de calidad. Pero, desde luego, habrá que ajustar mucho más el precio que las compañías ponen a estos servicios frente a la percepción de valor que el usuario tiene de los mismos, algo que es común en cualquier segmento de mercado y que no parece haber llegado aún a Internet.

Por otro lado tenemos el fenómeno de la participación del individuo en la creación de contenidos de libre acceso. No cabe duda que en los próximos años, ambos mundos deberán sobrevivir. Deberemos tener en Internet contenidos de pago avalados por editoriales, productores discográficos o de cine, etc., que en general nos darán la garantía de calidad del sello que los edita y otros, que no pasarán por este criterio, es decir, que serán gestionados directamente por sus autores y que podrán ser o no de pago en función de los deseos de éstos.

En cualquier caso, el tema de la propiedad de los derechos intelectuales será sin duda uno de los aspectos que más cambiará los usos y prácticas de consumo y remuneración que hoy tenemos.

 

Otras consecuencias sociales, económicas y demográficas

Las TIC están fomentando también un nuevo modelo en cuanto a cómo se organiza el trabajo, lo que presenta también interesantes consecuencias demográficas. A este respecto hay dos elementos clave, la virtualización del trabajo y la deslocalización.

Por virtualización del trabajo nos referimos a la situación que hoy vivimos muchas personas, por la cual nuestro principal vínculo con la compañía para la que prestamos servicios, ha dejado de ser un espacio físico para pasar a ser un conjunto de funciones, que pueden y debe desarrollarse en un contexto virtual, donde los dispositivos informáticos se convierten en la principal vía de relación. Y no nos referimos exactamente al teletrabajo en sentido estricto. La verdad es que éste no ha tenido el vertiginoso desarrollo que los pronosticadores predecían. Nos referimos más bien al hecho de que hoy son muchos los perfiles profesionales que se mueven en un mundo globalizado y canalizan su trabajo a través de Internet. Para ellos sus principales herramientas de trabajo son el correo electrónico, las herramientas ofimáticas, los portales y aplicaciones corporativas, etc. El resto son reuniones en distintos lugares del mundo, con distintas personas quizá de la misma compañía o con clientes u otros interesados en los procesos operacionales de la empresa. Incluso esta faceta se está viendo también impactada por la video conferencia que, últimamente, también está teniendo un fuerte desarrollo a través de su difusión por redes IP, en lugar de hacerlo por las líneas tradicionales a través de las que hasta ahora se sustentaba.

Esta independencia del espacio físico de trabajo está impactando también en la forma en que nos relacionamos, en dónde vivimos, en cómo planteamos nuestro tiempo de ocio, etc. En general, apunta también a la globalización de intereses, contactos y formas de vida.

Por deslocalización entendemos el proceso por el cual las empresas planifican y ejecutan sus procesos de forma independiente a la localización geográfica, teniendo en cuenta sólo aspectos de eficiencia económica. Ciertamente, aquello que posibilita que la deslocalización pueda llevarse a cabo es el conjunto de tecnologías en las que hoy se soporta el trabajo en grupo y, desde luego, Internet es la principal de ellas.

Desde este punto de vista es bastante normal que muchas grandes compañías ubicadas en países con altos costes salariales y escasez de mano de obra especializada trasladen una buena parte de sus procesos, sean de producción o de cualquier otro tipo, a otras naciones donde los costes sean menores y exista más mano de obra con suficientes niveles de especialización. Esto es lo que tradicionalmente se viene denominando offshoring. Así, es bastante normal, por ejemplo, que las empresas tecnológicas radicadas en Estados Unidos, Europa o Japón, tiendan a fabricar en países asiáticos. Incluso la atención al cliente a nivel de call centers especializados se ubica en terceros países a pesar de los problemas idiomáticos que esto pueda suponer.

Lógicamente esto está impulsando un fuerte proceso de cambio. Aparecen los países emergentes con un crecimiento económico muy alto derivado precisamente de este impulso que le viene de la deslocalización. La contribución que la tecnología está dando a la promoción de estas sociedades es enorme. Sin duda se está contribuyendo sobremanera al desarrollo económico de zonas del mundo tradicionalmente empobrecidas. Millones de personas en China e India se están incorporando a la sociedad de consumo, según parámetros occidentales, y ello está teniendo imparables consecuencias económicas, medioambientales y sociales.

En cuanto a las económicas solo hay que mencionar el superávit de caja que estos países emergentes presentan frente al déficit en que los principales países deslocalizadores (USA) van entrando. Indudablemente esto se debe a que el dinero fluye hacia estas sociedades en forma de salarios y vuelve a sus lugares de origen en forma de beneficios empresariales. Por muy fuertes que sean los beneficios, los costes salariales suelen ser la principal partida económica de las empresas y, por tanto, el proceso de ida y vuelta no es homogéneo. Va más dinero a los países emergentes en forma de salario que aquel que vuelve en forma de beneficios de capital. El desequilibrio en esta balanza hará que en pocos años países como China pasen a ser la primera potencia económica del mundo por encima de los Estados Unidos.

Cuando analizamos el fenómeno de la deslocalización desde una perspectiva nacional, nos encontramos también con interesantes consecuencias sociodemográficas. Un ejemplo claro de ello lo tenemos en nuestro país con las factorías de software y otros centros tecnológicos similares. Es el denominado nearshoring (Piattini y Garzás, 2007).

