Hurgando en la memoria. 2. Palomeras (Madrid, años 60)

Mis padres finalmente decidieron que lo mejor para todos era seguir los pasos de mi hermana Rafaela y, a pesar de las grandes dudas que mi madre albergaba, emigramos a Madrid buscando un futuro diferente. Llegamos en 1965, en un día y mes que mi memoria sitúa como impreciso. Yo tenía seis años. Mi padre había viajado primero para intentar localizar una casa a fin de que pudiéramos establecernos. Y cuando lo consiguió organizamos el traslado y allá que le seguimos, mi madre y yo, en un camión cargado con los muebles que rescataron de nuestra antigua vida en El Serrato[1]. Mientras se arreglaba la casa para que pudiera albergarnos, nuestro destino fue el hogar de mis tíos, Antonia y Manolo. Ella era hermana de mi padre y en su fraternal bondad se ofrecieron a acogernos y ayudarnos en todo lo que necesitáramos hasta que pudiéramos establecernos. De hecho, fue mi tío Manolo quien localizó la vivienda, en el barrio de Palomeras Bajas, que alquiló mi padre para que fuera nuestro nuevo hogar.

No guardo recuerdo del recibimiento en casa de mis tíos. Sé que pasamos allí algunos días hasta que nos mudamos a la casa en la calle Concepción Marín, al final de la Avenida de San Diego. Realmente era una tienda de comestibles que alquilamos, y por la que pagamos el correspondiente traspaso, con la idea de dar continuidad al negocio y así poder ganarnos la vida de alguna manera en aquel nuevo entorno. En ello se gastaron mis padres los escasos ahorros de toda una vida que, en ese momento, con 52 años de mi padre y 45 de mi madre, debía girar en el vacío.

La verdad es que supongo que mis tíos y su familia debieron agradecer sobremanera nuestra marcha al nuevo hogar ya que, en su pequeño piso de la avenida de Palomeras, vivían habitualmente siete personas, ellos, sus cuatro hijos, Carmen, Antonio, Manolo y Pepe y mi abuela Carmen. Con nosotros se incorporaron tres personas más a aquella abigarrada multitud llena de afecto y ayuda. Al menos Carmen, la hija mayor, y mi hermana Rafaela se habían puesto a trabajar de internas, nada más y nada menos que en la casa de Santiago Bernabéu, a la sazón presidente del Real Madrid. Ello permitía aligerar la carga doméstica y me llevó también a visitar en alguna ocasión la casa de aquel personaje.

Tras un periodo de aprendizaje y adecuación, mis padres abrieron la tienda. En aquella época se distinguían los comercios de comestibles de los de ultramarinos. Los segundos eran más importantes, tenían autorización para vender más cosas. La de mis padres era de poca enjundia, un pequeño local de barrio donde se podían comprar legumbres, conservas, embutidos, bacalao, café, leche… En fin, casi todo menos producto fresco, fruta, carne, pescado. Tampoco productos de limpieza. Y, como siempre, la descomunal ayuda de mis tíos fue trascendental. Entre otras ocupaciones, mi tío Manolo tenía la de agente comercial y ayudó a mis padres a introducirse en aquel mundo nuevo para ellos. Además, Antonio, el mayor de sus hijos varones, estuvo una buena temporada ayudándonos en aquel emprendimiento del que nada sabíamos.

Al poco tiempo Ana, mi hermana mayor y su familia nos siguieron en la emigración a Madrid. Con ellos se volvió a repetir la fraternal acogida en casa de mis tíos. Además, mi hermana y mi cuñado Diego, que ya tenían una hija, esperaban otro vástago. Y el duro embarazo complicado con un sarampión extemporáneo hubo de pasarlo en casa de mi tía, atendida con sus cuidados. No sé si actualmente las familias tienen el grado de unión y solidaridad que entonces manifestaban, pero desde luego el que mis tíos mostraron con nosotros desbordaba todos los límites.

