La perspectiva disidente de Manuel Tagüeña en el PCE del exilio

El movimiento comunista constituyó una organización de fuerte personalidad y pretensiones de universalidad sólo comparables a las de la iglesia católica. Un ideal que se pretendía común, el socialismo; una patria universal, la Unión Soviética; una organización internacional, la Komintern; un cuerpo de funcionarios fieles y disciplinados, los militantes de los distintos partidos comunistas del mundo. Si todo esto lo ubicamos en los años treinta y cuarenta del pasado siglo XX, podemos poner además en la receta, la figura del líder carismático, infalible y despótico, Stalin. Para sus afiliados, los partidos comunistas iban más allá del puro concepto de militancia política. El Partido, con mayúsculas, como suele reseñarse, era patria, escuela, familia, trabajo; todo venía del partido y todo debía sacrificarse por el partido. No es de extrañar que un movimiento de esta índole se estableciera como una de las fuerzas motrices trascendentales del siglo, un ideal de vida para muchos que pudo, durante años, polarizar a media humanidad a través de sus ideales y que logró dominar la situación política en un buen número de países que constituyeron uno de los bloques políticos y militares más poderosos que la historia recuerda.

No es tampoco de extrañar, que un movimiento de estas fuertes características de personalidad, generase también sus disidencias. Como cualquier otra organización con un ideario bien definido y una misión que cumplir y a la que supeditar cualquier pretensión de individualidad, los partidos comunistas tuvieron sus fieles militantes, pero también sus constantes disidentes, aquellos que, por una u otra razón, perdieron la fe bien en los principios del socialismo, bien en sus líderes o bien en las estrategias políticas que se habilitaban para lograr ese futuro idílico perseguido. El Partido Comunista de España, como parte de este engranaje no escapa a la dialéctica reseñada. Varios han sido los fenómenos de disidencia que se han dado a lo largo de la historia del mismo y varios incluso los que han hecho variar de forma sustancial sus principios y sus estrategias políticas.

Pero no es el objetivo de este artículo, catalogar de forma sistematizada esos movimientos heterodoxos. Las pretensiones perseguidas son algo más simples y se centran en la figura de uno de sus militantes, que aún haciendo una de las críticas más demoledoras del sistema, se convertiría con el tiempo en un disidente menor, debido a su intención de no generar excesivas polémicas en un momento en que el PCE se enfrentaba a la dura situación de exilio y dictadura a que se vio abocado tras la guerra civil. Se trata de Manuel Tagüeña Lacorte, cuya proyección hacia la posteridad obedece a dos hechos fundamentales. El primero de ellos es su condición de teniente coronel del Ejército Popular de la República, jefe del XV Cuerpo de Ejército, y como tal protagonista principal de una de las gestas épicas de la contienda, la batalla del Ebro. El segundo es la autoría de sus memorias, una monumental obra titulada Testimonio de dos guerras[1], donde narra sus avatares personales insertados en el singular tapiz de una época, los años treinta, cuarenta y cincuenta. El Testimonio[2] fue escrito por Tagüeña durante su exilio mexicano, entre los años 1955 y 1969 y, por deseo expreso suyo, no fue editado durante su vida, ya que estaba cansado de polémicas y no quería que su obra las creara nuevamente mientras él pudiera sufrirlas. Pidió, además, a su esposa, Carmen Parga, que no se editara en España hasta después de la muerte de Franco, deseo que fue cumplido con precisión.

De Tagüeña se conserva, además de sus excelentes memorias, un amplio conjunto de cartas[3], además de algunos trabajos inéditos de índole científica, política o militar[4]. Es de reseñar también el único artículo de carácter político que publicó en su vida, sobre el disidente comunista yugoslavo Djilas[5], que fue editado en 1958 en España por la revista Índice una curiosa publicación, dirigida por Juan Fernández Figueroa, que aprovechaba ciertos resquicios del franquismo para difundir opiniones de autores que podemos considerar al menos como chocantes para la época en el país. Dada su profesión de físico, Tagüeña realizó también alguna publicación dentro de dicha disciplina, pero al no venir a cuento de lo que trataremos aquí, no las mencionaremos.

Sus primeros escarceos con la militancia política activa llevarán a Tagüeña a la FUE, la organización de los estudiantes progresistas. Su vinculación con el Partido Comunista data de los comienzos de la guerra civil (octubre de 1936), sin embargo ya llevaba años militando en organizaciones afines, como las Juventudes Comunistas, donde ingresó junto con su amigo Fernando Claudín en 1932, o como las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas) donde trata de dar forma a sus ideas políticas que partían de la apreciación de la violencia como elemento transformador de la sociedad y motor del cambio hacia un mundo donde la justicia social imperara[6]. Es precisamente este énfasis en la acción violenta el que le lleva a las milicias socialistas, con las que comienza a colaborar en 1934 debido a que ve en ellas un mayor nivel organizativo y de posibilidades reales de acción. En ese momento la Federación de Juventudes Socialistas, siguiendo e incluso contribuyendo a crear las ideas del ala caballerista del PSOE, se está lanzando a una dialéctica revolucionaria que la llevará a abominar de los pactos con los republicanos y hacer una continua apología revolucionaria frente a la defensa del modelo parlamentario reformista que otros sectores moderados del partido preconizan[7]. A pesar de este acercamiento a los socialistas, mantiene su doble militancia, por un lado en las Juventudes Comunistas y por otro en las milicias socialistas. En ese punto de su vida ya se atisba lo que sería su libertad de criterio y su dificultad para aceptar ciertas directrices impuestas por la organización en la que milita y que no encajan con sus principios. En este caso, las Juventudes Comunistas incitan a sus miembros a no colaborar con las milicias socialistas; era la época en que la Komintern estaba por la labor de aislar a los socialfascistas. Tagüeña no se deja amedrentar y continúa con la doble militancia, aunque al poco tiempo el problema lo resolvió el cambio de aires en la internacional comunista que trajo consigo la nueva política de acercamiento a los partidos socialistas y republicanos para formar los denominados frentes populares. Una de las concreciones de ese hecho en España fue la creación de la JSU, las Juventudes Socialistas Unificadas, que integraban a los jóvenes socialistas y comunistas. De repente, y sin buscarlo, Tagüeña vio su doble militancia fundida en una sola.

Sus primeras acciones como líder de un grupo de las milicias socialistas le llevan a participar en numerosas algaradas callejeras en el periodo previo a la guerra civil. Los eventos más importantes tienen que ver con los sucesos acaecidos en Madrid en octubre de 1934, paralelos a las insurrecciones en Asturias y Cataluña. Tagüeña es apresado por su participación en los mismos, pero, en principio, no se encuentra nada contra él y es puesto en libertad. Más tarde, cuando se le vincule con los hechos, deberá ocultarse para no volver a prisión. En toda esta época, resalta en su vida, además de la actividad política que estamos reseñando, un fuerte afán científico que debe conciliar con la militancia. Tagüeña proviene de una familia de clase media profesional, para la que el esfuerzo es el motor del progreso en la vida. Siempre fue de gran inteligencia y un estudiante de resultados honoríficos. Estudió la licenciatura en ciencias físico-matemáticas, que terminó con veinte años, en 1933, obteniendo el premio extraordinario de fin de carrera. Ello nos sitúa ante un perfil de militante comunista algo curioso. Pocos de los que en ese momento están liderando el partido tienen estudios, pensemos en José Díaz, en Pasionaria, en Jesús Hernández, en Vicente Uribe o en líderes menos destacados aún como Líster y Modesto. Todos son de perfil obrero. Trabajadores manuales sin ningún atisbo intelectual. Tagüeña será una rara avis entre este colectivo. El partido carece incluso en ese momento de teóricos marxistas que estén participando en la definición de la estrategia. Sus escasos miembros[8] están faltos de vocación intelectual o científica. Pero la mística del comunismo atrae[9] a nuestro protagonista más allá de consideraciones teóricas y eso hace que se vaya realizando su progresivo acercamiento desde las organizaciones afines hasta el propio partido.

