El gallo de Tranquillas

Las suaves lomas repletas de olivares tomaban tonos rojizos alentadas por las últimas luces del atardecer primaveral. Cargados con sus aperos, los muleros entraban por la gran puerta de El Serrato; una jornada más de trabajo daba a su fin. Martín, el casero, se encargaba de abrir el portón, lanzarles cuatro o cinco bromas y volver a cerrarlo mientras aquellos emprendían con sus mulas el camino de las cuadras. Fuera se extendía el olivar inmenso que lo rodeaba todo, un tapiz de ramaje verde oscuro y tierra parda bordado con el sudor de aquellos hombres.

Tras asearse un poco y dejar a las mulas atadas al pesebre, los jornaleros pasaban a ocupar la sala grande donde una discreta chimenea, dotada con algunas leves brasas, bastaba a calentar el fresco ambiente de las primeras noches primaverales. En aquellos últimos días de marzo el frío del invierno no se había ausentado aún y era necesario seguir quemando algunas varetas de olivo para mantener agradable el ambiente mientras se cenaba. Los hombres se sentaban en las largas bancadas y daban buena cuenta de la cena que la casera había preparado. Martín y su mujer no cenaban con ellos. Magdalena, que así se llamaba la casera, se ocupaba de preparar y recoger el vedriado mientras Martín terminaba sus últimas faenas. Un poco más tarde, cenarían ellos solos en su casa.

No era mala la vida del casero. Se libraba de las faenas más duras del campo y a cambio de ello tenía que ocuparse del cuidado de todas las instalaciones del cortijo, lo que incluía la limpieza de las grandes cubas que se llenaban de aceite tras la molienda y el cuidado de los animales, tanto de las mulas que se usaban para arar los campos y el transporte, como de las gallinas, los pavos y los cerdos. La casera tenía que guisar para toda la cuadrilla de jornaleros así como para Lucas, el encargado que pasaba toda la semana en el Serrato, pero que los fines de semana se marchaba a Arjona con su familia. Pero lo más duro venía para Martín con las noches. Había que dormir en la cuadra con los animales. En aquella inhumana España de los años cincuenta, una de las labores del casero era ocuparse del bienestar de las mulas por la noche, de vigilarlas con la comida y de tenerlas listas para que los muleros pudieran de nuevo comenzar su faena al amanecer. Por eso, cada jornada, tras terminar la cena, Martín fumaba el último cigarrillo del día y se marchaba a dormir a la cuadra donde un jergón de paja sobre un poyete de mampostería le servía de cama. Allí, a la luz del candil, leía algunas páginas de la última novela que tuviera entre manos y se acostaba siendo consciente de que un par de veces a lo largo de la noche tendría que revisar que todo fuera bien con las mulas. Y a las cinco de la mañana en pie para preparar los animales que los muleros necesitaban para salir al campo a las seis. La esclavitud de Martín era una más entre las muchas de aquella larga postguerra española. Desde que en 1950 le dieron el trabajo de casero, abandonó la dura tarea de destripar con la azada los ásperos terrones de la reseca tierra del olivar, pero también desde entonces se acabó para él dormir en su cama por las noches, al lado de su mujer. No se quejaba; era un privilegiado entre todos aquellos que se pasaban el día laborando en el campo por un escaso jornal.

* * *

La noche del 28 de marzo de 1956 era una más entre otras muchas. Las tardes se iban prolongando a la salida del invierno y aquel día el cielo estuvo despejado, dejando ya que los rayos primaverales calentaran la fría tierra, castigada aún por los recuerdos de las heladas invernales. El cielo, ampliamente estrellado, presagiaba aún momentos de ese intenso frío que impregna el campo y las casas y se te mete en los huesos hasta la misma médula. Martín había realizado sus labores con las mulas y preparado su jergón. Debían ser las diez, más o menos, y el sueño no tardaría en llegar. Pero aquella noche no continuó el normal ciclo de todas las demás. Unos golpes se oyeron en la puerta exterior de la cuadra. Para que el lector entienda mejor esta circunstancia hay que indicar que al lugar se accedía por dos puertas, una grande que daba al patio del cortijo, que era la que habitualmente se usaba para que los animales pasaran, y otra más pequeña que daba al exterior del recinto, y que se usaba para meter en la cuadra los montones de paja, almacenados en el exterior, que servían de alimento a las mulas. Desde luego no era nada usual que a esas horas de la noche alguien intentará acceder por dicha puerta. Martín se preguntó quién podía ser; aunque no era demasiado aprensivo no pudo evitar un cierto desasosiego.

