La estaca del viejo Siset o la izquierda frente al nacionalismo

Allá por el año 70, Lluis Llach contribuía a sacarnos de la modorra nacional con que la tardodictadura franquista nos aburría. Y ello lo hacía contándonos la historia del viejo Siset y su estaca.

“Si estirem tots, ella caurà i molt de temps no pot durar. 
Segur que tomba, tomba, tomba, ben corcada deu ser ja. 
Si jo l’estiro fort per aquí i tu l’estires fort per allà, 
segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar” 

La podrida estaca del franquismo estaba derrumbándose a base de los tirones que las distintas fuerzas democráticas, internas y externas, estaban propiciándole y el viejo Siset nos empujaba a continuar en esa noble lucha.

¡Qué grande aquel Llach! Y qué distinto el que hoy se presenta como candidato de la CDC del señor Mas por Girona. Tendrá sus razones, que ha explicado convenientemente, pero que a mí no me convencen. Y quería emplear esta metáfora para hablar acerca de lo poco acertadas que me parecen ciertas actitudes, presuntamente de izquierdas, ante el nacionalismo.

Aquel Llach nos atraía a los jóvenes izquierdistas no catalanes porque su discurso poético apuntaba a la liberación de todo un pueblo oprimido, da igual que se refiriera a personas del Ampurdán o del valle de Benahavís. Se trataba de empujar para crear un nuevo espacio cívico de derechos que acabara con la situación de opresión que vivía el país. Ese, espacio cívico, amplio, tendente a lo universal, ha estado siempre en el horizonte intelectual de la izquierda, se trata de hacer la mayor justicia social posible, intentar que cada uno contribuya según sus capacidades y posibilidades y que reciba según sus necesidades. Tendencia a la igualdad, a la justicia social compartida, a la no diferenciación por motivos de cualquier índole, ideología, nacionalidad, raza, religión, orientación sexual… Ese ha sido, y debería ser siempre, el horizonte de la izquierda. Y es un horizonte que solo se puede alcanzar tendiendo a crear espacios de libertad e igualdad cada vez más amplios. La segmentación de estos espacios, sea por motivos nacionales, o por cualquiera otros solo contribuye al exclusivismo del clan, de la tribu, a la defensa de lo propio frente a lo ajeno.

Y ¿qué vemos hoy en este nuevo auge del nacionalismo catalán? Todo lo contrario a lo descrito. O es que alguien sería capaz de demostrarme que, por detrás del sentimiento soberanista catalán, hay algo más allá de conseguir que lo que ellos consideran un espacio de riqueza mayor, diferente al de otros pueblos de España, se quede para ellos, gestionado por ellos y, por tanto, alejados del actual estado de solidaridad interregional con el que nos gobernamos. El célebre “Espanya ons roba” tan aireado por el señor Mas y sus adláteres busca insertar en la opinión pública catalana un estado de opinión donde cada ciudadano se vea como un industrioso europeo frente a otros harapientos vagos de las comunidades del sur. En última instancia, exclusivismo, falta de solidaridad, intolerancia. Nada más alejado de ello que los valores tradicionales de la izquierda. Se me alegará que hay también una noble cuestión simbólica, ese pueblo alineado frente a la Senyera, mientras oye El Segadors. Está bien, que cada uno  tenga sus debilidades, seamos comprensibles con estas, igual que con las de aquellos que miran al cielo con el puño en el pecho mientras ondea la bandera roja y gualda y suena la Marcha de Granaderos. Nada que objetar, pero tampoco nada que alentar ni a las unas, ni a las otras. Estoy seguro que podríamos convivir perfectamente con estas niñerías bajo un marco legal común y donde todos, como decía uno de nuestros viejos y grandes políticos, el señor Rodríguez Ibarra, todos pagáramos convenientemente nuestra cuota a la comunidad de vecinos.

Y en ese caldo de cultivo me resulta totalmente sorprendente que desde la izquierda representada por ciertos sectores del PSC, la actual Podemos u otros movimientos cívicos, no se haga una firme oposición al nacionalismo catalán. Bueno, no me resulta del todo sorprendente. La causa es de puro tacticismo electoral, piensan que ganarán votos haciéndolo así. Que lo haga ERC, una izquierda espúrea, no debería asombrarnos, ellos son nacionalistas antes que de izquierdas, lo que viene a significar que no son de izquierdas porque no se puede ser ambas cosas a la vez, pero que lo haga la facción catalana del PSOE me parece aberrante. Ya lo decía uno de nuestros viejos padres de la patria, Alfonso Guerra, que lo mejor para el PSOE sería crear su sección catalana y olvidarse del PSC. No sé.

Habrá que esperar a ver las elecciones, pero desde luego animo a mis amigos catalanes que creen en el progresismo, en la justicia social, en la tendencia a la igualdad,  a que no contribuyan a segmentar nuestro espacio cívico común de libertades, sino a ampliarlo, a que abandonen la causa de ese catalanismo decimonónico y se apunten a la del internacionalismo que avance en crear cada vez instituciones supranacionales más fuertes donde todos estemos representados en libertad e igualdad.

Y, mientras tanto, démosle la voz al viejo Siset, ya que su creador escucha ahora voces con la que no simpatizamos en lo más mínimo:

“Si jo l’estiro fort per aquí i tu l’estires fort per allà, 
segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar.

Liberar a la sociedad catalana del nacionalismo del señor Mas, ese sería el mensaje actual que el viejo Siset debería transmitirnos.

 

 

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