Otoño de 1976

Aquel otoño de 1976 prometía ser una época de cambio. El 18 de octubre arrancó el nuevo curso en el Instituto García Morente de Entrevías. Yo tenía diecisiete años y comenzaba el COU, junto con Juan Carlos, un buen amigo. Ambos teníamos el acuerdo de entrar en el aula, mirar el lugar donde se sentaban las chicas más guapas y elegir asiento al lado de ellas. Y así lo hicimos. Esa misma noche ya acompañé a Cristina, una de las elegidas, hasta tomar el autobús que llevaba a su casa. Luego el destino me vincularía con la otra, Ángela, con las que este próximo 18 de octubre hará 38 años que formamos algo más que una pareja.

Por aquel entonces yo comenzaba a tener una incipiente participación política (quién no la tenía entonces) con grupos anarquistas organizados, la CNT, la FAI, el Ateneo Libertario de Vallecas. Hacía casi un año que Franco había muerto y el país seguía a la espera de algunos cambios. En julio de aquel año, el Rey había nombrado Presidente del Gobierno a un joven proveniente de las filas del Movimiento, Adolfo Suarez. En ese otoño, entre él, el presidente de las Cortes, Torcuato Fernández Miranda y el Rey estaban pergeñando la Ley de Reforma Política, un curioso artilugio legal para que las Cortes de la dictadura se auto disolvieran y, de forma acorde con la legalidad de aquel momento, dieran paso a unas elecciones libres, con partidos políticos legalizados, que pudieran abrir el camino a un periodo constituyente que nos llevara hacia la democracia.

Por supuesto, yo no creía en Suarez. Para mí y para mis amigos, este hombre representaba la última y nueva cara con la que el régimen quería perpetuarse. A pesar de sus convincentes apariciones televisivas tan atractivas para mucha parte de la población, a pesar del derroche de simpatía y seriedad que trasmitía, ni yo ni mis amigos creíamos en la bondad de sus intenciones. Entre la reforma que Suarez impulsaba y la ruptura que los partidos de izquierda defendían, me inclinaba con claridad hacia la segunda. Por supuesto que nos pasábamos el día en la calle de manifestación en manifestación, estudiábamos poco, hacíamos pintadas por un lado y otro… Poco más. Nuestro activista militancia era algo infantil aunque impetuosa.

En noviembre, las Cortes franquistas aprobaron la Ley. El 15 de diciembre, un par de días antes de que comenzara a salir con Ángela tras dos meses de colegueo estudiantil, la Ley se sometió a Referéndum y fue aprobada por el pueblo español con una aplastante mayoría. Obviamente, yo me oponía y hacía propaganda activa contra la Ley y contra Suarez, Mi padre, un viejo simpatizante socialista que había sido militante de la JSU y de la UGT en tiempos de la guerra civil, era absolutamente partidario del voto afirmativo, todo ello a pesar de que los partidos de izquierdas parecían estar aún al margen de aquellas maniobras. Discutíamos mucho mi padre y yo sobre aquello, él me acusaba de querer reproducir la España que dio lugar al enfrentamiento fratricida del 36. Yo, el día del Referéndum, sembré de pintadas contra la Ley el camino que había desde casa hasta el colegio electoral donde mi padre tenía que votar.  Pero él tenía razón y yo no.
No tardé mucho en ir cambiando. En un par de años había abandonado las filas ácratas y me había acercado al PCE. Mi cambio fue tan radical que, con veinte años, ya hacía propaganda activa, enfrentándome con mis antiguos camaradas, e intentando convencer a la gente de que votara afirmativamente el proyecto de Constitución de 1978.

La muerte de Adolfo Suarez nos trae a la cabeza el recuerdo de aquella época, de aquellos avatares que dieron forma a lo que es la sociedad española hoy. En general considero que los personajes públicos, y más los políticos, son construcciones de marketing que se nos presentan como arquetipos pero de los que nunca podemos saber la verdad acerca de su bondad o maldad, de sus intereses y convicciones. En lo que a la figura de Suarez respecta, me da igual que fuere lo que fuera. Solo lo valoro por las consecuencias de sus actos y de estos, dentro de un catálogo mucho más extenso, podemos resaltar los más importantes:

  • Consiguió la reconciliación de una sociedad que llevaba más de un siglo exterminándose mutuamente.
  • Acabó con una dictadura opresora que ya duraba cuarenta años.
  • Puso en marcha las primeras elecciones democráticas que se daban en este país en más de cuarenta años.
  • Legalizó al Partido Comunista de España.
  • Logró poner de acuerdo a la mayor parte de los españoles en aquellos Pactos de la Moncloa que reunieron a todo el arco político del país. Por primera vez en muchos años, en España todos perseguíamos el mismo objetivo.
  • Normalizó una sociedad donde los derechos civiles comenzaron a imperar sobre la violencia estatal del antiguo régimen.
  • Le plantó cara, sin arrodillarse, a los bárbaros que con el golpe del 23-F quisieron torcer de nuevo la voluntad de nuestro pueblo.

 

Por eso, cuando mucha gente hoy resalta a los grandes políticos de la época de la Segunda República frente a los de la Transición, no me queda más remedio que disentir de tamaña insensatez. Aquellos Largo Caballero, Gil Robles, Lerroux, Prieto, Azaña… no supieron ponerse de acuerdo para lograr hacer que los españoles pudiéramos vivir todos en un suelo común. Adolfo Suarez y los políticos de su generación sí lo lograron. Gabriel Jackson, en la primera edición de su célebre obra sobre la guerra civil española defendía la tesis de que algunas personas podía haber cambiado el curso de la historia de forma que aquel enfrentamiento no se hubiera producido; por ejemplo, si Largo Caballero no hubiera impedido que Prieto pudiera haber sido Presidente del Consejo en mayo de 1936, en lugar de Casares Quiroga. La tesis de Jackson fue profundamente criticada por muchos historiadores basándose en que hay procesos de masas, corrientes históricas generadas por múltiples avatares históricos que están a la base de los hechos y que estos difícilmente pueden sufrir un cambio por la sola razón de que una persona decida una cosa u otra. Tanta fue la crítica que Jackson hubo de cambiar sus conclusiones en las posteriores ediciones de su obra. Yo estoy con el primer Jackson. Igual que estoy profundamente convencido que la actitud de Franco ante el golpe militar fue clave para su triunfo, también lo estoy de que sin Suarez España hoy sería diferente. A mí me gusta lo que se logró, por más de que sea perfectible y que hoy, más nunca, debamos someterlo a reflexión y cambio para mejorar. Pero como estos casi 40 años han venido a ser los mejores de la historia de nuestro país no puedo por menos que sentir respeto, admiración y simpatía por la figura de Adolfo Suarez. Descanse en paz.

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