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Spinoza. I. El disidente tranquilo

Reencontrando a Spinoza

Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)

Me encontré con Spinoza en 1983 durante el tercer curso de mi carrera de Filosofía. Y lo hice a través del profesor que impartía la materia, Gabriel Albiac. En aquel momento, Albiac acababa de regresar de la Sorbona donde había trabajado con Althusser y estaba ya recopilando abundante información para la que más adelante sería su monumental obra, La sinagoga vacía. Un estudio de las fuentes marranas del espinosismo. La obra se publicó en 1987 y al año siguiente obtuvo el Premio Nacional de Ensayo. Antes de que eso sucediera yo había terminado la licenciatura y para preparar mi tesis doctoral me inscribí también en un curso de doctorado que impartía Albiac y que tenía como título De Uriel da Costa a Spinoza. En aquel seminario, de modo mucho más profundo, el joven profesor (he de recordar que solo es ocho años mayor que yo) nos abrió las puertas a la magia de una época, la segunda mitad del siglo XVII, y una ciudad, Amsterdam, donde la emigración judía proveniente de la península ibérica había podido desarrollarse en libertad fuera ya de la opresión de la Inquisición. Como era obligación, presenté mi trabajo de doctorado para ese curso y Albiac tuvo a bien calificármelo con matrícula de honor. El trabajo se llamó Del poder, el exilio y la marginación y puede consultarse en este mismo blog. He de aclarar que, en aquel momento, Albiac, siguiendo la estela de su maestro Althusser, se ubicaba notoriamente en el ala de la izquierda intelectual a pesar de que ahora podamos localizarlo en formas de pensamiento totalmente alejadas de aquellas otras.

Con todo esto, la figura de Spinoza surgió ante mí con una fuerza extraordinaria. He de reconocer que su pensamiento me impresionó de forma impactante. Sin duda, con más garra que el de otros autores que en un momento u otro pudieran haberme atraído. Y no he sido el único al que le ha sucedido. Lessing dijo que no había otra filosofía sino la de Spinoza. Goethe escribió que le gustaría procurar a su espíritu la eternidad, de acuerdo con la doctrina de Spinoza. Bertrand Russell afirmó que Spinoza era el más entrañable y noble entre los grandes filósofos. Es conocida también la anécdota de Einstein que preguntado acerca de sus convicciones acerca de la existencia de Dios, respondió que él solo creía en el Dios de Spinoza. Borges le dedicó dos espléndidos sonetos, uno de los cuales es el que se va desgranando en la cabecera de cada epígrafe de este texto. Y podría seguir con muchos otros autores.

Por influencia de Albiac y sus obras, me fui introduciendo en una de las vertientes interpretativas sobre la figura de Spinoza que más se han desarrollado en el panorama filosófico reciente. Me refiero a su identificación con la herencia marrana. Desde Carl Gebhardt (1881-1934) y, sobre todo, con Israel Salvator Revah (1917-1973), esta hipótesis ha dominado prácticamente el panorama intelectual sobre Spinoza. Posteriormente, ya en años más cercanos a nosotros, la publicación de la obra mencionada de Albiac, y también la de Yirmiyahu Yovel, Spinoza, el marrano de la razón, han abundado en la hipótesis mencionada. Esta línea interpretativa se contrapone a la que ubica a Spinoza como un pensador europeo más dentro de los racionalistas del siglo XVII, si no como un seguidor fiel de Descartes, sí al menos como un eslabón más de la triada Descartes-Spinoza-Leibniz, los tres grandes filósofos de aquel siglo. El descubrimiento que realizó Revah de actas de la Inquisición española que relacionaban con claridad a Spinoza con algunos de los judíos heréticos procedentes de España y emigrados a Amsterdam, como es el caso del doctor Juan de Prado, alimentó esa imagen del escepticismo religioso de los marranos como parte crucial de la personalidad del autor. Ciertamente, en la actualidad, han surgido interpretaciones que niegan o, al menos, ponen en duda, la fuerza de ese hilo conductor que transitaría de Juan de Prado a Spinoza. Así Win Klever cree más en la influencia de Franciscus van den Enden, un exjesuita caído en el escepticismo, que fue su profesor de latín en la adolescencia del filósofo y que le introdujo además en la filosofía de Descartes. Para Klever, Spinoza influye más en Prado, como personalidad intelectualmente más potente, que Prado en Spinoza.

La cuestión es que hace unos meses, a colación de un proyecto que sería prolijo mencionar aquí, puse el punto de mira nuevamente en el filósofo de ascendencia sefardí. Y, todo ello, a casi cuarenta años de distancia de aquella época en que Spinoza apareció en mi horizonte intelectual. Así, pues, he vuelto a revisar toda la obra de Spinoza, por más que las definiciones, axiomas, proposiciones y escolios de la Ética no sean precisamente de lectura fácil para echar un rato divertido. Tampoco suelen ser de lectura agradable las páginas que diseccionan la hermenéutica bíblica en el Tratado teológico-político. Ni los del Tratado político que describen con profusión una montaña de cuestiones organizativas de los distintos tipos de Estado que, al lector que busca más altos fundamentos teóricos, le aburren más que le solazan. Por supuesto que me he releído a Gebhardt, a Revah, a Gabriel Albiac, a Yirmiyahu Yovel y a los numerosos ensayos sobre Spinoza que, desde hace muchos años, acumulan polvo en las estanterías de mi casa. He leído también algunas interpretaciones nuevas como las que devienen de La herida de Spinoza de Vicente Serrano o En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos del portugués Antonio Damasio. Asimismo, me hice con la edición de 2018 que Atilano Domínguez realizó de las Obras completas y biografías de Spinoza. Por cierto, que este último me produjo una penosa sensación. Estamos ante la gran edición de las obras de Spinoza en castellano. La realiza quien puede considerarse como la máxima autoridad española en el filósofo. Y desconozco por qué extrañas circunstancias la hubo de sacar a su costa en una editorial de autoedición (ViveLibro), de forma que debieron imprimirse solo unas cuantas copias y hoy es imposible encontrarla ni siquiera de segunda mano a través de la red Iberlibro. ¿Es que ninguna de las editoriales tradicionales que habían editado anteriormente muchas otras obras de Atilano Domínguez se atrevieron con este monumento? Dan ganas de llorar cuando analizamos situaciones como esta que ocurren en nuestro país.

El reencuentro con Spinoza ha ido también cambiando algunos de mis puntos de vista iniciales sobre el filósofo. Me refiero, sobre todo a la aceptación que yo hacía, sin dudar, de la fuerte influencia marrana recibida por el autor. En este artículo trataré de explicar dicha situación e intentaré hacerlo de forma divulgativa sin caer en jerga académica, notas a pie de página, etc. No obstante, tengo también ya preparada una biografía, algo más cargada de dicha jerga, que también publicaré por aquí. Por último, he de reconocer que, en esta nueva revisión, tras los cuarenta años mencionados, me he interesado fundamentalmente por el pensamiento político de Spinoza y será sobre ello que haré un tercer texto. Y quizá haya un cuarto sobre generalidades de su filosofía. Veremos.


