Una sociedad fracturada

Mucho se ha escrito sobre la actual situación sociopolítica de España y el proceso de polarización por el que decimos que esta es una sociedad fracturada. Supongo que casi todo está dicho, pero, no obstante, me gustaría aportar aquí mi punto de vista al respecto, así como mi posicionamiento en ese espectro de organizaciones políticas que se nos ofrecen en las nuevas elecciones del 26-J.

La sociedad española en los años de la Transición valoraba el consenso y el acercamiento entre proyectos políticos dispares. Podíamos encontrarnos a Fraga presentando a Carrillo en el club Siglo XXI o negociando cuestiones tan peliagudas como una nueva Constitución o unos Pactos de la Moncloa para alinear a todos con el objetivo del progreso para la sociedad española. Digamos que aquella generación, de la que me honra formar parte, era asustadiza respecto a las consecuencias de la tradicional fractura que históricamente había sufrido nuestro país. Se trataba de superar aquellas célebres dos Españas de Machado. Por supuesto que cada uno tenía su proyecto político, su ideas, sus estrategias, sus tácticas políticas; pero se intentaba llevarlas a cabo sin injuriar demasiado al contrario, teniendo claro que cuando el líder de un partido político gana unas elecciones tiene que gobernar para todo el país y no solo para su electorado. Legislaturas como las presididas por Adolfo Suarez o Felipe González, e incluso la primera legislatura de José María Aznar se caracterizaron por ese modo de hacer las cosas. Cada uno trataba de llevar puntos de su programa adelante, pero nadie atacaba frontalmente aquello que el anterior había hecho cuando le sucedía. Fueron así constituyéndose las bases de un estado jurídicamente seguro, con una tendencia clara hacia la mejora de la justicia social, la ampliación de derechos civiles, etc. Digamos que es a partir de la segunda legislatura de Aznar que la cosa comienza a cambiar. Su adscripción paulatina a las tesis neo conservadoras más radicales del momento trajo consigo la creación de una doctrina, el aznarismo político, muy combativa con la socialdemocracia. El alejamiento del proyecto europeo,  el acercamiento hacia la América más conservadora de George Bush y su derechización ideológica sentaban las bases necesarias para que el otro lado del espectro reaccionara de forma parecida. Llevarnos a la guerra de Irak, y los atentados del 11-M como colofón a la misma, fue el culmen de esta política que polarizó de nuevo a una sociedad que, hasta ese momento, había valorado más lo que la unía que lo que la separaba.

Zapatero continuó en la línea. A pesar de sus avances en derechos civiles, hay que remarcar que sus dos legislaturas, y sobre todo la primera, se caracterizaron por gobernar contra el PP. Esto siguió echando leña al fuego de la polarización. A su vez, el PP de la época de Zapatero se caracterizó por su continua, exacerbada y maleducada, en ocasiones, crítica contra el gobierno del PSOE. No había materia que no abriera una brecha cada vez más profunda entre ambos partidos y sus dos líderes, la búsqueda de un posible pacto con ETA, la nueva ley del aborto, la ley sobre matrimonios homosexuales, etc. Y el resto de la sociedad siguió reaccionando ante este hecho, como no podía ser de otra manera. El debate político se tornó agrio, todos tomábamos partido por uno u otro bando como si nos fuera la vida en ello. Ambas alas del espectro político se separaron y acaloraron en la defensa de sus puntos de vista como no lo habían hecho desde el comienzo de la Transición.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Para terminar de condimentar el guiso, la grave crisis económica que vivimos desde 2008 y que se ha caracterizado por expulsar a un gran número de ciudadanos de la anteriormente bien nutrida clase media, ha traído consigo más fractura de la sociedad. En general, las clases medias son las más centradas, políticamente hablando, y la disminución de su importancia en la sociedad española solo ha supuesto más polarización en la misma. El tradicional entorno bipartidista se ha roto y en este momento el espectro político nos presenta cuatro alternativas que surgen de la segmentación de las dos anteriores. A la derecha un PP cada vez más alejado del espacio del centro político, carcomido por la corrupción sistémica y con un líder carente de la necesaria auto crítica para abandonar y dejar el partido en manos de otras generaciones que lo refunden y puedan darle una nueva imagen. Por el centro tenemos a Ciudadanos, una interesante organización que se nutre en parte del descontento de alguna militancia del Partido Popular y que ha sabido recoger el viejo espíritu de la UCD, mezclado con un mensaje modernizador y regeneracionista que ha calado en el ala no izquierdista de la clase media progresista. Unos líderes jóvenes, bien formados y un programa económico sólido liderado por Luis Garicano, un reconocido economista español, pero de perfil internacional, colocan a Ciudadanos en una posición atractiva para el votante tradicional de centro, las clases medias profesionales y en general, el electorado liberal que no está satisfecho con el mensaje demasiado derechizante y, en muchos casos, con una fuerte vinculación con la Iglesia, del PP. Transitando el camino del espectro político de la derecha hacia la izquierda, nos aparece el PSOE, con su tradicional posición de centro izquierda socialdemócrata. Pero ahora, el partido que más años ha gobernado este país desde la muerte de Franco, se encuentra carente de la necesaria unidad de criterio y de un mensaje que cale en el electorado, como para lograr la presencia parlamentaria que siempre le ha caracterizado. Algunos de los votantes más moderados del PSOE han huido hacia Ciudadanos, pero el grueso de los ausentes o bien están optando por la abstención o bien transitan hacia la izquierda con Podemos. Los socialistas españoles han sufrido, como ningún otro partido, las consecuencias de la crisis económica. Muchos de sus votantes no perdonan que fuera con ellos en el gobierno con quienes comenzaron los recortes sociales, la modificación del articulo 135 de la Constitución y, en general, un conjunto de acciones que, como el tiempo ha ido demostrando, se precisaban como ineludibles y que un partido de estado, como el PSOE, no podía dejar de hacer. Pero la continuidad brutal de los recortes llevada a cabo por el PP ha dejado en la mente de la gente que el origen de los mismos y, por tanto, su causante principal, estuvo en el PSOE. De esta situación de crisis surge Podemos como un movimiento que aglutina un conglomerado de organizaciones de marcado cariz populista y, en algunos casos, antisistema, pero que se encuentra en evolución hacia su presentación en la forma de un bloque serio como alternativa de gobierno, situado a la izquierda del PSOE. La reciente asimilación (aunque de momento sea solo como pacto electoral) de Izquierda Unida abona este posicionamiento.