―¿Quién va? ― espetó.

―¡Pedro Cifuentes, de Mapelo!

Era la primera vez que oía ese nombre y, además, le pareció más que extraño que alguien del cortijo vecino anduviera por aquellos lugares a esas horas. Así, pues, abrió la puerta. El desconocido le pidió pasar.

―¿Tú eres Martín, verdad, el casero del Serrato? Perdona que te haya llamado por esta puerta, pero creo que si a estas horas lo hago por la grande nadie me hubiera abierto.

―Yo soy, ¿qué se te sirve por aquí a estas horas?  -respondió Martín.

―Me han dicho que tú sabes leer y escribir y que le enseñas a la gente. Yo no sé ni leer, ni escribir y querría preguntarte si podrías enseñarme.

―Pero de dónde eres. Conozco a todo el mundo en Mapelo y es la primera vez que te veo.

―Llevo solo dos semanas trabajando allí y por eso no me has visto. Pero me han hablado de ti así que me he atrevido a venir y pedirte que me enseñes. Soy de Lopera, tengo veintidós años, mis padres murieron en la guerra y por eso no pude ir al colegio, me tuve que echar a trabajar de cortijo en cortijo desde entonces, en la poda, cavando o recogiendo aceituna.

―Bueno hombre, está bien. Yo acostumbro a leer algo en la primera hora de la noche hasta que me entra el sueño. Si vienes todos los días un rato a esta hora yo te iré enseñando. Pero no mucho, media hora o así cada día, que luego el amanecer llega muy pronto y a mí me entra el sueño de seguida.

Martín usó la novela que estaba leyendo para dar su primera lección al desconocido. No parecía torpe y al casero le encantaba ver cómo quienes no sabían nada de lectura iban aprendiendo a distinguir los primeros signos. Era un proceso mágico observar la alegría que invadía al alumno cuando lo que hasta ese momento había sido algo críptico se iba abriendo a su compresión. Pocas cosas le gratificaban más. De joven Martín se empapaba de todo lo que caía en sus manos, a pesar de no haber podido ir al colegio fue aprendiendo por sí mismo y, con la República, absorbía todo lo que, en la Casa del Pueblo, las Juventudes Socialistas o la UGT ponían a disposición de los jornaleros iletrados para que aprendieran. Fue quizá por agradecimiento que al iniciarse la guerra empuñara las armas para defender la República. Pero aquello era otra historia, otros tiempos. Y ahora era mejor ni siquiera recordarlos.

La visita de Pedro se repitió en las siguientes noches. Martín lo esperaba con avidez y así pasaba con menos aburrimiento esas primeras horas de sus solitarias guardias.

―Sabes que le estoy enseñando a leer a uno de Mapelo, un tal Pedro Cifuentes ―le comentó un día a Manuel, el aperaor, su mejor amigo en el cortijo.

―No lo conozco, ¿quién es ese muchacho? ―respondió Manuel.

―Es uno de Lopera que lleva pocos días en el cortijo.

Manuel era un hombre alegre y extrovertido que tenía amigos en todos sitios. En el cortijo se encargaba de mantener todos los aperos de labranza, azadas, arados, serones y en general todo lo que los muleros o los otros jornaleros necesitaban para hacer su labor.

A los pocos días de la conversación anterior, Manuel le preguntó a Martín:

―¿Sigues enseñando al muchacho de Lopera?

―Sí, es muy listo ya casi es capaz de leer de corrido. ―le dijo Martín.

―Es que el otro día me cruce con el capataz de los de la poda de Mapelo y le pregunté por él y me dijo que no lo conocía, que por allí no había ningún jornalero joven de Lopera.

―¡Qué raro!

