Hurgando en la memoria. 1. El Serrato

¿Dónde comienza todo? ¿En qué punto de nuestra memoria empezamos a tener consciencia de que somos nosotros? Es difícil saberlo; a veces incluso llego a tener la sensación de que no existe un continuo entre nuestros recuerdos, de que la persona que vivió uno de ellos no es la misma que luego vivió otro y, mucho menos, la que en un determinado momento los recuerda. Un juego de puntos y referencias confuso, móvil y heterogéneo. Sin embargo, por más complejo y estúpido que sea, es ese el camino que nos ha llevado a ser quienes somos. Es ese el camino a través del que se ha construido nuestra personalidad. Aunque, habría que ser casi omnisciente para tener la clara percepción de que lo recordado es correcto y no una construcción juguetona de nuestra memoria, una trampa que nos hacemos a nosotros mismos en ese juego de cartas que es la vida.

Hurgando en mi memoria, creo que comienzo a encontrar cosas sobre los cuatro años, supongo que de antes no consta nada en mi cabeza o está lo suficientemente oculto como para me sea imposible acceder a ello. Nací en el año 1958 en Arjona, un bello y caluroso pueblo de la provincia de Jaén. Mis primeros años transcurrieron en un cortijo ubicado a siete kilómetros del pueblo, el Serrato. Mis padres eran los caseros allí. Hoy el cortijo está semiderruido, pero entonces era un organismo muy vivo. En él vivían una buena parte de los que laboraban los campos allí, algunos incluso con sus familias, como era el caso de mis padres o de algunos de los otros jornaleros. En mis primeros recuerdos no había niños, solo mis padres, mis dos hermanas y muchos de aquellos trabajadores del campo, sobrios, frugales, templados, y, sobre todo, muy afables con el único niño cuya vida transcurría en el cortijo. Jamás podré olvidar alguno de aquellos nombres, Manuel panzamorena, el aperaor, Antonio Pérez, Salvador… y tantos otros que se han perdido entre los pliegues de la memoria, pero cuyos rostros aún surgen periódicamente en el recipiente de los sueños.

Los recuerdos de aquella época aparecen cubiertos por una nebulosa que les niega a veces consistencia de realidad y los confunde con la vaporosa categoría de lo soñado. Recuerdo un gato perdido y cómo lo buscamos por muchos lugares entre olivos, caminos y cunetas. Tengo la vaga sensación de que hubiera aparecido debajo de un puente, ¿pero existía algún puente por la zona? Recuerdo un atardecer en el que caminábamos varios esperando a mi madre que volvía de algún sitio. El sol caía con un cierto tono carmesí y ella no llegaba. Recuerdo mi ansiedad.

Recuerdo al Morito, un viejo caballo de pelaje oscuro, manso y bueno como él solo. En él me montaba mi padre cuando íbamos a por agua al pozo mientras me entretenía para que me comiera la tortilla, ya que hubo una época en la que solía comer muy mal y cualquier truco valía para que mi escuálida figura pudiera acopiar algunos kilos de peso. Un día se llevaron al Morito porque ya era muy viejo y uno de los jornaleros me gastaba bromas diciendo que iba para el matadero y que harían salchichón con él. Al caballo lo sustituyeron por una yegua con algo de mala sombra. Se espantaba con facilidad y un día tiró a mi padre mientras iba a montarse en ella y, como consecuencia, se rompió la pierna. Recuerdo a la Leona, una perra cuya imagen está casi desvanecida en la memoria, pero que me legó el nombre para otra, creo que de parecida estampa, que tuve de adulto.

Recuerdo la gran estancia del cortijo, el lugar donde todos comíamos. Mi madre guisaba para todos los que trabajaban allí. Era un sala enorme, ¿o me lo parecía?, con una chimenea al fondo que nunca llegaba a apagarse del todo durante el invierno. Por la noche, mi madre o mi padre, no lo recuerdo bien, cubrían la brasa con cenizas, la pava lo llamaban, de forma que al amanecer del día siguiente no había que encender de nuevo el fuego; con las brasas conservadas durante la noche era suficiente para que, añadiendo más madera, aquello volviera a prender. A diario siempre se comía cocido y los fines de semana, arroz o un guisado de pollo. Por las noches se cenaba picaillo, un canto con aceite o cosas simples similares. La dieta era algo monótona, pero no recuerdo nunca haber pasado hambre, como sí lo habían hecho mis padres en aquella dura postguerra que les tocó vivir.