De este modo, el elector español que acuda a las urnas el 26 de junio tiene que decidir si se encuentra entre las posiciones centradas de izquierda o derecha, votando al PSOE o Ciudadanos o si, por el contrario, prefiere visiones más radicales acudiendo a las alas derecha o izquierda del espectro, representadas por el PP o Podemos. Para ayudar a discernir más claves de este panorama, me gustaría mencionar algunas cuestiones que considero de interés y que ayudarán a fijar mi posición personal a este respecto. En primer lugar querría remarcar al Partido Popular como el gran causante de la muerte del bipartidismo. La férrea crítica a los socialistas en la época de Zapatero y su continuidad en la última legislatura han contribuido sobremanera a que surjan movimientos a la izquierda del PSOE con la fuerza que estamos viendo en la actualidad. Supongo que si el ideólogo del PP, Pedro Arriola, el padre intelectual de una buena parte de esta filosofía, pudiera dar hoy marcha atrás con la misma, quizá lo haría, ya que las consecuencias para la sociedad española podemos percibirlas ya como desastrosas. Personalmente creo que las sociedades más estables son aquellas donde las diferentes alas políticas se aglutinan en dos partidos fuertes, representantes de las dos tendencias básicas (conservadora y progresista) de la sociedad. Así, por ejemplo, tenemos en Estados Unidos a los partidos Demócrata y Republicano que son capaces de aglutinar dentro de sí a un amplio espectro político. En el Partido Demócrata conviven la liberal Hillary Clinton con el socialdemócrata Bernie Sanders y en el Republicano tenemos al populista Donald Trump con el resueltamente más moderado Ben Carson. Podemos encontrarnos con un Partido Laborista en Reino Unido que ha sido liderado por el ala más derechizante de Tony Blair y actualmente por la izquierdista de Jeremy Corbyn. En general, mi punto de vista es, que las sociedades más avanzadas del mundo, son aquellas donde el espectro político no está demasiado fragmentado y los partidos son capaces de aglutinar a un amplio espectro ideológico, dentro de su línea teórica fundamental.