Precisamente el hecho de estar más cercano en acción militar a organizaciones socialistas es lo que le lleva a iniciar la guerra civil en un batallón de milicias socialistas ubicado en la sierra de Madrid, el Octubre 11, y no en el Quinto Regimiento donde los comunistas estaban aglutinando sus fuerzas. A los pocos meses, Tagüeña es ya comandante y ha sustituido, como jefe del batallón mencionado, al socialista italiano Fernando Rosa, muerto en una acción bélica en la sierra. El curso de la guerra le lleva a valorar la estrategia de los comunistas como la más útil para obtener la victoria y eso es lo que le convence para entrar en el partido. Lo hace como un acto rutinario en octubre de 1936, ya que nada cambia en su día a día en el frente por haberlo hecho. Hasta ese momento Tagüeña no ha leído ni una línea de marxismo leninismo, las consideraciones que le acercan al partido son de índole sentimental o práctica:

“me atrajo su fórmula simplista para resolver el problema social. Al desaparecer los capitalistas y la propiedad privada sobre los medios de producción, las clases sociales perderían su razón de ser y la sociedad entraría en una etapa ininterrumpida de progreso moral y material”[10].

No obstante, el partido aún no se ha fijado en él. Hasta el momento ha protagonizado sólo algunas pequeñas escaramuzas en el frente de la sierra, pero su nombre está todavía muy alejado de los míticos Modesto,  Líster o El Campesino. Sin embargo, a pesar de que aún no ha podido demostrar su entereza militar, el hecho de pertenecer al Ejército de Centro, ampliamente controlado por los comunistas, le beneficia. Así, en diciembre de 1936 es ascendido a mayor de milicias. Con la reorganización del Ejército Popular, el batallón Octubre 11 se constituye como la 30 Brigada Mixta. A finales de julio de 1937 Miaja le nombra jefe de la 3ª División. El frente de la sierra de Madrid, tras la detención de las milicias de Mola en los primeros meses de la guerra no registra una gran actividad y las unidades que se encuentran emplazadas en dicha zona no constituyen el ejército de choque que está lidiando con los rebeldes en las zonas más calientes, tales como el suroeste de Madrid, el Jarama, Guadalajara o Brunete. A pesar de ello, Tagüeña no para de trabajar. Él no ha tenido más formación bélica que la obtenida durante su servicio militar en el Regimiento de Zapadores nº 1. En los Estados Mayores de las unidades que dirigió, tal como le confesará años más tarde a Michael Alpert[11], nunca tuvo militares profesionales que le ayudaran. Lo que sí hará será rodearse de muchos de sus compañeros de estudio con los que comparte un mismo afán político; “vigoroso y entusiasta núcleo universitario”[12] lo llamará Pedro Mateo Merino, uno de sus compañeros de la Facultad de Ciencias que luego serviría a sus órdenes en el Ebro. Así, aunque en las unidades que hasta este momento ha dirigido no ha habido mucho esfuerzo bélico, sí lo ha habido de aprendizaje y de trabajo duro y constante. Tagüeña y su Estado Mayor organizan Escuelas Divisionarias de Oficiales, continuamente sus tropas realizan ejercicios tácticos. Todo este esfuerzo no tardará en dar sus frutos. Y lo hace en uno de los momentos más críticos de la guerra. El 9 de marzo de 1938, las tropas rebeldes, tras haber reconquistado Teruel, inician una durísima ofensiva, con el objetivo de llegar al Mediterráneo y dividir en dos la zona republicana. El avance es vertiginoso y en poco más de una semana las unidades leales presentes en la zona son arrolladas. En ese contexto, el Estado Mayor Central, ordena el traslado de algunas unidades al frente para tapar la sangría que las tropas rebeldes están ocasionando. La 3ª División de Tagüeña recibe la orden de trasladarse a Aragón desde su acantonamiento de Torrelaguna. La época de la auténtica acción ha llegado. Primero en Torrevelilla y más tarde en Xerta las tropas de Tagüeña lograrán lo que otras mucho más experimentadas no habían podido conseguir. Aunque finalmente la ofensiva no se ha logrado detener y los hombres de Franco llegan al mar por Vinaroz, ahora todos los ojos se vuelven hacia Tagüeña. El jefe del Ejército de Maniobra le concede la medalla de la libertad. Con la reorganización de las tropas que han quedado en la zona de Cataluña, Tagüeña recibe, el día 17 de abril, el mando del XV Cuerpo de Ejército. En poco más de un mes ha pasado de ser un oscuro jefe de División en un frente inactivo a liderar una de las unidades de élite del Ejército Popular. En este contexto, el Partido Comunista no se olvida de él. El 1 de mayo recibe en su puesto de mando de Scala Dei a dos dirigentes que vienen a felicitarlo desde Barcelona. Ese mismo día se han producido varios ascensos y entre ellos el suyo a teniente coronel.

Su identificación con el partido en ese momento es absoluta. Tagüeña no perteneció en ningún momento de su vida al Comité Central, pero siempre se le consideró uno de los líderes respetados de la JSU y uno de los militares icono de la política de resistencia del PCE durante la guerra civil. En su encumbramiento no sólo tiene que ver la página reseñada del frente de Aragón; lo más importante está por llegar. Las tropas que han quedado en la zona catalana se organizan a través del denominado Ejército del Ebro del que recibe el mando el coronel Modesto. Dicho ejército está compuesto por el V Cuerpo, mandado por Enrique Líster, el XV Cuerpo mandado por Manuel Tagüeña y el XII Cuerpo mandado por Etelvino Vega. Estamos ante un auténtico Ejército Rojo, donde todos los líderes son comunistas y donde la mayoría de los oficiales y comisarios lo son igualmente. Por otro lado, y de forma independiente a su filiación política, se trata también de las tropas con más capacidad combativa de la España republicana, las que han participado en las acciones más cruciales[13] y que se han ido ganando su fama no sólo por la realidad de sus hechos sino también por la ingente tarea de comunicación que el área de Agitprop del PCE realiza con ellos. Es a este Ejército al que se encarga la acción de cruzar el Ebro en la madrugada del 25 de julio de 1938. Dicha acción es un éxito en primera instancia; durante los primeros días se consiguen todos los objetivos. Sin embargo, cuando se intenta profundizar, la rapidez de movimiento de las unidades franquistas impide que se tomen poblaciones críticas, tales como Gandesa, Villalba de los Arcos o la Pobla de Masaluca. No obstante, el objetivo de detener la ofensiva sobre Valencia se ha logrado, las reservas del ejército rebelde son desplazadas a la zona del Ebro y Franco se plantea allí el exterminio a las tropas republicanas más identificadas con la militancia comunista, antes de planificar su ofensiva final sobre Cataluña. Pero los republicanos están bien pegados al terreno y en pocos días reciben la orden de pasar a la defensiva y resistir en sus posiciones. De este modo se produce la batalla más sangrienta que ha tenido lugar en los tiempos modernos en la península ibérica. Dos ejércitos con efectivos que superan los 100.000 hombres y un saldo final que, con bastante probabilidad, se acercaría a los 20.000 muertos; en resumen, la batalla más dura y sangrienta de toda la guerra civil. Tagüeña lleva el peso crucial de la misma. Su XV Cuerpo de Ejército recibe las misiones más críticas y es, a su vez, el último en abandonar el teatro de operaciones una vez que el resto de las unidades han sido pulverizadas por la maquinaria militar franquista. En ese contexto le toca aún dirigir la retirada del frente, cosa que se produce a través de otra maniobra militarmente relevante. La noche del 15 de noviembre, las últimas unidades republicanas al mando de Tagüeña vuelan, tras atravesarlo, el puente de hierro de Flix, repasando el Ebro que habían cruzado victoriosos algo más cien días atrás[14].

