Terral

1 – Terral

Corría una leve brisa aunque el calor era asfixiante. Terral, la palabra mágica. En aquel lugar de la costa de Málaga todos la usaban de modo poco preciso. Cuando la moderada temperatura veraniega de la zona era sustituida por aquella sensación de horno, todos decían lo mismo, “es el Terral”. No había quien viviera en esos escasos días de verano. Los lugareños decían que era viento del sur, del desierto africano. Pero no era así. El asunto tenía más complejidad y se relacionaba con cambios de temperatura en las aguas marinas y otros fenómenos paralelos de difícil explicación para un profano.

¡Qué más daba! Lo importante es que estaban previstos tres días de aquel infierno. Eran poco más de las ocho de la mañana y ya apenas si se podía desayunar en la terraza del apartamento. El termómetro marcaba treinta y tres grados cuando a esa hora rara vez pasaba de los veinticuatro. Allá en el fondo, a unos pocos centenares de metros de la playa se divisaban dos solitarios puntos negros. Se quedó mirándolos fijamente. Pudieran ser personas nadando, pero no lo parecían. Probablemente gaviotas.  El café olía tremendo, qué placer desayunar por la mañana en la terraza mirando al mar de frente. Si no fuera por el Terral…

Menéndez había llegado a Málaga un par de días antes. Menéndez, ¡qué vulgar!, un apellido falso más para el lobo solitario. Los agentes del CNI casi llegaban a olvidar su nombre de tanto usar esos apellidos falsos. Cinco días de solitario descanso. No sabía muy bien por qué había elegido esa forma de descansar tan típica de la gente normal, de matrimonios con un par de hijos o de parejas de novios. Él estaba solo, solo en aquel departamento pensado para  que cuatro o cinco personas se hacinaran en él entre salida y salida a la playa. Y es que le encantaba el mar de Alborán, ese pequeño trozo de Mediterráneo, antesala del Estrecho. Esa luz, ese olor, el color del agua con sus innumerables cambios.

Tomó un sorbo del café caliente. Los dos puntos seguían divisándose al fondo, en el mar. ¿Gaviotas? Imposible, a los pocos segundos de fijar la mirada, uno de ellos levantó los brazos y comenzó a nadar hacia la playa; el otro le siguió de inmediato. Eran buenos nadadores, pero uno parecía mucho más fornido que el otro. Seguro que eran una pareja de alemanes que habían decidido refrescarse por la mañana para soportar mejor el calor del resto del día. La playa estaba a poco más de cien metros de la terraza, lo que le permitía divisar más o menos bien la fisonomía de la gente que se movía por ella. Primero llegó el nadador fornido. Era moreno, tenía barba y el pelo corto. Se le veía moverse con soltura atlética. Al poco rato llegó el otro, era casi un niño, por eso sus movimientos era más lentos que los del primero. Delgaducho y con una melena de rizos negros, no parecía tener más de doce o trece años. Parecían árabes. “¡No puede ser! ¡Joder con la puta deformación profesional! Ya estoy viendo enemigos en cualquier sitio y aquí he venido a descansar”.

Se terminó el café. Cargó el Spotify en el móvil y buscó una de sus listas de jazz. Los acordes del clarinete de Benny Goodman salieron de inmediato. Se concentró en la melodía mientras trataba de no pensar en nada más. Solo la música, el mar, la gente en la playa. Un universo de paz del que solía estar alejado.   Su vida eran las bombas, la guerra, las mentiras…  Por eso había venido aquí, tenía que poner un poco de relax en su cabeza, antes de perderla del todo. Tratar de confiar en las personas, entender que además de terroristas que se hacen reventar junto a unos pocos kilos de explosivo había gente normal por el mundo. Personas que trabajaban, descansaban, oían música, nadaban, tomaban una cerveza en el chiringuito de la playa, besaban a sus niños abrazaban a sus parejas. Necesita olvidar a los monstruos. No solo a los de un lado. Él se sabía tan monstruo como los otros. Solo un loco puede perseguir a otro loco. Para poder luchar contra los yihadistas  tenías que pensar como ellos, casi convertirte en uno de ellos, solo que del bando de enfrente. Llevaba demasiado tiempo en esa dialéctica de los buenos y los malos y necesitaba escapar, aunque solo fuera por unos pocos días, de ella.