El primer trabajo de mi padre fue de peón en la construcción. En aquella época era fácil encontrar en Madrid ese tipo de labor, ya que se construía muchísimo en la ciudad. No se requería ningún tipo de especialización, se trataba de un trabajo absolutamente auxiliar. Pero mi padre era ya bastante mayor y para él era duro. Además, tenía que alternar con el trabajo en la tienda. De la venta se encargaba mi madre principalmente, pero en los pedidos, la administración, los proveedores, la reposición, etc. intervenía mi padre. Yo fui ayudando conforme fui creciendo, pero lógicamente el peso del asunto recaía sobre ellos. Cuando llegó mi cuñado también entró a trabajar en la misma obra que mi padre. Los pusieron juntos y su labor, en algún momento, fue la de subir material con una pluma, uno la cargaba abajo y otro se encargaba de recoger el material arriba. Mi cuñado tenía que darle una voz a mi padre para coordinar y ahí venía el problema. En aquella época era tal el respeto que se tenía que él no sabía qué apelativo usar para llamarlo. Siempre lo había tratado de usted y gritar “¡Martín!” le parecía irrespetuoso, así que se veía el pobre en un conflicto importante. Hoy nos parecerá algo ridículo, pero yo puedo entenderlo perfectamente. A mí me pasaba igual con mi suegra, a la que quise como a una madre, y estamos hablando de tiempos mucho más recientes. Nunca la llamaba por su nombre y siempre la trataba de usted, si en algún momento hubiera tenido que gritar “¡Pastora!” me hubiera dado vergüenza hacerlo.

Afortunadamente mi tío Manolo volvió a actuar de ángel salvador. Le consiguió a mi padre un puesto de auxiliar de farmacia en el Hospital Provincial de Madrid, el lugar en el que él ya trabajaba como celador. Aquello fue una bendición. Era el trabajo ideal para mi padre. A él siempre le gustaron los temas sanitarios y aquello colmaba todas sus aspiraciones. Además, encontró un entorno excelente, su jefa era una monja, Sor María Lizarraga, una navarra pequeñita, pero de armas tomar con la que tuvo siempre una excelente relación y de la que yo guardo también un cariñoso recuerdo. La labor de mi padre era la de recoger todos los pedidos de farmacia de cada unidad del hospital, prepararlos y repartirlos por las distintas salas. También se encargaba de sacar de una enorme nevera unas grandes barras de hielo, cargarlas y repartirlas por los lugares donde se necesitaban. Aquel lugar era espectacular, el edificio tenía cuatrocientos años y su construcción se inició durante el reinado de Felipe II. Para que el lector lo reconozca se trata del actual Museo Reina Sofía. Las salas, donde habían ejercido prestigiosos médicos como Gregorio Marañón, eran de techos altísimos y las camas se alineaban en ellas sin ninguna separación funcional entre las mismas. Algunos días mi padre me llevaba con él y le acompañaba durante toda su jornada de trabajo. Recuerdo que lo más espectacular era bajar a una cueva subterránea donde se guardaban los medicamentos que debían mantenerse a una temperatura baja. En aquella época los frigoríficos no sobraban y se aprovechaba la frescura natural de aquel lugar. Se accedía por unas escaleras que a mí me parecían espectaculares. Aquel era un mundo fantástico, en él podía soñar con lugares inverosímiles o inventar historias a través de la imaginación que se veía potenciada por un lugar tan inquietante.

El trabajo para mi padre ya era mucho menos cansado que el de la construcción y a él le encantaba. Además, tenía jornada intensiva, lo que le permitía dedicar mucho más tiempo a la tienda. De ese modo, con su esfuerzo de pluriempleado, las cosas iban a comenzar a irnos mejor en el aspecto económico. En 1969 la Diputación de Madrid, construyo un nuevo hospital, al que se denominó Ciudad Sanitaria Provincial «Francisco Franco» y que hoy es el Hospital «Gregorio Marañón». Se cerraron las estancias del viejo edificio y se trasladó toda la actividad asistencial al nuevo. A mi padre no terminaba de gustarle el nuevo centro y finalmente se trasladó al Hospital Psiquiátrico «Alonso Vega», hoy Hospital Psiquiátrico «Rodriguez Lafora». Alli continuo con su mismo trabajo en la farmacia hasta su jubilación que se produciría diez años más tarde. El viejo Hospital Provincial permaneció muchos años cerrado hasta que se decidió reconvertirlo en el museo de arte moderno que en la actualidad es.