El hombre quieto que está soñando un claro laberinto

Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.

Es difícil que eludamos la visión romántica del Spinoza represaliado por dos inquisiciones. Por un lado, la de las católicas España y Portugal que expulsaron a sus ancestros. Por otro, la de sus correligionarios judíos que lo echaron a patadas de su comunidad por albergar un alto grado de escepticismo acerca de la noción de Dios, la inmortalidad del alma, la validez de la Torah, etc. Es difícil, pero no imposible. Para poder juzgar con una cierta ecuanimidad el asunto es conveniente que nos proveamos de los correspondientes datos, así que vamos a ello. La familia de Spinoza sale de Portugal sobre el 1600. Su abuelo Isaac, con su esposa y sus tres hijos, de los que uno de ellos, Michael, será el padre de Spinoza, abandonan Vidigueira, en el Alentejo portugués, para ubicarse en la liberal Holanda. Y no es que lo hicieran por gusto o por necesidad económica. Lo hacían porque los portugueses también le complicaron la vida a quienes, a pesar de haber convertido por la fuerza, pretendían seguir viviendo bajo la ley de Moisés. Unos cien años antes, muchos habían llegado a Portugal espoleados por la expulsión a la que sus católicas majestades españolas decidieron someterlos. Se instalaron en el país vecino que parecía ser algo más tolerante con ellos. Pero, al poco tiempo se descubrió que el asunto era peor, ya que finalmente se les obligó a la conversión forzosa. Y, por si fuera poco, en 1580, nuestro inefable monarca Felipe II incorporó el país vecino a la corona de España con lo que dejaba las cosas claras a aquellos marranos que intentaban vivir una vida judía bajo una apariencia católica. Y, claro, cuando las barbas de tu vecino veas quemar… En este caso las barbas eran las del abuelo paterno del filósofo, Gabriel Álvarez que, descubierto en sus prácticas criptojudías, fue condenado a muerte por la Inquisición de Portugal, aunque después se le condonó la sentencia por la de trabajos forzados en el mar. ¡Casi nada! ¡A galeras!

No es de extrañar que el bueno de Isaac, viendo lo sucedido a su suegro, agarrara el petate, la esposa y los hijos para salir del país con viento fresco. Tras una primera parada en Nantes alguien debió hablarle del clima de libertad que se daba en los Países Bajos para los de su raza y para allá que se marchó. Las Provincias Unidas se habían librado de su pertenencia al imperio español y, aunque esta no se reconoció de facto hasta la paz de Münster en 1648, la realidad es que desde finales del siglo XVI eran los ganadores de facto de la guerra, quedando ya solo los Países Bajos del Sur bajo el dominio imperial. Así, las cosas, los judíos se vieron inmediatamente atraídos por aquella Jerusalén del Norte cuyos hombres fueron capaces de vencer a sus verdugos. Y los holandeses se prestaron pronto a admitir a quienes tan maltratados habían sido por el mismo enemigo. En Amsterdam se van instalando poco a poco numerosas personas provenientes del exilio peninsular. Se les solía denominar portugueses, ya que su expulsión de España llevó a muchos de ellos al país vecino, donde fueron obligados a una conversión forzosa. Huidos de ambas naciones, en aquella ciudad encontraron el ambiente necesario como para ejercer libremente su religión. Solo debían ser respetuosos con la iglesia reformada dominante en el país, pero, por lo demás, podían seguir su fe, practicar sus cultos y comerciar al estilo de como siempre lo habían hecho los de su raza. La Jerusalén del Norte fue el sueño de los judíos ibéricos, un lugar donde profesar de manera pública su fe, sin tener que ocultarla ante los demás. Los primeros emigrantes parecen llegar a finales del siglo XVI. En 1596 nos consta ya el testimonio de la creación de la primera sinagoga Beth Jacob, en 1614 tienen ya su propio cementerio de Ouderkerk y en 1639 la comunidad judía de la ciudad se encuentra ya unificada en la sinagoga Talmud Torah.

La cuestión es que, en este entorno tolerante para la práctica de la religión judía, Michael, el padre de Spinoza prosperará en sus negocios de importación y exportación de frutos secos. Las cosas le iban bien en lo económico, pero no en lo personal. Se casó tres veces, pero las esposas se le morían con una facilidad pasmosa. Solo su segunda mujer, Hanna Débora, le dio hijos, las otras dos o no le daban o se le morían en el proceso de cuajar. La pobre Hanna Débora, en su corta vida, trajo al mundo cinco hijos y entre ellos se encontraba Bento (que este era el nombre portugués de Spinoza). Su infancia podría haber transcurrido con normalidad si no es porque su madre fallece antes de que él cumpla los seis años. Como otros niños judíos, su padre lo lleva a la yeshivá Ets Haim para que se forme en los estudios bíblicos, en el Talmud y en la lengua hebrea y su traducción al español. Bento ya podía llamarse también Baruch, el equivalente hebreo de su nombre portugués. Sus estudios eran más o menos los mismos que los del resto de niños de la congregación judía amstelodama. Pero el chaval descollaba por su inteligencia y, además, porque resulta que su padre pertenecía a la asamblea de los parnassim (los notables judíos) y era tesorero de la congregación Beth Jacob y más tarde de la Talmud Torah, la sinagoga unificada.

En casa del comerciante Michael Spinoza se hablaba portugués, como era normal, y se comenzaba a practicar el holandés que, al fin y al cabo, le era necesario para sus negocios. De este modo, se supone que el Spinoza niño fue acumulando idiomas. Al portugués nativo unió el holandés aprendido para moverse en su entorno, a pesar de lo cual parece que nunca se sintió muy cómodo con dicha lengua. Hebreo y español se incorporaron pronto al acervo lingüístico del filósofo. Al fin y al cabo, eran las dos lenguas en las que estaban escritos la mayor parte de los textos a los que había de enfrentarse. Años más tarde vendría también el latín, lengua en la que escribirá todas sus obras, ya que en ese momento era la lingua franca de la filosofía. Con la lectura del latín y su empleo para la escritura de sus obras, su nombre mutaría a la tercera acepción por la que se le conoce, Benedictus. Bento, Baruch o Benedictus significan lo mismo, bendito.

Hasta los diecisiete años su universo parece ser plenamente judío. Criado y formado en su comunidad, hijo de un notable de la misma, inteligente, aplicado, buen chico, huérfano de madre. En fin, el yerno que cualquier matrona judía hubiera deseado tener en casa.