 

2 – La ventana indiscreta

La mañana del día siguiente una húmeda neblina veraniega lo cubría todo. No hacía día para bajar a la playa. Decidió leer en la terraza. La relectura de El último Mohicano estaba trasplantándole en el tiempo hasta la infancia. Qué aventuras aquellas de los Delawares, los Maguas, los Hurones, los Mohicanos… Cuando hizo la maleta no pude por menos que cargar algunas de estas joyas de la infancia. Por un lado, el cuento de Fenimore Cooper, junto a La isla del tesoro de Stevenson. Por otro, una colección de comics de El guerrero del antifaz, junto con otra de El capitán Trueno, los únicos superhéroes de aquella infancia española de los años sesenta. Cada vez que levantaba la vista de la lectura, lo hacía para relajar el espíritu con el mar o para cotillear en las actividades de las terrazas contiguas. Se sentía, en parte, como James Stewart en La ventana indiscreta. Es cierto que no tenía una pierna rota como él, pero se percibía algo inválido fuera de su crispado ambiente habitual.

Casi no podía creérselo cuando los vio aparecer en una de las terrazas del mismo edificio frente a la suya.  Si no le hubiera dado esta manía de pasarse el día leyendo y oyendo música en la terraza, se hubiera evitado el mal rato. La pareja de árabes, el maduro atlético y el niño de los rizos aparecieron allí. Debían tener un apartamento alquilado cuya terraza daba frente a la suya. Y lo malo es que allí a tan pocos metros, la cara del adulto le resultaba más que familiar. ¡No podía ser! Trataba de alejarse unos días de toda esta mierda y se encontraba allí mismo, a pocos metros, con un tipo que le recordaba fuertemente al mismísimo Abu Hamid, uno de los terroristas más buscados y al que llevaba intentando encontrar desde hacía varios años.

¿Qué hacer? Podía montar un operativo de inmediato, traer a medio CNI a Málaga y cazarlo ahora mismo. Pero también podía hacer el ridículo. ¿Y si no era él? Se quedó inmóvil. Visto de cerca parecía un padre tan normal pasando unos días de vacaciones con su hijo. Enternecía ver cómo le ayudaba a secarse los rizos con la toalla y cómo tendía la ropa de ambos en los tendederos de la terraza. Abu Hamid había dirigido, primero en Afganistán y luego en Irak una red yihadista que convencía a adolescentes musulmanes y sus familias de que se convirtieran en bombas humanas contra el infiel. Había dirigido más de diez atentados de este tipo, bajo los que habían caído más de doscientas personas despedazadas. No podía estar allí conviviendo tiernamente con su hijo.  Debía tratarse de otra persona.

No quedaba otra que profundizar en el reconocimiento. Adiós vacaciones. Comenzó a pasar sus neuronas de modo relax a modo trabajo en tensión. Necesitaba hacer un plan de acción y actuar en función de resultados. Lo primero intentar un acercamiento fortuito. Desde el puesto de observación de la terraza tenía fácil adivinar las intenciones de sus movimientos así que esperó a ver cuando intentaban bajar a la playa. Luego solo tendría que seguirlos. No costó mucho, el árabe maduro pasó unos minutos hablando con su móvil dentro de la casa, podía ver su figura a través de la ventana de su salón; el interior se veía con cierta claridad desde su posición. Al poco rato, el niño y él comenzaron a preparar sillas, sombrilla y toallas. El asunto estaba claro. No era día de playa, pero habría que bajar.

 

3 – La playa

— ¡Vaya viento! En días como hoy no sé si merece la pena bajar a la playa.

Un modo como otro cualquiera de iniciar una conversación. Sus dudas le habían empujado a poner su sombrilla junto a la de los dos árabes en la playa. Quería sabe algo más y para ello tenía que acercarse.

— Bueno, siempre merece la pena estar un rato en el mar, aunque el viento lo complique todo

El joven permanecía tumbado sobre la toalla con aspecto de estar algo adormilado.