Recuerdo a mi padre laborando en el cortijo. Por las noches tenía que dormir en la cuadra, con los animales, para ocuparse de dosificarle la comida y tenerlos listos para cuando casi de madrugada, los muleros salían a laborar al campo. Suma imagen de la esclavitud. Lo recuerdo subiendo a los grandes tanques que contendrían la nueva cosecha del aceite, para limpiarlos, y que pudieran contener aquella nueva porción de oro líquido. Recuerdo el olor de la alpechinera que había cercana al cortijo. Recuerdo la tristeza instalada permanentemente en la familia, y de un modo especial en mi madre. Ello se debía al hecho de que, estando embarazada de mí, un camión atropelló a mi hermano Antonio que murió en el acto, con solo catorce años.

También están los recuerdos apropiados a través de charlas con mis hermanas. Ana me contó como cuando yo era muy, muy pequeño ella me llevaba sujeto entre sus brazos montado en una mula o un caballo. El animal se espantó y yo rodé por encima de su cabeza. Y, por milagro de la fortuna, no me pasó nada.

Más adelante, creo que cuando yo debía tener unos cinco años, llegó Tino, el tractorista, con su familia. Ahí la vida cambió notoriamente. Tenía dos hijas, la mayor; Serafi, más o menos de mi edad y la pequeña, Loli. Esa fue una época de felicidad, con compañeras infantiles para el juego. Me da una pena enorme no poder recordar cosas concretas, ni siquiera sus caras. Pero sí el estado de felicidad en el que me sumía saber que tenía alguien de mi edad con quien pasar el rato a diario.

Y las palabras. Esas surgen cada día en el recuerdo de las conversaciones de los mayores que, a veces, eclosionan en la cabeza sin saber por qué. Los sitios, el camino Din, la vaporosa, la esquina de Cotanillo, el arrabal, el Tres de Oros… Situaciones como ir hecho un seomo, pegarse un sepaso, llevarse un torosón o, por lo menos, inritarse, quizá estar empicao con algo o alguien, saludar al abuelo que vive alapartarriba en ca mi tía, y que estaba caucando, esturrear un puñado de cosas o estar hecho mistos tras un trabajo duro… Acciones como fregar el vedriao, hacerse una chifarrá en la rodilla, tupir a uno con el que discutimos, espichacar el sueldo en cuatro tonterías, ligar con una cerveza y una tapa… Apelativos como el del gachón que lleva la tomisa, un poco chuchurrío, que es un asaura bastante ensorroso y nunca hace las cosas en condisiones.. (*). Para los que disfrutamos con el lenguaje el repositorio de nuestra memoria donde se depositan las palabras es tan importante como para otros lo es el de los olores o sabores de la infancia. En mi caso es claramente más relevante ya que carezco de la potencia necesaria en el gusto y el olfato.

Y recuerdo el final de nuestra vida allí. Mi hermana Rafaela, cuando tenía catorce año, fue un verano a Madrid, con nuestra prima Carmen, a pasar unos días de vacaciones. A los pocos días mis padres recibieron una carta suya diciendo que ella no volvía más al cortijo, que se quedaba en Madrid donde había ya hasta conseguido trabajo. Recuerdo a mi madre llorando y a mi padre reflexionando sobre lo duro que sería el futuro para mí en aquel entorno que muchos habían abandonado ya para emigrar a tierras de promisión como Barcelona o Madrid. Empujados por la decisión de mi hermana y por intentar un mejor futuro para mi decidieron emigrar. Yo tenía seis años.


(*) Escribo las palabras según la fonética usual en la zona, aunque obviamente, cosas como seomo se refieren claramente a Ecce Homo.

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