Llovía insistentemente en aquellos inviernos de mediados de los sesenta. La calle Concepción Marín permanecía sin asfaltar. El barro se amalgamaba por todos sitios, te impregnaba el calzado y los bajos de los pantalones. Era imposible librarse de él. Te empleaba como medio de transporte para llenar el suelo de la casa de pequeños filamentos grisáceos que salían de las hendiduras de la suela de los zapatos una vez alcanzado el nivel de sequedad suficiente. El barro lo llenaba todo, impregnaba cada espacio, cada rincón de la casa. El centro de la calle era una reguera habilitada para que pasara el agua por ella y no inundara las viviendas. Cada algún centenar de metros unos desvencijados listones de madera servían de puente para atravesarla. Así, pues, la reguera establecía una frontera permanente entre una acera y otra de la calle. Pocas veces recuerdo estar ubicado en la acera contraria a la de mi casa. Todos mis recuerdos son desde la mía a la de enfrente, pero no al contrario. Y es que la dificultad de atravesar la reguera establecía diferencias espaciales rotundas entre los habitantes de la calle. Con tanta agua parecía no tener explicación que el aguador tuviera que pasar todos los días para que rellenáramos nuestros barreños, cantaros, cubos y otros cacharros similares. Llevaba un carro, arrastrado por una mula, con un par de bidones que reponía en alguna fuente lejana conforme se le iban agotando con el consumo de los vecinos. Con los años instalaron una fuente en la calle de al lado y ya estos personajes desaparecieron. El aguador cobraba por el servicio y la fuente era gratuita, así que por más que costara esfuerzo trasladar los pesados baldes llenos de agua, todas las familias optaban por conseguirla en la fuente. Así, aquel carro que rompía la monotonía de los días, desapareció de nuestras vidas.

Las casas no eran chabolas, pero tampoco presentaban ningún lujo ni interior ni exterior. Además de no haber agua corriente, tampoco había alcantarillado. En casa teníamos un váter que evacuaba a un pozo negro. Cuando se llenaba iba un servicio municipal a vaciarlo. El olor era insufrible entonces, tardaba muchas horas en desaparecer. Teníamos un pozo que era la alegría de la casa. En verano nos daba agua fresca para lavarse. No bebíamos de allí porque no era potable, pero cumplía todo el resto de las funciones, lo que nos ahorraba comprar del aguador o transportar desde la fuente.

Realmente había dos casas con salida al patio interior. La nuestra era la que daba directamente a la calle, como no podía ser de otro modo al tratarse de una tienda abierta al público. La del fondo, una pequeña construcción con tres estancias, la ocupaba nuestro vecino Ángel Méndez y su familia. Él pertenecía a la Policía Armada, era uno de aquellos temidos grises, pero del que no recuerdo más que su cara bondadosa. Pasados unos meses se mudaron a otro lugar y la casa del fondo pudo ser alquilada por mi hermana y su familia. Realmente ellos ya se habían mudado, desde la casa de mis tíos, para compartir espacio con nosotros en los pequeños recintos de la tienda. Ocupar el espacio de la casa del fondo nos dejaba en una situación de lujo en la que ya cada uno se podía permitir tener su propia estancia. La calle Concepción Marín se encontraba al lado del lugar que se denominaba la Huerta del Hachero, algo que hoy no existe ya que quedó enterrado con la remodelación del barrio, debajo del centro comercial Madrid Sur y del edificio de la Asamblea de Madrid.

El patio tenía un emparrado, que era mi principal refugio. Desde él se accedía a una especie de charnaque donde almacenábamos sacos de patatas, legumbres y otros productos de los que vendíamos. Recuerdo especialmente que me gustaban los días de lluvia cuando me refugiaba a leer sentado sobre los sacos mientras las gotas golpeaban en la uralita del techo. Allí imaginaba aquellos nuevos mundos que La Isla del Tesoro, Robinson Crusoe o Winnetou me ponían delante.

El día era muy rutinario allí, recuerdo que, cuando no estaba estudiando, usaba un delantal blanco para atender a las clientas, ayudaba también a colocar los productos en las estanterías, ordenar las latas de conserva, mover las cajas con botellas de leche… Fue despachando donde años más tarde conocí a las primeras chicas que me ilusionaron. Recuerdo a una, se llamaba Conchi, me daba un vuelco el corazón, cuando la veía aparecer detrás del mostrador. Pensaba en su dulce rostro cuando estaba abstraído de cualquier menester. Nunca le dirigí la palabra más allá del “¿Qué te sirvo?” del oficio.

