Paterson o la poesía de lo cotidiano

Suelo coincidir bastante con las opiniones cinematográficas de Carlos Boyero. Cuando dice que algo no le gusta, tuerzo el morro y, si voy a ver esa película, lo normal es que salta insatisfecho. A cambio, si dice que algo le ha gustado, por poco que sea, puedo ir al cine con casi la total seguridad de que saldré sin haberme percatado de que tengo el culo pegado a la butaca. Paterson, el último film de Jim Jarmush, presenta esta última peculiaridad. Boyero habló bien de él, fui a verla y salí más que satisfecho.

Paterson

 

Paterson es un conductor de autobús que vive en la ciudad de Paterson (USA). Un hombre tranquilo y sencillo que escribe poesía extrayendo el alma de lo cotidiano, inspirándose en cosas tan elementales como la tipografía de una caja de cerillas. Una persona simple y buena, de las que este mundo complejo, histriónico e impredecible que vivimos, hace que apenas si queden algunos pocos ejemplares. Si es que queda alguno y no es todo una ficción del director.


“Paterson es un conductor de autobús que vive en la ciudad de Paterson (USA). Un hombre tranquilo y sencillo que escribe poesía extrayendo el alma de lo cotidiano…”


 

Siguiendo las habituales estructuras narrativas de Jarmush, la historia carece de importancia, apenas si existe. Bueno, realmente no existe. La película solo realiza un tour durante una semana de la vida de los personajes, de lunes a domingo. La cámara capta el desarrollo de la cotidianidad de Paterson y su pareja, desde que con los primeros rayos de sol se despiertan hasta que culmina con una cerveza en el bar de siempre mientras saca a a pasear a su perro. La belleza onírica de las imágenes ya nos atrapa desde el primer momento. Una cámara en alto que capta cada día el despertar de la pareja. Un despertar normal, como el que casi todos tenemos, sin que uno se abalance hacia el otro para tener una escena de sexo tan descomunal como ficticia. Todo es sencillo, desayuno, camino al trabajo, recorrido en bus por las calles de Paterson, cena, paseo con el perro, cerveza en el bar, fin de la jornada.


“Hay que ir a verla, aunque sea solo por centrarse en su belleza narrativa y para disfrutar de la poesía que escribe Paterson.”


 

Tanto Paterson como su pareja tienen reacciones sencillas. En su vida, como en la de casi todos realmente, apenas si pasa nada. La pareja de Paterson pinta todo en su casa, paredes, cortinas, vestidos… con tonos blancos y negros. Hace cupcakes en su horno para ganar algo de pasta, aprende a tocar la guitarra y cocina. Es su ilusión cotidiana. Y no está deprimida, no va al psicólogo. Ambos solo viven, como casi todos nosotros.

Estaba pensando si no estaré soltando algún spoiler diciendo todo esto. Y es que como en la película no pasa nada, no hay nada que ocultar. Hay que ir a verla, aunque sea solo por centrarse en su belleza narrativa y para disfrutar de la poesía que escribe Paterson. A algunos puede parecerse insulsa, pero que, desde mi punto de vista, es atractiva y pone las palabras necesarias para mostrar de forma descriptivamente bella las cosas más elementales que encontramos en nuestro día a día.

Una vez un periodista le preguntó a John Ford que como había filmado una de esa escenas grandiosas suyas, de esas que nos conmueven por su belleza escénica o literaria. Y el hombre con su sorna tradicional, respondió, “con una cámara”. Qué más necesita alguien para transmitir sensaciones estéticamente impactantes, ¡una puta cámara! Y se ha acabado. Una cámara fija que capta durante varios minutos una escena con un par de personajes hablando de sus cosas, del mundo, del bien y del mal. Una cámara moviéndose a la par que un jinete cabalga solitario en la pradera. Una cámara que capta la entrada de la caballería, tras un enfrentamiento con los indios; los rostros de los soldados y de sus familiares que buscan, nerviosos, entre ellos para ver si su ser querido vuelve a caballo, en parihuelas o, para su mal, se quedó enterrado en el desierto de Nuevo México. Y eso es lo que usa Jarmush en Paterson, una cámara. La grandeza del cine.

Por supuesto que los amantes del cine de acción robotizada, del tecno-cine, del cine de impacto, de esos engendros tan rutinarios con los que la industria satisface nuestras necesidades de pienso para el intelecto, deben abstenerse de ir a ver Paterson. El culo les dolerá y tras la primera media hora estarán deseando salir de la sala para alimentar la adrenalina que necesitan para seguir viviendo. Contrariamente, aquellos que intenten buscar algo de paz en este infierno, que no se la pierdan.

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