En España existe un fuerte desequilibrio interregional respecto al volumen de negocio que el mundo TIC mueve en cada una de las Comunidades Autónomas, de forma que éste se concentra mayoritariamente en Madrid y Cataluña, donde existe más demanda de titulados de los que las facultades de informática pueden proveer, estando por otro lado el resto de las Comunidades donde lo normal es que la universidad genere más titulados de los que el mercado puede absorber. Este desequilibrio fomenta un fenómeno de inmigración tecnológica interna, donde los titulados de ciertas universidades han de verse forzados a emigrar a Madrid o Barcelona para poder abastecer la demanda de titulados de dichos mercados así como para garantizar los niveles salariales adecuados al desempeño de dichos puestos. Este fenómeno, desde luego, no contribuye al equilibro económico y demográfico del país sino que es una semilla continua que abona el crecimiento de los grandes polos de atracción económica española en el área TIC (Madrid y Barcelona), consiguiendo cada vez más que el talento que otras universidades regionales liberan no se quede “en casa” fijando la población al territorio y equilibrando la demografía y la renta de las distintas áreas de población.

Sin embargo, el mundo del software abre expectativas más que interesantes para atajar este problema. Desde hace algunos años en España se está dando la tendencia, entre las empresas más grandes del sector TIC, a abrir factorías de software para deslocalizar su producción y aprovecharse de las posibilidades de captar talento directamente en sus fuentes (las universidades de las comunidades donde se instalan). Así tenemos ejemplos en Málaga, Badajoz, en Ávila, en Ciudad Real, en Asturias, en Albacete, etc. Este fenómeno va a contribuir muy positivamente al equilibrio económico y demográfico a nivel interregional a la vez que auspicia que las empresas tengan que mejorar sus procesos para garantizar que esta producción deslocalizada se realiza con los niveles de eficiencia y calidad que nuestro mundo demanda. Hay que ser conscientes también de que el desarrollo de esta mecánica nos ayudará como país a mejorar nuestro posicionamiento en cuanto a productividad y generación de valor añadido, epígrafes en los que nos encontramos no demasiado bien posicionados respecto a muchos de nuestros socios europeos.

 

Efectos colaterales y algunas consecuencias indeseables

 Casi todos los días nos enfrentamos también a los efectos indeseables que el mundo de Internet presenta para las personas. No podemos obviar este tipo de fenómenos. Sabemos que hoy se dan múltiples patologías en el proceso de comunicación. No podemos permanecer indiferentes ante la nueva dependencia de la tecnología en la que el individuo cae y que, en muchas ocasiones, no es capaz de controlar.

El uso de Internet como único canal de comunicación fomenta el aislamiento y la pérdida del contacto personal que es donde auténticamente se desarrolla la afectividad humana. Asimismo, una posible sociedad de individuos aislados, relacionándose a distancia a través de canales virtuales, no es una idea sólo propia de las novelas de ciencia ficción sino muy cercana a comportamientos que hoy ya vemos en nuestros adolescentes.

Todo ello sin olvidar las consecuencias políticas, económicas y sociales; sobre todo la nueva diferenciación que se produce entre los países y las distintas clases sociales en función de sus posibilidades de acceso a la comunicación tecnológica, es la tan traída y llevada brecha digital.

En general, la sociedad del individuo interconectado globalmente es también la sociedad de la mayor estandarización de las conductas, la pérdida de la identidad personal y de la diversidad social, valores todos ellos más que necesarios para mantener el equilibrio y la armonía en el mundo. He ahí, pues, nuestro horizonte de reto. Sabemos la enorme ventaja que presenta la profundización en ese rol del ciudadano interconectado globalmente; en nuestras manos está minimizar estos efectos colaterales, hacer que ese nuevo rol sirva para profundizar en la libertad y la capacidad del hombre y no para sumirlo en una nueva esclavitud.

  

Concluyendo

Hemos revisado, quizá no demasiado sistemáticamente, un conjunto de elementos que vienen a avalar nuestra hipótesis inicial de que Internet es un importante catalizador del cambio social. Partiendo del enorme auge de las TIC en nuestra sociedad y del importante avance en la bidireccionalidad que se da en Internet desde que contamos con servicios de la Web 2.0, asistimos a un importante aumento de la relevancia en cuanto a la capacidad del individuo para participar en debates sociales, hacer contar su opinión y asociarse para conseguir ciertos fines de índole sociopolítica. Igualmente, hemos revisado algunas de las circunstancias que están motivando fuertes cambios sociales, económicos e incluso demográficos. Todo ello tiene que llevarnos a considerar la importancia del medio tecnológico como canal de transformación.

Por último, insistir también a aquello con lo que comenzamos; se trata de que las opiniones aquí vertidas no son más que meras ideas particulares de un observador interesado en su entorno, sin más aval que aquel que todo ser humano necesita para moverse por el mundo, su capacidad de observación, análisis y acción.

 

BIBLIOGRAFIA

Cremades, Javier (2007). Micropoder. La fuerza del ciudadano en la era digital. Madrid, Espasa, 2007.

Gay, Joshua (2002). Free software, Free Society: Selected Essays of Richard M. Stallman. GNU Press, Boston, 2002.

Green, Graham (1982). El factor humano. Barcelona, Argos Vergara, 1982.

Piattini, Mario y Garzás, Javier (eds) (2007). Factorías de Software. Madrid, RA-MA , 2007.

Spinoza, Baruch de (1975). Ethica. Madrid, Editora Nacional, 1975.

 

 

 

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