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Heisenberg, un enigma histórico

La historia de la humanidad está repleta de encrucijadas que han movido los hechos en determinada dirección, pero cuyo resultado podría haber sido bien distinto. Mirando retrospectivamente nos parece que hay un continuo claro, un proceso por el que el mundo actual difícilmente podría ser de otra manera. Pero nada hay más lejos de la realidad. Un frágil aleteo de mariposa en algún recóndito lugar podría cambiar el curso de las cosas de un modo impredecible. Hoy quiero hablar de una de estas interesantes encrucijadas históricas. Es la que se refiere al físico alemán Werner Heisenberg y su actitud respecto a la investigación atómica. Se trata de un conjunto de hechos quizá no demasiado conocidos, pero de una relevancia singular. Y, desde luego, altamente influyentes en la configuración del mundo en que vivimos.

Ya en otras ocasiones he hablado sobre alguna de estas encrucijadas. Por ejemplo la que que se produjo en España cuando durante la Segunda República Prieto pudo optar, sin conseguirlo, a la presidencia del Consejo. Azaña lo propuso, pero el grupo socialista en las cortes de aquel momento, liderado por Largo Caballero, se negó a que aceptara el nombramiento. Qué hubiera sucedido si, en lugar de Casares Quiroga, hubiera sido Prieto quien hubiera liderado el ejecutivo cuando se produjo el golpe de estado. Ya Gabriel Jackson se planteó con rotundidad esa cuestión en su obra sobre la Segunda República. Y yo no voy a entrar ahora en consideraciones que ya abordé con más profusión en otro lugar.

Vayamos, en cambio, a lo que nos interesa. Supongo que el lector coincidirá conmigo en que si las potencias del eje hubieran ganado la guerra el mundo actual sería muy distinto. Los valores de los aliados son los que han conformado el mundo de las postguerra. Sucedió así en la zona dominada por la URSS, con el totalitarismo comunista, y lo hizo también en Europa Occidental con los sistemas democráticos. Y si el ideario nazi hubiera sido el dominante, quizá hoy los valores democráticos no se hubieran desarrollado como lo han hecho.

La carrera atómica que en los primeros años cuarenta mantuvieron Alemania y Estados Unidos tuvo un claro triunfador y un notorio perdedor. Y creo que se puede afirmar que si el resultado hubiera sido otro, el curso de la guerra quizá también lo hubiera sido. Si nos repele observar el uso de la bomba atónica que hizo Estados Unidos, imaginemos a Hitler con el arma nuclear en sus manos. Pocos escrúpulos hubiera tenido para emplearla sin límites menoscabando la potencia militar de sus enemigos. Ciertamente, el tándem de los aliados occidentales por un lado y de la Unión Soviética por otro estaban ya aplastando al ejército nazi. Pero el factor diferencial de la bomba atómica podía claramente haber cambiado el resultado de la conocida ecuación final de la guerra.



Pasemos a Heisenberg. ¿Qué tiene que ver el físico alemán con todo esto? Estamos ante uno de los padres de la física cuántica, premio Nóbel en 1932 y autor del denominado principio de incertidumbre. No voy a profundizar ahora en aspectos conceptuales, pues lo que realmente nos interesa es su biografía y su implicación en el proceso atómico. Heisenberg formó parte de esa enorme generación de físicos que a principios del siglo XX revolucionó en su totalidad la física de Newton. Nombres como los de Albert Einstein, Niels Bohr, Max Born y el del propio Heisenberg, entre otros muchos, lideran ese excepcional grupo.

Durante los años treinta la realidad política los va separando. Einstein era de ascendencia judía y, por tanto, no tenía cabida en la Alemania de Hitler. Bohr era danés, siendo su posición personal claramente opuesta al nazismo. Pero en Heisenberg, que en principio había mantenido una relación de investigación y amistad con ellos, termina imponiéndose su patriotismo alemán. No sabemos hasta qué punto personas como él podrían ser conscientes en ese momento de las consecuencias del desarrollo de la energía nuclear. Es posible que en su interior se diera una fuerte lucha entre el afán investigador y el temor a las consecuencias de lo que despertaban. El enigma de cómo se resolvió esa lucha en Heisenberg es lo que quizá resultara crucial para el futuro.

Poco antes del comienzo de la segunda guerra mundial se había descubierto el proceso de la fisión nuclear. Proceso por el cual un núcleo de Uranio al ser bombardeado por neutrones se convierte en otro elemento, liberando una enorme cantidad de energía. Desde ese momento, las potencias son conscientes de que ahí estaba la posibilidad de desarrollar un arma de enorme potencia destructiva. Para conseguir este objetivo los nazis ponen al Heisenberg al frente del Proyecto Uranio. Esto sucede bastante antes de que los americanos arrancaran su proyecto Manhattan. Entre 1942 y 1945 Heisenberg y su equipo experimentan continuamente tratando de construir un reactor nuclear.

Para controlar a los neutrones actuando sobre el núcleo de Uranio, los alemanes optan por el agua pesada como elemento moderador. Se declina el uso del grafito que finalmente sería el empleado por los americanos y que daría viabilidad a su proyecto nuclear frente al alemán. La elección del agua pesada marca ya parte del devenir de esta historia. Mientras que el grafito es muy abundante en cualquier lugar, el agua pesada solo se producía en aquel momento en una factoría noruega. Se necesitaban enormes cantidades de este material y la logística para su transporte en época de guerra no se demostró sencilla.

