Wittgenstein y el Western

Cuando uno asiste al ocaso de su generación, al hundimiento del mundo y la sociedad que le han dado cobijo a lo largo de toda su vida, a los principios y valores con los que se ha criado, lo normal es que se refugie en la ficción. Y lo hace con el fin de sobrevivir y no morir de miedo, inanición, aburrimiento u odio. Yo lo hago habitualmente y nunca he encontrado un mejor momento que este para ponerlo en práctica, quizá sea porque nunca ha habido otro punto en mi historia personal donde haya podido encontrar tantas evidencias de que la cosa no marcha por buenos derroteros. Pero ¿por qué Wittgenstein y el western? Pues porque esta vez he buscado refugio en el afamado filósofo austriaco y en un género cinematográfico que me apasiona.

Vayamos con esto último. Lo que me gustaría resaltar es un elemento crucial que podemos ver en las grandes películas del género. Se trata de la parquedad expresiva en cuanto a lo lingüístico de sus personajes. Pensemos, por ejemplo en Tom Doniphon de El hombre que mató a Liberty Valance o en el capitán Quincey Wyatt de Tambores Lejanos. Dos arquetipos de hombre, el primero representado por John Wayne y el segundo por Gary Cooper donde podemos casi contar las palabras que dicen a lo largo de cada uno de los filmes. Y, sin embargo, son sujetos que con su sola presencia expresan mucho más que con cualquier discurso manido, malinterpretado, sectario o rimbombante. Son gente callada, rara vez dicen una palabra más alta que otra, pero sus acciones hablan por ellos. Gente de principios elevados, circunspectos, solventes, activos… Gente capaz de crear un mundo.


«…son sujetos que con su sola presencia expresan mucho más que con cualquier discurso manido, malinterpretado, sectario o rimbombante.»


 

El western ha representado mejor que nadie a este tipo de personajes. Qué grande Linus Rawlings, ese tímido pero impulsivo explorador interpretado por James Stewart en La conquista del Oeste. Sin menoscabar a la gran Carrol Baker, haciendo de la bella y enamoradiza Eva Prescott Rawlings, que no necesita hablar mucho, solo cantar aquella A home in the medow, una canción que me lleva invitando desde hace muchos años a perderme por las extensas praderas americanas buscando un hogar estable donde labrar la tierra y morir en ella.

 

Y qué decir del James McKay de Horizontes de Grandeza, la monumental película de William Wyler. Un Greogory Peck que no es mi actor favorito, pero que reconozco que aquí hace un gran papel. En ella, esos grandes paisajes del Big Country son un personaje más. Secos, enormes, deshabitados, impresionantes. McKay representa lo distinto, el disidente respecto a la chulería altanera del capataz Steve Leech, interpretado por Charlton Heston. Un hombre de una pieza que ni quiere ni necesita aparentar para moverse en ese mundo confuso donde la ley aún no existe y solo la voluntad de los grandes ganaderos marca lo que las personas deben hacer.

El tema de la lucha entre los ganaderos y los agricultores ha sido una fuente enorme para el género. Me encanta Raíces Profundas de George Stevens, donde lo mejor es el niño, Joey Starret, interpretado por Brandon de Wilde, un rostro y unos gestos que ya nunca podrás olvidar. El resto de los personajes no brillan demasiado, un Alan Ladd con poco registro o un Van Heflin que vale mucho como secundario, pero al que le quedan grandes los papeles protagonistas. Pero la temática engancha. La lucha del bien contra el mal, de lo justo contra lo injusto. De personas que emplean su fuerza para imponer su criterio.

Nadie como John Ford ha sabido plasmar a esos personajes tranquilos, confiables, duros pero emotivos. Y qué mejor muestra de ello que la ofrecida por el capitán Nathan Brittles, ese prejubilado militar de la US Cavalry, interpretado por el actor por excelencia de John Ford, el inmarcesible John Wayne. Un tipo que hace lo que hay que hacer, sin estridencias. Dirige bien a sus hombres, llora ante la tumba de su esposa, tolera ciertas aficiones a la bebida de su tropa, pero siempre con un sentido del deber por encima de cualquier situación coyuntural. Cómo terminar de ver esa genial La legión invencible sin sentir la más tremenda simpatía por ese maduro capitán al que no tendríamos ningún inconveniente en confiar nuestras vidas o las de nuestra familia.

El sentido del deber. ¡Qué tema! Lo podemos ver representado de forma impactante en la figura del Marshall Will Kane (Gary Cooper) en Solo ante el peligro. A pesar de puede dar por terminada su labor al frente de la seguridad de Hadleyville, su pueblo, no lo hace cuando se entera de que el bandido Frank Miller, un conocido criminal, ha sido puesto en libertad y se dirige a la zona. A pesar de que todos le abandonan, incluida su reciente esposa, él persiste aun a sabiendas de que le espera una muerte casi segura enfrentándose al ex convicto y a su banda. La cara y todo el físico de Gary Cooper es lo empleado por el director de la película, Fred Zinnemann, para mostrarnos la personalidad del protagonista. Sobran las palabras, para qué usarlas si el rostro ya es capaz de expresar con más concisión lo que se quiere indicar.

