La perspectiva disidente de Manuel Tagüeña en el PCE del exilio

El movimiento comunista constituyó una organización de fuerte personalidad y pretensiones de universalidad sólo comparables a las de la iglesia católica. Un ideal que se pretendía común, el socialismo; una patria universal, la Unión Soviética; una organización internacional, la Komintern; un cuerpo de funcionarios fieles y disciplinados, los militantes de los distintos partidos comunistas del mundo. Si todo esto lo ubicamos en los años treinta y cuarenta del pasado siglo XX, podemos poner además en la receta, la figura del líder carismático, infalible y despótico, Stalin. Para sus afiliados, los partidos comunistas iban más allá del puro concepto de militancia política. El Partido, con mayúsculas, como suele reseñarse, era patria, escuela, familia, trabajo; todo venía del partido y todo debía sacrificarse por el partido. No es de extrañar que un movimiento de esta índole se estableciera como una de las fuerzas motrices trascendentales del siglo, un ideal de vida para muchos que pudo, durante años, polarizar a media humanidad a través de sus ideales y que logró dominar la situación política en un buen número de países que constituyeron uno de los bloques políticos y militares más poderosos que la historia recuerda.

No es tampoco de extrañar, que un movimiento de estas fuertes características de personalidad, generase también sus disidencias. Como cualquier otra organización con un ideario bien definido y una misión que cumplir y a la que supeditar cualquier pretensión de individualidad, los partidos comunistas tuvieron sus fieles militantes, pero también sus constantes disidentes, aquellos que, por una u otra razón, perdieron la fe bien en los principios del socialismo, bien en sus líderes o bien en las estrategias políticas que se habilitaban para lograr ese futuro idílico perseguido. El Partido Comunista de España, como parte de este engranaje no escapa a la dialéctica reseñada. Varios han sido los fenómenos de disidencia que se han dado a lo largo de la historia del mismo y varios incluso los que han hecho variar de forma sustancial sus principios y sus estrategias políticas.

Pero no es el objetivo de este artículo, catalogar de forma sistematizada esos movimientos heterodoxos. Las pretensiones perseguidas son algo más simples y se centran en la figura de uno de sus militantes, que aún haciendo una de las críticas más demoledoras del sistema, se convertiría con el tiempo en un disidente menor, debido a su intención de no generar excesivas polémicas en un momento en que el PCE se enfrentaba a la dura situación de exilio y dictadura a que se vio abocado tras la guerra civil. Se trata de Manuel Tagüeña Lacorte, cuya proyección hacia la posteridad obedece a dos hechos fundamentales. El primero de ellos es su condición de teniente coronel del Ejército Popular de la República, jefe del XV Cuerpo de Ejército, y como tal protagonista principal de una de las gestas épicas de la contienda, la batalla del Ebro. El segundo es la autoría de sus memorias, una monumental obra titulada Testimonio de dos guerras[1], donde narra sus avatares personales insertados en el singular tapiz de una época, los años treinta, cuarenta y cincuenta. El Testimonio[2] fue escrito por Tagüeña durante su exilio mexicano, entre los años 1955 y 1969 y, por deseo expreso suyo, no fue editado durante su vida, ya que estaba cansado de polémicas y no quería que su obra las creara nuevamente mientras él pudiera sufrirlas. Pidió, además, a su esposa, Carmen Parga, que no se editara en España hasta después de la muerte de Franco, deseo que fue cumplido con precisión.

De Tagüeña se conserva, además de sus excelentes memorias, un amplio conjunto de cartas[3], además de algunos trabajos inéditos de índole científica, política o militar[4]. Es de reseñar también el único artículo de carácter político que publicó en su vida, sobre el disidente comunista yugoslavo Djilas[5], que fue editado en 1958 en España por la revista Índice una curiosa publicación, dirigida por Juan Fernández Figueroa, que aprovechaba ciertos resquicios del franquismo para difundir opiniones de autores que podemos considerar al menos como chocantes para la época en el país. Dada su profesión de físico, Tagüeña realizó también alguna publicación dentro de dicha disciplina, pero al no venir a cuento de lo que trataremos aquí, no las mencionaremos.

