Los higos de Albaida

Los higos de Albaida

 

El hombre

A finales de septiembre los higos estaban listos para recolectarse. Las higueras soltaban su peculiar fragancia y el latex goteaba a la más mínima presión. El fruto tenía un color verde profundo y la piel comenzaba a perder su dureza. Podría parecer que su sabor carecería del dulzor de esos otros higos más rotundos, de piel fina y tonalidad verde suave, sin embargo no era así. Una vez abiertos, la pulpa se veía de un color rojo intenso, casi granate, y su dulzor era espectacular. El hombre los comía por kilos. Le encantaban. Mientras duraba la temporada eran casi su único alimento. Se sentaba en el sofá de su casa con una fuente bien repleta; seleccionaba, tocándolos con dos dedos, los más maduros; pelaba su piel y los comía con peculiar fruición. Tenía tres higueras en Albaida. Eran pocas si las comparabas con los casi cincuenta frutales que había en la finca. Cerezos, muchos cerezos de varias clases, manzanos, perales, ciruelos, almendros y un espectacular membrillo constituían el catálogo. Pero las higueras eran sus favoritas. Las cuidaba con un esmero especial. En febrero las podaba con arte y paciencia, controlaba la tierra alrededor de sus raíces para que el agua pudiera alimentarlas de forma conveniente, limpiaba todas las varetas que continuamente nacían de su tronco. Con ello conseguía que toda la energía del árbol se concentrara en generar los más sabrosos frutos. Al principio del otoño, cuando los recolectaba, llenaba cestas enormes de higos, se reservaba algunas para él y la familia y regalaba el resto. Le daba pena no poder quedárselos todos, pero si lo hacía no le daría tiempo a consumirlos y terminarían estropeándose. La técnica para secarlos nunca se le dio bien. Lo intentó en varias ocasiones, pero siempre terminaban malográndose. Los ponía sobre chapas metálicas encima del brocal del pozo, donde les diera bien el sol. Pero Albaida era demasiado húmeda. Como el proceso no funcionaba decidió que regalarlos a familiares y amigos era la mejor opción.

 

La mastín

La mastín seguía sus pasos por toda la finca. Si el hombre andaba, ella andaba. Si se paraba, ella se paraba. La perra guardaba la finca con amor, paciencia y fuerza. Dentro de Albaida no había bicho que se moviera. Si alguno atravesaba la densa valla de arizónica, la animal salía disparada, como una exhalación hasta que lo capturaba y lo destrozaba con sus afilados dientes. Su espectacular ladrido espantaba a cualquier intruso que se acercara. No había guardiana como ella. La inteligencia de la perra era algo fuera de lo común. Durante la semana vivía sola en la extensa finca. El hombre le llevaba la comida el fin de semana y ella la distribuía en porciones y la enterraba en distintos lugares, a fin de que se conservara. Luego la recuperaba cada día, dosificando así su alimento. Un ser fuerte, fiel y autónomo.

Albaida estaba impresionante en primavera cuando los frutales iban floreciendo según su calendario y la tierra, de un atractivo tono arcilloso, se hallaba recién arada. El hombre disfrutaba con las tareas agrícolas. No era un profesional. Para él era solo una diversión, algo que le hacía olvidarse de su estresante trabajo en la oficina. Los fines de semana eran para la finca. El sábado por la mañana llegaba, a veces solo, a veces con su mujer. La perra sentía su presencia cuando aún se encontraba a varios kilómetros y comenzaba a dar alegres ladridos y a saltar de alegría. Cuando traspasaba la enorme verja de la entrada, la animal no paraba de saltar persiguiéndolo por cualquier camino que intentara recorrer.

La mastín era una perra con el pelaje pajizo, grande y fuerte. A los de fuera les impresionaba, pero con los de dentro era todo amor y paciencia.

 

El vecino

Era un tipo solitario y correoso. Vivía en la finca lindera con Albaida. Una finca donde nada estaba especialmente cuidado. No hacía mucho que la habitaba y alguno podría pensar que estaba en el proceso de poner orden y acondicionarla. Pero no era así. Llegó, se instaló y apenas si gastó algo de tiempo en limpiar el polvo de la vieja casa. Los vecinos decían que había estado en prisión varios años y por eso la finca había permanecido vacía tanto tiempo. Se hablaba de drogas, de algún crimen pasional, de huidas. Pero la verdad es que nadie sabía realmente la verdad. Lo cierto es que algunos años atrás hubo una mujer. Pero ambos desaparecieron en su día y la maleza se fue apoderando de todo durante el tiempo en que la finca estuvo deshabitada.