Pero la cosa es que, a esa edad, al chaval le da por entrar a estudiar en la escuela de un exjesuita que se había tornado en librepensador y escéptico. Se trataba de Franciscus van den Enden. Allí va por su deseo de aprender latín, ya que quiere ampliar su horizonte cultural. Se conoce que al chico se le estaba quedando pequeño el universo judío y quería poner su mirada también en otros terrenos. La cosa es que el exjesuita, además de latín, también le introdujo en la filosofía cartesiana y, probablemente, en algunos fundamentos científicos de la física y las matemáticas. Además, por la escuela rondaba Clara María, la hija de Van den Enden que debía derrochar sus amabilidades ante aquel muchacho inexperto que quedó prendado de la muchacha. La cosa no cuajó y no se sabe muy bien por qué. Quizá ya, a pesar de los ardores juveniles, al sobrio filósofo le comenzaron a interesar más los temas intelectuales. O es que la chica no fue sensible a los requiebros del joven Bento. La cuestión es que Clara María, no continuó su romance con él y años más tarde se casaría con otro de los condiscípulos.

Aquel espabilado muchacho está comenzando a dudar de algunas cosas. Y aquí entramos en el meollo de la cuestión. Por lo que sabemos, mientras vive su padre, Bento ha manifestado alguna opinión que ha erizado los pelos del gran rabino Saul Levi Morteira. Aquel prohombre veía en el chico a alguien destinado a grandes glorias judaicas, pero de repente observa que la cosa no va por buen camino. Analicemos el esquema de tiempo. Spinoza entra en la escuela de van de Enden con 17 años, en 1650, y todo parece indicar que es por esa fecha que comienza a fraguarse en su interior el escenario de la duda sobre las Escrituras. Su máquina de razonar debía estar ya ahí, pero, desde luego, parece que es a través de las enseñanzas de Van den Enden que se activa. Sin embargo, aquel joven, quizá algo tímido, no expone a los cuatro vientos lo que piensa, alguna palabra suelta aquí, otra allá. Poca cosa. La cuestión es que su padre fallece en 1654 y ahí ya, con 21 años, sí que debió desatarse una tormenta mayor. Han fallecido también sus dos hermanos mayores y los dos que le quedan, Rebecca y Gabriel, tienen solo uno y dos años menos que él, es decir que están todos en edad de buscarse la vida por ellos mismos. El padre había tenido a bien, además, arruinarse antes de su muerte con lo que el escenario que queda es algo desolador. Para sacar la cosa adelante, él y su hermano Gabriel intentan retomar los negocios del padre bajo la firma Bento y Gabriel de Spinoza. La cosa no fragua. Se ve que los negocios no eran la actividad intelectual para la que el joven estaba más preparado. Con su hermana Rebecca las cosas no debían ir muy bien tampoco, ya que ambos pleitearon por la herencia del padre, que no parecía estar muy nutrida. Poco más que deudas. Ganó Bento el pleito, pero haciendo gala de lo que estaba comenzando a ser uno de sus rasgos de personalidad más acentuado, renunció a la herencia y retuvo solo una cama que conservó hasta su muerte. Cuando se hace inventario de sus bienes al dejar este mundo, esa cama y los libros de su biblioteca eran sus únicas propiedades. Parco pecunio para una vida tan inspiradora.

Con Franciscus van den Enden permanece algunos años y quizá en algún momento habita en su casa, posiblemente tras la muerte de Michael. Si compartía lecho con Clara María nos permitimos dudarlo. Lo cierto es que en su interior va creciendo el andamiaje de lo que será la poderosísima arquitectura de su pensamiento. Y, en cuanto fallece el padre, la exposición pública de sus ideas se torna más insistente. Quizá fuera el respeto a su progenitor, o a los cargos que ostentaba en la comunidad, por lo que no quiso sembrar mucha polémica mientras este vivió. Pero entre 1654 y 1656 ya comienza a ser del común su descreimiento y lo aplastante de sus razonamientos que hacen difícil el debate con él sin que el oponente salga derrotado y avergonzado, dado lo ingente de sus conocimientos bíblicos y talmúdicos. Por ello recibe algún apercibimiento, que ignora en su totalidad. Aquel muchacho, destinado a ser quizá el sucesor del gran rabino Levi Morteira, o a seguir la órbita intelectual del más tolerante Menasseh ben Israel, se ha echado a perder para la religión de los hebreos. Ha pasado de ser un buen estudioso de la misma y un niño ejemplar en su práctica, a denostarla intelectualmente en todos sus ángulos.

Así las cosas, los parnassim debieron cansarse de la pertinacia del amigo Bento y lo excomulgaron a través del Herem Schammata, el procedimiento más duro de apartamiento de la comunidad que los judíos podían emplear.

…Con el juicio de los ángeles y la sentencia de los santos nos anatemizamos, separamos, maldecimos y rechazamos a Baruch de Spinoza, con el consentimiento del Dios bendito y acuerdo de la totalidad de esta Santa Congregación, ante los libros sagrados y los 613 preceptos que en ellos se contienen, con el herem que lanzara Josué en Jericó, con la maldición que profiriera Elías contra los niños y con todas las maldiciones escritas en la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche, maldito al acostarse y maldito al levantarse, maldito al salir y al entrar. No consienta Adonai en perdonarlo. Que el furor de Adonai y su cólera se enciendan contra este hombre para aplastarlo con todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley y borrar su nombre bajo todos los cielos. Que Adonai lo aparte, para su desdicha, de todas las tribus de Israel, con todas las maldiciones celestes contenidas en el Libro de la Ley…”

¡Menuda perorata! Esto suponía no solo que era expulsado de la comunidad religiosa sino también de la civil. Se le prohibía relacionarse con otros judíos, dedicarse al comercio con ellos, etc. El apartamiento civil era muy duro para cualquiera, ya que suponía que todo el entorno de relaciones desaparecía. Piénsese que, por ejemplo, tenía que dejar de tratarse hasta con sus hermanos, ya que ellos eran judíos practicantes. Además, la cosa estaba pensada para una representación fuerte. El excomulgado debía asistir a la sinagoga y allí le era leída la condena y se escenificaba de alguna forma su expulsión. Había que tenerlos bien puestos para soportar aquello. Pero el chaval ni se inmutó. Por supuesto que decidió no acudir a la sesión de la sinagoga donde se leyó su sentencia y el rabino Isaac Aboab debió conformarse con hacérsela llegar y, quizá, leerla en público en el púlpito de la gran sinagoga Talmud Torah.

