Los valientes de El Álamo

La vida de cada uno está marcada por algún que otro mito, los cuales, sin saber muy bien por qué razón se instalan en tu memoria y sirven de orientación a tus acciones. Los cristianos, por ejemplo, tratan (o al menos deberían hacerlo) de seguir los diferentes hechos de la Biblia como guía de acción. Yo, que tengo la inmensa deficiencia, no sé si heredada o adquirida, de no creer en la cosa religiosa, me dedico en cambio a endiosar algunos mitos literarios, cinematográficos o incluso de hechos reales, que, como el prestidigitador hace con el conejo de la chistera, saco en distintas ocasiones de mi vida en función del contexto y de la necesidad.

El Álamo

Sentado esto, y dado que en este blog no siempre voy a hablar de política, hoy haré alguna reflexiones sobre mi vida. Será, pues una entrada algo narcisista que puede aburrir a mucha gente (¿mucha? si tengo dos seguidores en el blog y uno soy yo mismo, je, je…). Bien, no importa, si me lee alguien encantado de que lo haga, pero si no lo hace nadie, quede al menos constancia de que escribo esto solo, al estilo de los antiguos, como cura para el alma, medicina contra el desasosiego existencial.

Largado el rollo inicial, toca ahora conectar el tema con el título de esta entrada. Y es que uno de los mitos que ha marcado muchas decisiones en mi vida se deriva de la célebre  (y para muchos bodrio) película de John Wayne (director y actor), «El Álamo». En general soy amante del Western, y este no es especialmente bueno, pero su acartonado y melodramático guión me incide existencialmente cómo pocos. No puedo evitar que se me pongan todos los pelos de punta cuando, con el fuerte ya medio derruido y sabiendo todos los tejanos que van a morir a manos de los hombres de Santa Anna, las mujeres y los niños obtienen permiso para abandonar la fortaleza antes del asalto final de las tropas mexicanas. Los hombres se despiden de sus mujeres y sus hijos, se crea una larga fila de carretas que va abandonando El Álamo mientras suena de fondo «Green Leaves», la hermosa canción de Dimitri Tiomkin que hace poco Tarantino recuperó para su «Malditos bastardos»:

A time just for plantin’, a time just for ploughin’.
A time just for livin’, a place for to die.
‘Twas so good to be young then, to be close to the earth,
Now the green leaves of Summer are callin’ me home.

Todo ello mientras el disciplinado coronel Travis y sus hombres, el héroe David Crockett y sus voluntarios de Tennessee y el indisciplinado y violento James Bowie (Laurence Harvey, John Wayne y Richard Widmark respectivamente), miran alejarse la caravana, sabiendo que les espera una muerte cierta que no pueden eludir por el sentido del deber del que no pueden librarse.

Reconozco que la odisea de los valientes de Texas, la música de Tiomkin y la mirada de los tres hombres a las puertas de aquel derruido fuerte de San Antonio del Álamo, han marcado mi vida como pocas otras cosas lo han hecho. ¿Y cómo es esto posible? se preguntará el lector, si es que alguno existe; pues es sencillo y lo explicaré a continuación si se tiene la paciencia de seguir leyendo. Cada vez que me ha tocado tomar una decisión difícil en la vida, la primera opción que mi cabeza ha analizado ha sido la de huir, la de no asumir riesgos innecesarios. Pero lo mismo que otros apelan a su puñetera educación judeocristiana para justificar sus desviadas acciones a mi me toca apelar a la cosa de El Álamo para caer en seguida en lo contrario a lo que me apetecía hacer. Así, pues, cada vez que me han ofrecido un trabajo jodido donde me voy a pelar el culo a trabajar, con todos los aditamentos en contra, etc., etc. siempre mando a la mierda inicialmente al que tal ofrecimiento me hace y mi cabeza comienza a barruntar la posibilidad de una jubilación temprana en la costa de Málaga, tumbado a la bartola y llevando una vida ascética pero tranquila. Sin embargo, nada más realizar este planteamiento el cabrón de John Wayne aparece en mi cabeza, comienza a sonar Green Leaves y allá que me tiró de cabeza por un extraño sentido del deber. Sentido del deber que hoy, ya sin remedio, me indica que, dada mi avanzada edad, será extraño que alguna vez pueda disfrutar aunque sea de modo ascético de un merecido descanso en la costa de Málaga.

Y que nadie piense que esto es una «boutade» retórica. Para mi desgracia tengo 52 tacos y estoy currando desde los 15. Y cuando digo currar, digo currar de lo lindo. Hice toda la carrera mientras trabajaba a jornada completa. Nada más terminar me lancé a la estúpida aventura de montar una empresa y desde entonces no recuerdo un día en que haya dedicado menos de 12 horas al trabajo, ni un fin de semana en el que no haya tenido que doblar el lomo (metafóricamente hablando, ya que para mi desgracia mi lomo resulta también poco doblable). Muchos años ya, 37, cotizando a la seguridad social, la mayor parte como autónomono, ¡y lo que me queda! hasta que pueda cobrar la pensión de mierda que me quedará.

Y es que, otro día explicaré el porqué, a pesar de haber sido empresario casi toda mi vida, lamentablemente no he conseguido hacerme rico (aunque no me quejo, he tenido una vida aceptable hasta ahora). ¡Qué le vamos a hacer! Saludaré a Travis (me identifico más con él que con Crockett) cuando llegue el momento de buscar esa «place for to die».

Mientras tanto, acabo de cagarla otra vez, ¡Wayne, esta me la pagas!

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