Una cerveza con sorpresa

Se sentó eufórica junto a la cristalera del bar mirando de frente a la entrada. Su situación era estratégica. A través del escaparate podía ver a cualquiera que se acercara para entrar y luego seguir sus pasos desde la puerta, una vez ya dentro. Ideal para sus planes. Pidió una cerveza tostada de tres maltas, de las fuertes y amargas, como más le gustaban. Esperó impaciente al camarero, sin retirar la vista de la calle a través del cristal. El día no era espectacular, alguna nube poco desarrollada le quitaba fuerza al sol otoñal. Pero Lucía lo prefería así. Un sol más fuerte hubiera dificultado la visibilidad de la calle a través del escaparate. El camarero llegó con la cerveza. La abrió muy despacio para que la espuma se fuera generando en el interior de la botella sin desbordarse. El vaso la recibió, bien inclinado, poco a poco. El tiempo agrandaba el deseo de disfrutarla.

Cerveza con sorpresa

 

Le había costado bastante llegar a ese momento. Todo comenzó meses atrás cuando las redes sociales de su empresa comenzaron a llenarse de mensajes tan falsos como destructivos para la imagen de su marca. Lucía era la Community Manager de una importante firma de ropa para jóvenes. Nunca antes había pasado por una situación tan grotesca. El troll no paraba de meter noticias falsas sobre sus técnicas de producción en Asia, sobre el maltrato a sus trabajadores, sobre la mala calidad de sus productos… Y no era como otros anteriores que al poco tiempo se aburrían y ponían su foco en otra diversión. Este había sido persistente. Y lo peor vino cuando los tuits comenzaron a tocar temas personales. El tipo debía conocerla tanto a ella como a David, el CEO de su compañía, ya que, llegado un momento, su interés se centró en atacarlos. El colmo vino cuando hace un par de meses se desayunó leyendo este tuit:

@luciatgab está donde está porque se acuesta con su jefe. Su experiencia en redes sociales es nula.

Ahí fue cuando decidió hacer la guerra de verdad. Para su fortuna, en lo que a este caso se refiere, Lucía era ingeniera informática. Y, además, su rol controlando las redes sociales de su empresa no le había hecho olvidar otros asuntos algo más tecnológicos. Comenzó a indagar. Siguió al tipo por las redes. Su ataque lo diseñó para Facebook. Se construyó un perfil falso y lo llenó de noticias que suponía le atraerían. Pasadas unas semanas, cuando ya su perfil falso tenía suficiente entidad le pidió que la aceptara como amiga. Cayó en la trampa. Una vez en su red solo tuvo que dedicar algún tiempo a bucear entre los perfiles de sus otros amigos. Al poco tiempo encontró lo que quería. Un tal Jorge se confesaba compañero de estudios. Revisando los comentarios cruzados de ambos se deducía que habían sido buenos amigos hace años, pero que no había vuelto a verse desde entonces. Ambos hablaban de la voluntad de reunirse, pero nada indicaba que lo hubieran hecho. Por otro lado, Jorge, no era demasiado activo en Facebook, pasaban meses sin que hubiera ninguna noticia suya. Era el perfil ideal. Lo hackeó. No le fue muy difícil. Empleaba una contraseña con seguridad muy débil que el software adecuado descifró en poco tiempo. Ya dentro con la identidad falsa de Jorge no le fue nada complejo ir tendiendo la red para organizar una cita.

Y ahí estamos. Habían quedado poco antes de comer para charlar, recordar viejos tiempos y tomar un par de cervezas. Pero solo Lucía sabía que Jorge no iba a estar allí. Lo vio acercarse; había visto tantas fotos suyas en las redes sociales que no lo cupo la menor duda de que era él. Entró en el bar. Sus ojos recorrieron las mesas buscando al ausente Jorge. Finalmente se posaron en la mesa de ella. Claro que también la conocía; tantos meses atacándola por las redes no podían haberse hecho sin interesarse por buscar fotos suyas. Al descubrirla sonriente sentada en la mesa junto al escaparate su rostro mostró incredulidad y sorpresa. Se acercó.

– Hola, cabrón. Ha sido divertido hacerte venir hasta aquí. Da recuerdos a tu amigo Jorge, el de verdad, cuando hables con él.

– ¡Vaya, qué sorpresa! -él intentó mostrar más ironía que perturbación- Quien iba esperar encontrarte por aquí.

Ella tomó un largo sorbo de su cerveza, que aún conservaba una buena parte de su brillante espuma. Volvió hacia él la pantalla del portátil que tenía sobre su mesa. En ella estaba el conjunto de sus intervenciones en las redes más insidiosas y falsas contra su empresa.

– ¿Por qué? ¿Qué hace a un tipo como tú volcar toda esta mierda? ¿Quien te paga para mentir de este modo?

– No tienes ni idea de por donde van los tiros -él parecía seguro con su afirmación-. Habla con David, quizá te aclare algo las cosas.

– ¿Cómo? -Ahora era Lucía la sorprendida- ¿De qué me estás hablando?

– ¿Sabes quien paga esta campaña? ¿Sabes quien me indica cómo y dónde debo atacar? Trabajo para David. Ya que has llegado tan lejos, no me importa contarte la verdad. Me contrató hace tiempo para hacer una fuerte campaña de crítica en redes contra vuestra propia empresa. Lleva años a sueldo de vuestra competencia. Su finalidad es frenar vuestra capacidad de crecimiento. ¿No te has preguntado nunca porqué las cosas no os van tan bien cómo fuera de esperar? Tú eres buena en lo tuyo, pero, incluso antes de que yo apareciera, sabes que siempre te frenaba tus iniciativas.

– !Qué puta locura¡ !Tanto tiempo dedicado a sacar esto adelante¡ -Lucía estaba desencajada.

– Te pido disculpas por la caña que te he dado este tipo atrás, pero era mi trabajo. ¿Por qué no pasas de David y te vienes a trabajar conmigo? Con lo que veo que conoces de seguridad, seguro que dentro de poco estamos trolleando al mismo Donal Trump, o a Putin, su socio, je, je. Sería una buena acción en lugar de trabajar para arribistas como tu jefe.

Pidieron más cerveza. Unas rubias con toques frutales. La tarde iba a ser larga mientras planificaban el futuro y quedaba mucha cerveza que tomar. Había que ir poco a poco.

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