Pero ¿qué más había sucedido para que esto ocurriera? Bueno, ya tenemos algunas pistas. Buen estudiante de los textos sagrados y con una capacidad racionalizadora innata que se ha solidificado con las clases de Van den Enden. Blanco y en botella. El chaval lee la Torah y su cabeza comienza a ver una sarta de ficciones tremendas. Se supone que con el aprendizaje de Descartes se ha desarrollado su capacidad analítica, la habilidad para crear un método que diseccione la realidad a fin de llevarnos a evidencias incuestionables. Pero, además, parece que es a partir de esa época que comienza a relacionarse también con un círculo de emigrantes marranos recién llegados de la península ibérica después de haber huido de persecuciones inquisitoriales. Sobre todo, con Juan de Prado, un paisano mío nacido en Lopera (Jaén). Sabemos de su relación con él porque el 8 de agosto de 1659, un fraile originario del nuevo mundo, Fray Tomás Solano y Robles, se persona en la Inquisición de Madrid para declarar sobre los contactos que ha tenido con judíos durante su estancia en Amsterdam, lugar donde recaló de forma involuntaria -al menos según su testimonio- al naufragar el barco que le transportaba desde Nueva Granada a España. El fraile, debe ser que para aliviar su conciencia o, más bien, para evitar males mayores por si alguien lo descubría, larga lo suyo sobre sus contactos en la ciudad del Amstel y, entre otras varias cosas, viene a decir que:

“… también conoció al Dr. Prado, medico que se llamaba Juan y no sabe que nombre tenia de Judio, que havia estudiado en Alcala, y a un fulano de Espinosa que entiende era natural de una de las ciudades de Olanda porque havia estudiado en Leidem y hera buen filosofo; los cuales profesaban la ley de Moyses y la Sinagoga los había expelido y apartado de ella por aber dado en ateístas; y ellos mismos le dijeron a este que estaban circuncidados y guardaban la ley de los Judios, y que ellos mismos habían mudado de opinión por parecerles que no hera verdadera la dicha Ley y que las almas morían con los cuerpos ni havia Dios sino filosofalmente y que por eso los havían hechado de la Sinagoga; y aunque sentían las faltas de las limosnas que les daban en la Sinagoga y la comunicación con los demás Judios, estaban contentos con tener el herror del ateísmo, porque sentían que no havia Dios sino es filosofalmente (como ha declarado) y que las almas morían con los cuerpos y asi no habían menester fee”.

Al bueno de Fray Tomás le debemos también una descripción física de Spinoza:

“Spinosa es un hombre bajo de cuerpo, de buena cara, blanco, cavello negro, ojos negros, de veintiquatro años de edad, que no tenía oficio y hera Judio de nación.”

El asunto se completó al día siguiente en que los inquisidores llamaron a declarar al capitán Miguel Pérez de Maltranilla, que había coincidido en Amsterdam con Fray Tomás, y que viene a coincidir con esas apreciaciones de que tanto el fulano de Spinosa como el doctor Juan de Prado pensaban que “no había Dios sino filosofalmente”.

Las actas inquisitoriales fueron descubiertas por Revah en su día, de modo que, unidas a la investigación sobre la figura de Juan de Prado, sirvieron para poner sobre la mesa el escenario de la relación de Spinoza con el mundo del escepticismo marrano. Y esto parece cierto, no podemos negarlo. Spinoza y Juan de Prado, se conocían y parecían tener opiniones cercanas sobre la figura de Dios, la inmortalidad del alma y las Sagradas Escrituras. Además, por lo que conocemos, Juan de Prado era dieciocho años mayor que Spinoza por lo que podría parecernos lógico que hubiera habido alguna influencia del maduro médico jiennense sobre el joven amstelodamo. Quizás.

Lo sucedido entre esos años 1654 y 1656 es lo que contribuye a introducir a Spinoza dentro de lo que podemos denominar el pathos marrano. Pero ¿qué es eso? Bien, vayamos poco a poco. Los marranos, es decir, los judíos conversos al cristianismo que practicaban en secreto su religión representan un colectivo de interesantísimas características. Su vida fue un drama. De ahí esa connotación de pathos. Obligados por un método u otro a convertirse a una religión que no era la suya, hubieron de ocultar sus prácticas religiosas más íntimas bajo las terribles penas de la Inquisición si eran descubiertos. Cristianos por fuera, judíos por dentro. Católicos sin fe y judíos sin doctrina, afirmará Gebhardt de ellos. Los denominaban marranos porque marraban en la interpretación de los preceptos y las prácticas tanto de la religión católica, en la que eran novatos, como de la judía, que habían ido olvidando poco a poco, sin textos ni rabinos que pudieran ayudarles. La cuestión es que algunos de ellos cayeron en un cierto escepticismo religioso que podemos observar en la península a través de muchas actas inquisitoriales donde los reos confesaban que “non havia sino nasçer e morir”. Condenados a abrazar una religión que no era la suya y obligados con saña a ocultar sus ritos, su drama se consumaba llegando al descreimiento absoluto. Ciertamente la mayor parte de los judíos que se convirtieron actuaron como cristianos fieles, bien fuera por interés o por auténtico convencimiento. También, los que no se conformaron, buscaron retornar al auténtico judaísmo e hicieron cuanto estuvo en sus manos para recuperar la memoria de las afirmaciones de su religión y sus prácticas rituales. Pero entre ambos grupos se encuentra el dramático colectivo de quienes decidieron que la corriente los arrastrara porque ya no se sentían parte ni de una orilla ni de la otra.

Quizá una de las figuras más representativas de ese colectivo fuera Uriel da Costa, un antecesor de Spinoza en el hecho de sufrir el proceso de excomunión en la comunidad judía de Amsterdam. Uriel había nacido en Oporto. Su padre fue un converso de los que se mantuvo fiel al catolicismo, pero él comenzó a relacionarse en la Universidad de Coimbra con quienes sustentan ciertas ideas deístas y libertinas. Empieza a preguntarse entonces si lo que se decía sobre la otra vida pudiera no ser cierto. Unía a esto una personalidad algo obsesionada con el asunto de la condenación eterna. En su extraño camino, llegó a un punto en el que se convenció de que la ley de Moisés encajaba mejor con su manera de ver las cosas que la de Cristo. Es entonces que decidió marchar a Amsterdam para profesar allí libremente la religión de sus ancestros. Pero la semilla del deísmo estaba sembrada en él y allí, a pesar de haber sido aceptado en la congregación como un judío más, comenzó a afirmar algunas cuestiones que erizaron el vello de los rabinos. Dirá, entre otras cosas, que los milagros no tienen sentido porque no sería razonable que el Dios autor de la naturaleza fuera contradictorio consigo mismo. Los rabinos primero lo reconvinieron, pero como Uriel seguía pertinaz en sus ideas, lo sometieron al Herem que, al igual que más tarde sucedería con Juan de Prado y con Spinoza, lo apartaba totalmente de la comunidad. Pero Uriel no tenía la fortaleza anímica suficiente, aquella que más tarde manifestaría Spinoza, y decidió retractarse en orden a ser readmitido. Para ello debía permanecer tumbado en el dintel de la sinagoga a fin de que todos y cada uno de los fieles que asistían al culto pudieran pisarlo al salir de la misma. El reo se sometió a esa vejatoria práctica. Hay que tener en cuenta que la comunidad era la patria, la escuela, la casa, el trabajo…, todo aquello en lo que las personas se desenvolvían. Ser expulsado era algo terrible, te veías fuera del mundo, perdías todas tus relaciones, tu modo de vida, eras entregado a un espacio vacío donde solo los muy fuertes podían sobrevivir. Y Uriel no era de los más fuertes. Por eso cedió. Sin embargo, no pudo resistir aquella tremenda humillación y, finalmente, terminó con su vida suicidándose. Uriel fue un personaje arquetípico del drama de los marranos.

Más adelante aparece un segundo actor en esta tragedia. Se trata del ya mencionado Juan de Prado. Si con Uriel nos enfrentamos al angustioso drama de quien no puede adaptarse a sociedades con las que no concuerda, con Juan de Prado nos encontraremos con quien puede perfectamente mantener la típica situación libertina de la doble moral. Conviene que remarquemos, llegados a este punto, que, en la Europa de la época, con la connotación libertino se designaba a una persona libre de ataduras religiosas y morales. Prado era un médico de ascendencia judía nacido en Lopera (Jaén). Estudió en Alcalá de Henares y practicó la medicina en Andújar, Antequera y otras ciudades. Parece que andaba el hombre algo dubitativo en asuntos de fe. Sus dudas sobre la naturaleza de Dios y la inmortalidad del alma parece que le asaltaron ya en España, por lo que, en un determinado momento, decidió salir del país a fin de evitar males futuros mayores. Y lo hizo como médico personal del arzobispo de Sevilla, Domingo Pimentel que hubo de marchar a Roma para tomar posesión de la dignidad cardenalicia a la que había sido promovido. La cuestión es que Prado aprovecha la situación para largarse con viento fresco y recalar en aquella liberal Amsterdam donde los judíos gozaban ya de una pujanza considerable. Allí es admitido en la sinagoga y ayudado económicamente por la comunidad, dada la extrema situación de pobreza en la que se halla. Pero, lenguaraz por naturaleza, no puede ocultar sus dudas religiosas. Igual que con Da Costa o Spinoza, los rabinos le reconvienen primero y le excomulgan hasta en un par de ocasiones. La cuestión es que la actitud algo cínica y libertina del médico andaluz le lleva a mostrar arrepentimiento sin sentirlo realmente. Hace en cada una de sus expulsiones, sendos escritos tratando de negar o, al menos, quitar hierro a sus afirmaciones, prometiendo el arrepentimiento de cualquier falta y haciendo propósito de no volver a caer. Está claro que su comportamiento está mucho más en la línea de los libertinos que comienzan a abundar por aquella Europa. Se trata de que, si el poder trata de oprimirme con idearios absurdos que mi razón rechaza, me opondré a ellos, pero siempre intentando no rozar el límite de lo perjudicial para mi integridad física. Es la doble moral que se impone como consecuencia de una sociedad que trata de homogeneizar las conciencias. Prado riza, además, el rizo de esta actitud cuando casi al final de su vida intenta reconciliarse con la Inquisición para reintegrarse al rito católico. Representa, pues, el polo opuesto a Uriel. Ambos mantienen actitudes deístas y librepensadoras, ambos necesitan estar dentro de la comunidad, el primero quizá por causas emocionales y el segundo por causas económicas. Pero cada uno reacciona de modo radicalmente distinto. Al primero lo aplasta el sistema y el segundo intenta practicar un sometimiento fingido para no ser apartado. Ambas actitudes son arquetípicas del drama marrano, una tragedia que impulsa a sus protagonistas a actos de doble moral que en el caso de Uriel será trágico y en el de Prado, libertino.

Pero ¿y Spinoza? ¿Qué papel representa en este drama? Desde mi punto de vista, uno tan alejado del extremo de Da Costa como del de Prado. Los tres son apartados de la comunidad, uno opta por la tragedia, otro por la comedia y Spinoza simplemente ni se inmuta. El filósofo se encuentra ya intelectualmente fuera de todos aquellos tejemanejes. Intelectualmente, cuando es condenado en 1656, a los 24 años, su sistema filosófico debía estar ya notoriamente construido al menos en su cabeza, ya que no en escrito alguno. Se había formado arduamente en la interpretación bíblica, había conocido el cartesianismo a través de Van den Enden y su mente, absolutamente racional, tenía ya muy claro el engaño que se encubría bajo el fenómeno religioso. Endurecido, además, por sus pérdidas familiares y los fracasos en los negocios, había desarrollado una capacidad notoria para llevar una vida sobria, casi ascética, diríamos. Él no necesita intelectualmente a la comunidad judía y, económicamente, no está dispuesto a depender de ella. Por tanto, cuando le citan para comunicarle su Herem ni se presenta. Parece eso sí que escribió, precisamente en español, una apología defendiendo su punto de vista, pero que se perdió y nunca hemos podido conocerla.

¿Es, pues, Spinoza, un personaje más de esa epopeya marrana? En principio, por sus orígenes, no cabe duda. En el fondo de su alma tenían que hallarse los posos de aquel drama, de la expulsión de España, de los sufrimientos en Portugal, de las persecuciones inquisitoriales que con tanta saña se habían empleado con los de su raza. Pero no hemos de olvidar que Spinoza solo es hijo (casi más bien nieto) de marranos, pero él ha nacido ya en los Países Bajos, en una sociedad permisiva con las creencias de sus ancestros. Nunca le ha perseguido nadie por celebrar el Sabbath, ponerse las filacterias para rezar o negarse a consumir carne de cerdo. Es decir que para él ser judío y ciudadano de un país que le acepta sin más, es algo que forma parte de la vida desde su nacimiento. Ciertamente en el consciente y en el inconsciente colectivo de aquella sociedad debía palpitar, ¡cómo no podía hacerlo! la tragedia de sus ancestros. Podemos suponer que debía ser algo parecido a como un israelí de hoy vive en su país la memoria del holocausto.

Respecto a si los marranos que seguían en el escepticismo le influyeron o no en la configuración de su pensamiento filosófico, hemos de tener en cuenta que Uriel se suicida en 1640, cuando Spinoza tiene ocho años. No es descartable que en casa se hablara del asunto, pero tampoco parece muy probable que a esa edad se entendiera suficientemente la casuística del hecho. Desde ese momento hasta su encuentro con Juan de Prado, que se produce a partir de 1650 no tenemos documentada ninguna relación especial con personajes de estas características. La pregunta que se ha hecho la interpretación del filósofo y que, como ya hemos dicho, responden de un modo Gebhardt, Revah, Albiac o Yovel y de otro Win Klever es si Prado y su deísmo libertino influyó en Spinoza o, más bien, fue al contrario. Los primeros afirmarían lo primero y los segundos, lo segundo. Mi punto de vista creo que, a estas alturas de mi revisión del pensamiento y la vida de Spinoza, no transita ni por un lado ni por el otro. Me parece incuestionable que Spinoza forma parte del mundo marrano, pero también tengo claro que su diferencia con Da Costa y Prado es enorme. Ellos son criptojudíos nacidos aún en la península ibérica y represaliados por la Inquisición. Spinoza es nativo de los Países Bajos, lugar donde, cuando llegó su padre, era casi un niño. Ha vivido siempre bajo la libertad intelectual de que no se le pusieran cortapisas a su religión. Y, además, cuando cae en el escepticismo, su expulsión de la comunidad no parece suponerle un gran drama. Sigue su camino sin más. Ni se suicida, como Da Costa, ni pide la readmisión por necesidad, como Prado. Simplemente mantiene la actitud sobria que le caracterizó durante toda su vida.

Quizá me resulte más fácil identificar a Spinoza con los modos de cualquier filósofo estoico antes que con los de aquellos que han quedado marcados por el drama que sufrieron los marranos. No tenemos más que seguir su biografía con posterioridad a Amsterdam para corroborar este hecho.

Tras su excomunión Spinoza pasa a estar maldito para sus antiguos correligionarios. Incluso, aunque sin un fundamento histórico claro, se habla del posible atentado que un judío le realiza, intentando acuchillarle. Desde ese julio de 1656 hasta el año 1661, en que abandona Amsterdam para ubicarse en la pequeña población de Rijnsburg, es probable que haya estudiado en Leyden, al menos así lo manifiesta el inefable Fray Tomás en su deposición ante la Inquisición de Madrid. Quizá pasara también algún tiempo en casa de su maestro Van den Enden, quién sabe si intentando atraer a Clara María, aunque sí, desde luego, profundizando en sus estudios. Lo cierto es que su etapa dentro de la comunidad judía ha terminado. Véase el siguiente texto que escribe por esos años en su Tratado para la reforma del entendimiento, un pequeño opúsculo sin terminar que antecede a sus grandes escritos posteriores.

«Después que la experiencia me había enseñado que todas las cosas que suceden con frecuencia en la vida ordinaria, son vanas y fútiles, como veía que todas aquellas que eran para mí causa y objeto de temor, no contenían en sí mismas ni bien ni mal alguno, a no ser en cuanto que mi ánimo era afectado por ellas, me decidí, finalmente, a investigar si existía algo que fuera un bien verdadero y capaz de comunicarse, y de tal naturaleza que, por sí solo, rechazados todos los demás, afectara al ánimo; más aún, si existiría algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema».

Se nota que ha leído a Descartes porque el estilo es muy similar al que el francés emplea al inicio del Discurso del Método. Nada que ver desde luego, con el pathos marrano. Serenidad, sobriedad, vida dedicada a la investigación, ese es el camino que ha elegido nuestro personaje. Spinoza es un disidente de la sociedad a la que ha pertenecido hasta ese momento. Pero es un disidente tranquilo.


Labrando a Dios con geometría delicada

No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo,
ni el temeroso amor de las doncellas.

Libre de la metáfora y del mito
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.

Libre ya de los asuntos mundanos, alejado de su familia y de su comunidad, sin preocupaciones que le perturben demasiado en la vida tranquila y sobria que se había propuesto llevar, Spinoza comienza, como diría Borges, a labrar a Dios con geometría delicada. Curiosamente, nuestro personaje pasará a la historia como el gran sistematizador del ateísmo. Y, sin embargo, Dios es probablemente la palabra que más veces se menciona en su gran obra, la Ética. Demostrada según el orden geométrico.

Esto se debe a que Spinoza no se dedica a eliminar a Dios de su discurso, simplemente lo equipara con la Naturaleza. Deus sive Natura y añadiría, sive Substantia y sive Potentia. Esa es la clave, la estructura en la que se sustenta todo su sistema. Dios, la Naturaleza, la Substancia son la misma cosa. El hombre es una pieza más dentro de esa arquitectura y no existe en él dualidad al modo cartesiano entre pensamiento y extensión, o al modo religioso clásico entre alma y cuerpo. Todo obedece a una causa, pero los humanos estamos dominados por los afectos de forma que nuestra razón no siempre es capaz de conocer las auténticas causas de las cosas. En este hueco se introduce el engaño. Y solo la recta vida de la razón puede ayudarnos a superar el control que los afectos tienen sobre nosotros. Ese engaño tiene una de sus formas características de presentarse disfrazado de causalidad final. Confundimos la auténtica naturaleza de las cosas y ese desconocimiento hace que creemos inverosímiles espectros que nos guían por el camino del error. La religión es una manifestación esencial de ese finalismo. Y el poder la usa para hacer que las personas persistan en el engaño de forma que mostrándoles ese horizonte finalista de premios y castigos se les convenza mejor para dejarse dominar. Y es que, como dirá en la proposición XXXVI del libro II de la Ética, “las ideas inadecuadas y confusas se siguen unas de otras con la misma necesidad que las ideas adecuadas, es decir, claras y distintas”. Dosificando el temor y la esperanza se nos lleva por el camino equivocado. Frente a ello el sabio debe trabajar por conocer las auténticas causas de las cosas, librándose de los afectos y empleando su razón. Ello le conducirá a la beatitudo, el estado de felicidad al estilo estoico, que es la gran y única realización que las personas pueden lograr, su auténtica inmortalidad.

Y aún nos falta la potencia, el conatus, el deseo. Todo ser vivo busca perseverar en su ser, incrementar su capacidad de obrar. Y la fuerza, el conatus, que nos empuja para lograr dicho fin es el deseo. Atisbamos en estas afirmaciones del filósofo una puerta de escape al mecanicismo de sus contemporáneos, a través de un cierto vitalismo.

¡Casi nada! El judío de piel cetrina, largo cabello negro y cuerpo bien proporcionado está dando a luz un sistema que acaba con todos los fundamentos ideológicos de la sociedad que le alberga. No es que no exista Dios, es que es algo perfectamente asimilable al de las leyes de la naturaleza. Y si Dios equivale a las leyes de la naturaleza es que, desde luego, no es nada especial. Y, por supuesto, no es el Dios de las religiones reveladas. La naturaleza se divide en Natura Naturans y Natura Naturata, es decir, que hay una fuerza motriz que crea y mueve el universo y hay unos modos de darse en esa naturaleza que son solo su creación de la misma. Pero no hay una diferencia ontológica entre una parte y la otra, no es que la Natura Naturans sea trascendente a la Natura Naturata. Ambas se encuentran en el plano de la inmanencia, de la materialidad. El universo funciona a través de una serie de causas que crean unos efectos. Y esto puede elevarse al infinito. Los humanos, como parte de esa naturaleza creada, estamos limitados a la hora de conocer las auténticas causas de las cosas. Los afectos nos engañan, nos conducen a través de esa dinámica infernal entre el temor y la esperanza. No temer ni esperar nada, la vieja finalidad de la filosofía estoica, anular los afectos para que la razón pueda guiarnos más fácilmente por el camino de la verdad.

Spinoza es consciente de que la mayor parte de las personas viven en el engaño. Dirigidos por su imaginación, que les llena la vida de ficciones tan irrisorias como inexistentes, son incapaces de llevar una vida racional. Solo unos pocos sabios logran acercarse a este objetivo. La multitudo, el vulgo, necesita ayuda externa para poder vivir en una sociedad organizada y no ser terriblemente desgraciados. A esa función queda relegada, en cierta medida, la religión. Pero, eso sí, esa religión no puede convertirse nunca en el sistema excluyente y fanático en el que se han transformado las religiones reveladas. Abogará Spinoza por una especie de religión simple, estatal, dirigida siempre a auxiliar con ciertos rituales y ciertas imágenes ficticias, la falta de capacidad de las personas para poder ser libres bajo la guía de su razón. Pero esa religión será solo para el vulgo, el sabio no la necesitará. En su análisis de la multitudo no hemos tampoco de olvidar que se agazapa una relevante crítica contra la manipulación. A las personas se nos influye por el canal de la imaginación que nos mueve a través de los afectos. El sabio debe ser capaz de liberarse de esta dinámica infernal con el fin de alcanzar la libertad, pero el vulgo siempre se verá afectado de una forma u otra al no ser capaz de librarse en su totalidad de ese yugo esclavizador. Las religiones, buenas conocedoras de este mecanismo humano han usado siempre esa afectación imaginaria para mantener a los hombres esclavos. En cierta medida, y solo en cierta medida, la futura religión como opio del pueblo, de Marx ya está presente también en Spinoza.

Toda esta es la geometría delicada con la que Spinoza construye su sistema. Y su vida y su sistema está absolutamente conectados. Desde que abandona Amsterdam, el filósofo se refugia en lugares donde las relaciones sociales no le roben el tiempo que necesita para crear su universo. Primero en Rijnsburg, luego en Voorburg y, por último, en La Haya. En todo este periodo, desde 1661 hasta su muerte en 1677 trabajará en sus tres grandes obras, la Ética. Demostrada según el orden geométrico, el Tratado teológico-político y el Tratado político. De cada uno de ellos hay cosas importantes que decir para información del lector.

El Tratado teológico-político sale a la luz en 1670, pero se publica de forma anónima y hasta con un pie de imprenta falso. A pesar de ello parece que todo el mundo llegó a saber que su autor era Spinoza. La obra conmociona el horizonte intelectual de su época, se traduce a varios idiomas y se la prohíbe en Holanda. Será criticada desaforadamente desde muchos ámbitos intelectuales y dejará sobre el tablero la imagen de un pensador revolucionario. Pensador que ha introducido el materialismo en su concepción del hombre, rompiendo la dualidad cartesiana, que ha prescindido de la visión tradicional de Dios, que ha desentrañado los múltiples errores derivados de interpretar las Sagradas Escrituras al modo como lo hacen judíos o cristianos y que ha descubierto la ruta por la que el poder esclaviza a las personas a través de la imaginación y los afectos. Materialismo, Dios inmanente al mundo, los engaños del poder… ¡Uf! A partir de todo esto Spinoza estará en el punto de mira de los defensores de las religiones cristianas, de los judíos, de los cartesianos… La mayor parte le odian, pero algunos le admiran por la firmeza conceptual de su sistema.

De la Ética hay que indicar que es su mayor y mejor aportación a la historia de la filosofía. Estuvo alrededor de quince años trabajando en ella, aunque es probable que la redacción de base le llevara mucho menos y que luego simplemente fuera puliendo cosas de la misma. No quiso publicarla en vida para no echar más leña al fuego tras lo ocurrido con el Tratado teológico-politico. Sin embargo, sí parece que mucho de lo afirmado en ella era conocido por algunas personas. Y es que el filósofo, mantiene una interesante correspondencia con notorios representantes de la intelectualidad europea, como es el caso de Hery Oldenburg, el secretario de Royal Society de Londres.

La tercera obra es el Tratado político. Ciertamente, en las dos reseñadas anteriormente se expone el pensamiento político del autor, entroncado con el resto de las materias que constituyen su reflexión, pero es en el Tratado político donde Spinoza pretende anotar de modo específico todo lo referente a la noción de poder y la organización social y del Estado. En ella, además de las consideraciones generales, abordará la descripción de tres sistemas políticos, la monarquía, la aristocracia y la democracia. Lamentablemente, la muerte le sorprendió cuando solo llevaba tres páginas escritas de este último. Ello no nos impide deducir del resto de sus escritos que, para Spinoza, la democracia es el mejor sistema político, aquel más acorde con la razón humana y donde mejor puede llevarse a cabo la correcta vida de las personas a fin de que puedan lograr ese horizonte de beatitudo antes señalado.

Su vida sobria y tranquila en el campo primero y por último en La Haya no se corresponde con la idea del demonio terrible que sus detractores pintan. En La Haya se hospedará hasta el final de sus días en casa del pintor Hendrik van der Spyck. Allí, además de su actividad intelectual, se dedica a pulir lentes para ganarse la vida. Y parece que la precisión de sus axiomas en la Ética podría ser parangonable a la empleada en su trabajo óptico, donde la excelencia que consiguió fue notoriamente reconocida. Aunque muchos han afirmado que dicho trabajo era su única fuente de ingresos parece que esto no es del todo cierto, ya que recibió pequeñas pensiones de algunos de sus amigos que estaban interesados en que desarrollara su pensamiento. Ciertamente, él siempre redujo el importe que le ofrecían al mínimo razonable que le permitiera vivir. Trabó también una interesante relación con círculos protestantes liberales, entre otros los denominados colegiantes. De ellos formaba parte uno de los que se encontrará entre sus mejores amigos, Jarig Jelles. La vida del filósofo fue sobria, pero no totalmente alejada de las relaciones humanas. Aunque no solía salir mucho de su casa, ni invitar a nadie a tomar el té o un vaso de vino, recibía allí innumerables visitas de personas que se sentían atraídas por su figura. Según comentan sus biógrafos, siempre fue amable con todos y nunca se negó a hablar con nadie. Su célebre austeridad tampoco constituía un atributo exagerado. Desde luego, no era un eremita, vestía adecuadamente e incluso disfrutaba con algunas de sus prendas. Tenía lo necesario para vivir, no quería riquezas, pero tampoco despreciaba lo que le ayudaba a tener una vida agradable que no le entorpeciera en el desarrollo de su pensamiento.