Enfrente de la casa vivía la señora María. Una toledana que siempre protegía su abultado vientre con un remendado mandil. Gesticulaba y alzaba la voz de forma potente. El señor Ángel, su marido, era un albañil fanfarrón y mujeriego. Tenían tres hijos varones, el más pequeño, Angelete era uno de mis pocos medio amigos. Era un chaval pendenciero e independiente. No se le conocía adscripción a banda alguna. Jugaba con los demás si le apetecía, pero no se trataba de alguien extremadamente sociable. Era mal hablado y siempre que podía te ridiculizaba; se reía de todo y de todos. Pero yo no lo llevaba mal con él. Al lado de la señora María vivían dos hermanas, también de Toledo. Toda la gente las consideraba unas brujas. Alguna vez se habían peleado con la señora María; no eran inusuales las broncas de mujeres en el barrio, gritándose, insultándose y, a veces, dándose algunas trompadas o tirones de pelo. Estas no habían llegado a tanto. Una de las hermanas tenía también un hijo de mi edad o de la de Angelete. Se llamaba Goyo y era bobalicón como él solo. De su nariz siempre colgaba un horrible moco que sorbía sin parar. Nunca intercambié con él más de un par de palabras seguidas. Por debajo de mi casa estaban la señora Bienve y su marido. Un viejo matrimonio sin hijos. Él tocaba la trompeta. No consigo ahora identificar su estilo, pero algunas tardes se las pasaba enteras soplando aquel instrumento. No recuerdo que llegara a disgustarme, pero tampoco que me alegraran sus ritmos. También estaba la señora Valle, una entrañable mujer a la que su marido tenía a bien hacerle un hijo cada dos por tres. Guadalupe, la más educada, con sus dos hijas y un hijo, un joven que con los años sería de los primeros en meterse en arena política. Josefa, una extraña mujer que un día decidió desaparecer y abandonar a su marido. Nunca se la encontró ni se supo más de ella. Leo, una de las clientes estables de la tienda, que todos los sábados iba a hacer una gran compra que le fiábamos de forma que cada semana pagaba la de la anterior. Y tantos otros que el recuerdo difumina tanto en sus nombres como en su aspecto.

Mi familia tenía el dinero justo para sobrevivir, nada sobraba y menos para comprar libros y, sin embargo, yo me convertí en un lector empedernido. ¿Qué cómo lo hice? Pues cambiando libros y tebeos. Parece que lo estoy viendo aún. Tendría alrededor de diez o doce años y en el mercado de Ana Isabel y Agustina Díez, en la frontera entre las Palomeras Altas y las Bajas, había una papelería que vendía libros y tebeos. Allí podías comprar un tebeo y estar cambiándolo continuamente por otro que otro niño había comprado y lo dejaba igualmente para cambiar. Era una especie de red P2P analógica y de barrio. Obviamente el quiosquero cobraba una muy pequeña cantidad por cada cambio, pero era insignificante si se contrastaba con el precio del libro o el tebeo nuevo. Supongo que era un negocio que hoy atentaría contra todas las leyes de propiedad intelectual, pero entonces permitió a un montón de niños sin posibilidades aficionarnos a la lectura.

Todavía recuerdo con emoción el camino desde casa al mercado con tres o cuatro ejemplares en la mano, dispuestos a sacrificarlos para rotarlos por otros de lectura inédita. Subía por la calle Concepción Marín, pasaba la travesía de Juan Pablo y de ahí salía a una explanada desde la que ya se divisaba el final de la Avenida de Palomeras, hoy calle de Villalobos. Allí me esperaba un interesante montón de tebeos para elegir tras dejar el mío. Unos pocos céntimos y la transacción estaba hecha, de modo que ya tenía lectura garantizada para las siguientes semanas. Gracias a este método, personajes como el capitán Trueno, el Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, el sargento Gorila, el Llanero Solitario o el Guerrero del Antifaz (mi favorito) llenaron mis neuronas de las aventuras que contribuyeron a forjar una mente inquieta. Cómo olvidar las novelas ilustradas de Bruguera, las aventuras de Winnetou, de Miguel Strogoff, de Ivanhoe…

Pero la vida no iba a ser fácil en este cambio planetario que se producía en la misma con la emigración. Si la biografía de las personas está repleta de algunas circunstancias extrañas que conducen a caminos inverosímiles, la mía estaba a punto de hacerlo con la llegada a Madrid. Hasta ese momento yo no había ido al colegio. Tenía seis años y me había criado en un cortijo rodeado solo de personas mayores. Apenas si había tenido contacto con otros chicos de mi edad. En Madrid eso debía cambiar. Mis padres tenían que apuntarme al colegio para comenzar el periplo estudiantil normal de todos los chicos. Como debimos llegar con el año escolar iniciado, decidieron inscribirme en una especie de escuelita no oficial regentada por el señor Paco, un viejo ferroviario que nos daba clase, en el patio de su casa, a poco más de media docena de niños de edades diferentes. Era un viejecillo con el pelo totalmente blanco, más que delgado, enjuto y bastante alto o, al menos, a mí me lo parecía. Si uno de sus alumnos hacía pellas y lo veía a través de la puerta del patio, lo llamaba a gritos: “¡Tarugo, ven aquí inmediatamente!”. Ciertamente, era algo áspero en el trato y supongo que su nivel de conocimientos no debería ser demasiado elevado, sin embargo, aquel periodo transcurrió en mi vida escolar sin demasiados incidentes. La verdad es que yo poseía un mínimo de instrucción razonable, ya que mi padre me había enseñado a leer, a escribir y las nociones aritméticas básicas, de forma que para mi edad no estaba mal preparado.