Aún después de la retirada del Ebro, le tocará a Tagüeña lidiar con el ejército franquista en la ofensiva que éste emprende para conquistar Cataluña. Pero las tropas republicanas ya están diezmadas y la desmoralización cunde. El ejército rebelde, tras hacerse con Barcelona, va empujando sin demasiado esfuerzo a las tropas de Tagüeña hasta la frontera francesa que se ven obligados a cruzar en la madrugada del día 10 de febrero de 1939. A esa altura de la contienda se está produciendo un enfrentamiento interno dentro del bando republicano y el Partido Comunista es uno de los actores fundamentales del mismo. A lo largo de la guerra su protagonismo ha ido ascendiendo vertiginosamente. Su disciplina interna, su vinculación con la Unión Soviética que es la única nación importante que está ayudando a la República y su buen hacer propagandístico en los años de la contienda, han dado al partido una situación de privilegio en la España leal. Los partidos republicanos tradicionales han ido perdiendo poder debido a su falta de militancia real; el Partido Socialista se encuentra fraccionado dolorosamente entre el ala caballerista, de carácter obrerista y que defiende la revolución social y el ala prietista, centrista, moderada y más interclasista que su oponente. Las organizaciones obreras, CNT y UGT han ido perdiendo fuerza debido a que en varias ocasiones a lo largo de la guerra han visto sus intereses enfrentados a los derivados de la organización de un gobierno republicano fuerte y disciplinado. En un contexto de este tipo, el Partido Comunista se convierte en la gran alternativa. Muchos militares profesionales, aunque sin convicciones políticas concretas, terminan afiliándose al mismo debido a que ven en él la mejor herramienta para ganar la guerra. Negrín, el jefe de gobierno, es un socialista perteneciente al ala prietista, pero que debido a su política de resistencia a ultranza termina viéndose enfrentado con Prieto, al que cesa entre otras razones por las presiones que el PCE ejerce a ese respecto. Azaña, el Presidente de la República es profundamente anticomunista y eso le hace juzgar a veces con desdén las acciones militares de los que él denomina caudillos aficionados[15], sobre todo debido a que sus principales consejeros son militares profesionales, como Saravia, cuyo juicio en ese momento es que los militares comunistas son los culpables de la prolongación de una guerra que ya carece de sentido. Azaña y Prieto hace tiempo que están pensando lo mismo. Sólo Negrín y el Partido Comunista abogan por una política de resistencia a ultranza. Los motivos de ambos son diferentes; para el jefe de gobierno, fisiólogo de profesión, la consideración de que un organismo sobrevive mientras se encuentra en lucha es básica como punto de partida, además cree aún que la prolongación de la guerra puede hacer que se produzca la conflagración europea y que entonces la causa de la República se vea beneficiada por hallarse del lado de Francia e Inglaterra; por último sabe que la represión franquista será sangrienta y no quiere entregarse sin condiciones, prefiere perder la guerra luchando y manteniendo un ejército fuerte y consolidado que le ayude a negociar en la fase final. Los intereses del PCE son sólo coincidentes en parte. Hasta la firma del Tratado de Munich en septiembre del 1938, Stalin ha apoyado a la República como una forma de entretener a Alemania e Italia en una guerra que les impidiera emprender un conflicto más pernicioso para la Unión Soviética. Mientras tanto, la URSS se prepara para lo que sabe que le llegará más tarde o más temprano, un enfrentamiento con la Alemania hitleriana. Pero a partir de Munich, Stalin ha decidido ya abandonar la República a su suerte. Sabe que las potencias democráticas están rendidas ante Hitler y que el conflicto español ya no tiene protagonismo alguno. Su cambio de estrategia internacional para seguir ganando tiempo le llevará ahora al Pacto Germano Soviético que Molotov y Ribbentrop firmarán en agosto de 1939. De esta forma Stalin sigue ganando tiempo frente a Hitler y deja en manos de Inglaterra y Alemania el enfrentamiento fundamental contra el dictador alemán.

Estos son los rasgos que están incidiendo tanto en la política internacional como en la española ese 10 de febrero de 1939, día en que Tagüeña se ha visto obligado a cruzar con sus tropas la frontera francesa a través de Port Bou. Los militares profesionales, Rojo y Saravia incluidos, junto con el presidente de la República y otros notables dan la guerra por perdida y tras pasar la frontera francesa declinan regresar a España. Negrín y el PCE siguen abogando por la política de resistencia, lo que les lleva a defender la continuación de las hostilidades desde la zona Centro-Sur donde aún existe un poderoso ejército en pie de guerra. Pero todos son conscientes de que ese ejército es de obediencia dudosa, con muchos militares profesionales dentro de sus mandos, menos nutrido de comunistas que el Ejército del Ebro y con una población detrás absolutamente hastiada de la guerra. Todo ello hace que el PCE, a través de su dirigente Francisco Antón, ordene a los militares comunistas del Ejército del Ebro que se evadan de los campos de concentración del sur de Francia y que se preparen para la vuelta a España. Tagüeña en ese momento sigue siendo un militante fiel y disciplinado y no duda en tomar dicho camino. Pero llegan a España y la situación es decepcionante. La sublevación de una parte de los militares profesionales liderados por el coronel Casado, apoyados por anarquistas y algunos socialistas como Besteiro, parece hacer inviable el proyecto de resistencia. Negrín no coloca en puestos cruciales a Tagüeña y a sus compañeros del Ejército del Ebro. Sin mando real sobre tropas nada pueden hacer. Curiosamente el Partido Comunista tira la toalla en este enfrentamiento y salvo algunas unidades aisladas, no se hace frente al golpe de Casado. El 6 de marzo el PCE realiza la última reunión de su Comité Central en España, en la denominada posición Dakar en Elda. En paralelo el gobierno, liderado por el doctor Negrín, está realizando también la última reunión de su Consejo de Ministros en la posición Yuste de la misma población. Aunque el Comité Central decide en dicha reunión no hacer frente al golpe y abandonar el país, algunos de sus más destacados militantes, como Pasionaria, Antonio Cordón y el matrimonio Alberti, han abandonado España unas horas antes,  en un avión con destino a Orán. Es bastante posible que la decisión estuviera más que tomada de antemano y que las órdenes de Stalin hubieran virado ya desde las antiguas de defender a la república española a las nuevas de abandonarla a su suerte. Así las cosas, en la madrugada del 7 de marzo, Tagüeña, toma en el aeródromo de Monóvar el avión que le llevará al exilio.

Para Tagüeña, en ese momento de su vida, con veinticinco años y un fuerte prestigio militar en el partido, los intereses de la causa comunista son los más importantes. Es combatiente republicano porque es un combatiente comunista, pero como dirá años más tarde:

“sabía muy bien a quien debía disciplina en primer término, hubo momentos en que la situación política en nuestra retaguardia, parecía que iba a exigir la intervención de nuestras unidades de choque. Hubiera bastado la orden del partido (que no la dio porque los rusos no se lo mandaron) y hubiéramos marchado sin vacilar. ¿Cómo voy a pretender haber  sido un combatiente republicano? Era simplemente un comunista.”[16]

Pero esto lo escribe veinte años después del final de la guerra, cuando ya en su reflexión se ha dado cuenta de que la actuación del PCE durante la contienda no fue desinteresada, cuando ya ha constatado con claridad que la defensa de la legalidad republicana era una simple cuestión de cara a la galería, pero que la acción del  partido  seguía intereses propios y que éstos poco tenían que ver con la causa española y sí mucho más con los requerimientos del imperialismo soviético. Pero en aquel momento de 1939 las cosas están claras aún, lo blanco es blanco y lo negro es negro. La bondad de la causa comunista aún no está siendo cuestionada.

