24. Templar la imaginación

Unas veces corrigiéndola; otras ayudándola, que es el todo para la felicidad, y aun ajusta la cordura. Da en tirana, ni se contenta con la especulación, sino que obra, y aun suele señorearse de la vida, haciéndola gustosa o pesada, según la necedad en que da, porque hace descontentos o satisfechos de sí mismos. Representa a unos continuamente penas, hecha verdugo casero de necios. Propone a otros felicidades y aventuras con alegre desvanecimiento. Todo esto puede, si no la enferma la prudentísima sindéresis.

Un clásico de raíces estoicas tan presente en todo el siglo XVII. Y no solo en el pensamiento a través de la literatura, tal como se practicaba en España, sino también en el pensamiento filosófico, el auge del racionalismo, que en ese momento se produce en el resto de Europa. La imaginación es producto de la tendencia a dejarse llevar por las pasiones, tan presentes en los humanos. La imaginación nos conduce al engaño. Si deberías estar satisfecho de ti, te torna descontento. Te propone penas o alegrías, más allá de lo que realmente esté sucediendo. En resumen, te engaña. Desengañarte, en este sentido, es desapasionarte, tratar de controlar los devaneos imaginarios practicando la prudentísima sindéresis, es decir, la capacidad natural para juzgar rectamente. Esa valoración moderna de cariz positivo que presenta la imaginación, como capacidad creadora, no tenía cabida en el pensamiento de aquella época. Estamos en el siglo de la razón y la imaginación solo se concibe como una trampa para confundirnos y llevarnos al error. No en vano, cuando muere Spinoza en su biblioteca, entre otras muchas obras de autores españoles se encontraba El Criticón de Baltasar Gracián.

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