Pero en paralelo a la inserción escolar comenzaba igualmente la entrada en un mundo nuevo de relaciones. Y con los niños de mi edad, fue desastrosa. En general, se reían de mi acento y de las palabras que empleaba. En aquel Madrid de aluvión todos los chavales usaban ese lenguaje chulesco típico del español tal como se habla en la capital. Y yo, en cambio, me expresaba en ese suave andaluz lleno de palabras extrañas como “jícara” para denotar lo que allí era una “onza de chocolate”, “mama” para lo que allí era “mamá”, “chache” para lo que allí era “tío” y tantas otras. En resumen, aquello terminó concretándose en un cierto odio por mi parte a juntarme con otros chicos y chicas de mi edad, ya que el asunto solía acabar en burla. Afortunadamente contaba con mis primos Manolo y Pepe con los que fui entablando una cierta relación que me salvaba de caer en el solipsismo más absoluto.

El desastre se concretó con el inicio del curso escolar reglado. Mis padres me inscribieron en el mismo colegio donde acudían mis primos. Aquello no era mucho más que un aula dirigida por un maestro manco, creo que se llamaba don Santos, del que no puedo tener peores recuerdos. Con el inicio de las clases, se unió al calvario de la relación con otros niños, la presencia de un maestro nada afectuoso. Antes de entrar a clase nos hacía rezar o cantar alguna canción religiosa, no poseo un recuerdo claro. Ciertamente tampoco me consta que nos obligara a cantar los himnos patrios del momento. Lo que sí recuerdo es la regla de madera siempre en su mano sana y los golpes con ella en la cabeza o en las manos al más mínimo desliz. También recuerdo como un día que me encontraba mal y vomité en al aula, me hizo limpiar el vómito directamente.

La cuestión es que todo este caldo de cultivo terminó en un problema médico que debía tener algunos componentes psicosomáticos. Comencé a estar mal del estómago continuamente; infecciones, diarreas y no recuerdo cuantos otros problemas. La cuestión era que si mis padres me permitían no ir a clase aquello remitía sin más. Me hicieron varias pruebas médicas sin que apareciera nada concluyente, pero como el asunto iba cada vez peor, mis padres decidieron sacarme de aquella escuela. Y allá que volvía a estar yo todo el día en mi casa siguiendo solo las lecciones de mi padre que, desde luego, me hacían avanzar más que lo aprendido en el tenso ambiente escolar que me estaba tocando vivir.

Los recuerdos están ya algo difusos, pero sé que hubo dos intentos más de normalizar mi vida académica. El siguiente fue en el colegio público más cercano a mi casa, el Grupo Escolar San Pablo. Creo que este fue el peor. Aunque mi memoria no tiene demasiados contenidos de lo torturante que para mí fue ese periodo, un lector amigo me recordó hace poco, como don Acisclo, el director del Grupo, terminó con una mano ensangrentada de pegarle a un niño que se puso delante de su Vespa y a la que le rompió el faro al chocar con su cabeza. Aquel energúmeno abofeteaba a la criatura mientras este no paraba de sangrar por el golpe. La verdad es que yo no estaba preparado para aquello y tampoco lograba encontrar el apoyo de algún amigo o de algún maestro que me pudieran ayudar a salir de marasmo semejante. Lógicamente, los efectos psicosomáticos se agravaron y mis padres me sacaron de nuevo del colegio sin terminar el curso. El último intento, para hacer lo que entonces era cuarto de Primaria fue en el Colegio Academia Brelas, en la calle Martínez de la Riva. Sé que allí es donde más aguanté, pero tampoco recuerdo que terminara el curso. Supongo que había descubierto el camino para que mis padres me alejaran de la tortura. Solo tenía que agrandar los síntomas de lo que me pasaba para que ellos actuaran. Finalmente decidieron no hacer más experimentos y, por más extraño que pueda parecer hoy, me alejaron definitivamente del colegio, creo que con nueve años y sin haber alcanzado ningún tipo de estudios.

