Quintín y los sueños

 

Quintín

 

Las cosas daban vueltas día y noche a su alrededor.  La misma playa, el mismo sol, las mismas nubes, el mismo quiosco de bebidas. Sólo las risas de los niños eran diferentes. Las había tímidas y ligeras como la brisa del atardecer; las había fuertes y espontáneas como el agua que baja del arroyo; las había con un atisbo de pequeño miedo cuando la plataforma comenzaba a girar; las había bravuconas en quienes, siendo más mayores, despreciaban el escaso riesgo de la infantil aventura del tiovivo.

Y esa era toda la vida de Quintín, las vueltas, el sol, la playa y las risas de los niños. Pero no; había algo más. Estaban los sueños. Sí, mucha gente piensa que un caballo de madera, sujeto de por vida al giro mecánico de un tiovivo, no tiene ni vida ni sueños propios. Un gran error.

Al principio, cuando el tiovivo es nuevo y los caballos aún huelen a madera recién pintada, apenas si pueden ver lo que pasa. Su vida es un continuo giro sin sentido. Pero con el tiempo, cuando ya muchos niños han montado en su silla, cuando muchos de ellos han soltado sus risas junto a las inmóviles orejas y acariciado lentamente sus rizadas crines, entonces las cosas comienzan a ordenarse. Los caballos comienzan a ver a través de los ojos de los niños y a soñar con sus sueños.

Quintín no era distinto a los demás. Era un caballo negro, de estampa árabe, con las crines al viento y las patas delanteras levantadas en un intento de salto que la barra del tiovivo se encargaba de impedir. Su nombre se lo debía al artesano que, con dedos minuciosos había cubierto la noble madera con lacas y pinturas. En un borde de la silla lo había pintado claramente para que a nadie le quedaran dudas: Quintín.

El tiovivo al que pertenecía estaba en el paseo marítimo del balneario, frente a una larga y hermosa playa de arena dorada y aguas limpias y azules. En los largos atardeceres del verano, cuando tras el baño en la playa las familias paseaban aprovechando los últimos rayos del sol, los niños se detenían junto al tiovivo y tiraban de las faldas de sus madres y de los pantalones de sus padres para que se gastaran unas monedas y los dejaran subir a los alegres caballitos, cuyas luces y brillantes colores alegraban el tono oscuro que el paseo comenzaba a tener cuando caía el sol y las primeras luces de la noche lo invadían todo.

Entonces Quintín comenzaba a disfrutar. Cada atardecer varios niños subían a sus grupas y todos y cada uno de ellos le traspasaban sus alegrías y sus deseos, sus inquietudes y sus sueños.

Sí, porque Quintín soñaba. Al principio fue solo un murmullo disperso y sin sentido, pero con el paso del tiempo cuando ya muchos niños le habían transmitido sus alegrías y sus penas, las cosas comenzaron a ordenarse y los sueños triunfaron sobre la inmóvil madera y la dormida pintura.

Y Quintín soñó, soñó, soñó… Soñó que era un caballo como otro cualquiera y que nadaba en dirección al sol. Las largas crines ondeando al viento y el potente relincho de los de su raza compitiendo con el continuo batir de las olas. La piel negra brillante por el contacto con el agua y el reflejo del sol.

Quintín soñaba cada tarde su sueño de libertad. Pero luego, cuando transcurridas las primeras horas de la noche los niños iban, poco a poco, abandonando el paseo y el tiovivo quedaba apagado y solitario, todo desaparecía. El sueño del caballo nadando hacia el sol se tornaba primero difuso y luego desaparecía. Entonces el silencio más absoluto se adueñaba de todo, un silencio similar al sueño de los humanos.

Así era, pues, la vida del pobre caballo soñador. Sus sueños eran la única realidad para él. Lo que para los demás era real, para él era sólo sueño y silencio. Su tiempo transcurría monótono entre el continuo girar del tiovivo y las escapadas que los sueños le proporcionaban.

Quintín sabía lo incompleto de sus sueños. Aunque alcanzaba momentos fugaces de felicidad, siempre el silencio terminaba por vencer y la dicha nunca era completa. La rudeza de la madera terminaba venciendo a la sensibilidad de la carne. Y ese era su gran sufrimiento. Quintín sabía que por más días que pasaran siempre tornaría a ser una pobre pieza de madera y pintura controlada por el engranaje de un tiovivo.

Pero un día llegó aquel niño moreno de pelo ensortijado y mirada soñadora. Nunca le había pasado antes, pero esta vez Quintín soñó, como siempre mientras el tiovivo giraba, que chapurreaba por la playa nadando en dirección al sol. La novedad estaba en que el niño se encontraba dentro de su sueño. Esta vez no nadaba solo; el niño del pelo negro y ensortijado lo montaba, jugaba y nadaba con él. El sueño fue más bonito que nunca, pero Quintín temía, más que en otras ocasiones, el decepcionante final. El niño le dijo que no tuviera miedo, que pronto volvería y lo llevaría con él para siempre a su casa llena de praderas verdes y muchos árboles, que desde allí el mar estaba cerca y podían galopar cuantas veces quisieran para rozar con su piel el agua cálida. Quintín no sabía que pensar. Temía que todo terminara desapareciendo, como siempre lo hacía, cuando el giro del tiovivo y las risas de los niños se apagaran. Y así fue. La sombra y el silencio terminaron esa noche con el sueño, como siempre lo ha­bían hecho.

Pasaron los días y el niño del pelo negro y ensortijado no volvió. Los sueños continuaron en su estado habitual y Quintín pensó que aquello habría sido una ilusión más; extraña, pero ilusión al fin y al cabo.

Fue un día casi otoñal ya, cuando el verano comienza a tocar a su fin y los veraneantes van abandonando las playas para volver a su trabajo en las ciudades. Aquella tarde el niño del pelo negro y ensortijado volvió a montar sobre Quintín y ambos volvieron a soñar juntos. Y soñaron que Quintín salía del tiovivo convertido en el bello alazán negro de su imagen soñada. Soñaron que nadaban y jugaban en la playa, que cabalgaban sobre las aguas en dirección al sol y que, tras hartarse de todo ello, Quintín acompañaba al niño a su casa, donde se instalaba en un fresco prado con hierba y agua abundantes.

El sueño se alargaba más de lo habitual y Quintín fue poco a poco, perdiendo el miedo a despertar aunque, en el fondo de su ser, esperaba con temor el momento de la desaparición de todo aquello.

Al día siguiente, un fenómeno inusitado sorprendió a todos en el paseo marítimo. Una pieza del viejo tiovivo había desaparecido. Cuando el propietario del mismo retiró, como hacía todos los días, la capota con que lo cubría, descubrió que el lugar de Quintín estaba vacío.

Chiclana (Cádiz), 1997

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