— ¿Es su hijo?

— No, es mi sobrino. Sus padres tienen que trabajar y me lo he traído unos días conmigo para que disfrute del mar y practique la natación.

— Me parece haberlos visto en aquel bloque de apartamentos, que es el mismo en el que estoy yo. Por cierto, perdone, no me he presentado, me llamo David, David Gómez —obviamente, un nombre más de entre los muchos que solía emplear en el trabajo.

— Yo soy Husain y mi sobrino Kamal. Sí, tenemos hemos alquilado un apartamento para unos días en ese edificio. Tiene buenas vistas y el precio era bueno.

El niño se había despertado y parecía algo inquieto, pero guardaba un absoluto silencio. Sabía que tenía que avanzar más si quería averiguar algo que le ayudara. Lo crucial era intentar obtener alguna fotografía para poder enviarla al CNI y que la contrastarán con las múltiples imágenes que guardaban de Abu Hamid. Solo así podría entrar en una zona de más seguridad sobre lo que quería hacer.

— Bueno, Kamal, he visto que nadas muy bien. ¿Hoy no te atreves con el mar algo encrespado por este viento?

— Kamal no habla español, lo siento, solo habla árabe —se adelantó Husain o Abu o como quiera que se llamase. —somos de Egipto, pero yo hace varios años que vivo en su país, por eso hablo algo de español.

— Bueno, yo diría que más que “algo”. Su español es muy bueno.

En aquel momento ambos comenzaron a hablar en árabe. Menéndez tenía que fingir que no les entendía aunque para él era prácticamente su segunda lengua, al menos a la que tenía que enfrentarse todos los días en el trabajo.

Por otro lado, nada sospechoso en la conversación. Husain le preguntaba a Kamal si, en tanto que no se iban a bañar, no sería mejor subir al apartamento. El joven se mostró de acuerdo y ambos comenzaron a recoger sombrillas y toallas.

— Un placer, David. Nosotros nos vamos a casa. Kamal no tiene muchas ganas de bañarse con este viento.

 

4 – Dudas

¿Qué hacer? La breve conversación mantenida en la playa no le arrojaba mucha luz sobre el asunto. Ver de cerca al presunto Husain le reafirmaba en que se trataba de Abu Hamid, pero tampoco podía afirmarlo al ciento por ciento. No quería montar un espectáculo en una zona turística como esta, organizando un operativo que terminara por detener a un inocente. Sabía por experiencia que muchas veces esto solo servía para que los yihadistas pusieran de verdad el foco sobre la zona y, si no tenían previsto hacer nada en la misma, que de repente diseñaran un cruel atentado que se llevara consigo varias vidas humanas. Pero tampoco debía dejar correr el asunto. Podría ser realmente Abu Hamid. La estrategia de hacerse acompañar de un joven adolescente era un escenario típico en sus atentados. Lo normal es que se tratara de un adepto ya totalmente convencido, al que estaba terminando de adiestrar y que finalmente se haría estallar rodeado de unos cuantos kilos de explosivo en medio de cualquier aglomeración de personas.

Finalmente decidió levantar el teléfono y llamar a la oficina. Necesitaba que le mandaran a alguien que pudiera fotografiar al tal Husein para enviar la foto y poder corroborar que se trataba realmente del terrorista. Lo cierto es que él podía intentar hacer la fotografía y enviarla, pero no se le ocurría como hacerlo sin levantar sospechas. Por un lado solo tenía a su disposición la cámara del teléfono móvil y no veía al árabe permitiendo que le hiciera un selfie de recuerdo. La ventana de su apartamento estaba lo suficientemente alejada como para que tomar una foto con la nitidez razonable no fuera posible. Si pudiera hacerlo así, en unos minutos tendría corroborado si era o no Hamid, pero aquello parecía tarea imposible. En cambio, si venía un compañero con equipo fotográfico profesional, podría estar aquí en unas pocas horas y en cuanto el árabe saliera a la terraza podría tener una imagen perfecta para ser identificado. Finalmente optó por esta opción como la ideal. El único riesgo es que el atentado que estuvieran preparando (si es que lo estaban haciendo) fuera a ejecutarse en las próximas horas.