Esta anómala situación no contribuyó en absoluto a merma alguna en lo que a captación de conocimientos se refiere. Mi padre seguía enseñándome lo necesario, sobre todo de aritmética. Yo leía sin parar y, además, me compraron a plazos una enciclopedia que devoraba con fruición. Se llamaba Geographica y era un compendio de todos los países del mundo con sus datos físicos, políticos y económicos. Por supuesto que todavía la conservo. Cada mes recibía un tomo nuevo y recuerdo la enorme ilusión de abrir la caja y acariciar aquellos bellos libros para concentrarme de forma inmediata en su lectura durante esos largos días sin amigos y sin colegio. De adulto, muchas veces me he dicho que mis padres debían de haberme dado un par de bofetadas para obligarme a asistir a clase, me encontrara de salud como me encontrara. Probablemente, si aquello hubiera sucedido me habría endurecido en el periodo en el que me correspondía hacerlo y no como sucedió pasados los años, según contaré más adelante. La cuestión es que, entre los siete y los trece años, mi vida no transcurrió por los derroteros normales por los que solían surcar las de los otros niños de mi edad.

Y a pesar de ello no puedo decir que mi infancia fuera horrible. No recuerdo días de esos que pudieran considerarse profundamente infelices. Trabajaba en la tienda ayudando a mi madre. Pasaba muchas horas leyendo, estudiando, haciendo experimentos extravagantes… Tenía pocos amigos y los que tenía no podían considerarse como íntimos, de esos que suelen acompañarnos en cualquier circunstancia de la vida. Pero no era infeliz. El entorno familiar era bastante grato. Como ya he dicho vivíamos con mi hermana que tenía dos hijos, Loli y Paco, con los que me llevaba solo cinco y seis años, respectivamente, por lo que casi éramos una familia con tres niños. También veía bastante a mis primos Manolo y Pepe. De hecho, Manolo y yo hicimos la primera comunión juntos. Todos los domingos mi padre iba a visitar a mi abuela, a casa de mis tíos y yo siempre le acompañaba. De Mama Carmen, mi abuela paterna, no tengo tan buenos recuerdos como de Mama Lela, mi abuela materna. Era cariñosa, pero sin estridencias y casi siempre estaba peleándose con mi tío Manolo quien tenía un aguante proverbial para con las continuas puyas de la anciana. También recuerdo de ella la botella de agua de Carabaña, que usaba como purgante, siempre en su mesilla de noche; su pelo extremadamente blanco y su cara con rasgos tan reconocibles en alguno de sus otros hijos, aunque no demasiado en mi padre.

Con el paso del tiempo también intimé con otro de los chicos del barrio considerados raros. Se llamaba Pepito y era algo mayor que yo. Sus padres eran paisanos nuestros, también de Jaén, creo que de Baeza. Tenía un hermano, Dámaso, que estudiaba en el seminario. Con ellos y con mi padre hice la primera visita al estadio Santiago Bernabéu, supongo que con entradas que el presidente del club le regalaría a mi hermana. Quizá fuera por 1967, aunque tampoco tengo una conciencia clara de la fecha. Solo recuerdo que era un partido de liga entre el Real Madrid y el Atlético de Bilbao. El ambiente era impresionante, habían venido muchos vascos a acompañar a su club y las chapelas inundaban todo el paisaje. Recuerdo que Dámaso gritaba “¡a ver esas boinas vascas!”. No tengo ningún recuerdo del partido, no sé quién ganó o perdió. El futbol también era parte de mi vida en aquella época. Por un lado, de vez en cuando jugaba con mis primos esos partidillos que los niños suelen hacer y donde, he de reconocerlo, yo era francamente malo. Por otro, estaban también los partidos de copa de Europa del Real Madrid. Nosotros no teníamos televisión para verlos, pero algún vecino sí la tenía ya y mi padre y yo nos íbamos a su casa a verlos. Así, en 1966, vimos el partido en el que el Real Madrid ganó su sexta copa de Europa frente al Partizan de Belgrado.

Pero más que el fútbol, lo que me entusiasmaba era el cine. En el barrio había dos cines de verano cercanos a casa, el Veracruz y el Manchego. De pequeño acompañaba a mis hermanas, pero en cuanto cumplí creo que once años, mis padres me dejaban ir solo. Ahí vi las primeras películas que me entusiasmaron. La traidora memoria no me permite recordar títulos concretos, aunque siempre recordaré el entorno, las sillas verdes metálicas, más que incómodas, las pipas para acompañar a toda la sesión, el fresco de aquellas noches de verano, la emoción de encenderse la proyección y comenzar a ver las primeras imágenes en la pantalla, cuando todavía la noche no era profunda y quedaban algunas luces del atardecer. Desde luego, en aquellos dos cines tuvo su origen la que luego ha sido una de mis más profundas aficiones, el cine.

