¿Qué me pasa doctor?

¿Estaré contrayendo una grave enfermedad? ¿Será esto un síntoma de Alzheimer precoz? Doctor, es que últimamente prefiero ver con paciencia los varios centenares de películas de John Ford que poner el telediario. También me atrae más cualquier novela negra de John Verdon o Lorenzo Silva que la prensa escrita. Y qué decir ya del jazz de Chet Baker, Art Pepper o Thelonious Monk frente a cualquier chorrada de las que puedo encontrar usando Google. ¿Por qué preferiré ver las noticias que mis amigos generan en Facebook en lugar de las que genera la clase política o la sociedad civil española?

Y sí. Esto es lo que me pasa, doctor. ¿Será grave? No lo sé, pero creo que tengo causas más que fundadas para centrarme en el universo onírico de los sueños antes que en el de la frustrante realidad que cada día nos invade.

Es quizá por eso que ayer releía a mi bien amado  Tolkien y redescubría en su obra ese proteico universo donde la creación y el poder  se enfrentan como dos polos siempre presentes, en dioses y hombres. Creación y poder que se mezclan de forma confusa en los Segundos Nacidos, la especie humana, como fruto del mejor atributo que dicha especie posee, la libertad de elección. Esta lectura me llevó a  una reflexión sobre la evolución de la sociedad española en las últimas décadas. Y hablaré de la “sociedad española” y no solo de sus políticos porque creo que no es justo que nos refiramos a ellos como si fueran una superestructura ajena a nosotros, cuando realmente son unos más de los nuestros, reflejo de lo que todos somos. El afán de crear es el mejor sentimiento que albergamos; crear lo que sea, un artefacto, un poema, una ley, la organización de un país, de una empresa… Frente a esa tendencia natural en nosotros se encuentra el ansia de controlar las cosas, los procesos; el poder, la ambición. En general, las mentes creativas no tienen apego al poder; persiguen dejar su impronta en aquello en lo que creen. Así, la sociedad española desde los años sesenta del siglo pasado ha sido una sociedad dinámica y creadora. Primero, y aún soportando al longevo dictador, fuimos capaces de abrir el país al mundo, industrializarnos, cambiar nuestras pautas de comportamiento como sociedad. Luego, una vez muerto Franco, todos colaboramos en crear una nueva sociedad. Los políticos de entonces tenían en sus manos la argamasa fundamental para construir un país diferente y mejor. La sociedad civil tenía que adaptarse y liderar ese proceso de creación y lo hizo. El poder importaba, pero como catalizador de la creación. Con el paso de los años, vino el adocenamiento. Parece como si en lo social y en lo político ya no hubiera nada que hacer. Todo está ya hecho y no se puede cambiar. El miedo al cambio constitucional es el paradigma de esta situación. En una sociedad de este tipo el poder y la ambición florecen y la corrupción, como consecuencia de los mismos, comienza a dominar el espacio que el afán por crear un nuevo mundo tenía antes. En términos de Tolkien, el mal se impone sobre el bien, Mordor triunfa frente a Valinor.

Pero, ante esto, ¿permanecemos impasibles? Como especie no podemos hacerlo. Tenemos el deber de perseguir aquello en lo que creemos. No podemos dejarnos vencer por las sombras de ese tenebroso mundo que se teje a nuestro alrededor. Por eso, en mi caso, el acercamiento al Camarón de la Isla o a Paul Auster y el alejamiento de Mariano Rajoy o Francisco Marhuenda, tiene tintes revolucionarios. Se trata de alejarse lo suficiente de la mediocre realidad que nos invade para tomar perspectiva y seguir intentado trabajar por cambiar las cosas.

No se me malentienda esto de los tintes revolucionarios. Nunca he defendido el uso de la violencia más que como defensa frente a la agresión. Nunca de modo activo. En mi caso, en lo que trabajaré es en votar por la opción política en la que creo, en insistir en el cambio constitucional que logre ilusionar a esta sociedad nuevamente, en el dinamismo político, empresarial, intelectual necesario para que la creación y el trabajo, la pasión colectiva por hacer algo importante en nuestro país consigan desbancar a la ambición y al ansia de poder como semilla de la mediocridad que impera por doquier.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *