El señor Dívar y los sueños

Cuando cayó el régimen de Franco muchos soñamos que podíamos hace un país mejor, más justo, más digno. Un espacio de libertades cívicas del que sentirnos orgullosos y por el que trabajar con ahínco.

Desde entonces muchas cosas han trastocado ese sueño. No han habido muchos momentos en mi historia personal en los que haya sentido vergüenza de ser español; recuerdo especialmente un par de ellos en mi juventud. Uno, aquel nefasto 27 de septiembre de 1975 en que el moribundo tirano firmó sus últimas sentencias de muerte, incluso desoyendo las súplicas del Papa. Los países democráticos retiraron o llamaron a consultas a sus embajadores de nuestro país y las manifestaciones contra el caduco matarife se sucedieron en todos los lugares del mundo. Otro fue el 23 de febrero de 1981 cuando el esperpento de Tejero en el Congreso. Sin embargo, como generación nos ha tocado vivir más momentos de alegría colectiva que de fracaso. Hicimos un país nuevo de las ruinas de una corrupta y sanguinaria dictadura, nos incorporamos al concierto de las naciones democráticas, pasamos a ser respetados por nuestros socios europeos…y tantas otras cosas.

Desde entonces hemos tenido gobernantes serios, prohombre de la política, más o menos discutidos pero que han hecho avanzar al país. Sin embargo, los últimos años nos están volviendo a sumir en una escalada flagrante de corrupción, clientelismo político, expolios al Estado y a los ciudadanos… Y lo malo, lo que me vuelve a hacer sentir vergüenza en ocasiones de nuestra condición patria, es que consentimos, votamos y volvemos a votar a quienes representan ese miserable modo de hacer las cosas.

Enmarcado en este proceso, lo del señor Dívar es lo peor con lo que me he encontrado en los últimos años. Bien que hemos soportado políticos condenados por quebrar la ley de la que ellos mismos son los autores, pero esto va más allá. Tenemos a un personaje que para colmo de nuestras desdichas se vanagloria de lo hecho e incide en que no hay ningún incumplimiento de la ley en su conducta. Y seguramente no lo haya. Por tanto lo que cabe preguntarse es qué tipo de país hemos construido en los últimos años para que una de las más altas instituciones del Estado pueda llevar a cargo del erario público una vida de dispendio, alegando que en alguien como él no es separable lo público de la privado, todo ello mientras se pega la vida padre en hoteles de lujo, en restaurantes de precio desorbitado, etc., además en un momento en que el país está como está y muchos millones de nuestros conciudadanos están pasándolo francamente mal. Si sus actos no son legalmente reprobables, sí son ética y estéticamente deleznables. Y el servidor público siempre ha de ser honesto y llevar por encima todas las cosas, la dignidad implícita al cargo que ostenta.

Y solo nos queda rogar que personas de este talante desaparezcan cuanto antes de la escena pública y sus acciones nos sirvan de escarmiento social para que podamos exigir a nuestros dirigentes un comportamiento sensato y austero, acorde con la alta representación de nuestros intereses que les hemos delegado.

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