El vecino admiraba la frondosidad y cuidado de Albaida. De vez en cuando se acercaba a la línea de pinos que separaba ambas fincas y miraba el buen estado de los árboles. Los fines de semana, cuando siempre había gente ayudando al hombre con sus tareas agrarias, podía ver los cestos llenos de fruta en la época de la recolección o las comidas que se preparaban en la parrilla del porche. Risas, música, trabajo… y los ladridos de la mastín que se acercaba al lindero de pinos en cuanto lo presentía cerca. No parecía despertar mucha simpatía en la perra. A veces la animal colaba su hocico entre los huecos de la alambrada que separaba ambas fincas y mostraba sus poderosos colmillos mientras gruñía de forma aterradora. El vecino tenía que alejarse. Sentía cierto pavor de la mastín aunque sabía que la perra no podía traspasar la cerca de alambre que acompañaba a la frondosa barrera de pinos.

Pero en aquella ocasión su natural hosquedad venció al miedo. El hombre estaba podando los pinos que separaban ambas fincas y un gran tronco cayó dentro de su propiedad. Cuando lo vio le gritó que tuviera más cuidado. Un odio cainita le guiaba. En sus palabras se encerraba la envidia ante aquellos árboles tan exuberantes, ante aquellas grandes reuniones de amigos, ante las cestas de fruta recién recolectada. Gritó y gritó. Le dijo que la rama podría haberle abierto la cabeza, que cómo se atrevía a dejar caer esa gigantesca rama dentro de su propiedad. El hombre le pidió disculpas de forma amable. Pero la perra no lo fue tanto. Al ver la hosquedad del vecino, la mastín le regaló su más fiera colección de ladridos. El hombre tuvo que tranquilizarla y pedirle que se callara y se alejara de allí en varias ocasiones. Finalmente la perra se tranquilizó. Pero el vecino acumuló con aquello alguna entrada más en su lista de agravios. Comenzó entonces a decirle al hombre que la perra era insoportable y peligrosa, que ladraba continuamente y no le dejaba descansar y que tenía miedo de que un día saltara la valla y le agrediera. Le amenazó con denunciarlo si no tranquilizaba al animal.

Desde ese día los incidentes no pararon. Cualquier cuestión era motivo para que el hosco vecino se pusiera a gritar cerca del lindero de la finca. Si ponían música en una comida de amigos, gritaba. Si la mastín ladraba, gritaba. Si se caía la aguja de un pino del lindero del lado de su finca, gritaba. Y todo ello le iba pudriendo cada vez más su ya huraño carácter. En su interior germinaba un odio comparativo hacia el hombre al que todo parecía ir yéndole bien.

 

El lindero

Aquel sábado por la mañana, cuando el hombre entró en la finca presintió que algo extraño ocurría. La mastín ladraba menos de lo habitual y no parecía estar demasiado juguetona. La perra, nerviosa, empujaba con su cabeza en las piernas del hombre. Trataba de llevarlo hacia la dirección que quería, el lindero de pinos que separaba su finca de la del vecino. Cuando llegó se encontró un espectáculo dantesco para alguien amante de la armonía rural como él. El vecino había desmochado todos los pinos del lindero y había recortado de forma milimétrica todas las ramas que daban a su lado de la finca. Ahora tenían una forma grotesca.  Extraños seres, bellos por un lado pero aterradoramente contrahechos por el otro. Ambas caras del lindero parecían representar el carácter, la personalidad del habitante correspondiente.

“¿Por qué has hecho esto?” le gritó. El vecino le respondió que estaba en su derecho, que los pinos eran tanto de un lado de la parcela como del otro y que solo había podado la parte que daba a su finca. La perra tenía los ojos como salidos de sus órbitas, sus ladridos eran un reproche vibrante para aquel que desequilibraba su mundo. El hombre eludió puntualmente el conflicto aunque sabía que desde aquel día podía esperar cualquier cosa de su vecino.

 

Aquel domingo

Era domingo, en pleno invierno. El hombre se había marchado por la mañana a Albaida. En esa época del año solo iba un rato el domingo a primera hora para dejar comida a la mastín y revisar que todo estuviera en orden. Luego volvía a casa para la hora de comer.