Cuando una tendencia radical lidera una gran organización de izquierdas o de derechas, sus impulsos se ven matizados por el peso del resto de las alas del partido al que pertenecen y, por ello, deben moderar su ideario a fin de tener el apoyo del resto de la maquinaria de su organización. Cuando estas tendencias radicales florecen fuera, representan un peligro relevante para la estabilidad social. En general, la moderación de los grandes partidos tradicionales radica en que, con las excepciones de rigor, están acostumbrados a gobernar para todo el país y no solo para sus votantes. En nuestra sociedad actualmente el mensaje radical ha calado hondo y las nuevas organizaciones, como Podemos, ayudan claramente al proceso de fragmentación. Digamos que estas organizaciones populistas se caracterizan por decir a la gente lo que quiere oír y de tratar de gobernar solo para quienes les dan su apoyo directo. Fijémonos lo normal que es el hecho de que en una sociedad donde la crisis ha ampliado enormemente las diferencias sociales, donde centenares de miles de personas han sido expulsadas de la clase media, que un partido se presente como el que va a revertir todo eso, pero con políticas tan extremas como imposibles de llevar a cabo. Convencer al electorado diciendo lo que quiere oír, aun a sabiendas de que es imposible cumplirlo, es un fundamento de este tipo de organizaciones. Hasta ahora, y con todos los matices que ya hemos señalado, el partido político en el poder no ignoraba a los millones de votos que estaba al otro lado, aquellos que no le habían votado. En general, se trataba de hacer tu política, pero con las restricciones que marca una sociedad plural y compleja donde se me permite trabajar por mis ideas, pero sin ultrajar el punto de vista de los otros. Por esto me resulta graciosa la actitud de algunos representantes de esta nueva política, como Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona que trata de dar una idea de moderación, que lucha por sus políticas y se queja de la incomprensión de ciertos partidos tradicionales, pero que entre sus haberes de gobierno tiene los de haber maltratado al ejército, una institución cada vez más respetada en España o el de haber retirado del salón de actos del ayuntamiento el busto del rey Juan Carlos I. Media España, como en lo más rancio de nuestro pasado, gobernando en contra de la otra media.

También me gustaría remarcar otro aspecto que considero relevante a la hora de explicar el auge de organizaciones como Podemos en España. En sus orígenes, este partido surge del movimiento 15-M en un intento de formalizarse como alternativa política y dar la batalla a los partidos tradicionales, lo que entonces denominaban, la casta. Los líderes del partido, Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón, etc. son en una buena parte politólogos expertos en el uso de los medios de comunicación. A este respecto, su comunicación pública ha sido excepcional, hoy dominan ampliamente las redes sociales y sus mensajes son los que mejor llegan a un electorado joven, cansado de una sociedad que no les da oportunidades. Pero en su evolución durante los pocos años de su existencia se ha encontrado ya con la cruda realidad, con la clara visión de que solo siendo algo posibilista se puede conseguir gobernar una sociedad. El ejemplo de Syriza en Grecia y la tremenda mutación de Tsipras, primero como un populista radical para conseguir el poder y luego totalmente aclimatado a los designios de la Troika, ha sobrevolado sobre el ideario estratégico de Podemos, llevándoles a un cambio relevante en sus mensajes. Una vez ganada una porción importante del electorado, y ya que cuentan son su fidelidad, se trata de ir cambiando ciertos posicionamientos, acercándose, por ejemplo, a tradicionales tesis socialdemócratas y dejando atrás (aunque finalmente casi siempre termina saliendo) lo más antisistema de su programa. No en vano, una buena parte de la dirección de Podemos ancla su origen en la militancia comunista y no hay que olvidar que son los partidos comunistas, con su concepto del agitprop, quienes inventan las modernas técnicas de comunicación y marketing político. El problema es que este continuo fluctuar ideológico, donde lo único que importa es asaltar el poder, a mí no me convence. Soy mucho más tradicional y me gusta conocer bien lo que compro, lo demás es dejarse engañar por magos y encantadores de serpientes.

Pero, para ir concluyendo, más allá de que desentrañemos o no las claves de lo que está pasando, lo que va a suceder me temo que sucederá. Y esto no será otra cosa que un mayor fraccionamiento de la sociedad española. Lo normal es que el resultado de las elecciones arroje un incremento en los votos de las posiciones extremas y pérdida en las moderadas. Y el PSOE será quien más sufra esta situación. Tome el camino que tome, el de apoyar o abstenerse ante el triunfo de opciones de derecha o izquierda, su electorado seguirá pasándole factura, Y me causa sarpullido pensar en una sociedad futura donde la oposición de izquierdas la haga alguien tan radical como Podemos y que, al igual que pasó en Grecia con el PASOK, el PSOE quede reducido a una posición irrelevante. Ojalá me equivoque porque sería una pena que el partido que más ha luchado por los intereses de los trabajadores y las clases medias en este país, que más ha contribuido a su modernización y que más ha sacrificado de su propio ideario a cambio de hacer una comunidad grande donde vivamos todos, desaparezca del tablero político.

 

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