Personas como instrumentos

La empresa maneja varios instrumentos para conseguir sus fines. Un error usual consiste en considerar que las personas son un instrumento más entre esos varios. Instrumentalizar a las personas es algo que los principios más elementales de la ética debería impedirnos.

Sin embargo, esto no es algo simple. La Escuela de Frankfurt y sobre todo Max Horkheimer y Theodor Adorno vinieron a definir a nuestra época como aquella en la que hemos pasado a considerar a la razón como un instrumento para conseguir fines en lugar de su tradicional acepción como aquello más intrínseco a la esencia humana. La deshumanización es una consecuencia lógica de esta situación. Pero tampoco hemos de olvidar que el enorme desarrollo de la ciencia y la técnica en nuestro mundo es también producto de la misma causa.

Este mismo dilema lo encontramos en la empresa. Entre los recursos de una compañía se encuentran los humanos. Y ya solo esta manera de denotarlos, «recursos humanos» lleva consigo que se comparan con cualquiera otros de los recursos con los que la empresa cuenta: capital, activos fijos… Y esto no cambia por más que en muchas compañías se cambie el nombre del departamento responsable. Se tiende a hablar de «gestión de personas» en lugar de «gestión de recursos humanos», pero si esto se traduce solo en un asunto nominal, y no de valores, de poco servirá. No podemos soslayar esta vertiente, para conseguir sus fines, las empresas necesitan personas y, por tanto, por más que lo eludamos con una política empresarial de marcado carácter social, quienes trabajan en una compañía son también recursos de la misma. Pero, ¿podemos valorar a las personas del mismo modo que lo haríamos con un ordenador, una pala, un robot o una resma de folios? Sin duda, no.

Las personas son fines en sí mismas y cuando se sienten tratadas como un medio para conseguir algo, reaccionan mal. El líder que busca la eficiencia empresarial debe buscar el compromiso de la gente que trabaja en su proyecto. Y este solo se consigue desde el ejemplo y el respeto. Estas son dos categorías esenciales para lograr que las personas se involucren al máximo nivel. El líder ha de ser quien trabaje más, quien actúe siempre de la misma forma que le pide actuar a los demás, quien, además de dirigir, sea uno más en el grupo humano que se conforma en el trabajo. Pero, además, ha de ser sensible a las «cuestiones humanas» de los empleados que le rodean. Las personas no son máquinas y comprender sus problemas, sus necesidades y ayudar a resolverlos en la medida de sus posibilidades es una parte esencial de su función, Aquellos líderes para los que un trabajador es solo una fila en un archivo de Excel difícilmente conseguirán nunca tener una plantilla eficiente debido a su alto grado de motivación.

Comprender, pues, la marcada diferencia entre el recurso humano y otros tipos de recursos es una tarea esencial para lograr el éxito empresarial. Todo ello a pesar de que sea imposible no concebir a las personas dentro de la empresa como una cierta clase de instrumentos para conseguir dicho éxito.

 

 

 

 

 

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