 

5 – Lo peor se confirma

A media tarde llamaban al timbre del apartamento. Era el compañero con el equipo de fotografía necesario. Buscaron la ubicación precisa para que la cámara pudiera captar la terraza de los sospechosos sin que ellos pudieran verla. El compañero especialista en el asunto no se dejó mostrar en ningún momento para no levantar sospechas.

Pasaba la tarde, la luz comenzaba a escasear y los árabes no salían a la terraza. Los nervios afloraban. Por fin, cuando apenas si quedaba ya una brizna de sol, Husain salió a colgar unas toallas en el tendedero. La cámara tomó decenas de fotografías que en pocos minutos se remitían al CNI para su análisis.

No tardaron más de veinte minutos en tener la respuesta. La identificación era positiva. El sujeto fotografiado era Abu Hamid. El siguiente paso estaba claro, pedir un operativo para detenerlo cuanto antes.

“¡Vaya mierda de vacaciones! —Pensó Menéndez— Al final parece que vamos a tener festival. Pero bueno, si evitamos una masacre y encima detenemos a este cabrón, habrá merecido la pena. La próxima vez me iré al Polo Norte, a ver si allí hay más suerte”

—Y si lo intentamos nosotros antes de que llegue la caballería. No sabemos lo que este cabrón puede tener diseñado. Cuanto antes lo paremos, mejor —Menéndez intentó convencer a su compañero—

—Mira, están ahí, no se han movido del apartamento. Los tenemos controlados, si vemos que salen los seguimos. Pero lanzarnos contra ellos sin apoyo logístico puede hacer que todo falle —la sensatez del compañero, convenció a Menéndez

Siguieron vigilando hasta tarde. Comprobaron que sobre las doce de la noche se apagaban las luces. Todo en orden. El operativo pedido estaría allí al día siguiente a primera hora. Hasta entonces no quedaba otra opción que esperar.

 

6 – El miedo del adepto

Mientras los agentes terminaban de preparar toda la estrategia del día siguiente, en el apartamento de los árabes, el pequeño parecía inquieto.

— Estoy asustado, ¿dolerá mucho? —preguntaba dudoso.

— Claro que no. Será un instante, el paso de este mundo al paraíso. En seguida verás la sonrisa de Alá que te estará esperando con los brazos abiertos. A partir de ahí todo será felicidad, ya no volverás a conocer el sufrimiento.

— Pero ¿estás seguro que todas esas personas merecen morir? Habrá niños como los que vemos en la playa, no creo que ellos tengan la culpa de lo que nos pasa.

— Niños o mayores son enemigos de los musulmanes. Piensa en cuantos pequeños musulmanes mueren todos los días en Palestina, en Siria, en Irak. Esos niños cristianos mañana serán adultos y se convertirán en soldados contra el Islam. Alá nos pie que hagamos la guerra santa contra todos los que batallan contra nosotros. Piensa además en tus pobres hermanas y su terrible vida en Gaza. Los infieles tienen la culpa de eso, del sufrimiento de la escasez en la que viven. Pero ahora su vida cambiará. Tú vas a ser alguien grande para el Islam, mañana te vas a convertir en un mártir por Alá y ello nos permitirá hacer que tu familia pueda mejorar su vida. Piensa en tu pobre padre, matándose a trabajar para nada, en tu madre sacando adelante a toda la familia. Y a los soldados judíos insultándolos, matando a sus amigos, impidiendo que tus hermanas puedan ir al colegio. Tú serás el valiente que ayudará a que todo eso cambie.

— ¡Insallah! —Terminó de sentenciar Kamal.

 

7 – La operación comienza

La mañana se despertaba con una luz inusitadamente transparente. Había un ligero viento de poniente y el mar tenía uno de esos azules profundos más propio del Mediterráneo oriental que del mar de Alborán. La brisa hacía que la sensación de humedad fuera menor, el conjunto era una agradable sensación térmica muy diferente del terral de los días anteriores.