Desde Francia, el partido ordena a Tagüeña, junto con su mujer, y otros muchos militantes que se exilien en la Unión Soviética. Así, tras una breve estancia en el país, el 14 de abril de 1939 arriban a Moscú. En ese momento se siente funcionario de una causa que trasciende la lucha en España y, tras su llegada a la URSS, lo que espera es que se le asigne un nuevo puesto en la batalla por la causa del socialismo. Pero sus primeros días en el país de los soviets no son demasiado gratos. Del mundo soviético percibe pobreza, desidia de la población, tristeza, abandono de las infraestructuras, burocracia, intrigas, culto a la personalidad del líder; nada, por supuesto, que coincida con los ideales de la sociedad del futuro por la que en su día decidió luchar. Sin embargo, la máquina interna de justificar funciona en ese tiempo de modo óptimo. Tendrán que pasar aún muchos años y experiencias para que el fiel bolchevique se derrumbe. En ese momento, todo se ve como una situación transitoria que desaparecerá con la venida del comunismo futuro. Los malos medios, están justificados porque persiguen fines nobles.

Su estancia en la Unión Soviética, que dura de 1939 a 1946, está marcada por su trabajo en la Academia Frunze, primero como estudiante y luego como profesor, formando oficiales rusos que lucharán contra los alemanes en el frente. Es en esta fase de su vida cuando esos indicios negativos antes mencionados van fraguando, ayudándole a formar un sustrato crítico contra algunas prácticas comunistas. Este sustrato fermentará en la URSS, pero no se manifestará de forma evidente hasta que años más tarde, cuando esté en Yugoslavia, se produzca el enfrentamiento entre los regímenes de Stalin y Tito. Su estancia en la Frunze se encuentra marcada por las tormentosas relaciones que comienza a tener con sus camaradas Líster y Modesto. El grupo de militares republicanos exiliados que se incorpora a la Frunze está compuesto por veintiocho miembros. Modesto, militar de más graduación, es el líder del mismo y se dividen en tres secciones, encabezadas cada una de ellas por Líster, Tagüeña y Soliva. En principio se respeta la estructura militar venida de España, pero las cosas evolucionarán de forma diferente. Tagüeña se centra, como siempre hizo en su vida, en el duro trabajo. No tiene ambiciones políticas y eso le aparta de las intrigas que mantienen sus compañeros. Pero ser uno de los principales líderes militares del PCE y no estar en la vanguardia de la militancia le hará arrastrar algunos problemas. El posicionamiento de Tagüeña en el partido en esas fechas podemos deducirlo del lugar que ocupa en la esquela funeraria de José Díaz. Allí aparece en sexto lugar, siendo sólo precedido de Pasionaria, Jesús Hernández, Modesto, Líster y Cordón[17]. Está claro que la burocracia del PCE esperaba aún mucho de él en ese momento. Pero es precisamente esa posición la que le hace caer de inmediato en una situación problemática. Líster y Modesto debieron verlo siempre como un compañero incómodo. Inteligente y cultivado, su sombra debió cernirse siempre sobre el comunismo visceral y poco analítico de aquéllos. Es muy probable que temieran su mayor capacidad de trabajo, su vigor intelectual, su falta de seguidismo a las intrigas y camarillas que alrededor de ellos formaban. Debieron interpretar que su falta de ambición política era una máscara que encubría un deseo real de sobreponerse a ellos. Tal es el caso, que Líster lo ignora de forma absoluta en sus memorias, cuando puede minimiza su valoración; para referirse a él emplea apelativos como “el jefe del XV Cuerpo”, sus éxitos militares se referencian a través del nombre de sus unidades: “3ª División”, “XV Cuerpo”, “35 Brigada Mixta”, etc.[18], pero su nombre se elude sistemáticamente, siguiendo esa vieja táctica estalinista de borrar de los libros de historia los nombres de los purgados o de otros protagonistas incómodos.

A esa percepción crítica que Tagüeña comienza a tener del comunismo contribuyen varios factores. Los principales a destacar serían la apreciación de las carencias materiales por las que pasa el pueblo soviético, las prácticas poco democráticas de la burocracia comunista, las noticias que se van filtrando acerca de las purgas estalinistas, las decisiones poco claras del dictador, tales como la firma del pacto germano soviético, el culto a la personalidad del líder en general y de Stalin en particular, elemento que no puede tomarse demasiado en serio por un español irreverente, las intrigas y camarillas formadas a través de la organización del partido español, etc. Pero a todo esto hay que unir un hecho crucial en su evolución y es el presunto suicidio de Natasha Grigorievna, la esposa de su cuñado, Antonio Parga. Natasha era hija de un secretario del viejo bolchevique Yaroslavski, personaje que cayó en desgracia en la época de Stalin, y que lo arrastró en su caída. Ser hijo de un represaliado por Stalin no era tarea fácil en la URSS del momento y Natasha sobrelleva como puede la situación. Marcha voluntariamente al frente y sirve en la sanidad militar. Cercana la finalización de la guerra, es llamada al Estado Mayor de una unidad superior a la suya y cuando vuelve a su unidad, se mete en su cama y cubriéndose con su abrigo se pega un tiro. La crudeza de este hecho marca fuertemente a Tagüeña, pero sobre todo a Carmen Parga, su esposa, que desde ese momento abandona la militancia comunista tras percibir en todo su esplendor las perversidades del régimen. Carmen tomará desde ese momento una actitud distante y crítica que fraguará en el contexto de la crisis producida por la destitución de Hernández y Castro.

Desde la llegada de los exiliados a la URSS, el PCE está liderado por José Díaz que, constituye junto con Pasionaria, las dos figuras míticas del comunismo.  Pero existían otros líderes de fuerte impronta, tales como Jesús Hernández y Vicente Uribe, ambos ex ministros de la República y ampliamente respetados en el partido. A la muerte de José Díaz, hecho que se produce en 1942, se plantea el debate sobre la sucesión. La heredera natural es Pasionaria, pero en su trayectoria reciente se están dando algunos hechos que hacen esto algo dificultoso, uno de ellos es su relación con Francisco Antón, otro dirigente del PCE más joven que ella y cuya relación es vista de forma crítica por una buena parte de los, inevitablemente machistas, miembros del partido. Por otro lado, su alejamiento de los problemas reales del colectivo español, incentivado también por el fallecimiento de su hijo Rubén en Stalingrado. En esta situación es la figura de Jesús Hernández la que crece y entre los exiliados comienza a existir una facción que lo ven como el auténtico sucesor de José Díaz. En principio, inmersos en el duro proceso de guerra en la URSS, ni siquiera llega a plantearse la sucesión, pero cuando los problemas en los frentes comienzan a disolverse el asunto se plantea en toda su crudeza. Pasionaria cuenta con el apoyo de Stalin; la aguerrida figura femenina del comunismo español comienza a salir de su letargo y la lucha con Hernández se plantea con toda su crudeza. Muchos han sido los que en este periodo se han inclinado por el que fuera ministro de instrucción pública; sus aires mundanos, su escaso dogmatismo teórico y su mucha mayor cercanía al colectivo de exiliados le han hecho tener un fuerte atractivo. Entre sus seguidores han estado Líster y Modesto. Tagüeña, dentro de su inactividad política habitual no ha llegado a manifestarse, pero sí lo ha hecho por él la amistad que el matrimonio Tagüeña ha tenido con el matrimonio Castro. Enrique Castro es otro importante militante del partido, ex secretario personal de José Díaz y fundador del Quinto Regimiento en el Madrid de julio del 36, se le considera un fuerte crítico de todo lo que ve en la URSS y de los líderes comunistas soviéticos y españoles. Castro ha estado muy cerca de Hernández y ambos son enjuiciados por el partido en lo que se considera trabajo fraccional, la vieja práctica de las camarillas dominantes para acusar, a la que ha perdido fuerza, de trabajar en contra de los intereses del partido. Castro debió ser un malhumorado crítico y, además, con una fuerte tendencia a la sátira. Sus chistes se hicieron famosos y, lo peor para Tagüeña, es que se le terminó asociando con los mismos. Líster y Modesto dan un peligroso giro en el aire y, cuando Jesús Hernández, es expulsado del partido, hacen todo lo posible por acercarse a Pasionaria. Y lo hacen por la fórmula de acusar a los otros. Y Tagüeña está en el punto de mira. Pero como él no ha dado aún ningún signo de anticomunismo y lo único que continua mostrando es su fidelidad a la causa, lo hacen a través de Carmen Parga que es acusada de chistosa e irreverente, siguiendo las prácticas de Castro. Así, en la reunión del Comité Central que se celebra en Moscú el 5 de mayo de 1944, Líster acusará:

“Hemos cortado, en todos los lugares, toda clase de chismes y conversaciones, lo que nos ha valido a nosotros también  pasar a la categoría de “lacayos”. En nuestra cara nos lo han dicho […] dos mujeres, con el mismo lenguaje y con la misma ligazón con la misma persona. La Mercader y la mujer de Tagüeña. Nosotros sabíamos de donde venían los tiros. Sabíamos de donde salen esas palabras y esos argumentos. ¿De los comunistas? “Yo no he venido al partido para ser como una borrega” “Yo no necesito que nadie me dirija ni piense por mí””[19].

Ser identificado como disidente en la Rusia de Stalin no era precisamente algo ligero. Tagüeña lo sabe, conoce lo que supondría para él y su familia y no está dispuesto a caer en ello. Sabe que en la URSS pertenece a una colectividad que le permite la vida diaria y fuera de la que no se puede estar. En parte porque el trabajo y el sustento depende de la misma y en parte porque se entra en un peligro físico evidente cuando se sale de ella. Pero, además, en ese momento Tagüeña piensa aún que la causa es justa, que son ciertas personas las que la perturban. Aún no está madura su visión crítica de las cosas. El fiel bolchevique sigue imperando sobre el crítico del sistema. Todo ello hace que prepare su defensa. Esta se produce en la tarde-noche del mismo día 5 de mayo en que está convocada una reunión en Moscú de un delegado del Comité Central, Ignacio Gallego, con los militares españoles de las academias Frunze y Vorochilov. El guión de la reunión es predecible. Ignacio loa la figura de Pasionaria, “ella (Dolores) es una realidad histórica, es un símbolo que no tiene ningún Partido, es un tesoro que no se puede comprar”[20]. Líster, Modesto y otros continúan en la línea abierta en sus intervenciones del Comité Central, alaban a Pasionaria y tratan de justificarse a sí mismos por su posición anterior. Tagüeña permanece callado la mayor parte de la reunión. Finalmente habla y su intervención es muestra de la confusión de espíritu que sufre. Por un lado sabe que se le identifica sobre todo con Castro y que tiene que dar muestras de alejamiento si quiere quedar indemne ante Pasionaria. Entre otras cosas dirá en su intervención, “nada hay más querido que el Partido, la mayor honra es ser miembro de él, ello es de vida o muerte y Castro no lo comprende”[21]. Incluye algunas críticas vagas contra Jesús Hernández, de las que sabe que ya no podrá deducirse ninguna consecuencia negativa para el mismo, y en general trata de no acusar a nadie concreto, aunque arroja confusión sobre sus propias intenciones. Así, cuando le llega su turno, Carrión, le espeta: “Tagüeña dice que sentía prevención, ¿por qué iba entonces a casa de Castro?”[22]. De este modo percibe que el peligro es real, que está en el punto de mira de algunos. A Carrión le contesta: “ha sido una debilidad mía aunque es preferible no tener prevención que tenerla e ir”. La frase, junto con lo deslavazado de su anterior participación, incita a Carrión a terminar su crítica indicando que “hay que saber mucha filosofía para comprender a Tagüeña; si ha tenido algo debe decirlo y no divagar”. Y es que sí ha tenido algo; ha tenido cierta comunión de ideas con Castro y seguro que se ha reído de sus chistes, pero no está dispuesto a que se le sitúe junto a los disidentes. Con el paso de los años, cuando escribe sobre este incidente en el Testimonio, Tagüeña dirá que “todos estábamos cogidos en una inmensa red y cada uno se defendía a su manera”[23].

Lo cierto es que tras algunas reuniones con Pasionaria, la situación se aclara. El partido no tiene nada fuerte ni contra él ni contra su esposa. Incluso Carmen Parga verá con simpatía a Pasionaria en sus memorias, narrando hechos en los que la defendió frente a las acusaciones de Líster y Modesto[24]. Lo que sí se ha truncado es cualquier posibilidad de carrera profesional dentro de la jerarquía del PCE. Cuando Líster,  Modesto y Cordón se marchan a Polonia, Tagüeña es a quien por grado militar corresponde el liderazgo del colectivo al que pertenece, sin embargo este puesto se asigna a Beltrán. Pasionaria se justificará diciendo que, aunque Tagüeña está más capacitado, tiene mucho trabajo como profesor en la Frunze y Beltrán está más libre para ejercer esa función.

Pronto saldrá de la URSS para continuar sirviendo en Yugoslavia a la causa comunista, pero en su balance del periodo soviético dirá que “había sufrido en la URSS muchas amarguras y desilusiones, la causa del comunismo, a la que había consagrado mi vida en la temprana juventud, aparecía ahora llena de manchas”[25]. En su análisis, las dos sombras que están ya surgiendo con fuerza tienen que ver con el abuso de poder, atentatorio contra la dignidad humana y con la organización burocrática del régimen que sólo produce ineficacia y genera privaciones y sufrimiento para la población. Pero frente a ello aún se levanta la épica lucha del pueblo ruso contra el nazismo, el respeto a los muchos camaradas muertos en la contienda. Ambos elementos se siguen alzando como un velo que difumina la dura realidad percibida cada día con más fuerza.

Yugoslavia representa para Tagüeña un nuevo paso en su alejamiento de la actitud comunista dogmática. Allí, donde permanece desde 1946 a 1948 asesorando al ejército de Tito, cae con fuerza el mito de la Unión Soviética como patria del socialismo. En principio simpatiza fuertemente con el país de los Balcanes, en el que percibe una implantación del socialismo desde una perspectiva nacional, mucho más cercana a la que él desearía para España. Al contrario que en la sociedad soviética, burocratizada y apática, en la yugoslava se nota el dinamismo de la juventud y sus ganas de convertir al país en uno de los más fuertes e importantes del mundo[26]. Su trabajo para el ejército yugoslavo es ampliamente valorado, importantes dirigentes se cuentan entre sus amigos y la identificación que siente para con el país es muy fuerte. Allí será nombrado coronel del ejército yugoslavo; el aspecto militar de su vida, que no se ha detenido desde España sigue en ascenso. Sin embargo, el futuro comienza a cubrirse de nubarrones el día en que Stalin entra en conflicto con Tito. La popularidad y atracción que el régimen yugoslavo está manteniendo entre los países de la órbita socialista no podía ser consentida por Stalin que no deseaba ceder el monopolio que como patria del socialismo tenía la URSS.

La síntesis que Carmen realizó a colación del asunto de Natasha se desencadena ahora en Tagüeña debido al problema yugoslavo. Los mitos del comunismo se caen ante él en todas sus formas. Ahora entiende que la lucha por la clase obrera es una lucha por los intereses de un país (la URSS) frente a otro (Yugoslavia), ahora cae en la cuenta de lo terrible de un sistema no sujeto a control democrático y que se rige por los designios de una persona a la que no se pueden poner límites en su capacidad de obrar. Tagüeña comienza a darse realmente cuenta de que ha dedicado su vida a una causa injusta y errónea. Así, cuando, posteriormente, en México, desgrana ante Rafael Méndez, el que fuera secretario del doctor Negrín, lo que fueron los hechos más importantes de su vida, confesará que “en 1948 cuando la intromisión rusa en Yugoslavia, sufrí la crisis más profunda de toda mi vida”[27]. Tagüeña ha comprendido que los burócratas de la URSS “no admitían países independientes aunque aliados, sino satélites a los que explotar”[28].

