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«Hijos del mismo sol» de Javier Maura

Algunos de mis escasos, y más que estimados, lectores conocen mi afición por los temas historiográficos relativos a la Segunda República y la guerra civil. Mi interés sobre la materia va y viene, siendo inversamente proporcional a la carga de trabajo que en otras materias pueda albergar mi avejentado caletre. Lo que sucede es que, de vez en cuando, surge algo que lo aviva. Puede ser una película, la conversación con un amigo o la lectura de un libro. Y en esta ocasión han sido las dos últimas cuestiones reseñadas en la oración anterior. El libro es Hijos del mismo sol y la conversación lo fue con su autor, Javier Maura.

Dicha conversación acaeció hace algunos meses en Bilbao, cuando albergué el placer de participar en las X jornadas de El autor en el nuevo mundo de la edición. Por allí andaba también Javier Maura y, entre conferencias, mesas redondas, y alguna que otra cerveza, compartimos conversación sobre el asunto histórico mencionado. La verdad es que es un gran placer cuando encuentras a alguien que se mueve en un universo similar al tuyo y que conoce los mismos aspectos por los que tu intelecto ha navegado.

Allí Javier Maura me habló ya de la próxima aparición de una obra de ficción sobre la que había estado trabajando. Algo que se iba a basar en el Madrid sitiado durante la guerra civil. Dado lo interesante de la conversación, y el pormenorizado conocimiento que se demostraba en ella, mis expectativas sobre la obra tomaron un lugar relevante. Pasaron un par de meses y la obra vio la luz. Y, hay que decirlo, la lectura superó las expectativas que en su día me había hecho y que ya eran altas.

La realidad es que a diario leo en abundancia, veo mucho cine y series, escucho música, a más de otra buena cantidad de cosas. Y no suelo reseñar aquí más que aquello que me ha impactado de modo relevante. Y eso es lo que ha sucedido con Hijos del mismo sol. Es una de esas obras que cae en tus manos y que, superando la carga de cosas diarias, lees sin parar hasta alcanzar la última página. El estilo narrativo es ameno, la expresión del autor, clara y atractiva y, lo más relevante, la documentación histórica, monumental.

Y es que uno está cansado de esas obras que se desarrollan sobre el tapiz de algún momento histórico, pero cuyos autores, apenas se han documentado sobre el mismo. Muchos se justifican alegando que la ficción es ficción y que, por tanto, no hay que prestar tanta atención a la realidad de los hechos. Yo no lo veo así. Montar un escenario de ficción supone, por supuesto, desarrollar las tramas literarias adecuadas. Pero también, hacer que aquello que sustenta al escenario sea sólido. El autor tiene un deber con sus lectores y es el de no confundirlos. Si no trabajamos con ese imperativo estaremos creando confusión. Y lo haremos porque muchos darán por bueno todo lo que sucede en la ficción por más que la datación narrada no sea correcta.

Lo primero a decir es que Hijos del mismo sol, aún siendo una novela, podría concebirse casi como un ensayo sobre la guerra en Madrid. Y no piense el lector que eso restará mérito a la trama que te atrae desde el primer momento. Los personajes ficticios se engarzan de la forma más natural con los históricos. Que aparezcan referencias a Miaja o a Largo Caballero es lo normal y lo que se espera. Pero cuando ya se habla de la patrulla del amanecer o se menciona, con nombre algo cambiado, a Constancia de la Mora (familiar remoto del autor), se está poniendo sobre la mesa el conocimiento nada superficial de Javier Maura sobre la época. El propio titulo, Hijos del mismo sol, se extrae ya de una frase del discurso «Paz, piedad y perdón…» de Manuel Azaña.

«Y entonces se comprobará una vez más lo que nunca debió ser desconocido por los que lo desconocieron: que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo. Ahí está la base de la nacionalidad y la raíz del sentimiento
patriótico, no en un dogma que excluya de la nacionalidad a todos los que no lo profesan, sea un dogma político o económico.»

Manuel Azaña. Discurso pronunciado el 18 de julio de 1938 en el
Ayuntamiento de Barcelona.

Más allá de esta pulcritud ante los datos históricos, me ha entusiasmado la cercanía argumental con La forja de un rebelde de Arturo Barea. El mundo de los corresponsales de guerra en aquel Madrid del ¡no pasarán! Hemingway, Dos Passos y tantos otros de nombre menos conocido. Y, sin embargo, esa cercanía no se adueña de la trama. Una trama que se centra fundamentalmente en la percepción interior que Nicolás, el protagonista toma de los hechos que suceden. Y eso es lo que la hace interesante de cara a un lector, como yo, que ha leído mucho sobre la época y sus personajes. Porque en ese protagonista hay cosas de Chaves Nogales, de Barea, de Clara Campoamor, de Bowers…

Todo ello para plantear la vivencia interior de un personaje que siempre me ha resultado de mucho interés en la época. Se trata de los intelectuales de clase media y su visión de lo que estaba sucediendo. Aquellos que por su origen socioeconómico no estaban destinados a la radicalidad de las ideas sino a la moderación. Y que se vieron arrastrados en aquella vorágine a poner el pie en un bando u otro. O a ostentar (como Clara Campoamor) la propiedad de fusilable por ambos bandos.

Hay otro asunto que me ha llamado poderosamente la atención. Se trata de las páginas finales del libro que considero magistrales. Transmiten con una calidad literaria tremenda la angustia de los últimos días en Madrid antes de la entrada de las tropas franquistas. Siempre me he sentido atraído por lo que pensarían las personas, habitantes de una ciudad sitiada, a punto de ser tomada por el enemigo. Constantinopla el día anterior a que Mehmet la tomara por las armas, Madrid a punto de caer ante las tropas de Franco… Y tantas otras. El miedo, la angustia, el cálculo para buscar un lugar seguro, el deseo de pasar desapercibido, la esperanza en salvar la vida. ¡Son tantas las cosas que podrían bullir en nuestra cabeza si nos viéramos en esas circunstancias! Y todas ellas las relata Javier Maura de forma magistral a través de la visión de Nicolás.

Por último, me gustaría reseñar la falta absoluta de dogmatismo a la hora de exponer los asuntos y las acciones de cada facción del momento. La narración se centra mucho más en los sentimientos de las personas. No se hace sangre sobre las acciones de los unos o de los otros, más allá de un posicionamiento básico del autor que nunca debería eludirse. Esto se agradece en este universo sectario en el que nos movemos. El universo de los nietos de los combatientes que han decidido retomar una causa que ya deberia quedar solo para la historia.

En definitiva, una obra que ilustra, distrae y conmueve. Qué más puede pedirle uno a la literatura.


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