Menéndez y su compañero se levantaron muy temprano, cuando aún apenas si había luz. Debían ser poco más de las seis de la mañana. Los del Grupo Especial de Operaciones llegaban en ese mismo momento y una llamada les avisó que estaban en la puerta del edificio dentro de una furgoneta camuflada. Eran diez hombres con todo el equipamiento necesario para detener lo que hiciera falta. También habían avisado a la Guardia Civil y a la Policía Municipal para que estuvieran alertas e intervinieran con urgencia ante cualquier aviso por su parte.

Algunos de los agentes subieron al piso de los árabes, allí se reunieron con Menéndez y su compañero, todos con las armas alerta. Llamaron a la puerta.

— ¡Policía, abran la puerta!

Silencio absoluto. Repitieron el aviso un par de veces. Más silencio. En seguida echaron la puerta abajo y comprobaron que allí no había nadie. Lo que fuera a hacerse ya se había puesto en marcha.

— ¿Qué hacemos? —le consultó a Menéndez el jefe de los GEO.

Cabizbajo y pensativo, Menéndez estaba ya recriminándose el no haber intervenido antes. Quizá ya fuera demasiado tarde. En ese momento se dio cuenta de que lo más probable es que los árabes hubieran tenido el coche aparcado en el garaje del edificio de apartamentos. Había cámaras y vigilante nocturno. Lo que procedía era ir corriendo allí a investigar.

Sus sospechas eran acertadas. El vigilante les confirmó que hacía poco más de media hora que ambos habían salido en su coche.

— ¿Registráis las matrículas?

— Claro, solo los coches de los propietarios o de los inquilinos de los apartamentos pueden aparcar aquí dentro. Déjeme mirar. Era el apartamento 542. Aquí lo tengo.

En cuanto tuvo en sus manos la matrícula llamaron a la Guardia Civil. Lo crucial ahora era ver cómo podían localizar el coche, hacia donde podrían haberse dirigido. Los picoletos les confirmaron que podían acceder a varias cámaras de seguimiento en la zona, había un centro comercial cerca que tenía varias y luego estaban las oficiales de carretera. Si había suerte podían localizarle el vehículo en unas pocas horas. El cuartel de la Guardia Civil estaba a pocos minutos así que salieron disparados para el mismo.

— ¡Horas! Estáis locos. Tenemos a uno de los terroristas conocidos más peligrosos montando un atentado que puede terminar con la vida de cientos de personas y me decís que horas.

El jefe del puesto comprendió la celeridad del asunto y comenzó a mover a sus hombres a toda velocidad. Una patrulla se fue al centro comercial. Efectivamente el vigilante nocturno tenía acceso a las cámaras y en un momento tenían las imágenes del coche saliendo por el garaje, con otra de las cámaras que apuntaban al recinto exterior vieron el camino que tomaba. Se incorporaba a la autopista en dirección a Málaga. A partir de ahí solo había que seguirle a través de las cámaras de la autovía. Pero esto era una labor lenta. Había que poner a varias guardias en paralelo a revisar cada cámara de tramo para comprobar el paso del vehículo. No había otra forma.

No obstante, todo fue rápido. En poco más de una hora, lo tenían localizado. El coche había seguido la autovía durante unos pocos kilómetros y la había dejado en un centro comercial cercano.

Menéndez, los GEO y un par de vehículos de la Guardia Civil local salieron zumbando del cuartel. Eran unos pocos kilómetros de autovía, estarían allí en poco más de quince minutos, eso sí, con las sirenas a toda pastilla y rompiendo cualquier limitación de tráfico. Avisaron también a la Policía Nacional para que enviara un helicóptero urgente a la zona. El viaje fue tenso, quizá solo los guardias que conducían los vehículos, concentrados en el manejo de los mismos, tenían sus mentes más tranquilas, pero el resto se consumía en un nerviosismo proverbial. ¿Llegarían a tiempo? La vida de muchas personas estaba en juego. Menéndez no podía tampoco dejar de valorar lo que de positivo sería detener a aquel cabrón. Llevaba analizando los atentados de Abu Hamid varios años y había aprendido a odiarlo. Le gustaría tenerlo enfrente en un interrogatorio para poder entender cómo un ser humano podía llegar a aquella frialdad asesina en aras de una causa que él debía creer noble. Además, quería salvar al chico. Desde que compartieron aquellos momentos en la playa estableció con él un cierto hilo afectivo. Parecía un buen chico, no quería que muriera, tenía que salvarlo también.