Como persona honesta que es no puede dejar de expresar ante los demás sus impresiones sobre este asunto. Así comienza a hacerse pública en el PCE su disidencia. A pesar de esto tampoco hará alardes de crítica antisoviética; años más tarde cuando escriba sobre el represaliado dirigente comunista yugoslavo Djilas, dirá que “hace falta tener valor, sobre todo viviendo en un país comunista, para someter a este régimen a una crítica profunda”[29]. A partir de este momento notará el aislamiento al que se le somete, incluso los viejos amigos y camaradas de guerra lo verán con prevención. Pero su decisión está tomada, no desea seguir sirviendo a un sistema que ocasiona arbitrariedades como ésta. Los asesores enviados desde la URSS son llamados para abandonar Yugoslavia. En ese momento, valora la posibilidad de quedarse en el país y romper todas las amarras con la URSS, pero el asunto no está del todo claro. Con el paso de los años, tras la muerte de Manuel, un viejo camarada, Artemio Precioso escribirá a Carmen Parga una carta donde le dice que, desde su punto de vista, su gran error fue no quedarse en Yugoslavia. Carmen, le contestará precisa: “No se trataba de cambiar de dueño, dejar de ser estalinistas para hacernos titistas”[30]. Tagüeña intuye ya que a la caída del mito de la Unión Soviética seguirán otros elementos del ideario comunista. Lo que desea es abandonar la lucha por la causa, pedir la baja como empleado de un movimiento en el que ya no cree. Con este fin se entrevista con Vicente Uribe, quien le aconseja sosiego, indicándole que “el Partido nunca se equivocaba y que había que tener fe ciega en él. Que sabía todo y estaba en todas partes y que el deber del militante era esperar a que lo utilizaran sin pedir explicaciones”[31]. Pero, a pesar de las admoniciones eclesiásticas, Uribe se muestra receptivo a su petición de abandonar la milicia para volver a su profesión de físico. Con su salida de Yugoslavia vestirá por última vez un uniforme militar. La ciencia ha terminado por ganar la batalla a la militancia y la figura de un futuro Manuel Tagüeña, físico aparece como un horizonte deseado, como una playa tranquila donde reposar los desengaños de tantos años de lucha inútil.

Checoslovaquia será el nuevo destino de nuestro protagonista. Allí van a parar los exiliados españoles que han tenido que abandonar Yugoslavia. Uribe cumple con su palabra y colabora en que Tagüeña sea enviado a Brno para trabajar en la Universidad Masaryk. En la primera época se le autoriza a que durante unos meses se dedique a prepararse  en el ámbito de la física, las matemáticas y la biología, tan largamente olvidadas en el largo interludio militar. Tagüeña recupera su viejo mundo con fruición y dedica largas horas al estudio y la investigación. Con el tiempo, incluso se licenciará en Medicina para ayudar a completar sus estudios de Física Médica, en cuyo Instituto ejercerá la docencia mientras dura su estancia en Checoslovaquia.

A pesar de lo idílico de estos primeros momentos en Checoslovaquia, la evolución del bloque socialista le conduce al desaliento. Así, en época paralela al comienzo de sus obligaciones docentes en el Instituto de Física Médica, es decir en el otoño de 1950, comienzan las purgas en el Partido Comunista Checo, lo que le intranquiliza más aún. Lo que se está tratando de eliminar es el bloque más combativo de los antiguos comunistas checos, muchos de ellos brigadistas en España, tales como Sling y Artur London, todos con un componente nacionalista importante y que se muestran contrarios a la política soviética que intenta convertir a Checoslovaquia en un peón más para sus intereses imperialistas. En ese momento ya no se siente comunista; se sabe prisionero en una red tejida para la mayor gloria de la Unión Soviética, una red que anula la libertad de las personas, una red que rompe las economías de los países y los supedita a dirigir su producción en función de los intereses de la URSS. Su vieja militancia, su disciplina y fidelidad al partido y a la causa han desaparecido tras ver tantas injusticias.

Aunque en sus largos años de militancia no lo ha hecho, Tagüeña vuelve ahora sus ojos hacia el estudio teórico del marxismo. Por un lado lo hace impelido por la necesidad de unir la cosmovisión marxista con las explicaciones que él debe dar en sus clases de introducción a la Física, pero hay otra causa más profunda y es que quiere entender por qué pasa lo que pasa en el mundo socialista. Las conclusiones que Tagüeña saca de su estudio de las fuentes del marxismo son desoladoras. El Testimonio es una obra autobiográfica y dentro de ese carácter podemos decir que tiene un marcado sesgo histórico. Es decir que podemos verla desde una perspectiva muy personalista, entenderla como una biografía novelada o bien como un manual de historia de la época, lo que no parece ser, es un ensayo filosófico o político. Sin embargo, hay partes importantes de la obra donde ese carácter teórico aparece con fuerza y vivacidad, uno de ellos se corresponde con las páginas en que describe sus conclusiones acerca del análisis de los clásicos del marxismo que durante su estancia en Checoslovaquia procede a llevar a cabo[32]. Si queremos conocer de forma resumida la síntesis que Tagüeña ha hecho en su vida acerca de la teoría marxista hemos de consultar dos fuentes, una es la ya citada y la otra es la carta que escribe el 15 de julio de 1956 a un destinatario desconocido[33], a colación de la lectura de un libro de Pierre Hervé denominado La révolution et les fétiches[34].

Lo primero que encuentra le parece desolador y es que no halla en las obras de Marx, Engels, Lenin o Stalin una cosmovisión completa, una nueva concepción organizada del mundo, sistemática y holística, sino sólo detalles aislados. El materialismo dialéctico le parece una buena teoría de fondo, ya que coincide con el método científico, pero le critica su falta de concreción y desarrollo posterior tras las primeras y simples bases encontradas. Así, en la carta reseñada sobre el libro de Hervé, dirá: “yo no creo que el marxismo sea una ideología completa”[35]. Por otro lado, el materialismo histórico le parece una forma de reduccionismo. Se pasa, en el materialismo dialéctico, de considerar materia a todo, a excluir en el materialismo histórico todo lo que no es material como influyente en el devenir histórico. En esto encuentra el autor la base del simplismo que reina en la historiografía marxista. Su conclusión sobre las bases filosóficas del marxismo es demoledoramente clara: “Me pareció que era como tratar de profundizar en la física nuclear con ayuda del álgebra elemental. Algo tan complicado como la sociedad humana, no puede encerrarse en un cuadro sinóptico”[36].

El hecho de no considerar aquellos factores que exceden los fenómenos materiales en su visión más simplista, lleva al marxismo a otro de sus errores fundamentales, no considerar la libertad humana como uno de los factores motrices del proceso de evolución y, por tanto, como algo de trascendental importancia dentro de las sociedades, “el anhelo de libertad del hombre […] que debería de tomarse en cuenta como uno de los factores que mueven la historia”[37]. Tagüeña criticará la visión reducida que el marxismo trata de imponer en su estudio de la evolución social y aumenta el eco respecto al análisis de la libertad, ya que le parece que ése es uno de los elementos cruciales olvidados por el socialismo y que sin duda está en la base del dinamismo social:

“la falta de libertad política pone en el aire todos los avances sociales pues el hombre pierde toda seguridad personal en su vida y en su trabajo. Produce además el estancamiento ideológico y cultural, que no depende sólo del número de centros de enseñanza o de la capacidad para construir un moderno aparato a chorro”[38].

Sin embargo, no se trata de quitar todo el mérito al filósofo de Tréveris. Su aportación fundamental se encuentra en el análisis del capitalismo y en las críticas de las injusticias que dicho sistema encierra. Aunque fuera del análisis de los hechos, la aportación de soluciones deja bastante que desear. Marx y sus seguidores no dedicaron mucho tiempo a pensar acerca de las claves de la nueva sociedad socialista. Se pensó inocentemente que al alcanzar el hombre la libertad económica, ello traería consigo un mundo donde las injusticias se hubieran acabado y donde la auténtica democracia imperara por doquier. Pero al eludir el marxismo cualquier análisis acerca de la condición humana, se olvidó de muchos factores clave para explicar el desastre de las sociedades socialistas tal como éstas se desarrollan en el mundo desde la revolución rusa.

