Mi paisano Juan Eslava Galán narrando para escépticos

Desde hace unos días andaba enfrascado en la lectura (bueno, más bien audición porque soy muy aficionado al audiolibro) de La historia de España contada para escépticos de mi paisano arjonero, Juan Eslava Galán. Hoy lo he terminado y reconozco que, aunque hace ya algunas horas del hecho, todavía no se me han pasado las ganas de cortarme las venas.

No es la primera cosa de Juan Eslava Galán que leo, desde aquel mítico Premio Planeta En busca del unicornio y la verdad es que, aunque no es de mis autores favoritos, sus obras me habían hecho siempre pasar un rato agradable. Sin embargo la experiencia de esta última ha sido horrible. ¿Por qué? Intentaré explicarme.

Se trata de un libro divulgativo que trata de condensar unos cuantos cientos de miles de años de nuestra historia en algunas (muchas) páginas, aunque lógicamente su nivel de profundización no puede ser muy elevado dado lo amplio del temario y lo escaso del tamaño de un libro por gordo que este sea. La cuestión es que Eslava, autor tradicional de novela histórica se mete en la camisa de once varas de tratar de plantear nuestra historia con el atractivo de cualquier hecho novelado. Y, desde mi punto de vista, el resultado es desastroso.

Conforme iba avanzando por las distintas épocas ya iba yo notando un cierto tufillo a simplificación, magnificación de algunos datos y práctica ocultación de otros. La relevancia de unos u otros, como es lógico, matiza y da un contenido altamente sesgado al hecho que se trata de presentar. Pero bueno, más o menos iba avanzando en la narración disfrutando del fino humor del narrador que, sin duda, lo tiene y aplaudiendo algunas de sus boutades quizá demasiado abundantes contra lo que él denomina la Iglesia trincona o la monarquía de tarados.

Pero cuando comenzó a dolerme el estómago es a partir de la historia con la que estoy más familiarizado, la de nuestros siglos XIX, XX y XXI. En algunos casos por haber deglutido algunas toneladas de libros al respecto y en otros por haber vivido los hechos en primera persona.

Llegada la Segunda República y la Guerra Civil llegué incluso a perdonarle algunas simplificaciones importantes. Incluso que a Franco casi lo presentara como un personaje simpatiquillo y en ningún caso mencionara las varias decenas de miles de penas de muerte que salieron de su puño en los primeros años cuarenta. Pero cuando ya entra en la Transición (Transacción la llama él) mi desesperación llegó a su cúspide. En las páginas que dedica analizar esta parte de la historia se carga de un plumazo la mitad de mi vida.

Desde su punto de vista, todo aquello fue un pasteleo monitorizado por lo que Juan Eslava Galán llama el Gran hermano que intuyo como una mezcla de la banca, el capitalismo internacional, la CIA y vaya usted a saber cuantas cosas más. La constitución del 78 queda como una cosa medio pergeñada en turbios despachos sin mediación del pueblo. Por supuesto, todo fue una continuación del franquismo que había dejado las cosas atadas y bien atadas. El producto final es nuestra pseudodemocracia o cleptocracia (utilizo sus nombres) donde la clase política se sobrepone al esforzado pueblo.

Por supuesto que en todo su degüello particular caen todas las figuras que consideramos algo así como los padres de la patria. Me refiero a que, por ejemplo, Torcuato Fernández Miranda no fue el tipo avispado que creíamos que había empleado su inteligencia en acabar con las cortes franquistas. Suarez era solo un elegante ex-falangista pero al que no parece atribuirle mérito alguno. Al menos a Felipe González le achaca inteligencia política aunque solo sea para remarcar su chalaneo, ya que Suresnes fue algo pactado con el tardo franquismo oficial y el 23-F estuvo absolutamente conchabado entre él y Armada. Y así un largo etcétera que me cansaría, y aumentaría mi dolor de estómago, reproducir ahora.

En resumidas cuentas es algo que, como ya he dicho, se carga una parte muy importante de mi experiencia de vida. Perdóneseme la insistencia pero es que reconozco que nunca he leído nada que me haya dejado una sensación tan amarga. Uno no puede dejar de reconocer que hay hechos de los que menciona que son ciertos, o quizá puedan serlo, pero desde luego, los que se ocultan contribuyen a mostrar un mapa irreal, sesgado según el interés particular del autor que parece consistir en dejar bien claro la mierda de país que hemos sido, que somos y que seremos.

¿Cómo se puede olvidar de la tremenda implicación de tantas personas de una generación para sacar adelante un nuevo proyecto de país tras el franquismo? ¿Es posible achacar solo las múltiples cesiones que todas las partes hicieron solo al interés de los políticos por pillar una poltrona? ¿Acaso no se debe hablar siquiera de las tremendas tensiones sociales que se produjeron con la legalización del PCE y el rol de Carrillo y Suarez en dicha situación?

No hablo ya de las simplificaciones con las que despacha la Ley D’Hont o su crítica furibunda al Estado de las Autonomías o la casi nula presencia del terrorismo de ETA más que como un deux ex machina de los vascos para conseguir prebendas. La verdad es que estoy acostumbrado a oír muchos de estos argumentos en los nuevos partidos que critica(ro)n a la casta o, en cierta medida en Vox, pero no me esperaba esto de Juan Eslava Galán que, obviamente, goza de la situación privilegiada que este Estado, sus autonomías o sus ayuntamientos (el de mi pueblo por ejemplo) le proporcionan como un prolífico y bien valorado autor.

Lo siento, paisano, pero creo que esta obra destruye toda la historia de una generación y lo hace, si no tergiversando, al menos sí manejando la realidad para lograr dejar el poso final de desesperación que a mi me ha dejado. Y no creo que sea nada positivo dejar este tipo de imágenes que solo contribuyen a la desmoralización general. Está bien hablar para escépticos, yo me considero uno de ellos, pero como siempre he remarcado, la absoluta duda solo conduce a la inacción. Si no queremos morir como al asno de Buridán, en su tremenda decisión de si beber o comer, hemos de formarnos alguna certeza y trabajar por ella.

Por último, remarcar solo que tiene mi respeto absoluto hacia su libertad de expresión, simplemente quería indicar que hoy el empleo de esa libertad suya me ha dañado profundamente. Sin acritud, como siempre. Mañana se me habrá olvidado.

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