Domingo por la tarde y miseria de la condición humana

No sé qué especial tono de tristeza, miedo y ansiedad surge en mí la tarde de los domingos. Lo recuerdo de siempre, desde pequeño. Entonces quizá se trataría del miedo a ir al colegio el lunes por la mañana o de que se cayera el cielo sobre nuestras cabezas. Pero con el paso del tiempo, ¡ahora la niñez está ya tan lejana!, la sensación no solo no ha desaparecido sino que se ha agudizado. Hasta la hora de la comida las cosas van bien, te tomas un aperitivo, comes, te adormeces un rato mientras ves la peor película que ponen a esa hora y al abrir los ojos ya está ahí. Es un nudo en el estómago, una cierta sensación de opresión en la cabeza y, finalmente, un vacío que trasciende lo corpóreo y se instala en esas partes poco conocidas que normalmente asociamos con el alma, el espíritu, la mente o vaya usted a saber qué otro invento nuestro.

Y solo pasa entonces. El lunes te levantas y todo vuelve a su esencial rutina. Al trabajo, al esfuerzo, al cuidado de todas aquellas cosas que ocupan tu vida. Pero el domingo por la tarde es horroroso. Te cae encima el terrible pánico a la existencia. Temes por todo, por la vida, por la muerte, por el presente, por el futuro… Te sientes responsable de todo lo que te rodea y el terror por no poder evitar que todo marche bien te invade. Temes por la salud y el futuro de los seres queridos, por la infelicidad que puede invadir sus vidas, porque los proyectos marchen mal y tu vida y la de los de ellos dependen, y de los que te sientes responsable, se tuerza. Temes quedarte solo, que los seres queridos vayan desapareciendo mientras tú permaneces en una cada vez más desértica y solitaria existencia, temes que la enfermedad se apodere de los más queridos y cercanos compañeros, que tu hijo no logre la felicidad, o al menos el equilibrio en la vida, que tu trabajo no sea eficaz y que, por tanto, tus negocios vayan a la ruina y todos los que de ellos dependen queden desasistidos.

Y entonces te sientes responsable de todo. Una enorme losa cae sobre ti y te aplasta. Y en esos momentos quisieras huir a una isla desierta donde solo tuvieras que ocuparte de tu existencia y no tuvieras ningún vínculo existencial con nadie que te importara y que, por tanto, te hiciera sufrir. Pero sabes que no es posible, que la vida es así y que está diseñada para que las nueve décimas partes de la misma las pases actuando desenfrenadamente, para fortuna de tu espíritu, pero la última décima la pases en soledad contigo mismo, hundido en tu miedo, en tu depresión, en tu domingo por la tarde que, a pesar del dolor, equilibra las cosas y te pone por delante tu esencial condición desvalida e incompleta. Porque esa es la virtud esencial del ser humano, la de tender a algo que nunca llegará a ser, dios, la perfección o quién sabe qué cosa. Y ese desvalimiento es lo que le da su miseria y su grandeza a la condición humana. No podemos escapar de él, nuestros domingos por la tarde nos lo recuerdan de continuo.

Menos mal que pronto será lunes por la mañana.

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