Pero eran ya las cinco de la tarde y no había vuelto. La mujer estaba muy preocupada. Le llamó varias veces al móvil pero siempre saltaba el contestador. Él era muy organizado y siempre la llamaba si iba a tener el más mínimo retraso. Por ello, a esa hora ya no pudo aguantar más, cogió el coche y se dirigió a la finca. Estaba a poco menos de una hora así que anochecía ya cuando llegó.  Abrió el portón, pero no parecía haber nadie. La mastín no ladraba cosa que le resultaba muy extraña. La puerta de la casa estaba abierta. El hombre acostumbraba a llegar y cambiarse su ropa de calle por la de trabajo y dejarla colgada en el perchero del recibidor de la casa. Efectivamente allí estaba la ropa, lo que daba a entender que debería andar todavía por el lugar. Salió a buscarlo por la finca y enseguida vio el enorme andamio. Era el que usaba para podar los árboles altos y la valla de arizónica y estaba colocado en medio del lado oeste de la cerca, el que daba a la entrada por la calle principal. Todo parecía indicar que hubiera estado podando aquellas altas cupresáceas. Pero no era la época de podar esas plantas, no tenía sentido que el andamio estuviera allí. Se acercó. Fue entonces cuando lo vio. El hombre estaba tendido en el suelo y un gran cerco de sangre se extendía en la tierra que rodeaba su cabeza. Todo parecía sugerir que se había caído del andamio golpeándose con la fila de piedras de rocalla que había cercanas al pie de los árboles.

La mastín había desaparecido. La mujer llamó a la policía y en poco más de media hora las sirenas llenaban la oscuridad de la noche. Los agentes inspeccionaron la zona y fotografiaron todo el escenario, llamaron al forense y fueron preparando su informe final. La conclusión parecía obvia, el hombre estaba trabajando en el andamio pero debió perder el equilibrio y al caer se golpeó la cabeza con una de las rocas del suelo lo que le produjo la muerte casi instantánea. Pero nadie consiguió encontrar ninguna explicación para la desaparición de la perra.

 

Unas horas antes

El vecino vio que el hombre trabajaba en su finca subido a su andamio. Estaba simplemente haciendo unos retoques en la valla de arizónica. Pensó: “¡me las vas a pagar!”. Salió a la calle y se acercó sigilosamente a la valla en la zona donde el hombre trabajaba, pero por fuera de la casa. Desde ahí le sería muy fácil mover el pie del andamio y forzar que se cayera. No pretendía matarlo pero sí causarle un buen daño. Se acachó y metió la mano entre los troncos de la arizónica. A no más de treinta centímetros la mano encontró el pie del andamio. Lo zarandeó fuertemente. El hombre cayó al suelo y se golpeó la cabeza con la rocalla cercana. Aunque vio cómo se desangraba no intentó ayudarlo. Si su interés inicial no fue el de acabar con él, al menos el resultado final no le desagradaba. “¡Se acabaron tus fiestas y la hermosa fruta de tus árboles!” pensó el vecino. La mastín se acercó lloriqueando al hombre, le lamía la cara y las manos, pero su amo no despertaba. Ya no lo haría nunca más. Cansada de esperar que abriera nuevamente los ojos, la perra se coló entre los troncos de una zona de la valla que ya conocía y que empleaba para salir de la finca cuando lo necesitaba.

 

La venganza

Tras varios días sin salir de casa, el vecino tuvo la tranquilidad de que nadie sospechaba de él. Aquel día le apetecía dar un paseo para disfrutar del atardecer. El sol de invierno comenzaba ya a declinar. El día había sido soleado y no demasiado frío. La tarde, aunque avanzada, aún invitaba al paseo. El largo camino salía de la zona de fincas y se internaba en un bosque de castaños cercano. Al poco de entrar en la zona boscosa comenzó a oír pasos ligeros que pisaban la hojarasca. Temía que alguna alimaña se encontrara cerca. Al ruido de los pasos le siguió un gruñido que se fue haciendo más poderoso poco a poco. El temor lo invadió por completo. Un sudor frío comenzó a rondar su frente. No entendía la situación. Aquella era una zona agrícola, no había lobos ni ningún otro animal peligroso para el hombre. Pero las pisadas se iban acercando y los gruñidos cada vez sonaban más potentes. Comenzó a correr para salir de la zona boscosa. La mastín no le dio tiempo a reaccionar. Se abalanzó hacía él, tirándolo al suelo. Intentó zafarse, pero los poderosos colmillos de la perra ya buscaban con tesón su cuello. Maldijo al animal y a su propietario. En pocos segundos los dientes de la mastín habían seccionado su yugular. La sangre surgió como un torrente a la misma velocidad con que la vida, su hosca vida, se escaba lánguida del cuerpo. Sus últimos pensamientos fueron para abominar de su mala suerte, de su vida azarosa y de lo mal que lo había tratado el destino en toda ocasión. Su última imagen fue la del hombre podando con amor una de sus higueras. Tenía en el suelo un gran canasto de higos de color verde profundo. Un fuerte aroma lo invadía todo. Y ahí acabó. Su último aliento llevaba impregnado en el aire, aquel aire que con dificultad entraba ya en sus pulmones, el aroma de los higos de Albaida.

La mastín se perdió entre las sombras del espeso arbolado. Nunca más se la vio por la zona.

 

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