 

8 – Kamal

Cuando salieron de la autovía, apagaron las sirenas. Los coches de la Guardia Civil se quedaron aparcados en un lateral para no ser vistos. Mientras, Menéndez en su coche y los GEO en su furgoneta daban vueltas por el aparcamiento para confirmar que el automóvil estuviera allí. Era muy temprano, alrededor de las nueve de la mañana y la mayoría de los establecimientos estaban a punto de abrir. Parecía lógico que si los terroristas querían muchas muertes lo normal es que a esa hora aún no tuvieran previsto su atentado.

No tardaron mucho en dar con el vehículo. Estaba vacío así que lo normal es que sus ocupantes estuvieran ya dentro del centro. Además de los dependientes, algo de público comenzaba a afluir. Parecía arriesgado que todos los agentes con su uniforme, y sobre todo los del operativo del CNI, con su sofisticado armamento, entraran en el mismo. Si Hamid los veía y el chico iba ya cargado de explosivos, podía anticipar el asunto y ocasionar muchas víctimas. Tenían que intentar localizarlo de forma poco ruidosa. Menéndez ordenó a los GEO que se ubicaran por los tejados y controlaran desde allí los accesos al interior para tratar de detener a Hamid de forma inadvertida. A los guardias civiles que cubrieran todas las puertas de acceso. No podía salir de allí. Mientras tanto, él y su compañero entraron y comenzaron su búsqueda.

Todo fue muy rápido. Vieron al niño sentado en uno de los sillones de descanso que había en la mitad de la plaza central del centro, allí donde en poco tiempo habría un montón de gente paseando y mirando los escaparates de los locales. Estaba solo. Era de suponer que Hamid estaba en algún punto suficientemente alejado pero con control visual sobre el chico. Estaba claro que lo mejor era hablar con el muchacho para intentar convencerle de que no accionara ningún mecanismo, pero ninguno de los dos sabía árabe.

La gente comenzaba a entrar ya al centro comercial, aún no había mucha afluencia. Milagrosamente vieron a una pareja de rasgos norteafricanos. Su origen parecía también confirmarlo el hiyab que vestía la mujer. Se fueron hacía ellos.

— Somos policías ¿habláis árabe? Si es así, necesitamos vuestra ayuda.

La pareja pareció intimidada, pero debieron valorar que poco podían hacer más allá de comentar la verdad. Afortunadamente sí hablaban árabe.

Menéndez pensó que era mejor que fuera la mujer quien hiciera la función de traducción. Pensaba que el chico lo vería de forma menos intimidatoria. Avisaron a los agentes que entraran al centro, lo fueran desalojando con urgencia y localizaran y detuvieran a Hamid. Mientras él y la mujer árabe se dirigieron a donde estaba sentado el chico, que al verlos pareció más que sorprendido.

—Tradúcele lo que te vaya diciendo —le indicó a la mujer.

— Hola Kamal, aunque quizá no te llames así. ¿Me recuerdas? Nos vimos en la playa ayer. Sé que estás a punto de hacer algo de lo que no estás convencido y quiero que lo pienses bien antes.

Menéndez se había percatado de  que la mano del muchacho se encontraba dentro del bolsillo de un anorak cerrado. Los explosivos estaban debajo, sin duda, y la mano sobre el pulsador que los haría saltar a todos por los aires. Un auricular estaba puesto en su oreja, seguro que desde él recibía instrucciones de Hamid. Realmente la situación era delicada. No conocía el grado de convencimiento del chico. Cualquier movimiento brusco podría hacer que aquella mano simplemente apretando un botón causara una masacre.

— Sí, mi nombre es Kamal —le dijo el chico a la asustada mujer que no sabía muy bien lo que estaba sucediendo.