Esa noche Pedro acudió puntual a su cita, como todos los días anteriores. Pero Martín se mostraba más distante que habitualmente.

―¿Qué te pasa, Martín? Si no tienes ganas de que estudiemos hoy, lo dejamos para otro día.

―Es que creo que me estás tomando el pelo ―le respondió a bocajarro.

―¡Qué me dices! Yo te estoy muy agradecido por lo que estás haciendo por mí.

―¿Quién eres tú? ¿Por qué me engañas? En Mapelo no te conocen, ayer un amigo del Serrato le  habló de ti a uno del cortijo y dijo que allí no había ningún Pedro de Lopera.

―¿Pero qué dices? Llevo poco tiempo en el cortijo, y a lo mejor ese hombre no me conocía. Te juro que trabajo en Mapelo, cuando quieras te pasas por allí y lo compruebas.

―Está bien; eso haré ―Cerró Martín la conversación.

Al día siguiente, aprovechando que tenía que comentar unos asuntos con el casero de Mapelo, Martín fue al cortijo y su pregunta no se hizo esperar. Pero tal como se temía, allí nadie conocía a Pedro Cifuentes, el muchacho de Lopera. Sin embargo, ocurrió algo que le llenó de una fuerte desazón. Antonio, el casero de Mapelo, le comentó:

―Aquí no trabaja nadie que se llame así, pero ese nombre…  me suena mucho… ¡Claro! Ven conmigo y verás. Ya sé por qué me acuerdo.

Antonio llevó a Martín por un camino lateral donde había un pequeño cementerio donde unas pocas tumbas luchaban por mantenerse rodeadas de infinidad de matojos. Allí estaban enterrados algunos jornaleros desconocidos que habían trabajado temporalmente en el cortijo viniendo de vete a saber qué lugares y de los que no se conocía familia. Por alguna razón la muerte les había sorprendido allí y, no pudiendo averiguar nada específico sobre procedencia o familia, los habían enterrado en aquel pequeño reducto. No había más de ocho o diez tumbas en un abanico de años que iban desde 1890 hasta 1943. A Martín se le heló la sangre cuando vio que en una de ellas estaba anotado el nombre “Pedro Cifuentes” con el año 1923 como fecha de defunción.

―Bueno, debe ser una casualidad ―dijo Antonio. No te vas a amilanar ahora. Ya sabes que los fantasmas no existen.

―No, claro. Ya averiguaré con este pájaro cuando esta noche vaya a verme.

Esa noche, el estudiante se retrasó algunos minutos, pero no tardó demasiado en llamar a la puerta. Martín no era persona miedosa. Una vida dura, los años de guerra, las calamidades del duro trabajo diario habían hecho de él alguien poco impresionable, sin embargo no podía evitar una cierta desazón ante aquel estúpido misterio. Abrió la puerta, Pedro estaba allí como siempre, como si nada nuevo pasara.

―Buenas noches Martín, ¿qué leemos hoy?  ―exclamó sonriente mientras entraba a la cuadra.

―Buenas noches Pedro. Me vas a aclarar unas cosillas antes de leer nada.

Pedro pasó hacia adentro mientras Martín se volvía para echar la aldaba de la puerta. En ese momento, rápido como un rayo, el estudiante sacó una piedra de su bolsillo y la estrelló en la cabeza de Martín que cayó inconsciente sobre la paja del suelo.

Cuando recuperó el conocimiento era ya tarde, debían ser más de las diez de la mañana. Lo dedujo por que el sol entraba alto por los pequeños ventanales y marcaba su línea de luz casi a la altura del pesebre de la yegua. Tenía un fuerte dolor de cabeza y ganas de vomitar. Como era domingo nadie lo había echado de menos, Magdalena se quedó el sábado en el pueblo para cuidar a su madre que se encontraba algo enferma. Los niños la acompañaron. A la poca gente que quedaba en el cortijo no le debió extrañar mucho no cruzarse con Martín aquella mañana en que no atravesó el patio desde la cuadra para tomar un café en su casa.

―Vaya testarazo que me ha dado. ¡Será malcopón! ―musitó para sí mismo mientras se dirigía a la puerta de la cuadra que conducía al patio.