Sus primeros escarceos con la militancia política activa llevarán a Tagüeña a la FUE, la organización de los estudiantes progresistas. Su vinculación con el Partido Comunista data de los comienzos de la guerra civil (octubre de 1936), sin embargo ya llevaba años militando en organizaciones afines, como las Juventudes Comunistas, donde ingresó junto con su amigo Fernando Claudín en 1932, o como las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas) donde trata de dar forma a sus ideas políticas que partían de la apreciación de la violencia como elemento transformador de la sociedad y motor del cambio hacia un mundo donde la justicia social imperara[6]. Es precisamente este énfasis en la acción violenta el que le lleva a las milicias socialistas, con las que comienza a colaborar en 1934 debido a que ve en ellas un mayor nivel organizativo y de posibilidades reales de acción. En ese momento la Federación de Juventudes Socialistas, siguiendo e incluso contribuyendo a crear las ideas del ala caballerista del PSOE, se está lanzando a una dialéctica revolucionaria que la llevará a abominar de los pactos con los republicanos y hacer una continua apología revolucionaria frente a la defensa del modelo parlamentario reformista que otros sectores moderados del partido preconizan[7]. A pesar de este acercamiento a los socialistas, mantiene su doble militancia, por un lado en las Juventudes Comunistas y por otro en las milicias socialistas. En ese punto de su vida ya se atisba lo que sería su libertad de criterio y su dificultad para aceptar ciertas directrices impuestas por la organización en la que milita y que no encajan con sus principios. En este caso, las Juventudes Comunistas incitan a sus miembros a no colaborar con las milicias socialistas; era la época en que la Komintern estaba por la labor de aislar a los socialfascistas. Tagüeña no se deja amedrentar y continúa con la doble militancia, aunque al poco tiempo el problema lo resolvió el cambio de aires en la internacional comunista que trajo consigo la nueva política de acercamiento a los partidos socialistas y republicanos para formar los denominados frentes populares. Una de las concreciones de ese hecho en España fue la creación de la JSU, las Juventudes Socialistas Unificadas, que integraban a los jóvenes socialistas y comunistas. De repente, y sin buscarlo, Tagüeña vio su doble militancia fundida en una sola.

Sus primeras acciones como líder de un grupo de las milicias socialistas le llevan a participar en numerosas algaradas callejeras en el periodo previo a la guerra civil. Los eventos más importantes tienen que ver con los sucesos acaecidos en Madrid en octubre de 1934, paralelos a las insurrecciones en Asturias y Cataluña. Tagüeña es apresado por su participación en los mismos, pero, en principio, no se encuentra nada contra él y es puesto en libertad. Más tarde, cuando se le vincule con los hechos, deberá ocultarse para no volver a prisión. En toda esta época, resalta en su vida, además de la actividad política que estamos reseñando, un fuerte afán científico que debe conciliar con la militancia. Tagüeña proviene de una familia de clase media profesional, para la que el esfuerzo es el motor del progreso en la vida. Siempre fue de gran inteligencia y un estudiante de resultados honoríficos. Estudió la licenciatura en ciencias físico-matemáticas, que terminó con veinte años, en 1933, obteniendo el premio extraordinario de fin de carrera. Ello nos sitúa ante un perfil de militante comunista algo curioso. Pocos de los que en ese momento están liderando el partido tienen estudios, pensemos en José Díaz, en Pasionaria, en Jesús Hernández, en Vicente Uribe o en líderes menos destacados aún como Líster y Modesto. Todos son de perfil obrero. Trabajadores manuales sin ningún atisbo intelectual. Tagüeña será una rara avis entre este colectivo. El partido carece incluso en ese momento de teóricos marxistas que estén participando en la definición de la estrategia. Sus escasos miembros[8] están faltos de vocación intelectual o científica. Pero la mística del comunismo atrae[9] a nuestro protagonista más allá de consideraciones teóricas y eso hace que se vaya realizando su progresivo acercamiento desde las organizaciones afines hasta el propio partido.