En 1969 mis padres ya compraron nuestra primera televisión. Con solo aquellas dos míticas cadenas, la programación era sumamente ilusionante. Mi afición al cine se veía completada con aquellas series de las que tan grato recuerdo guado: El Santo, El Fugitivo, Bonanza, Daniel Boone, El Virginiano y tantas otras que devoraba ávidamente. Y no solo las series, también recuerdo con especial fervor, aquel magnífico programa de teatro, Estudio 1 con el que tanto aprendimos del teatro clásico español. A pesar de mi corta edad, mis padres eran más bien permisivos con aquello de los dos rombos que denotaban los programas que los ponían como solo aptos para mayores de dieciocho años. Por tanto, vi muchas obras que podrían no considerarse adecuadas para un niño de mi edad. Curiosamente, en mi extraña manera de recordar las cosas ya no guardo ninguna información de haber visto algún partido de fútbol en la televisión de casa, a pesar de que sí lo guardaba, como ya comenté de los que vi en casa de los vecinos acompañando a mi padre.

También dejaron alguna huella en mí los guateques que mi hermana Rafaela, Diego su novio y otros amigos, hacían en casa los domingos por la tarde. En los años sesenta, los guateques que los jóvenes organizaban en las casas de unos o de otros eran una de las fuentes más comunes de diversión. Lógicamente, con mi edad, yo no participaba, pero sí observaba, ya que permanecíamos en casa mientras ellos hacían su fiesta en el patio, sobre todo en la época en que la temperatura permitía hacer aquellas celebraciones en el exterior. Su música era la del Duo Dinámico, Los Brincos, Adamo, Raphael. Aquellas canciones se quedaron grabadas a fuego en mi memoria. Otra cosa que se me quedó grabada de aquellas fiestas ocurrió el día 20 de julio de 1969. Ese domingo la cápsula espacial del Apolo 11 alunizó en nuestro satélite, aunque Neil Armstrong no pondría el pie fuera hasta el día siguiente. Mi hermana y sus amigos celebraban uno de sus guateques y yo veía en la televisión aquellas impresionantes imágenes mientras la música que ellos oían ponía banda sonora a la situación.

También a finales de los sesenta, mi hermana Ana dejó de vivir cerca de nosotros para mudarse al primer piso que tuvo un miembro de la familia. Por fin, alguien conseguía salir de aquella casi chabola en la que vivíamos. Mi cuñado Diego también había entrado a trabajar en el Hospital y colaboraba con una cuadrilla de albañiles. Como tantos otros en aquella época el pluriempleo les permitía salir adelante con cierta holgura y ahorrar. Por otro lado, mi padre, entre su trabajo en la farmacia del Hospital y la tienda iba teniendo ya, asimismo, unos recursos razonables. La austeridad era el signo que marcaba sus vidas. El afán de que no faltara el trabajo y de ahorrar el máximo de lo que se ganara era su meta. Mis padres aspiraban a ayudar a cada uno de los hijos con la compra de su primera vivienda, lo hicieron entonces con mi hermana Ana, luego lo harían con Rafaela y, años más tarde, conmigo. Producto del ahorro de ambas familias fue la compra de un piso en el barrio de Entrevías, como a media hora andando desde la casa de Palomeras. Tener una vivienda moderna, sin lujos, pero bastante cómoda era un placer para mi hermana y para todos nosotros que, de alguna manera, seguíamos haciendo vida en común. Particularmente yo me iba con ellos muchos fines de semana y los pasaba en su casa. Allí, por ejemplo, había un baño que me permitía darme una ducha contrariamente a lo que sucedía en nuestra casa, donde, a pesar de que ya teníamos agua corriente, no tuvimos en ningún momento más que un grifo para poder hacer uso de ella, pero no unas instalaciones adecuadas de aseo.

Otra cuestión que llenaba algo mi tiempo por aquellos últimos años sesenta y primeros de los setenta eran los viajes veraniegos a Arjona. Mis padres no solían ir mucho, pero sí mi hermana Ana con su familia y yo me unía como uno más. Ellos no tenían coche por lo que el viaje se hacía en un pequeño microbús que conducía un tal Charrasca y que solía ir repleto, en aquellos calurosos agostos, para llevar a varios recientes emigrantes a las fiestas de su pueblo. Lo normal es que llegáramos ya bastante anochecido o, incluso de madrugada. La carretera de Andalucía era un infierno entonces. No había autovía, lógicamente, y el paso de Despeñaperros era una interminable fila de camiones a los que debíamos adelantar. El calor en los llanos de La Mancha era impactante y el placer del fresco nocturno de la llegada al pueblo, una bendición. Nos bajábamos en el Llano, en la casa de los padres de mi cuñado, donde se quedaban ellos para pasar esos días. Recuerdo el frescor del pozo en el patio y el olor de una higuera que crecía dentro del mismo. Nos recibía el enjuto padre de mi cuñado, siempre con una colilla en la boca y del que años más tarde tuve también que presenciar su llanto de padre desconsolado el día que su hijo murió jovencísimo, víctima de un inesperado infarto, dejando a mi hermana viuda con menos de cuarenta años y con tres hijos a su cargo.