Entrando ya en las consecuencias sociales de la aplicación del marxismo en los países donde dicha doctrina ha triunfado, Tagüeña destaca el hecho de que Stalin imponga el socialismo como un modelo de organización del estado bajo la presión de un monstruoso aparato policial que se sobrepone a todos los otros poderes y fundamenta su dominio en un absoluto control sobre las conciencias. “El estalinismo había sustituido la colaboración entusiasta por la sumisión burocrática”[39]. Este modelo estalinista que es con el que se han construido la mayor parte de las sociedades llamadas comunistas tuvo logros importantes en el desarrollo de los pueblos, pero a costa de un enorme sufrimiento y sin lograr ni siquiera acercarse a los objetivos que le habían servido de partida. El ejercicio omnímodo del poder, por parte de Stalin y otros dictadores socialistas está en la base del anquilosamiento de las sociedades comunistas. “Todo esto mató el espíritu creador y la iniciativa individual y la burocracia se extendió por todas partes como un parásito que chupaba gran parte de las energías del país”[40]. Las dos consecuencias directas más evidentes de la evolución del mundo comunista bajo el modelo de Stalin tienen que ver con la implantación de un régimen policial que anula las libertades y trata de controlar las conciencias en todas sus vertientes y con el declive económico de los países donde se implanta, debido a que a la falta de un proyecto claro de gestión económica socialista se unía que los gestores encargados de liderar los aspectos económicos de los estados eran claramente incompetentes. Respecto a la primera de las reseñadas, hay que mencionar que al ser las mejores mentes también las más críticas, aquellos elementos que mejor podían haber contribuido al desarrollo del mundo socialista fueron purgados o, en el mejor de los casos, discriminados y alejados de la influencia en el gobierno. Esto incluía no sólo a los hombres con capacidad política, sino también a los científicos, a los literatos, a todos aquellos que podían haber contribuido a dinamizar la sociedad en lugar de al anquilosamiento a que la sometieron las mentes adictas al régimen que quedaron dentro del mismo. La misma argumentación puede aplicarse a la segunda consecuencia. Al quedar la economía supeditada a un proceso regulador y burocrático, la acción individual y con ella el progreso económico en general quedó absolutamente cercenado. Las nacionalizaciones y la planificación económica centralizada contribuían a eliminar la libre iniciativa, motor de la eficacia en la gestión de los recursos. En el análisis que Tagüeña realiza del mundo socialista bajo la influencia de principios estalinistas no podemos dejar de volver a recalcar algo que es crucial, la culpa no es de Stalin; “Stalin no es un hijo espúreo de la revolución sino su hijo legítimo”[41]. En la base de los problemas del sistema no están las personas, sino los fundamentos de pensamiento que son capaces de traer como consecuencia que personas como él puedan ejercer el poder como lo hicieron.

Y es en este camino donde encuentra la luz, donde aparece claramente la causa de que el socialismo haya evolucionado como lo ha hecho. Y para Tagüeña esa causa no es otra que el desprecio a la ética y la moral que los clásicos del marxismo ostentan. La consecuencia de estos principios es el maquiavelismo a ultranza de Stalin, para el cual el fin justifica los medios. Realmente, esta falta de principios éticos es lo que aleja a Tagüeña del comunismo.

“Creo que los principios morales que rigen las relaciones entre los verdaderos hombres son el tesoro más preciado acumulado por las sucesivas civilizaciones y que no se pueden emplear medios innobles sin comprometer la causa que se dice defender. El fin es inseparable de los medios…”[42].

Mucho más tarde repetirá a varios de sus corresponsales cuando les escriba desde México que abandonó el comunismo por sus medios y no por sus fines que nunca ha dejado de compartir. Y todo ello confluye en la falta de respeto a la libertad humana que es básica para el normal desenvolvimiento de la vida del hombre. En algún momento Tagüeña ha podido llegar a pensar que un eclipse parcial de la libertad humana podría ser conveniente para que se produzca un cierto desarrollo material, pero el paso de los años le ha demostrado que las consecuencias de las tiranías, persigan las finalidades que persigan, son igualmente catastróficas. “Decididamente la idea del socialismo sólo la podría admitir unida a la de la libertad, única manera de elevar la dignidad del hombre”[43].

Este fondo ideológico que está comenzando a adquirir a principios de los cincuenta en Checoslovaquia le acompañará ya el resto de su vida. La carta sobre el libro de Hervé, escrita algunos años más tarde, o el Epílogo de su Testimonio escrito a finales de los años sesenta son absolutamente coincidentes en cuanto al cruce de socialismo, humanismo y libertad, base del modo de ver las cosas que desde este momento de su vida comienza a acompañarle.

Pero mientras Tagüeña realiza su análisis sobre los fundamentos y la praxis del marxismo, el mundo continua su curso. El proceso de Praga termina con once condenas a muerte. El odio y el asco comienzan a implantarse en nuestro hombre como las sensaciones producidas por aquella causa a la que un día dedicó su vida y su esfuerzo combativo. En ese momento sólo desea salir de la cárcel del telón de acero, aunque sabe las enormes dificultades que ello le costará. Sin embargo, la ocasión no tarda tanto en aparecer. En marzo de 1953 fallece Stalin y los rígidos lazos de la dictadura soviética comienzan a relajarse. Aprovechando esta situación contacta con la familia de Carmen Parga que se encuentra en México y consigue que la universidad mexicana le invite a trabajar en el país. La salida no será fácil aún. Deberá pedir la autorización interna checa y sabe que ésta no le será dada sin el beneplácito del partido español. Cuando en 1955 inicia dichos trámites, hace siete años que no mantiene contacto real con el PCE, no es citado a las reuniones ni participa en el trabajo de ninguna organización del mismo. Tras una tormentosa reunión en Praga con José Moix, un ex ministro del último gobierno de Negrín, que ahora es miembro del Comité Central, y con dos de sus viejos camaradas de España y de la Frunze, Artemio Precioso y García Victorero, acuerda que pedirá al partido el consentimiento para trasladarse a México. Finalmente obtienen todos los visados y el 11 de octubre de 1955 salen de Checoslovaquia. En ese instante todos los momentos de tensión vividos se aflojan y Tagüeña cae en una profunda depresión, al fin y al cabo, está asistiendo al último acto de una obra que comenzó en Moscú, con sus dudas acerca de la realidad que estaba viviendo, continuó en Yugoslavia con su posicionamiento al lado de los seguidores de Tito y tomó forma definitiva en Checoslovaquia con su alejamiento absoluto de la militancia y su vuelta al espíritu científico. Ahora sabe que está abandonando definitivamente el mundo comunista y que ello supone que parte de su vida se ha gastado en un esfuerzo baldío. Sin embargo, tiene aún fuerzas para seguir adelante. Es consciente de que, a pesar de sus errores, está abandonando un mundo por problemas de conciencia y se siente orgulloso de su decisión[44].

Al poco de llegar a México el Partido Comunista contacta con ellos a través de Santiago Álvarez. Con la idea de que sigan en la militancia se les ofrece ayuda, pero ellos se niegan a recibirla. Ahora ya no están en un tipo de sociedad donde tengan que mantener las formas. México es una sociedad libre y nada les obliga a mantener la componenda llevada a cabo en Checoslovaquia. A Santiago Álvarez le pintan algunos rasgos de la sociedad socialista en la que ellos han pasado tantos años y a la que no desean volver.

Debido a su abandono de la militancia comunista los inicios son duros. Trabaja mucho y tarda bastante en encontrar una situación laboral estable, cosa que logrará como asesor médico de los Laboratorios Miguel Servet, ocupación que conservará hasta el final de sus días. Pasa incluso por un intento de expulsión del país al ser considerado espía soviético. Afortunadamente las cosas se aclaran y el asunto no llega más lejos. Su idea inicial es la de volver a España. Para ello solicita visado, pero las autoridades españolas tardan cinco años en concedérselo y cuando la hacen la identificación con la sociedad mexicana es ya demasiado fuerte. Además, cuando recibe el visado, viaja a España para visitar por última vez a su madre moribunda y allí comprueba que el régimen de Franco pretende usarlo como rojo arrepentido, cosa que, desde luego, no desea.