Precisamente el hecho de estar más cercano en acción militar a organizaciones socialistas es lo que le lleva a iniciar la guerra civil en un batallón de milicias socialistas ubicado en la sierra de Madrid, el Octubre 11, y no en el Quinto Regimiento donde los comunistas estaban aglutinando sus fuerzas. A los pocos meses, Tagüeña es ya comandante y ha sustituido, como jefe del batallón mencionado, al socialista italiano Fernando Rosa, muerto en una acción bélica en la sierra. El curso de la guerra le lleva a valorar la estrategia de los comunistas como la más útil para obtener la victoria y eso es lo que le convence para entrar en el partido. Lo hace como un acto rutinario en octubre de 1936, ya que nada cambia en su día a día en el frente por haberlo hecho. Hasta ese momento Tagüeña no ha leído ni una línea de marxismo leninismo, las consideraciones que le acercan al partido son de índole sentimental o práctica:

“me atrajo su fórmula simplista para resolver el problema social. Al desaparecer los capitalistas y la propiedad privada sobre los medios de producción, las clases sociales perderían su razón de ser y la sociedad entraría en una etapa ininterrumpida de progreso moral y material”[10].

No obstante, el partido aún no se ha fijado en él. Hasta el momento ha protagonizado sólo algunas pequeñas escaramuzas en el frente de la sierra, pero su nombre está todavía muy alejado de los míticos Modesto,  Líster o El Campesino. Sin embargo, a pesar de que aún no ha podido demostrar su entereza militar, el hecho de pertenecer al Ejército de Centro, ampliamente controlado por los comunistas, le beneficia. Así, en diciembre de 1936 es ascendido a mayor de milicias. Con la reorganización del Ejército Popular, el batallón Octubre 11 se constituye como la 30 Brigada Mixta. A finales de julio de 1937 Miaja le nombra jefe de la 3ª División. El frente de la sierra de Madrid, tras la detención de las milicias de Mola en los primeros meses de la guerra no registra una gran actividad y las unidades que se encuentran emplazadas en dicha zona no constituyen el ejército de choque que está lidiando con los rebeldes en las zonas más calientes, tales como el suroeste de Madrid, el Jarama, Guadalajara o Brunete. A pesar de ello, Tagüeña no para de trabajar. Él no ha tenido más formación bélica que la obtenida durante su servicio militar en el Regimiento de Zapadores nº 1. En los Estados Mayores de las unidades que dirigió, tal como le confesará años más tarde a Michael Alpert[11], nunca tuvo militares profesionales que le ayudaran. Lo que sí hará será rodearse de muchos de sus compañeros de estudio con los que comparte un mismo afán político; “vigoroso y entusiasta núcleo universitario”[12] lo llamará Pedro Mateo Merino, uno de sus compañeros de la Facultad de Ciencias que luego serviría a sus órdenes en el Ebro. Así, aunque en las unidades que hasta este momento ha dirigido no ha habido mucho esfuerzo bélico, sí lo ha habido de aprendizaje y de trabajo duro y constante. Tagüeña y su Estado Mayor organizan Escuelas Divisionarias de Oficiales, continuamente sus tropas realizan ejercicios tácticos. Todo este esfuerzo no tardará en dar sus frutos. Y lo hace en uno de los momentos más críticos de la guerra. El 9 de marzo de 1938, las tropas rebeldes, tras haber reconquistado Teruel, inician una durísima ofensiva, con el objetivo de llegar al Mediterráneo y dividir en dos la zona republicana. El avance es vertiginoso y en poco más de una semana las unidades leales presentes en la zona son arrolladas. En ese contexto, el Estado Mayor Central, ordena el traslado de algunas unidades al frente para tapar la sangría que las tropas rebeldes están ocasionando. La 3ª División de Tagüeña recibe la orden de trasladarse a Aragón desde su acantonamiento de Torrelaguna. La época de la auténtica acción ha llegado. Primero en Torrevelilla y más tarde en Xerta las tropas de Tagüeña lograrán lo que otras mucho más experimentadas no habían podido conseguir. Aunque finalmente la ofensiva no se ha logrado detener y los hombres de Franco llegan al mar por Vinaroz, ahora todos los ojos se vuelven hacia Tagüeña. El jefe del Ejército de Maniobra le concede la medalla de la libertad. Con la reorganización de las tropas que han quedado en la zona de Cataluña, Tagüeña recibe, el día 17 de abril, el mando del XV Cuerpo de Ejército. En poco más de un mes ha pasado de ser un oscuro jefe de División en un frente inactivo a liderar una de las unidades de élite del Ejército Popular. En este contexto, el Partido Comunista no se olvida de él. El 1 de mayo recibe en su puesto de mando de Scala Dei a dos dirigentes que vienen a felicitarlo desde Barcelona. Ese mismo día se han producido varios ascensos y entre ellos el suyo a teniente coronel.

