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Elogio del fracaso

Cuando termina un año es difícil no mirar hacia atrás y revisar los hechos acontecidos, cómo nos han afectado o lo que hemos hecho a lo largo del periodo pasado. Parece entrarnos siempre una cierta actitud, reflexivamente triste, acerca de aquello en lo que nos ha ido mal, los objetivos que no hemos cumplido, las cosas buenas que no nos han pasado y las malas que han acontecido. En general, solemos tender en estos periodos de reflexión a catalogar nuestros fracasos. Y es bueno que así sea porque ello nos ayuda a ser más humildes y, al menos emprender el rumbo del nuevo año, tratando de quitarnos la grasa sobrante de la altanería y la soberbia. Por mi parte voy a contribuir a este proceso, construyendo en estas líneas un decidido elogio del fracaso.

Fracaso

 

Lo primero a decir es que nuestra personalidad se construye más a través del fracaso que del éxito. Más tarde o más temprano nos la vamos a pegar y si no nos acostumbramos desde pequeñitos, cuando nos llegue el golpe, lo acusaremos más que si nos hemos ido adiestrando paulatinamente. Ahora está de moda una de esas palabras modernas que aparecen sin que casi nadie se dé cuenta y de repente se instalan en nuestras conversaciones diarias como si hubieran existido en el lenguaje desde siempre; se trata de la «resiliencia». Palabra que más o menos viene a representar nuestra capacidad de superación ante el fracaso, el hecho de volver a levantarnos una vez que hemos caído en la ciénaga de lo adverso.


«Más tarde o más temprano nos la vamos a pegar y si no nos acostumbramos desde pequeñitos, cuando nos llegue el golpe, lo acusaremos más que si nos hemos ido adiestrando paulatinamente.»


 

Es difícil mantenerse en pie cuando los vientos azotan por todos lados. Y no quiero aquí tampoco profundizar en esa faceta más propia de un manual de autoayuda o de los consejos del psicólogo casero que todos llevamos dentro. Precisamente, lo que quiero es elogiar todo lo que de positivo hay en fracasar y no tanto convenceros de lo bueno que es levantarse cada vez que el mundo te golpea, doy por hecho que a eso todos estamos más o menos acostumbrados. Y si no lo estamos, siempre podremos caer en la locura, la depresión o terminar en el suicidio, aunque personalmente recomiendo un vinito de la Ribera del Duero y una tapita de jamón ibérico como mejores alternativas. Allá cada uno.

Fracasar nos hace humildes. Creo que este es el principal mensaje del asunto. Nuestra sociedad ha sobrevalorado innecesariamente la figura del triunfador. Aquel que se hace millonario en los negocios, se casa con la pareja más atractiva del lugar, tiene hermosos hijos que lo quieren, respetan y celebran con él/ella la Navidad, el Thanksgiving Day o lo que corresponda en cada puñetera sociedad. Esas imágenes nos bombardean de continuo en los medios. Y nos hacen infelices porque nos comparamos con ellas como modelos inalcanzables. Y suelen ser inalcanzables porque no existen. Lo normal es que si ganas mucha pasta, caigas en la droga, tu pareja te ponga los cuernos o tus hijos pasen de ti como de comer mierda. Por otro lado, si tienes una familia ejemplar, es posible que te toque hacer cola en el INEM cada trimestre para renovar la solicitud de empleo. En fin, que siempre hay algo que falla, algo en lo que fracasamos. Que nadie es perfecto y eso debería ayudarnos a superar nuestras imperfecciones.


«Hagamos todos de nuestra suma personal de fracasos una oportunidad para quitarle al mundo la grasa sobrante de la soberbia.»


 

Lo malo es que este mundo del cambio y la transformación en que vivimos ha fomentado como pocos la figura del triunfador soberbio. Este no suele ser más que un encubierto fracasado mentiroso, alguien que tapa con una capa de autobombo y soberbia, sus más espeluznantes fracasos. Sin analizar las cosas, suelta continuamente su cháchara triunfal sobre lo bien que lo hace todo, sobre lo magnífico de sus proyectos… Cuando veáis esto, sed precavidos. Lo normal es que estéis ante un fracasado que es incapaz de reconocer su falta de éxito, alguien que no ha sido criado en la valoración de las caídas sino en la cultura de la resiliencia. Y yo creo que esto es un mal asunto. Cuando uno fracasa tiene que reconocer con humildad la situación, hacer análisis interno para no caer en los mismos errores, levantarse y caminar hacia nuevos horizontes. Echemos un ojo a nuestro horizonte político pasado y veremos sendos ejemplos de esta situación. Casi todos nuestros líderes actuales (desde los que gobiernan hasta los que opositan) adolecen de esta capacidad crítica. Y eso marca a los demás. Si el presidente del gobierno o el exlider del principal partido de la oposición se la pegan y continúan, por que no ha de hacerlo quien fracasa en el mundo de la empresa o de la familia. Sus modelos nos marcan la ruta a seguir.

Creo que elogiar la figura del perdedor es un saludable ejercicio para todos. Del perdedor que fracasa, que reconoce su fracaso humildemente y que se retira a sus cuarteles de invierno a reflexionar. Al mundo le sobra altanería y le falta autocrítica. Hagamos todos de nuestra suma personal de fracasos una oportunidad para quitarle al mundo la grasa sobrante de la soberbia. Solo somos pobres fracasados que a veces navegamos en el istmo del éxito entre dos grandes continentes de frustraciones. ¡Desengañados del éxito, uníos y romper las cadenas de la soberbia de los triunfadores!

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