Me fumo un puro

Adoro la flexibilidad, la tolerancia, la disidencia, la heterodoxia… Son lo contrario del dogmatismo, del fanatismo, del conformismo, de la ortodoxia. Mantener tu libertad de elección y de acción es una de las características que nos hacen auténticamente humanos y no máquinas dirigidas.

Es por ello que hoy me gustaría hablaros de mis héroes. Mucha gente busca ejemplos en los grandes hombres de Estado, en los conquistadores de imperios, en los exitosos empresarios, artistas, literatos… Yo busco en otro caladero. Mis personajes a seguir son aquellos que, a pesar de la presión del medio, han logrado defender su individualidad, teniendo que perder todo a cambio. Y voy a hablar de tres de ellos, bien diferentes el uno del otro, pero que tienen en común esa faceta de la que estoy hablando.

El estudio del primero de ellos ocupó un año de mi vida, el que le dediqué a realizar mi tesina de licenciatura. Se trata de Baltasar Gracián, uno de los grandes literatos y pensadores de nuestro Barroco. El hombre era un jesuita bastante convencido de su fe, pero beligerante siempre con las insensateces del medio que lo rodeaba. Sus “salidas de tono” eran frecuentemente penalizadas por su Orden, pero esto nunca le arredró. Su principal disidencia consistía en que los suyos le obligaban a pasar una especie de censura previa sobre las obras que escribía y él se negaba a hacerlo cuando interpretaba que lo que escribía no tenía nada que ver con la religión. De ahí que solo pasara a la aprobación de la Orden una obrita, El comulgatorio, que desde su punto de vista sí trataba sobre las materias de la fe. Sin embargo, sus grandes aportaciones al pensamiento o a la literatura no fueron nunca sometidas a dicha censura previa. Así llegaron a nosotros El Criticón, el Oráculo Manual, El Héroe, la Agudeza y Arte de Ingenio, etc.  Para eludir dicha Censura, nuestro jesuita publicaba sus obras bajo otro nombre, más o menos acrónimo del suyo. Nunca escribió nada en contra de su orden, ni en contra de su fe. Simplemente mantenía el principio de que una organización como la Societas Jesu no tenía por qué inmiscuirse en cosas que no eran de su competencia y que devenían de su propia libertad como persona. Sin embargo fue duramente castigado, hasta a subsistir un tiempo a pan y agua, siendo también invitado a abandonar la Compañía de Jesús para integrarse en una Orden diferente.

Hay que remarcar la trascendencia que presentaba rebelarse contra algo que era tu familia, tu escuela, tu sustento, el entorno del que dependía tu vida y del que sabía que salir de él podría significar el apartamiento de la vida civil, la pérdida de todas las referencias mundanas, la falta de trabajo, el hambre… Esto es algo remarcable tanto en el padre Gracián como en los dos personajes que mencionaré a continuación y que, siendo netamente diferentes, tomaron la misma opción de vida, rebelándose contra el colectivo que les arropaba y sufriendo las consecuencias de dicha actitud disidente.

El siguiente es un filósofo de origen ibérico, y judío de religión. Se trata de Baruch de Spinoza. Él me ocupó uno de los cursos de doctorado a los que más cariño le tengo. Más o menos contemporáneo del anterior, parece que su familia tuvo que huir de la expulsión española y las persecuciones portuguesas contras los de su raza y fe. Terminó recalando en la liberal Holanda de la época, recién salida del yugo imperial español. Desde la perspectiva política, su vida no tuvo, pues, ningún problema, pero no fue así desde la religiosa. Como uno de los grandes pensadores de la historia de la filosofía mantuvo actitudes totalmente opuestas a la fe judía, y a cualquier otra fe, habría que apostillar. Su obra es una de las cumbres del pensamiento racionalista del siglo XVII, desde mi punto de vista más influyente incluso que del propio Descartes. Pero su actitud le valió el apartamiento de su comunidad. Fue anatemizado por sus correligionarios con el herem, la excomunión, más dura que el judaísmo haya pronunciado nunca:

Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y su furor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley.”