Su identificación con el partido en ese momento es absoluta. Tagüeña no perteneció en ningún momento de su vida al Comité Central, pero siempre se le consideró uno de los líderes respetados de la JSU y uno de los militares icono de la política de resistencia del PCE durante la guerra civil. En su encumbramiento no sólo tiene que ver la página reseñada del frente de Aragón; lo más importante está por llegar. Las tropas que han quedado en la zona catalana se organizan a través del denominado Ejército del Ebro del que recibe el mando el coronel Modesto. Dicho ejército está compuesto por el V Cuerpo, mandado por Enrique Líster, el XV Cuerpo mandado por Manuel Tagüeña y el XII Cuerpo mandado por Etelvino Vega. Estamos ante un auténtico Ejército Rojo, donde todos los líderes son comunistas y donde la mayoría de los oficiales y comisarios lo son igualmente. Por otro lado, y de forma independiente a su filiación política, se trata también de las tropas con más capacidad combativa de la España republicana, las que han participado en las acciones más cruciales[13] y que se han ido ganando su fama no sólo por la realidad de sus hechos sino también por la ingente tarea de comunicación que el área de Agitprop del PCE realiza con ellos. Es a este Ejército al que se encarga la acción de cruzar el Ebro en la madrugada del 25 de julio de 1938. Dicha acción es un éxito en primera instancia; durante los primeros días se consiguen todos los objetivos. Sin embargo, cuando se intenta profundizar, la rapidez de movimiento de las unidades franquistas impide que se tomen poblaciones críticas, tales como Gandesa, Villalba de los Arcos o la Pobla de Masaluca. No obstante, el objetivo de detener la ofensiva sobre Valencia se ha logrado, las reservas del ejército rebelde son desplazadas a la zona del Ebro y Franco se plantea allí el exterminio a las tropas republicanas más identificadas con la militancia comunista, antes de planificar su ofensiva final sobre Cataluña. Pero los republicanos están bien pegados al terreno y en pocos días reciben la orden de pasar a la defensiva y resistir en sus posiciones. De este modo se produce la batalla más sangrienta que ha tenido lugar en los tiempos modernos en la península ibérica. Dos ejércitos con efectivos que superan los 100.000 hombres y un saldo final que, con bastante probabilidad, se acercaría a los 20.000 muertos; en resumen, la batalla más dura y sangrienta de toda la guerra civil. Tagüeña lleva el peso crucial de la misma. Su XV Cuerpo de Ejército recibe las misiones más críticas y es, a su vez, el último en abandonar el teatro de operaciones una vez que el resto de las unidades han sido pulverizadas por la maquinaria militar franquista. En ese contexto le toca aún dirigir la retirada del frente, cosa que se produce a través de otra maniobra militarmente relevante. La noche del 15 de noviembre, las últimas unidades republicanas al mando de Tagüeña vuelan, tras atravesarlo, el puente de hierro de Flix, repasando el Ebro que habían cruzado victoriosos algo más cien días atrás[14].

