Sobre el poder

Puede parecernos que la implantación de los regímenes democráticos, hecho que viene aconteciendo desde el inicio de las revoluciones burguesas allá por los finales del siglo XVIII, ha traído una reinterpretación del modo en que se ejerce el poder entre las personas. Pero esto no es del todo cierto. Si bien es correcto pensar que la plasmación de normas acerca de los límites del poder en los textos legales restringe las arbitrariedades y la posibilidad de la opresión de unos sobre otros, no lo es menos el hecho de que en nuestros genes se halla aún un cierto perfil depredador que, sublimado por la cultura, lleva a algunas personas a vivir realizando un ejercicio constante de imposición de su voluntad.

Sobre el poder


«…en nuestros genes se halla aún un cierto perfil depredador que, sublimado por la cultura, lleva a algunas personas a vivir realizando un ejercicio constante de imposición de su voluntad.»


Esto lo vemos, lo sentimos todos los días en nuestra vida cotidiana, lo observamos en la política, en la empresa, en la familia, en los grupos de amigos. Quién no ha tenido que convivir con esos perfiles que siempre tratan de hacer su voluntad por encima de cualquier otra cosa. Desde lo más sencillo, ese amigo que dentro del grupo siempre se empeña en ejercer el liderazgo, imponer las acciones que se van a hacer, los lugares que se van a visitar en un viaje, el restaurante al que se va a comer, la película que se va a ver. Hasta lo más complejo, el político que se siente poseído de una misión salvífica y que, más allá de la opinión de la sociedad a la que representa, trata de sacar adelante proyectos de ley no queridos por casi nadie, reformas no deseadas, etc. Todo ello guiado por no se sabe que extraños principios, metas, valores y no, desde luego, por la voluntad soberana de aquellos a quienes representa. En los regímenes dictatoriales esto forma parte de la propia lógica del ejercicio del poder; recordemos aquel Franco que solo respondía “ante Dios y ante la Historia”. Esto no es lo preocupante, ya sabemos que la imposición es lo normal en las tiranías. Lo malo es que en las democracias también sucede. Y tenemos bastantes ejemplos actualmente en nuestro país. Un ministro, el señor Gallardón, que imbuido de sus principios cristianos trata de imponer una legislación sobre el aborto mayoritariamente no querida por la sociedad. Otro, el señor Wert, que está transformando el entorno cultural y educativo español al hilo de lo marcado por una institución ajena a los intereses de la población, la Iglesia Católica. Y cómo olvidar a otros gobernantes, como el madrileño Ignacio González, pretendiendo acabar con una sanidad que es de todos, o el catalán Artur Más, recubierto de la misión salvífica de librar al pueblo de Cataluña de la opresión española. Todos parecen tener una misión que cumplir, ante dios y ante la historia y no ante el pueblo que los ha elegido.


«En este mundo nuestro, más contradictorio que esperanzador, el poder debería entenderse siempre desde la función representativa del mismo.»


Y es que el hombre ha recorrido muchos siglos desde su origen animal y depredador para llegar a un horizonte donde la convivencia, la norma y el ejercicio reglado del poder sean su forma de desarrollarse como especie. En este mundo nuestro, más contradictorio que esperanzador, el poder debería entenderse siempre desde la función representativa del mismo. Cada político, cada empresario, cada líder de cualquier colectividad debería ejercer el poder como el simple presidente de una comunidad de vecinos donde solo debe ejecutar aquello para lo que ha sido elegido, siempre dentro de un entorno regido por las normas. De esta forma es probable que acabáramos con muchos salvapatrias de entre tantos como tenemos.

Pero el poder parece que tiene su propia lógica interna, una especie de función autoprotectora que hace que sea difícil acabar con su uso opresor. Los viejos teóricos anarquistas, con Bakunin o Proudhon, a la cabeza querían acabar con el Estado, como forma suprema de tiranía. Francisco Pi y Margall, de ideas federales y uno de los presidentes de la Primera República española, pensaba que el poder era tan pernicioso que la única manera de limitarlo era repartirlo al máximo, de forma que ninguno de sus ostentadores pudiera oprimir a los otros. Esto es algo que subyace igualmente a la tesis de separación de poderes en el estado democrático, pergeñada por Montesquieu.

Todo esto está muy bien, pero me da la impresión que socialmente, en el perfil de algunas personas, sigue agazapado ese gen depredador que les convierte en lobos del resto de sus hermanos corderos. Sádicos y masoquistas. Líderes y dominados. Mientras socialmente no avancemos en el rechazo de las prácticas del ejercicio despótico del poder, mientras no nos rebelemos contra quienes siempre pretenden imponer su voluntad ante colectivos sobre los que no poseen el derecho de hacerlo, no iremos avanzando en el cambio social que la humanidad requiere para llegar a un futuro más libre y más justo.

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