— Kamal, aprieta el botón, acabemos esto ahora mismo. No hagas caso de lo que te digan. Recuerda todo lo que hemos hablado —La voz de Hamid gritaba a través de los auriculares. Ya era consciente de que habían localizado al chico.

— Kamal, eres un gran chico y Hamid es un asesino. No sé cómo te habrá convencido para hacer esto, pero morirán muchos inocentes y estoy seguro que tú no quieres eso —La mujer iba traduciendo, de manera nerviosa, conforme se daba cuenta de lo que realmente estaba sucediendo.

— Voy a ser un mártir del Islam. Hoy caerán muchos enemigos de Alá

— Kamal, esta mujer que te está traduciendo es musulmana como tú y caerá también en cuanto pulses el botón, ¿por qué? ¿para qué?

— Mi familia necesita que lo haga. Husain ha prometido ayudarles —La voz de Kamal iba tomando tintes de duda.

— Eso es una mentira más de las muchas que te han contado. Tú ya no estarás aquí para verlo, pero te juro que no van a ayudar a tu familia. Solo necesitan tu sacrificio para seguir con su lucha de locos. Llevo años siguiendo al que tú llamas Husain y nunca he visto que su organización hiciera nada especial por las familias de los chicos que reclutaba.

Los minutos iban pasando. Kamal sudaba intensamente. Al calor del verano había que unirle el chaleco y todo el metal que llevaba debajo del mismo. Hamid seguía insistiendo a través de los auriculares del muchacho. De pronto se oyeron disparos. Por el intercomunicador que manejaba con la patrulla de agentes Menéndez recibió la buena noticia.

— Lo tenemos —La voz del jefe de los GEO se oyó al otro lado del intercomunicador.

— Kamal, hemos detenido a Husain. Ya no tienes por qué tenerle miedo. Si sacas tu mano del bolsillo te garantizo que en seguida te estaremos llevando con tu familia donde quiera que estén. Y lo de ser mártir del Islam es una mentira más de las muchas que te habrá contado Husain. Alá no puede querer entre sus elegidos a los que matan para llegar a él.

Tímidamente Kamal fue sacando la mano del bolsillo mientras algunas lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Menéndez le acarició el pelo a la vez que introducía su mano en el bolsillo del niño para palpar el pulsador. Allí estaba. Lo sacó con cuidado mientras le indicaba a su compañero que llamara a los artificieros para que pudieran librar al niño de aquella infraestructura de plomo. Todo había acabado y, por una vez, bien.

 

9 – Abu Hamid al Garnati

Aquella tarde el mar estaba en absoluta calma. Esta vez el azul claro le hacía parecer un enorme espejo donde un par de escasas nubes se reflejaban. No había viento. Apenas una leve brisa que no daba casi ni para agitar las pesadas hojas de las grandes palmeras. Menéndez volvía a estar frente al mar de Alborán en la terraza de su apartamento. Kamal estaba en manos de los servicios sociales que ya habían localizado a sus padres en Palestina. Ahora vendría lo peor. La organización terrorista a la que pertenecía Hamid iría a por ellos; no podían consentir que situaciones como aquella se repitieran. Ya les habían avisado, pero les resultaría difícil protegerse por sí mismos. Había contactado también con Exteriores, pero ya le habían dicho que ellos no podían hacer nada al respecto. Mal asunto. ¿Por qué no podía haber algo que terminara totalmente bien? Le quedaban un par de días de vacaciones, pero no las terminaría. Mañana saldría para Madrid. No merecía la pena intentar el relax en un mundo como este donde el mal no descansa nunca. Tenía que interrogar a Abu Hamid, lobo contra lobo. Curioso el nombre. Nada que ver con aquel granadino universal, Abu Hamid al-Garnati, que recorrió el mundo islámico de su época describiéndolo y comerciando en él. Los tiempos cambian, las civilizaciones también.  Cargó el Spotify, esta vez fue Mischa Maisky y su cello. Una recreación del Ave María de Gounod, aquella obra que se construyó sobreponiendo el cello sobre unos acordes de clavecín que más de cien años antes había escrito Bach.

El mar permanecía en su quietud infinita, ajeno al devenir de los problemas de las personas.

 

 

 

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