Y no solo los clásicos nos han presentado a este tipo de personajes. No podemos dejar de reseñar también a grandes maestros más recientes, como Sam Peckinpah que en su western crepuscular Grupo Salvaje nos presenta a un conjunto de envejecidos delincuentes, liderados por William Holden y Ernest Borgnine que, al igual que sus precedentes de alguna década atrás, transitan silenciosos por un universo donde el ruido ya comienza a ser una constante. Si alguien se atreve con este film le recomiendo que preste atención a la salida de la aldea mexicana donde se refugian mientras suena de fondo la melodía de La golondrina, esa emotiva canción que marcará ya para el futuro la identidad del grupo.

A donde ira
Veloz y fatigada
La golondrina
Que de aquí se va

 

Y más moderno aún, Clint Eastwood, con su Sin perdón. En ella, dos tipos más actuales, como son el propio Clint Eastwood y Morgan Freeman, interpretan a Will Munny y a Ned Logan, con características similares a aquellos Cooper y Wayne. El silencio y las acciones como forma de expresión. Estamos ante el más grande western crepuscular que se haya filmado nunca.

Me gustaría también remarcar que este tipo de elementos presentes en el western clásico comienzan a perderse con la evolución hacia el espagueti western, donde lo grotesco, lo exacerbado o incluso lo humorístico anticipan ya otro tipo de cine como el de Tarantino, pero dejan ya de lado esas heroicas figuras de las que estamos hablando. No me parece mal, que conste que me deleito con el cine de Tarantino y muchos western de Sergio Leone me parecen también admirables, pero son otro tipo de cine, con otro tipo de personajes y de valores.

En fin, habría tantas y tantas películas de las que hablar, tantos actores y sus correspondientes personajes, tantos increíbles directores. Pero me quedo aquí. Solo quería remarcar que para mí se trata de un refugio cuando tanto ruido en los medios de comunicación y tanta insulsez, mentira y sectarismo en las redes sociales comienzan a ser abrumadores. Necesito entonces el silencio del western.

 

Y es que nos vendría bien como norma en nuestra vida seguir lo que Wittgenstein persigue con su reflexión. Lo indica con claridad en el prólogo de su Tractatus Logico-Philosophicus, cuando dice que:

Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento, o mejor, no al pensamiento sino a la expresión de los pensamientos…

Y lo culmina con mucha más precisión en la frase lapidaria con la que termina su obra, en la afamada proposición 7 del Tractatus:

De lo que no se puede hablar, mejor es callarse

Y el western es un género que nos da monumentales lecciones de vida a este respecto. Ojalá muchos aprendieran de ello.

2 thoughts on “Wittgenstein y el Western”

  • Gracias, por hacer honor y reconocer el lugar que le corresponde a este arte, que sin quererlo ha dejado su impronta en nuestra generación.He repasado toda mi infancia y parte de mi adolescencia mientras leía tu artículo, mi padre es un enamorado del western, hoy tiene 83 años, y palpo la incertidumbre de que cualquier día de estos puede ser el último que disfrute de su presencia. Jamás olvidaré la primera película que me permitió viéramos juntos en aquel Fercus en blanco y negreo, con caja de madera, hace ya la friolera cuarenta y seis años: Raíces Profundas, aquel día Alan Ladd fue mi héroe, con el tiempo disfruté de todo el rosario de títulos que tu nos has ido desgranando en este artículo, añadiendo quizás algunos más, pues gracias a Los Siete Magníficos, película que mi padre idolatra, descubrí a Kurosawa, y gracias a él, tengo en mi librería la joya de Arseniev: Dersu Uzala. Creo firmemente el poder de las palabras, y tus palabras han tenido hoy el poder de hacerme viajar en el tiempo. a unos momentos de mi infancia, que son diamantes que nada ni nadie me podrá arrebatar . Gracias.

  • Juan, parece que compartimos mitos similares de la infancia. En mi caso, mi padre no era muy aficionado al cine, pero sí recuerdo de haber ido con mis dos hermanas mayores y mis cuñados que sí lo eran. En el barrio había dos cines de verano y yo creo que en ellos fue donde vi la mayoría de los westerns que me gustaron entonces y que con el tiempo he, casi venerado. Y, desde luego, Raíces Profundas es uno de mis favoritos y, como no, ese sobrio Alan Ladd. En cuanto a Los Siete Magnificos no lo he mencionado en el artículo, pero desde luego es uno más de entre los que rindo culto. Muchas gracias por leerme y espero que sigamos compartiendo nuestra afición a un género que hoy no tiene muchos seguidores, pero que para algunos continua siendo algo excepcional.

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