Por qué no me gusta este Gobierno

Intento no hablar mucho de asuntos políticos en mis últimas aportaciones a este blog, pero a veces resulta imposible callarse. E intento no hablar mucho porque creo que en este momento hay que anular cualquier ruido mediático por pequeño que sea. Se trata de ver si es posible que en un entorno de colaboración interclasista y de paz social pudiéramos superar la difícil prueba en que como país nos encontramos inmersos; prueba que es la más dura desde que hubimos de ponernos de acuerdo hace más de treinta años para superar nuestras diferencias y configurar un nuevo Estado donde todos pudiéramos habitar sin sentirnos cohibidos por el español de enfrente.
Lo que principalmente ha caracterizado ese periodo pasado ha sido el hecho de que, como dice nuestra Constitución, hayamos sido un Estado, además de “democrático”, “social”. Es decir que, como país hemos posibilitado el acceso a todas las clases sociales a los privilegios de la educación, la sanidad, la participación política avanzada, etc. En resumen, pactamos un modelo de Estado entre quienes llevábamos un par de siglos matándonos. Ese nuevo entorno político cambió la faz del país de modo considerable; piénsese solamente que cuando hoy un español se ve obligado a emigrar lo hace con un título de ingeniero debajo del brazo y muchas posibilidades para, basándose en su talento, desarrollar su actividad en cualquier lugar del mundo. Hace cincuenta años, los españoles emigraban como jornaleros a la vendimia. Una educación para todos es la que ha conseguido cosas como esa. Ese “talento” lo ha desarrollado una sociedad que ha tratado de ser más justa e igualitaria, que ha tratado de repartir (con todas las limitaciones al uso) la riqueza, creado un país donde la igualdad de oportunidades fuera realmente posible y no una mera frase escrita en un papel. Sin ir más lejos, yo soy hijo de un pobre jornalero andaluz y esta sociedad me dio la oportunidad de tener estudios superiores, una sanidad que ha cuidado de mi precaria salud y un entorno social que me ha permitido crecer económicamente, ganar dinero y hacer que mi vida no haya estado tan limitada como lo estuvo la de mis antecesores.
Pues bien, hoy asistimos impávidos al comienzo de la destrucción de ese modelo. Y  permítaseme no realizar esta crítica desde una perspectiva falta de análisis o de tipo sentimentaloide; personalmente pienso que si la minería del carbón no tiene futuro, pues tendremos que cerrarla, qué le vamos a hacer. Pero esto no implica que casi todas las medidas que está tomando este gobierno tengan un tinte ideológico fuertemente impregnado de intereses de clase. Los recortes apuntan siempre a los mismos. Se limita la prestación en desempleo en lugar de perseguir el fraude en el mismo. Lo segundo acotaría un problema coyuntural, lo primero deja marcado de por vida el tipo de sociedad que somos. Se criminaliza al parado, escondiendo intereses bastardos bajo dicha criminalización. Si alguien delinque, métalo en la cárcel, pero no indique que todos los españoles son delincuentes. Se baja el sueldo a los funcionarios y a algún ministro se le escapa, ¿accidentalmente?, que los funcionarios están todo el día tomando café. Pues si es así, persiga al incumplidor, apártelo de la Administración, pero no criminalice a todo un colectivo de servidores públicos que en su mayor parte trabajan honestamente por muy poco dinero. Se difunde la idea de unas Autonomías culpables y dilapidadoras, pues bien, vayan a la cárcel los políticos que dilapidaron y se enriquecieron, pero no aproveche usted para meter en nuestras cabezas que el modelo de Estado autonómico es malo en sí mismo.
Tras casi todas las reformas que el gobierno del señor Rajoy está llevando a cabo se agazapa la turbia intención de cambiar nuestro modelo de sociedad, llevarnos a un tipo de Estado mucho menos “social” que el actual. Y ello se hace, además, intentando controlar la imagen que los españoles tenemos de nosotros mismos. Se nos mete por los ojos todos los días, que otra solución no es posible, que hemos arruinado al país, que Europa nos exige este modo de hacer las cosas, que no hay más posibilidades.
Y no queda más remedio que decir en voz alta que sí las hay. Que, desde luego, hay que funcionar bajo el principio de austeridad, que tenemos que recortar una Administración sobredimensionada, que tenemos que soportar el castigo por nuestros deslices financieros como sociedad durante esos terribles años de la burbuja inmobiliaria en la que casi todos habíamos perdido la cabeza. Sin duda, hay que tomar muchas medidas y fuertes. Pero tómense desde una perspectiva que conserve la base de nuestro pacto constitucional porque si no se hace así volveremos al modelo de las dos Españas, a la cainita situación de matarnos los unos a los otros para intentar resolver nuestros problemas seculares.
Véase, si no, las medidas que el señor Hollande está tomando en Francia. Absolutamente inversas a las que aquí se toman. Y véase como la prima de riesgo francesa baja mientras la nuestra sube. Y ojo, por favor, que nadie piense que por decir esto soy partidario de un cierto keynesianismo económico. No soy keynesiano y ni siquiera las recetas de Krugman me convencen. Yo soy partidario de la austeridad. Pero de la austeridad interclasista. Se trata de recortar en el gasto innecesario, que hay mucho, y no en la inversión, en aquello que nos puede ayudar a crecer y salir del agujero.  Se trata de gravar más a quien más tiene, máxime en un país donde las clases altas han demostrado siempre ser fuertemente insolidarias y solo han colaborado al bienestar global cuando la ley las ha forzado a ello.
Señor Rajoy recorte fuertemente la Administración por arriba, baje drásticamente el sueldo a quienes lo tienen muy alto y no van a tener problemas para sobrevivir, regule los experimentos financieros y potencie a la empresa real que crea tejido productivo y trabajo. Limite las subvenciones a temas estúpidos y aporte de verdad para que la ciencia y la investigación hagan de este un país diferente. Reduzca una clase política hipertrofiada, simplifique el Estado, pero no lo haga recortando derechos sociales, libertades públicas y acceso a las oportunidades. No lo haga, porque si sigue ese camino esta sociedad lo expulsará rápidamente del lugar que ocupa. Tan rápidamente como nuestra Constitución prevé, los cuatro años de mandato legal en los que espero que no tenga el tiempo suficiente para destruir lo que tanto trabajo y esfuerzo nos ha costado lograr.

