El Nóbel para Bob Dylan, ¡qué pasada!

Corrían los primeros años setenta en España. Los tiempos estaban cambiando. Los jóvenes se lanzaban a la lucha contra los últimos coletazos de una dictadura anacrónica y cruel. Y lo hacíamos al compás del The times they are A-Changin’ de Bob Dylan, un icono para toda nuestra generación:

Vamos, senadores y congresistas,
por favor presten atención a la llamada.
No se queden en la puerta,
no bloqueen la entrada.
Porque el que salga herido,
será el que se quedó atascado.
Hay una batalla ahí fuera,
y es atroz.
Pronto sacudirá vuestras ventanas,
y hará vibrar vuestras paredes,
porque los tiempos están cambiando. 

The Freewhelin' Bob Dylan

 

Parece que sus palabras de entonces cobran nuevo sentido hoy. En los USA los jóvenes habían protestado unos años antes contra la guerra del Vietnam, al son de esta canción y de muchas otras de aquel joven judío, que nos impresionaba con sus temas, tan monocordes, tan simples, tocadas con una guitarra que apenas sabía descifrar unos pocos acordes, cantadas con una voz en falsete que terminaba aburriéndonos. Que hubiera terminado aburriéndonos si no es por lo que decía. Y lo que decía está entre las palabras más bellas que la humanidad ha producido. Júzguese sino, el Blowin’ in the wind:

Cuántos caminos debe recorrer un hombre,
antes de que le llames «hombre»
Cuántos mares debe surcar una blanca paloma,
antes de dormir en la arena.
Cuántas veces deben volar las balas de cañón,
antes de ser prohibidas para siempre.

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento,
la respuesta está flotando en el viento.

La canción pertenece al álbum The Freewhelin’ Bob Dylan, un disco cuya portada veíamos todos con envidia. Un jovencísimo Dylan pasea junto a su novia, Suze Rotolo por el Village neoyorkino. En la gris España de la época todos hubiéramos querido estar en aquella soñada Nueva York del brazo de una novia como Suze. Pero no lo estábamos. En contraposición, teníamos las canciones. Temas que, más que canciones, eran himnos; música que nos empujaba y daba fuerzas para intentar cambiar las cosas cada día, que nos echaba a la calle para alterar una situación injusta, donde libertades como las de aquel momento en América eran solo un sueño para nosotros.

Tantas y tantas canciones pegadas a tantos momentos de nuestras vidas. En 1976, Star Books, la mítica editorial contracultural barcelonesa, editó Tarántula, una colección experimental de prosa poética, con Ginsberg, Kerouac y toda la Beat generation por detrás. Yo tenía 17 años y en aquel momento mi principal salida de la asfixiante sociedad española era lo que leía producido por Star. Allí llegó el Aullido de Ginsberg, el On the road, de Kerouac y, por supuesto, Tarántula de Dylan. Cuando las leo, sus primeras palabras aun resuenan en mi cabeza con la misma intensidad de entonces, reviven las mismas sensaciones:

aretha / tocadiscos de cristal del bar reina de los himnos & de él difusa hecha un ovillo de transfusión ebria

Sin un punto, sin una coma, intentando romper cualquier norma, cualquier precepto literario y dejando solo que las palabras fluyeran contra nosotros.

Y ahora le dan el Nóbel. Qué grande. No sé porqué algunos burócratas de la literatura andan medio enfurruñados. Estamos ante uno de los más grandes poetas de los siglos XX y XXI. Además, ya casi predecía lo que de revolucionario tendría para las letras su modo de hacer las cosas. Nos lo decía en su The times they are A-Changin’ :

Vamos, escritores y críticos,
que profetizáis con vuestras plumas,
mantened los ojos abiertos,
la oportunidad no se repetirá.
Y no habléis demasiado pronto,
porque la ruleta todavía está girando.
Y nadie puede puede decír
quien es el designado.
Porque el ahora perdedor,
será el que gane después.
Porque los tiempos están cambiando.

Y porque los tiempos están cambiando, el designado ahora es Dylan. ¡Qué enorme satisfacción! No todo se ha perdido.

 

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