Aún después de la retirada del Ebro, le tocará a Tagüeña lidiar con el ejército franquista en la ofensiva que éste emprende para conquistar Cataluña. Pero las tropas republicanas ya están diezmadas y la desmoralización cunde. El ejército rebelde, tras hacerse con Barcelona, va empujando sin demasiado esfuerzo a las tropas de Tagüeña hasta la frontera francesa que se ven obligados a cruzar en la madrugada del día 10 de febrero de 1939. A esa altura de la contienda se está produciendo un enfrentamiento interno dentro del bando republicano y el Partido Comunista es uno de los actores fundamentales del mismo. A lo largo de la guerra su protagonismo ha ido ascendiendo vertiginosamente. Su disciplina interna, su vinculación con la Unión Soviética que es la única nación importante que está ayudando a la República y su buen hacer propagandístico en los años de la contienda, han dado al partido una situación de privilegio en la España leal. Los partidos republicanos tradicionales han ido perdiendo poder debido a su falta de militancia real; el Partido Socialista se encuentra fraccionado dolorosamente entre el ala caballerista, de carácter obrerista y que defiende la revolución social y el ala prietista, centrista, moderada y más interclasista que su oponente. Las organizaciones obreras, CNT y UGT han ido perdiendo fuerza debido a que en varias ocasiones a lo largo de la guerra han visto sus intereses enfrentados a los derivados de la organización de un gobierno republicano fuerte y disciplinado. En un contexto de este tipo, el Partido Comunista se convierte en la gran alternativa. Muchos militares profesionales, aunque sin convicciones políticas concretas, terminan afiliándose al mismo debido a que ven en él la mejor herramienta para ganar la guerra. Negrín, el jefe de gobierno, es un socialista perteneciente al ala prietista, pero que debido a su política de resistencia a ultranza termina viéndose enfrentado con Prieto, al que cesa entre otras razones por las presiones que el PCE ejerce a ese respecto. Azaña, el Presidente de la República es profundamente anticomunista y eso le hace juzgar a veces con desdén las acciones militares de los que él denomina caudillos aficionados[15], sobre todo debido a que sus principales consejeros son militares profesionales, como Saravia, cuyo juicio en ese momento es que los militares comunistas son los culpables de la prolongación de una guerra que ya carece de sentido. Azaña y Prieto hace tiempo que están pensando lo mismo. Sólo Negrín y el Partido Comunista abogan por una política de resistencia a ultranza. Los motivos de ambos son diferentes; para el jefe de gobierno, fisiólogo de profesión, la consideración de que un organismo sobrevive mientras se encuentra en lucha es básica como punto de partida, además cree aún que la prolongación de la guerra puede hacer que se produzca la conflagración europea y que entonces la causa de la República se vea beneficiada por hallarse del lado de Francia e Inglaterra; por último sabe que la represión franquista será sangrienta y no quiere entregarse sin condiciones, prefiere perder la guerra luchando y manteniendo un ejército fuerte y consolidado que le ayude a negociar en la fase final. Los intereses del PCE son sólo coincidentes en parte. Hasta la firma del Tratado de Munich en septiembre del 1938, Stalin ha apoyado a la República como una forma de entretener a Alemania e Italia en una guerra que les impidiera emprender un conflicto más pernicioso para la Unión Soviética. Mientras tanto, la URSS se prepara para lo que sabe que le llegará más tarde o más temprano, un enfrentamiento con la Alemania hitleriana. Pero a partir de Munich, Stalin ha decidido ya abandonar la República a su suerte. Sabe que las potencias democráticas están rendidas ante Hitler y que el conflicto español ya no tiene protagonismo alguno. Su cambio de estrategia internacional para seguir ganando tiempo le llevará ahora al Pacto Germano Soviético que Molotov y Ribbentrop firmarán en agosto de 1939. De esta forma Stalin sigue ganando tiempo frente a Hitler y deja en manos de Inglaterra y Alemania el enfrentamiento fundamental contra el dictador alemán.

Estos son los rasgos que están incidiendo tanto en la política internacional como en la española ese 10 de febrero de 1939, día en que Tagüeña se ha visto obligado a cruzar con sus tropas la frontera francesa a través de Port Bou. Los militares profesionales, Rojo y Saravia incluidos, junto con el presidente de la República y otros notables dan la guerra por perdida y tras pasar la frontera francesa declinan regresar a España. Negrín y el PCE siguen abogando por la política de resistencia, lo que les lleva a defender la continuación de las hostilidades desde la zona Centro-Sur donde aún existe un poderoso ejército en pie de guerra. Pero todos son conscientes de que ese ejército es de obediencia dudosa, con muchos militares profesionales dentro de sus mandos, menos nutrido de comunistas que el Ejército del Ebro y con una población detrás absolutamente hasti