2 comentarios en “Por qué no me gusta este Gobierno

  1. HORMAX

    "Lo que principalmente ha caracterizado ese periodo pasado ha sido el hecho de que, como dice nuestra Constitución, hayamos sido un Estado, además de “democrático”, “social”. Es decir que, como país hemos posibilitado el acceso a todas las clases sociales a los privilegios de la educación, la sanidad, la participación política avanzada, etc."

    Lamento contradecirte pero la democracia no ha posibilitado el acceso a la educación y sanidad, eso ya lo teníamos en España antes de la democracia. De hecho ahora se está limitando cada vez mas ese acceso y encima se paga.

    En cuanto a la participación política avanzada me parece a mi que tampoco hemos avanzado mucho, bueno avanzamos y luego hemos retrocedido a niveles similares a los de la época franquista, lo que ha cambiado ha sido que en lugar de un partido único, tenemos dos partidos que conforman un solo partido, los demás están ahí pero no pintan mucho, porque el nepotismo está igual o peor y los antiguos caciques ahora se llaman "barones" pero hacen exactamente lo mismo.

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  2. Antonio Quirós

    Hormax, no lamentes contradecirme que la polémica y la discrepancia es sumamente saludable. Estoy muy de acuerdo contigo en en tu valoración sobre los partidos políticos. No puedo estarlo en lo que comentas sobre sanidad y educación. Efectivamente con Franco ya teníamos un atisbo de lo que tenemos hoy (o más bien teníamos ayer), pero la universalización de la sanidad pública y una educación de calidad para todos solo la hemos tenido con la democracia. Todavía recuerdo la sanidad de la beneficencia y otras cosas de aquella época.

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