Fuera, el sol de primavera brillaba fuerte y al contacto con la luz sintió un latido intenso en su dolorida cabeza. En el patio las niñas del tractorista jugaban al corro mientras cantaban.

El gallo de Tranquillas la tapia saltó.
Por picarle a la parra Paquita lo mató.
Paquita lo mató, ¡qué penita y qué dolor!
Las tripas y el mondongo a otro corral echó.

Tenía que encontrar alguna explicación a todo el asunto. Al pasar por el pilón metió la cabeza en el agua y se limpió la sangre seca de la herida. Se encontró algo aliviado. Mientras se sacudía el agua levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con la casa del encargado. Le extrañó verla cerrada a esas horas. Lucas, había dormido ese sábado en el cortijo porque tenía que echar cuentas de los litros de aceite de la campaña de la aceituna de ese año y necesitaba que Martín le diera datos del estado de los depósitos. Se dirigió a la puerta; antes de llamar se dio cuenta de que sólo estaba entornada, con el pestillo sin echar.

―¡Lucas! ―dijo, mientras tocaba en la puerta con los nudillos.

Pero nadie contestó. Insistió un par de veces hasta que se atrevió a empujar la puerta y entrar. Como las ventanas estaban cerradas apenas una leve penumbra iluminaba la estancia. Entonces, conforme sus ojos fueron acostumbrándose a la falta de luz, lo vio. Lucas estaba en el catre con la cabeza apoyada sobre una almohada empapada en sangre. Martín abrió la ventana, la visión era espeluznante. Lo habían degollado sobre la misma cama mientras dormía. La cartera del encargado estaba tirada en el suelo, abierta y vacía. Allí debían haber estado los sueldos de los jornaleros del Serrato que Lucas hubiera debido pagar esa mañana. Entonces Martín entendió claramente lo que había pasado.

* * *

Diario de Jaén, 17 de octubre de 1956.

“En la prisión provincial se ha dado hoy garrote al reo Juan Pérez Gutiérrez. Este joven delincuente estaba acusado de varios robos con homicidio en los que siempre empleaba una técnica parecida. Visitaba el cementerio del lugar donde iba a perpetrar el delito y anotaba el nombre de alguno de los fallecidos. Luego intentaba algún acercamiento a las personas del lugar y se presentaba a ellas con el nombre del difunto. Obtenía toda la información que podía y en cuanto se le presentaba la ocasión efectuaba el robo. Estaba acusado de cinco homicidios con arma blanca y de la muerte ocasional de uno de sus interlocutores que al considerar que el homicida podría ser el espectro del fallecido de cuyo nombre se había apropiado, falleció de un ataque al corazón.”


NOTA DEL AUTOR

Yo nací en ese derruido cortijo de la foto, El Serrato, se llama y se encuentra en el municipio de Arjona, en la provincia de Jaén. Solo transcurrieron allí los primeros seis años de mi vida, sin embargo la impronta del recuerdo permanecerá siempre, ya que las primeras imágenes, las más antiguas sensaciones que acumulo en mi memoria proceden de allí.

Quizá por ello, una noche del verano de 2010 soñé con una canción que debía hacer casi 50 años que no oía. Sin embargo, todo el estribillo vino a mí con el frescor de algo que hubiera escuchado en realidad la noche anterior. Se trataba de una canción infantil de mi pueblo. Se llamaba «El gallo de Tranquillas». A partir de ahí fue naciendo este cuento que, probablemente sin conseguirlo, trata de ser de misterio, pero que realmente lo que hace es mostrar algunos aspectos de la vida cotidiana en los cortijos olivareros de la zona en los años cincuenta. Dura vida para gente fuerte. Fuerte como mi padre que en el cuento se convierte en personaje de ficción, aunque todo lo que de él se cuenta, salvo lo relativo a la trama, es totalmente cierto.

Un último apunte es que he preferido mantener la tipografía “Mapelo” para el nombre de ese cortijo. Creo que es la que más se parece a la pronunciación empleada comúnmente para denotar el lugar, aunque el nombre real sea “Mohapelo”

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