Además, los aliados ya eran conscientes del programa nuclear alemán y de la importancia que para el mismo tenía el agua pesada. Por eso se esfuerzan por destruir la capacidad de producción noruega de dicho elemento. A través de la denominada Operación Alsos, bombardean y sabotean la fábrica donde se produce. Con ello logran retrasar la cadena de suministro que el equipo de Heisenberg necesitaba.

Al error estratégico del agua pesada se unieron otros muchos. Entre ellos la dificultad de determinar la masa crítica de Uranio necesario para que pudiera producirse de modo controlado el proceso de fisión. Además Heisenberg alerta al alto mando alemán acerca del enorme coste de los recursos que se necesitarían para construir la bomba atómica. Hitler entonces ordena que los esfuerzos se centren en el desarrollo de armas cuyos frutos pudieran ser más inmediatos. El programa atómico alemán pasa entonces a un segundo plano, aunque no se detiene. En ese momento, el control del mismo se asigna a manos civiles. Se responsabilizará al Instituto Kaiser Wilhelm de Física en Berlín donde se sigue investigando, pero ya sin la premura que requieren los proyectos militares.

Mientras todo esto sucede en Alemania, los americanos ponen en marcha su Proyecto Manhattan aportando recursos sin límite y la total implicación del gobierno. Los resultados son bien conocidos. En poco tiempo logran desarrollar la bomba atómica que tras ser usada en Hiroshima y Nagasaki puso fin a la segunda guerra mundial.



Y aquí comienzan ya las dudas. ¿Los errores de Heisenberg hicieron que el proyecto nuclear alemán no fructificara? ¿o Heisenberg lo boicoteó conscientemente porque conocía las devastadoras consecuencias que aquello traería consigo? Es conocido que en 1941 el científico alemán visita en Copenhague a su colega y amigo, Niels Bohr. El viaje no gusta mucho a las autoridades alemanas que le advierten sobre la necesidad de no desvelar ningún dato acerca de su programa atómico. ¿Cabría la posibilidad de que en esa reunión Bohr convenciera a Heisenberg de que no se implicara demasiado con el desarrollo de la bomba?

Tampoco podemos olvidar que, más allá de la actitud de Heisenberg a este respecto, los medios materiales fueron también relevantes. En el Proyecto Uranio siempre estuvieron limitados mientras que en el Proyecto Manhattan fueron más que abundantes. Toneladas de dinero, una implicación absoluta del gobierno americano y 120.000 personas trabajando en el mismo fueron un claro factor diferencial.

Pero hay más elementos en este enorme puzle. Cuando los aliados están ya avanzando sobre Alemania, ponen en marcha el denominado Proyecto Épsilon. Este tiene la finalidad de capturar a todos los científicos alemanes que habían estado colaborando en el proyecto nuclear. Los diez más relevantes son capturados y encerrados un Farm Hall, una casa de campo en la campiña inglesa. Allí son interrogados y sus conversaciones son espiadas a través de los micrófonos instalados en la casa. Cuando el 6 de agosto de 1945 la aviación americana lanza la primera bomba atómica, el grupo está escuchando la noticia por la radio.

Parece que en ese momento Heisenberg manifiesta sus dudas acerca del carácter auténticamente nuclear de la bomba. Lo hace apelando a que no cree que Estados Unidos hubiera sido capaz de conseguir las 2 toneladas de Uranio necesarias para su construcción. Entonces Otto Hahn, otro de los científicos alemanes recluidos le increpa recordándole que en Alemania había sostenido que con 50 kilos sería suficiente. A este respecto hay que recordar que la bomba de Hiroshima contenía 64 kilos de Uranio enriquecido. Heisenberg contestó con evasivas y más tarde achacaría su repuesta al hecho de saber que le estaban escuchando.

La cuestión es que una semana más tarde, Heisenberg presenta a sus compañeros un curioso documento. En él aparecen, con bastante precisión, los cálculos con los que cree que el equipo americano ha fabricando la bomba. Es decir, que todo lo que había estado fallando en Alemania de repente aparecía como transparente. ¿Por qué Heisenberg había llegado ahí a esas conclusiones y no lo había hecho antes en su país?

Con el paso de los años, el físico confesaría en varias ocasiones que su actitud fue realmente la de detener el esfuerzo atómico alemán. Pero ¿era esto verdad o solo un lavado de su figura para no quedar marcado como un colaborador de las tropelías nazis? Quién puede saberlo. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que, sea por incompetencia o por decisión propia, Heisenberg fue crucial en este proceso. Si su equipo hubiera conseguido construir la bomba, el mundo hoy sería muy diferente.

Hechos tan curiosos y trascendentales como este han atraído a las creadores de ficción. Si el lector está interesado en ello, le recomendamos la novela de Jorge Volpi, En busca de Klingsor. La obra se adentra en las turbulentas de la ciencia nazi y de las investigaciones americanas posteriores. Una novela densa y quizá algo ardua para los no introducidos en el mundo científico, pero sumamente interesante. En el mundo de las series, es preciso ver Operación Telemark que pone el foco en el asunto del agua pesada. Sin olvidar la figura de Heisenberg y su compleja participación en los hechos, la serie se adentra en la operación bélica contra la factoría noruega.

Por último, no quería dejar de recomendar el magnífico vídeo del canal de divulgación científica QuantumFracture. En él encontrará el lector un más que detallado resumen de todas las claves que aquí se han mencionado.

Fuere como fuere, lo que quería resaltar aquí es la importancia que determinadas decisiones humanas tienen sobre el acontecer histórico. Tendemos a dejar al azar o a la acción de determinados procesos sociales o económicos lo que sucede. Y no digo que no tengan su relevancia, pero las acciones de los hombres concretos son relevantes. Y si lo son, nuestra responsabilidad es enorme y no podemos hacer dejación de ella.

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