Pero no era Spinoza hombre que se dejara amedrentar por palabras como estas, cuya más dura consecuencia era la de arrojarlo del entorno protector de los suyos. La cobertura de medios de subsistencia dependía de la comunidad y arrojarlo fuera suponía salir del entorno protector. ¡Vamos, más o menos, como perder el trabajo y acabar en el paro hoy! Con el agravante de quedarse sin médico, sin amigos, sin gente que te salude por la calle, etc. A pesar de ello, nuestro amigo, trabajando con un modesto empleo de pulidor de lentes, legó a la posteridad las obras cumbre del pensamiento racionalista del siglo XVII, origen de toda la modernidad filosófica y científica posterior.

Nuestro tercer protagonista es prototípico de una de las invectivas lanzadas en el anterior decreto de excomunión. Me refiero a lo de borrar su nombre del libro de los vivos. Esta técnica inquisitorial fue ampliamente usada por la ortodoxia comunista y llevó a la realización de múltiples amaños de la historia para negar lo evidente, cambiar situaciones y falsear realidades. Así lo sufrió Manuel Tagüeña, teniente coronel del Ejército Popular de la República y protagonista de mi tesis doctoral que ya nunca podrá ser completada como tal. Tagüeña fue militante del PCE durante la guerra civil y uno de los militares procedentes de milicias más efectivos en el decurso de dicho enfrentamiento. Lideró uno de los míticos Cuerpos de Ejército de la República y fue siempre uno de los más resistentes elementos ante el avance franquista. Durante la mayor parte de su vida fue un “fiel bolchevique”, como su mujer viene a denominarlo en sus memorias. Sin embargo, la pérdida de la guerra y el exilio le llevaron a la Unión Soviética y a otros países tras el telón de acero y ello puso ante sus ojos una realidad bien distinta de la que en la teoría y en la práctica había defendido en España. Allí vio la miseria, la tiranía, el dogmatismo, la represión sin fundamento, la pérdida de cualquier atisbo de libertad. Y todo ello le llevó a reflexionar sobre la validez de los dogmas que había aceptado con los ojos cerrados. Escribió contra ellos intentando mantener la ecuanimidad. Lo último que quería era que desde el otro bando se le tachara de “rojo arrepentido”. Realmente, nunca lo fue. Mantuvo sus ideas socialistas por encima de todo, pero atendiendo al hecho de que la libertad era un germen indestructible dentro del ser humano y que esta no podía ser sacrificada en aras a conseguir unos objetivos de igualdad que nunca podrían ser opuestos al fundamento esencial de la libertad de las personas. Con ello se convertía en uno de los primeros defensores del socialismo democrático que tanto se expandió en Europa en el último tercio del siglo XX. Manuel escribió el Testimonio de dos guerras, la obra de memorias con el tapiz de la guerra civil española de fondo que, desde mi punto de vista, presenta una visión más ecuánime de lo sucedido en aquella nefasta contienda. Pero claro, esta actitud y sus escritos, le valieron su salida de la organización política de la que, digámoslo así, era un funcionario a sueldo. Perdió su enlace vital con el pasado, el apoyo de su colectividad y fue, por tanto, lanzado a la frialdad del mundo exterior. Igualmente, sus correligionarios tuvieron a bien borrarlo del libro de la historia. Siendo uno de los artífices principales de las campañas militares republicanas, muchos de los que fueron sus compañeros de armas apenas si lo mencionan. Vieja práctica estalinista, borrar la existencia de quienes han abandonado la fidelidad al dogma.

He aquí parte de mis fundamentos intelectuales, las personas que han realizado acciones (es posible que yo no esté de acuerdo con todas, obviamente) que creo que ensalzan al ser humano. Y encontrar cosas así es de lo poco que aún me da una cierta confianza dentro de mi general actitud de condena de la miseria de la condición humana. Ante todo, trato con esta historia de ensalzar la actitud escéptica y anti dogmática como fundamento de la vida de las personas. Véase, mi lema en el Whatsapp, “Escéptico siempre”, como prueba de esto. Además del lema, véase la foto, donde aparezco fumándome un puro. Eso es lo que habitualmente hago con cualquier idea dogmática que aparece ante mí, fumarme un puro con ella.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *