¿Quiero saber quién soy?

I

El sobre me pesaba en las manos. El membrete del Laboratorio de Biología de la Guardia Civil dejaba claro cuál sería el contenido. Hacía unos minutos que había parado el Land Cruiser oficial del puesto en el mirador de Cantarranas. Quería ver la laguna en toda su extensión. Lo necesitaba para darle a mi espíritu la tranquilidad que necesitaba a fin de afrontar lo que aquel informe iba a indicarme. El uniforme se me pegaba aún al cuerpo. El final de agosto estaba resultando bastante caluroso y la falta de lluvias había dejado toda la superficie de la laguna de Fuente de Piedra con su habitual contenido salino y el tono lechoso de todos los veranos. Era llamativo aquel paisaje casi lunar. Al fondo, en el centro, la sierra de Humilladero, a mi izquierda la Camorra, protegiendo el norte de Mollina, a mi derecha la sierra del Valle de Abdalajís y el desfiladero de Los Gaitanes. Un mundo de montes andaluces acostumbrados al calor de la zona y tan distintos de las montañas hechas a la nieve, tal como se dan en el Norte. Pocos flamencos quedaban aún en la zona debido a la desaparición del fondo acuoso de la laguna y la aparición de la sal. Pero aún podía verse alguno que prefería quedarse, aunque tuviera que ir a buscar el alimento a otros humedales cercanos. Abundaban también las alegres cigüeñuelas y algunas pocas fochas. Los conejos campaban a sus anchas en la parte terrestre de la zona. Un zorro se dirigía, con su andar elegante, hacia el Laguneto cercano, ese sí bien poblado de agua, a fin de apagar su sed. Era lo que tenía este lugar del mundo, que te enamoraba y no podías alejarte de él. Y, si lo hacías, una fuerza extraña, interior, telúrica te empujaba a volver, al igual que las grullas lo hacían cada invernada.

El sobre comenzaba a estar húmedo del sudor que mis manos le transmitían. Tenía que abrirlo ya, pero ¿debía hacerlo? Para eso había pedido la prueba de ADN al laboratorio unos días atrás. Pero ahora la duda me invadía. Lo que dijera aquel informe podría cambiar mi vida para siempre. Y quizá no fuera a aportarme nada positivo. Tenía que luchar entre el miedo, la curiosidad, el afán por tener claros mis orígenes. Sin embargo, debía tener en cuenta el mal que aquello podía causar. En ocasiones la certeza no aporta nada positivo. Quizá fuera mejor vivir en la duda. Eso siempre dejaría las puertas abiertas a la suposición, a un cruce de caminos como aquel que acababa de pasar entre la carretera que me llevaría a Sierra de Yeguas y la que lo haría a Fuente de Piedra. ¿Qué podría aportarme conocer el camino correcto? Solo saber con precisión si mis genes me vinculaban, o no, con la persona cuyo ADN había mandado comparar con el mío. Casi nada.

Pero no tenía sentido toda esta divagación. Como guardia civil me dedicaba a trabajar por esclarecer los hechos, por encontrar la verdad. ¿Cómo podía plantearme ahora si aquel era o no el camino correcto?

II

Lo mejor sería reflexionar, repasar todo lo sucedido en las últimas semanas. Ese terrible vaivén de sensaciones que me sacó de la comodidad de una existencia relativamente simple y organizada. Sí, lo mejor sería revisar los hechos antes de enfrentarme al momento crucial de abrir el sobre y arriesgarme a que ese acto, en apariencia trivial, cambiara mi vida o, al menos, la percepción que tengo sobre mi vida, para siempre.

No conocí a mi padre. Mi madre se negó a darme referencia alguna de él. La única información que me transmitió fue lo circunstancial de la relación que vino a dar conmigo en el mundo. Siempre se mantuvo ahí. Cortaba mis preguntas con la afirmación de que nada me importaba a mí saber de quien participó con tan poco en mi venida al mundo. Que apareció y desapareció de su vida en unas pocas horas fue lo más denso de la biografía de mi progenitor que pude obtener de ella. Con esta argamasa llegué a figurarme que todo se habría debido a algún ligue coyuntural con alguien que hubiera visitado el pueblo en las fiestas. Quizá alguien encontrado una noche en uno de los bares del pueblo, mientras la cabeza de chorlito de mi madre abandonaba a sus amigas para dar una vuelta nocturna con el atractivo forastero que acababa de conocer. Vuelta aquella que debió terminar en la nocturnidad y el frescor que algún olivo prestaría en ese cálido verano en que fui concebido. Al fin y al cabo, los olivos siempre han cumplido la misión eterna de amparar, con la nocturnidad necesaria, las incógnitas relaciones de los amantes de cualquier clase.

En la tranquilidad de la vida monoparental me crie. Mi madre fungió ambos roles. Cuando había que ser tierna y cariñosa, era ella. Cuando debía aplicar disciplina y rigor, se convertía en el padre que no tenía. Curiosamente a mi abuelo que, al haber enviudado de joven, siempre vivió con nosotros, no se le permitía tomar ninguna decisión sobre mí. Fue mi compañero de juego durante la infancia y el conspicuo cómplice de mis secretos de adolescencia y primera juventud. Pero cuando aparecía mi madre él siempre se opacaba. Si se hablaba de algo sobre lo que se debiera tomar alguna decisión referida a mi persona, mi abuelo se quedaba en segundo plano. Y, si por error, alguna vez manifestaba su opinión delante de mi madre, enseguida surgía el rapapolvo de ella que ponía al viejo en su lugar, recordándole que no era competencia suya tomar decisión alguna sobre mi vida. Nada de esto me extrañó nunca. Durante la infancia siempre se convive con la cotidianidad de lo desconocido. La presencia de cosas incógnitas que carecen de explicación, y para las que, ni siquiera los críos, gastan esfuerzo en desentrañar. Son mera parte del escenario de la vida en esos años prepúberes.

En la tranquilidad de esa convivencia, incompleta pero organizada, transcurrió mi vida hasta hace poco. Se podría pensar que, al llegar a la edad adulta, debería haber abordado el asunto con mi madre desde una perspectiva más madura, pero nunca lo hice. Siempre respeté su derecho al silencio en esta materia. Con mi ingreso en la Guardia Civil podría haber requerido más datos al respecto, apelando la respetabilidad que la benemérita me otorgaba ante mi madre, sin embargo, tampoco lo hice entonces.

Lo que pasa es que el tiempo es traidor y termina embrollando las cosas. Y el embrollo comenzó con aquellas cada vez más frecuentes pérdidas de memoria del abuelo Miguel. Al principio no le dimos demasiada importancia. Parecía normal dada su edad. Incluso nos hacían gracia en ocasiones sus despistes, sus olvidos o, incluso, la inventiva que le echaba a algunas situaciones de su pasado. Pero con el paso del tiempo, las cosas fueron cambiando y lo que en un principio fue gracioso terminó convirtiéndose en triste y preocupante.

En un par de ocasiones se marchó solo de casa y se perdió por entre las calles del pueblo. Algún vecino tuvo que ayudarlo para regresar. También se olvidaba de quienes éramos mi madre o yo. A veces, cuando me veía entrar en casa con el uniforme parecía amedrentarse, como si no me reconociera y pensara que iba a detenerlo o algo así. Conforme la cosa se fue agravando, a mi madre la confundía con su fallecida mujer. La llamaba por el nombre de quien fuera su esposa. Por la noche quería que se fuera a dormir con él. Cuando algún vecino o amigo acudía a visitarnos la conversación discurría como si mi madre fuera realmente mi abuela para él. A tanto llegó la cosa que comenzó también a tratarme como si yo fuera su hijo. En aquellos momentos mis sentimientos eran de pena al observar la confusión en la que el abuelo estaba cayendo. Pero lo cierto es que siempre se mostraba muy afable. Nunca vimos en él alguno de esos episodios de mal humor o incluso de violencia que, a veces, muestran los pacientes con Alzheimer cuando se sumergen en ese mundo donde la confusión reina en sus cabezas.

Luego había momentos en que la luz parecía regresar a sus neuronas y todo volvía a la realidad compartida. Mi madre era mi madre, yo era yo y el mundo volvía a girar a su alrededor en un orden más o menos correcto. Pero estas fases duraban poco. Enseguida volvía la tortura de lo incierto.

Realmente las cosas resultan duras para las personas que conviven alrededor de quienes están pasando por esta enfermedad. El desasosiego suele invadirnos de forma permanente. Cuando el paciente se sale de la realidad y su conversación comienza a transitar por lugares inverosímiles uno no sabe cómo comportarse. ¿Le sigues la corriente? ¿Le indicas que lo que dice no es cierto? Nunca sabes cómo actuar y eso te desequilibra, de forma que la convivencia en estas situaciones se vuelve incómoda. Los vínculos que nos unían con la persona enferma se van deteriorando. Lo vemos alejarse cada día un poco más de nosotros, perderse en un lejano mundo al que ni podemos ni sabemos acceder. Lo vemos empequeñecerse, su figura histórica queda diluida en esa extraña y anómala convivencia diaria.

III

Y fue esa anómala convivencia en la que fuimos cayendo cada día un poco más, la que me sumió en el más profundo de los desasosiegos. La relación de mi abuelo y mi madre se tornaba cada día más difícil. Quizá es que nunca me había percatado de ello y ya antes sucediera. No podría afirmarlo con seguridad. La cuestión es que desde que mi abuelo se iba perdiendo en las profundidades de aquel abismo interior, mi madre se tornaba por momentos más dura con él. Ya no era posible percibir en su relación el normal afecto que se espera entre una hija y su progenitor. Se ocupaba, eso sí, de todos los cuidados físicos necesarios. Ni un descuido a ese respecto. Pero lo trataba de forma hosca y desabrida. Él, por su parte, la había olvidado ya completamente como hija. En su mundo imaginario, ella se había convertido definitivamente en su esposa fallecida.

Una noche, mi abuelo dormitaba viendo la televisión. Mi madre recogía cacharros en la cocina y yo me disponía a marcharme a la cama. Al día siguiente tenía que estar en el cuartel casi de madrugada y quería acostarme pronto para poder dormir algunas horas. El abuelo se despertó algo confuso y se levantó atropelladamente de su sillón. Se dirigió donde estaba mi madre y le dijo imperioso que se fuera a la cama con él. Mi madre, que no sabía que yo andaba cerca, lo crucificó con la mirada y le espetó algo así como que si no había sido ya suficiente para él destrozarle la vida. El viejo relajó su agitación, bajó la cabeza y se dirigió a su habitación sin más. Yo me quedé pensativo. ¿A qué se refería mi madre? ¿Por qué sus palabras parecían incidir de modo tan fuerte en el abuelo?

Aunque la lucidez era algo que cada vez aparecía menos en la vida del anciano, al día siguiente cuando volví de mi servicio lo encontré relativamente sereno y consciente. Mi madre no estaba en casa y aproveché para tratar de tener con él una conversación razonable en lugar de esas forzadas interacciones que se producían entre nosotros cuando su cabeza rondaba por mundos extravagantes. Para facilitar las cosas con él le puse una copa del vino que sabía que le gustaba y yo me serví otra. Comencé charlando de algunos asuntos intrascendentes y cuando vi que su cabeza parecía no andar muy desenfocada, le entré al trapo. Ante mi pregunta sobre el sentido que podían tener las palabras de mi madre de la noche anterior, el abuelo indicó no recordar nada. Sus dos mundos, el normal y el trastocado por el Alzheimer, parecían transitar por rutas distintas, de modo que nada sabían el uno del otro.

Aunque no terminaba de atreverme, también le pregunté a mi madre. Y en su respuesta aplicó su técnica usual para eludir conversaciones que no tenía ningún interés en iniciar. Se mostró algo agresiva y me indicó que ese asunto no era de mi incumbencia y que, además, no tenía la menor importancia. Pero yo sabía que no era así. Si lo fuera, mi madre lo hubiera comentado conmigo como algo intrascendente. Cuando se ponía su capa de desidia protectora es que había algo más y no deseaba hablar de ello.

Intenté no darle más relevancia al tema. En realidad, no sabía lo que aquello podía suponer. Había momentos en que la vida se tranquilizaba enormemente en casa. A ello solía contribuir el mejor estado de mi abuelo. Y no me refiero a que mejorara de su cada vez más profunda enfermedad sino a que se encontrara más sosegado a pesar de estar perdido entre aquellos fríos glaciares por los que su mente ahora debía navegar. Conmigo se mostraba especialmente afectuoso. A pesar de que apenas si podía recordar mi nombre, me abrazaba en cuanto me veía, no paraba de decirme lo que me quería y lo buena persona que debía yo de ser ayudando a la gente desde mi labor policial. A veces notaba cómo se le iluminaban los ojos cuando me miraba, cómo una especie de alegría interior se apropiaba de sus facciones normalmente opacadas por la enfermedad. La verdad es que esos estados no duraban mucho. Enseguida volvía su mundo interior separado por unos infranqueables muros de la auténtica realidad que los demás percibíamos.

Ciertamente, siempre había sido una persona tranquila y conmigo había tenido una estupenda relación por más que mi madre no le permitiera intervenir demasiado en las decisiones que afectaban a mi vida. Pero la verdad es que nunca le había sentido tan cercano como ahora. Era como si al romperse en mil añicos su memoria o su capacidad de razonar, hubiera entrado en un mundo donde solo los sentimientos eclosionaran. Era aquella una especie de instinto animal que nos une a la tribu. Y eso no solo no lo había perdido sino que ahora destacaba, al eliminarse en su cabeza las barreras convencionales que nuestras herramientas de conocer nos colocan frente al mundo.

IV

Pero mi desazón se multiplicó un día en que las noticias informaban sobre una de las múltiples situaciones de violencia de género que, desgraciadamente, acontecen a menudo. Se trataba de un caso en el que un hombre había violado a su propia hija. Una especie de rayo fulgurante me atravesó el cerebro. Y no lo hizo de forma tranquila y rutinaria, sino más bien como un mazazo que me dejó aturdido ¿Y si es eso lo que hubiera pasado? ¿Y si mi abuelo hubiera forzado a mi madre y yo fuese el fruto de esa violación? Ello podría explicar muchas cosas. Por ejemplo, que mi madre mantuviese la firmeza que mantenía para negarse a hablar del tema. O ese plus de afecto que mi abuelo ahora, una vez desarboladas sus capacidades mentales, mantenía para conmigo. Y, desde luego, la frase de mi madre el día de la disputa reciente. Pero ¡cómo podía ser! Si esto que se me acababa de ocurrir fuera verdad, mi vida sería una farsa. Y nuestra relación familiar, tan sosegada y querida por mí, no sería más que una sarta de mentiras y un infierno de disimulo.

Traté de olvidarme. Intenté sacar la duda de mi mente. Pero era un gusano fuerte que horadada por momentos entre los entresijos de mis neuronas. Tenía que buscar algo de certeza para librarme de aquello. Pero, también era cierto que me daba miedo transformar lo que ahora era simplemente una duda en certeza absoluta. No lo pude resistir. Un día le pregunté directamente al abuelo Miguel por qué me llamaba hijo. Él, con toda la inocencia de su mente obnubilada, me contestó de forma simple que porque yo era su hijo. Le insistí indicándole entonces por qué yo le llamaba abuelo. Y él respondió, en la sencillez de su mente, libre ya de convenciones, que porque él era mi abuelo. ¿Cómo puedes ser mi padre y mi abuelo? Le dije. “No lo sé”, esa fue su elemental respuesta a algo que ya para él había perdido cualquier forma de explicación. Pensé que esto me aportaba algo, pero que aún no era definitorio. ¿Podría realmente haber ocurrido el hecho de la violación y que por ello mi abuelo confundiera sus roles de padre y abuelo? Pero también podría ser que su trastornada mente ya no fuera capaz de distinguirnos rigurosamente, al igual que le pasaba con otras muchas personas. Él pensaba, por ejemplo, que Julián, uno de nuestros vecinos, era su hermano, fallecido hacía más de veinte años. También llamaba “papá” al dueño del supermercado donde íbamos a comprar con frecuencia, ya que su padre había regentado también una tienda de ultramarinos. Todo ello parecía inclinarme a considerar que esa extraña construcción que mi cerebro había realizado no era más que eso, una extravagante conclusión motivada por la falta de certeza.

Fue esto lo que me impulsó a hablar, de nuevo, con mi madre. Le expuse el caso que había visto en las noticias y le pregunté directamente si su padre la había forzado en algún momento. Aunque noté que su rostro denotaba más inquietud de la habitual, no titubeó en su respuesta. Lo negó con firmeza y me lanzó una tonelada de improperios. Que cómo podía haber pensado una barbaridad semejante, que cómo me atrevía a dudar de la honorabilidad de su abuelo. Y otras por el estilo. Por supuesto, siguió en sus trece respecto a darme más datos de mi progenitor a pesar de que le insistí en que solo eso podía sacar en su totalidad la duda de mi mente. Nada. Siguió encerrada en aquella sólida muralla con la que se defendía. Mi padre no era nadie. Su participación en el hecho de mi vida era algo absolutamente irrelevante para mí. El embarazo lo sufrió ella. Mis pañales los había cambiado ella. Las noches sin dormir habían sido suyas. La continua dedicación y el sufrimiento. El sentimiento por mis éxitos y mis fracasos. Todo había recaído sobre sus espaldas. Qué importancia tenían cinco minutos de una relación improvisada en contraste con toda una vida.

No me quedaba más remedio que respetar su deseo, aunque no tenía claro que su línea argumental fuera del todo razonable. Pero que lo respetara no quería decir que mis dudas desaparecieran. La vida continuaba igual en casa. Mi abuelo deliraba cada día más y continuaba en su línea de confundir a mi madre con su mujer y a mí con su hijo. Una vez aparecida esa terrible idea que me invadió no hubo ya forma de desterrarla de mi cabeza. Se convirtió en un vórtice ciego que daba vueltas de continuo. Me mareaba el solo hecho de representarme lo que aquello suponía. No me permitía concentrarme en mi trabajo. Me tenía abrumado y abstraído de continuo. Y es que si tuviera algunos visos de verosimilitud el abuelo tendría un doble rol para conmigo. Sería mi abuelo y mi padre. Igual sucedería con mi madre que, ahora de repente, podría ser también mi hermana. ¡Qué desabrida situación! ¡Qué peso tan infernal el que se había depositado en mi alma!

Pasaron algunas semanas y mi pesadumbre iba en aumento. Me decía a mí mismo que debía hacer algo. Pero ¿qué hacer? Me lo pregunté infinidad de veces. Y entonces surgió la idea. Una simple prueba de ADN bastaría para sacarme de mis dudas. Ciertamente cuando se trataba de analizar genes de abuelo y nieto para ver la existencia de una posible paternidad, el asunto no era tan sencillo, ya que se compartía una enorme carga genética común, pero si se aportaba también material genético de la madre, el asunto podría ser bastante preciso. Así, pues, me armé de valor y de forma inadvertida para ellos capturé algunos cabellos de mi abuelo y de mi madre, los introduje en los correspondientes recipientes, los acompañé de otros míos y lo envié todo al Laboratorio de Biología de la Guardia Civil para su análisis. Obviamente, yo ya había hablado con un contacto de confianza que tenía en dicho lugar y al que me encargué de ocultarle los nombres de los propietarios de cada grupo de cabellos. Quedaron como el “presunto padre”, la “presunta madre” y el “presunto hijo”.  En ningún caso quería dejar evidencias de lo que aquello podía acarrear para mí.

V

Y ahora estaba aquí, con los resultados dentro del sobre que sujetaban mis manos y que no me atrevía a abrir. La pregunta era sencilla, ¿quiero saber quién soy? Y quizá no deseara saberlo. Pero, ¿podría vivir eternamente con una duda tan terrible atormentándome? No terminaba de entender por qué mi madre prefería no aclarar más las cosas al respecto. ¿No sería para ella un modo de liberarse de los fantasmas que su alma albergara? Al fin y al cabo, hubiese ocurrido lo que hubiese ocurrido, la cosa no tenía ya remedio.

Una fuerte sensación de angustia me invadía. Tenía que tomar una decisión, pero no me sentía capacitado para hacerlo. También sabía que si dejaba el sobre en casa sin abrir el proceso se repetiría constantemente. Nunca me libraría de la sensación de angustia. Si decidía no abrirlo y arrojarlo al aire hecho todo mil pedazos, siempre podría pedir una nueva copia del informe al laboratorio, por lo que tampoco parecía una solución definitiva.

Finalmente opté por la única que parecía adecuada a fin de dejar cerrado el asunto para siempre. Fue entonces cuando abrí el sobre.

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