Yo pasaba esos días en casa de mi abuela, Mama Lela, como debíamos llamarla y que conmigo era cariñosísima y yo la quería mucho. En la casa vivía con una de sus hijas, mi tía Brígida, su marido Juan y sus tres hijos, Juan, Encarna y Luis. Este último era de mi edad y se constituía en mi acompañante habitual mientras duraba mi estancia en Arjona. Añoraba mucho a mis padres, pero lo pasaba bien con mi primo. Íbamos al cine, acudíamos a las procesiones y a los actos de las fiestas, también a algún partido de futbol. Curiosamente, con el paso de los años casi nunca he vuelto a las fiestas de mi pueblo. No soy nada aficionado a las celebraciones religiosas y, además, son en una época de agosto en la que el calor en la zona es francamente insoportable.

Fue precisamente en las fiestas de Arjona de 1972 donde se fraguaría una situación que marcaría mi vida de ahí en adelante, cambiado radicalmente las cosas. El asunto es que, desde hacía bastantes meses, yo estaba comenzando a sentir dolor en las caderas, sobre todo cuando cambiaba de postura. Mis padres me habían llevado al médico que siempre me despachaba diciendo que eran dolores del crecimiento y que no le diéramos más importancia. La cuestión es que yo cada vez estaba peor. Cuando me levantaba tras estar sentado veía las estrellas y cada vez sentía que estaba más entumecido y perdía flexibilidad. Aquel año en el pueblo lo pasé muy mal e incluso me caí una vez.

Al volver a Madrid supongo que mi hermana también le insistiría a mi padre sobre lo mal que me había visto y de nuevo me llevaron al médico. Tuvimos la enorme fortuna de que habían cambiado al traumatólogo que me correspondía. Esa tarde me atendió el que sería mi salvador, Luis Munuera Martínez, un prestigioso cirujano ortopeda que, por esos avatares de la fortuna, atendía entonces la consulta. En cuanto me exploró vio que allí no había nada bueno, me mandó una radiografía de urgencia y en cuanto la vio vino la sentencia. El asunto era muy grave, tenía una Epifisiolisis bilateral, una enfermedad degenerativa del cuello del fémur. Se encontraba, además, en un estado muy avanzado y nos dijo que el pronóstico no era bueno, que la única opción era operarme de urgencia para ver cómo detener el proceso. También nos indicó que existía bastante riesgo de que pudiera quedar inválido para toda la vida. Ante la desesperación de mi padre y su insistencia en preguntar si el asunto podría tener solución, el doctor Munuera señaló con el dedo hacia arriba y puso cara de circunstancias, como queriendo indicar que solo dios tenía respuesta a esa pregunta.

Munuera, aunque no lo sabíamos entonces, sería una de las eminencias en España de todo lo relativo al tratamiento de la cadera, precursor de las primeras prótesis que se implantaron en el país. En ese momento aún era joven tenía 37 años, pero luego le esperó una larga carrera profesional que le llevó a ser jefe de los servicios de traumatología del 12 de octubre y de La Paz, y dedicar también muchos años a la enseñanza. Cuando se cruzó en mi vida, teniendo yo 13 años, por uno de esos extraños avatares del destino él operaba en el Hospital Infantil de San Rafael, de la orden de San Juan de Dios y allí me ingresó de inmediato para tratar de salvarme de la invalidez. Lo que no sabía era que me esperaba una dura época de sufrimiento, pero también un periodo de extraordinario cambio que me llevaría a reenfocar totalmente lo que hasta en ese momento había sido mi vida.


[1] Curiosamente yo no tenía ningún recuerdo de este viaje y siempre creí que las cosas habían sido de otro modo. Sin embargo, en una reciente conversación con mi hermana Ana, me aclaró como fue todo exactamente.

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  • Antonio estoy encantado de leer tus recuerdos que son una parte de los mios, con las visitas a Madrid, recuerdo la tienda y el patio, que en la tienda teniais de todo, en aquelos tiempos no era facil para segun que economia, luego las visitas en vuestro piso y las salidas por los bares del barrio y Madrid con tus cuñados, lo bien recibidos que eramos siempre y el cariño y afecto de mis padres por los tuyos a pesar de la distancia entre Barcelona y Madrid, cariño y afecto que continua en mi persona por ti tu familia y tus hermanas
    Recuerdos y un abrazo

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