A lo largo de todo este periodo, su modo de exponer los temas cambia. Cuando llega a México, sus escritos denotan un furibundo anticomunismo y un importante movimiento de comprensión hacia los que en España lucharon en el otro lado. Con el tiempo el tono se va suavizando y su monumental Testimonio de dos guerras, terminado en México catorce años después de su comienzo, el 6 de abril de 1969, dará con el fiel de la balanza que le interesa mostrar. En él no ahorra críticas a los sistemas comunistas, pero cuando habla de sus afanes de juventud, del periodo republicano y de la guerra civil, su punto de vista se ha suavizado. Enarca más la gran labor organizativa que el PCE llevó adelante durante la guerra que los intereses partidistas que perseguía. El ánimo se ha aplacado, los años han quitado fuerza a los resentimientos y ahora se ve todo con una calma diferente.

Así, transcurren en México sus últimos años. Alejado de la vida política activa, trabajando mucho en el ámbito científico y realizando la titánica labor de escribir sus extensas memorias; todo ello además de mantener una nutrida correspondencia con muchos corresponsales, amigos o investigadores, que le piden datos acerca de los hechos que le han tocado vivir.  Y así le sorprende la muerte, el 1 de junio de 1971, con cincuenta y ocho años recién cumplidos, en plena madurez vital e intelectual. Un cáncer acaba con él de forma rápida y abandona de forma lúcida este mundo convulso que le tocó vivir.

 

BIBLIOGRAFIA

– Acta de la reunión del CC del PCE del 5-5-1944 (AHPCE, Exilio, carpeta 25)

– Acta de la reunión de los colectivos de la “Frunze” y “Vorochilov” para discutir el asunto Hernández-Castro. 5 de mayo de 1944 (AHPCE. Exilio, carpeta 25).

– AZAÑA, Manuel (1978), Pedralbes 1939, incluido en Memorias Políticas y de Guerra, II, Barcelona, Crítica.

– HERVÉ, Pierre (1956), La révolution et les fétiches, Paris, La Table Ronde.

– LISTER, Enrique (1977). Memorias de un luchador. Madrid, Guillermo del Toro.

– MATEO MERINO, Pedro (1986), Por vuestra libertad y la nuestra. Madrid, Disenso.

– MORAN, Gregorio (1986). Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, Barcelona, Planeta.

– PARGA, Carmen (1996). Antes que sea tarde. Madrid, Compañía Literaria.

– SOUTO KOSTRIN, Sandra (2001-2002), Juventud, violencia política y “unidad obrera” en la Segunda República Española, Revista Hispania Nova,  2, http://hispanianova.rediris.es/general/articulo/016/art016.htm

– TAGÜEÑA, Manuel (2005), Testimonio de dos guerras, Barcelona, Planeta.

– TAGÜEÑA, Manuel, Correspondencia, depositada en la Fundación Pablo Iglesias bajo el epígrafe AMTL.

– TAGÜEÑA, Manuel (1941a), El XV Cuerpo de Ejército Republicano en la batalla del Ebro (AHPCE, Exilio 101/4.1)

– TAGÜEÑA, Manuel (1941b), Recuerdos de la lucha de la juventud Española, (AHPCE, Tesis 60/2)

– TAGÜEÑA, Manuel (1958), El patriotismo de Djilas, Madrid, Revista Índice, Septiembre-Octubre 1958, pp. 11, 12 y 33

TAGÜEÑA, Manuel (2015), Correspondencia y escritos inéditos, Sevilla, Espuela de plata, (Edición de Antonio Quirós).

 

NOTAS

[1] Aunque existen varias ediciones anteriores, aquí citaremos por la más reciente: TAGÜEÑA (2005).

[2] Así se mencionará abreviadamente a partir de ahora.

[3] Su correspondencia se conserva en la Fundación Pablo Iglesias. La catalogación de dicha correspondencia, así como de otros papeles personales puede consultarse bajo el epígrafe AMTL (Archivo de Manuel Tagüeña Lacorte) y así lo citaremos a partir de ahora en este artículo. Puede verse también la obra recopilatoria que realizó el autor de este artículo, TAGÜEÑA  (2015).

[4] En el Archivo Histórico del Partido Comunista de España (citado como AHPCE) se conservan los siguientes, escritos en la Unión Soviética en 1941: TAGÜEÑA (1941a) y TAGÜEÑA (1941b). Pueden verse también en el ya citado TAGÜEÑA (2015)

[5] TAGÜEÑA (1958): 11-12, 33.

[6] “…creí justo recurrir a la violencia para transformar el mundo.” dirá en TAGÜEÑA (2005): 10.

[7] SOUTO KOSTRIN (2001-2002).

[8] En los momentos previos a la guerra civil el PCE no es un partido de masas. Su sectarismo le hace apartarse incluso de las organizaciones obreras tradicionales, como la CNT y la UGT.

[9] “No fueron razonamientos ideológicos los que me llevaban a ese campo, sino puros sentimientos. (…). Todos iguales y hermanados para construir una sociedad perfecta, donde se desterrarían las desigualdades, la miseria y los sufrimientos” TAGÜEÑA (2005): 36.

[10] Ibidem, p. 43.

[11] AMTL, carta a Michael Alpert de fecha 24-4-1971, signatura 747-1 (pp. 2-8)

[12] MATEO MERINO (1986): 285.

[13] Eso incluye en menor medida a la 3ª División de Tagüeña, pero en mucho mayor lo hacen con la 11ª de Líster, la 46ª de El Campesino o la 35ª Internacional de Walter.

[14] Tagüeña narra de forma técnica y prolija su participación en la batalla del Ebro en un trabajo para la Academia Frunze, escrito en 1941. Se trata de TAGÜEÑA (1941a). Puede consultarse también los capítulos quinto y sexto de TAGÜEÑA (2005).

[15] AZAÑA (1978): 423.

[16] AMTL, carta a Claudio Esteva Fabregat de fecha 11-4-1959, signatura 747-7 (pp. 4-7).

[17] MORAN (1986): 64.

[18] Véase, por ejemplo, el tratamiento de la batalla del Ebro en: LISTER (1977): 339-367.

[19] Acta de la reunión del Comité Central del PCE del 5-5-1944 (AHPCE, Exilio, carpeta 25)

[20] Acta de la reunión de los colectivos de la “Frunze” y “Vorochilov” para discutir el asunto Hernández-Castro. 5 de mayo de 1944 (AHPCE. Exilio, carpeta 25). Intervención de Ignacio Gallego.

[21] Ibidem, intervención del camarada Tagüeña.

[22] Ibidem, intervención de Carrión

[23] TAGÜEÑA (2005): 476.

[24] PARGA (1996): 106.

[25] TAGÜEÑA (2005): 508-510

[26] TAGÜEÑA (2005): 514.

[27] AMTL, carta a Rafael Méndez de 9-5-1957, signatura 747-14

[28] Ibidem.

[29]TAGÜEÑA (1958): 11.

[30] AMTL, carta de Carmen Parga a Artemio Precioso de 4-8-78, signatura 747-27-6.

[31] TAGÜEÑA (2005): 541.

[32] TAGÜEÑA (2005): 596-604.

[33] AMTL, carta a un destinatario desconocido del 15-7-1956, signatura 747-7 (pp. 1 a 3).

[34] HERVÉ (1956).

[35] AMTL, carta citada.

[36] Ibidem.

[37] TAGÜEÑA (2005): 596-604.

[38] Ibidem.

[39] Ibidem.

[40] Ibidem.

[41]AMTL, carta citada.

[42] TAGÜEÑA (2005): 596-604.

[43] Ibidem.

[44] Así lo menciona en carta a Juan Fernández Figueroa, editor de la revista Índice. AMTL, carta a Juan Fernández Figueroa, 15-10-1958, signatura 747-9 (pp. 3 a 5).

 

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