Respetó y fue respetado por Jan de Witt, representante de la burguesía liberal holandesa que gobernó el país durante la mayor parte de la vida adulta de Spinoza. El modelo de Estado que Jan y su hermano Cornelius lideran en las Provincias Unidas representará para el filósofo el tipo ideal de organización social. De hecho, una de las pocas veces en que la sobriedad de nuestro personaje se vio alterada fue cuando la multitud asesinó y despedazó a los dos hermanos, acusándolos de defender la causa francesa en la guerra que en ese momento libraban los holandeses contra aquella potencia europea. Spinoza gritó y quiso clavar en la puerta de la casa donde se hospedaba un cartel donde escribió Ultima barbarorum! (El colmo de la barbarie). Menos mal que Van der Spyck le tranquilizó y le convenció de no hacerlo, ya que si hubiera conseguido su propósito quizá la turba también le hubiera despedazado a él.

Intelectualmente siempre mantuvo también la calma. Respondió epistolarmente a quienes le argumentaban y sus contestaciones siempre fueron amables, aunque firmes. Ciertamente, también hay una excepción a esto y es la respuesta que termina dándole a Albert Burgh que había conseguido sacarlo de sus casillas. Así, en su epístola LXXVI de 1675 le dirá que “No presumo de haber encontrado la mejor de todas las filosofías, pero sí sé que conozco la verdadera, y si me preguntas que cómo lo sé, te responderé que del mismo modo que tú sabes que los ángulos de un triángulo valen dos rectos”. ¡Toma! Con el pobre Burgh parece que nuestro personaje no se cortaba un pelo, ya que irónicamente le responderá en otro lugar: “Ah, joven falto de entendimiento, ¿qué hechicero os ha persuadido de que coméis lo Supremo y lo Eterno y lo guardáis en vuestro intestino?”. ¡Zasca! Menudo palo el que le mete aquí al mito de la transustanciación cristiana. Su crítica al antropomorfismo de la figura de Dios quedará perfectamente reflejada en la correspondencia con Hugo Boxel, al que le dirá que “si un triángulo pudiera hablar diría que Dios es esencialmente triangular; y si lo hiciera un círculo, diría que la naturaleza divina es esencialmente circular”.

Lo cierto es que, en el panorama intelectual de su época, su figura levantaba expectación. Odiado, admirado, temido… Esto queda reflejado en la anécdota de la visita de Leibniz que el filósofo alemán a veces negaba y a veces afirmaba. En 1676, Spinoza recibe su controvertida visita. Leibniz era su alter ego. El autor alemán se mostraba indeciso ante la oportunidad de conocer a aquel pensador del que todo el mundo hablaba. Valoraba Leibniz las consecuencias negativas que para él supondría que lo relacionaran con quien ya era considerado un consumado ateo y un crítico incuestionable del fenómeno religioso, tal como lo entendían las religiones reveladas como el cristianismo o el judaísmo. Spinoza había adquirido la reputación de ser un pensador subversivo, con el que no parecía sensato relacionarse. Y por ello no era de extrañar que Leibniz sintiera curiosidad, pero también miedo. Ambos representaban dos personalidades contrapuestas. Probablemente, dos de las mentes más brillantes de su época, pero de caracteres y forma de vida totalmente distintos. El judío, sobrio, austero, alejado de la pompa del mundo y solo interesado en la creación de su obra, escrita con el mismo detenimiento y rigor con el que pulía sus lentes. El alemán, filósofo cortesano por naturaleza, de carácter mundano, no despreciaba ninguno de los honores que aquel mundo le ofrecía. Finalmente parece que se reunieron y conversaron sobre lo escrito en el manuscrito de la Ética, pero Leibniz procuró a lo largo de su vida mantener oculta dicha visita por miedo a las consecuencias negativas que pudiera aportarle. Podemos imaginarnos al alemán diciendo, “¡venga hombre, rebusca en tu cajón que sé que guardas por ahí un manuscrito del que todo el mundo habla!” y al sefardí, “No, no, charlamos, no hacen falta papeles para ello”. Aquello debió ser una de las conversaciones más interesantes de la época, parece que finalmente Spinoza abrió su cajón, puso el manuscrito sobre la mesa y conversaron sobre algunas de las joyas que contenía.

La tranquilidad de ánimo que presidió la vida adulta de Spinoza parece no verse bien reflejada en lo que muchos de sus contemporáneos piensan de él. Ciertamente sus biógrafos tendrán una actitud ambivalente que se manifestará en alabar a la persona y denostar el pensamiento. En la parte personal se le adjetivará de “ateo virtuoso”, “hombre de trato fácil y afable”, “honrado”, “cumplidor”, “muy ordenado en sus costumbres”, “ahorrador”, “sobrio”, “fácil de contentar”, “de vida sencilla y corriente”, “dominador de sus pasiones”, “afectuoso”, “asequible en su trato diario”, “nada codicioso”, etc. Pero en cuanto a su obra se dirá que es una “hipótesis monstruosa”, repleta de “engendros de una fantasía errática”.

En la casa de Hendrik van der Spyck ocupaba una habitación donde solo estaban sus libros, una pequeña mesa de trabajo, una silla no demasiado cómoda y la famosa cama heredada de su padre. Esas eran todas sus pertenencias. En un acto de avaricia y desconsideración, Rebecca, la hermana del filósofo y su sobrino, se personan en casa del pintor, tras la muerte de nuestro personaje, acaecida el 21 de febrero de 1677, y reclaman la herencia. ¡Craso error! Cuando se dan cuenta de que no hay nada, renuncian a ella y se marchan a toda prisa. Quien sí dio buena cuenta de su herencia real fue su buen amigo y médico, Lodewijk Meyer que le debió asistir en sus últimos momentos y, nada más fallecer Spinoza, agarró un baúl con todos sus escritos y se marchó pitando a Amsterdam para proceder a la publicación de los mismos. Así, todo aquello que había permanecido inédito en su vida vio la luz en el mismo año de su muerte bajo el título de Opera posthuma. Su herencia para la posteridad fue mucho más grande de lo que las estrechas miras de su hermana Rebecca podían imaginar. Nos legó, con el auxilio de Meyer, el sistema filosófico que abrió el camino del pensamiento moderno y nos dotó con una luz de suma eficacia para abrirnos paso en la vida librándonos de las redes del engaño y trazando el camino para lograr la auténtica beatitudo.


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4 comentarios en «Spinoza. I. El disidente tranquilo»

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