19. No entrar con sobrada expectación

Ordinario desaire de todo lo muy celebrado antes, no llegar después al exceso de lo concebido. Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado, porque el fingirse las perfecciones es fácil, y muy dificultoso el conseguirlas. Cásase la imaginación con el deseo, y concibe siempre mucho más de lo que las cosas son. Por grandes que sean las excelencias, no bastan a satisfacer el concepto, y como le hallan engañado con la exorbitante expectación, más presto le desengañan que le admiran. La esperanza es gran falsificadora de la verdad: corríjala la cordura, procurando que sea superior la fruición al deseo. Unos principios de crédito sirven de despertar la curiosidad, no de empeñar el objeto. Mejor sale cuando la realidad excede al concepto y es más de lo que se creyó. Faltará esta regla en lo malo, pues le ayuda la misma exageración; desmiéntela con aplauso, y aún llega a parecer tolerable lo que se temió extremo de ruin.

 

 

Si bien hay aforismos del Oráculo cuya temática puede resultarnos muy extemporánea, pocos son tan adecuados para nuestra época como este número 19. La tendencia a perseguir imaginarios imposibles forma parte mayúscula del modo en que los humanos nos desenvolvemos en este curioso primer tercio del siglo XXI. El jesuita lo cuenta como nadie en este aforismo. Confundimos continuamente nuestros deseos con la realidad, esperamos mucho más de lo que realmente conseguimos y ello nos lleva a ese «ordinario desaire». Y es que, como muy bien nos indica Gracián, «nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado». Así nos pasamos la vida; votamos a políticos imaginando que nos van a traer un mundo idílico, el que plantean en su programa de máximos, para luego, en unas pocas semanas, ver como la realidad nos aplasta y muy poco de lo prometido se puede cumplir. Y ni siquiera porque el político de turno no quiera hacerlo sino simplemente porque no puede, porque una cosa son los deseos imaginarios y otra cosa la tozuda realidad.

«Por muy grandes que sean las excelencias, no bastan a satisfacer el concepto». Nuestra razón concibe continuamente situaciones tan excelsas como irreales, pero esas conceptualizaciones difícilmente puede llevarse a cabo en el mundo real. Recordemos esas caras llenas de entusiasmo y expectación, que tantas veces hemos visto reproducidas en los medios de comunicación, de algunos catalanes a la espera de que el presidente de la Generalitat declarara la República Catalana. Y la absoluta decepción de unos segundos más tarde cuando el hecho no se produce. Recordemos a los griegos cuando ganaron en referéndum el hecho de rechazar las condiciones del rescate de la Unión Europea y como unos pocos días más tarde dichas condiciones eran aceptadas por su gobierno. Tengamos en la cabeza al Brexit inglés y la imposibilidad real de llevarlo a cabo en la forma que, es de suponer, muchos ingleses deseaban. Y es que «la esperanza es una gran falsificadora de la verdad». ¿Y cuál es la solución a esto, según nuestro jesuita aragonés, pues muy sencillo, «corríjala la cordura». Seamos sensatos, no dejemos que los deseos imaginarios pueblen nuestro universo personal y social, practiquemos un sano pragmatismo que nos haga siempre ser parcos en las pretensiones extremas. Cuando esperamos poco resulta que «llega a parecer tolerable lo que se temió en extremo ruin».

Hay un mensaje claramente derivado de la filosofía estoica en todo este planteamiento. Se tata de aminorar las pasiones, el deseo, para que sea la razón la que conduzca nuestra vida. El mensaje es claro, no esperemos grandes cosas de modo que lo que logremos siempre nos dejará satisfechos porque probablemente esté por encima de nuestras expectativas. Ciertamente en el mundo actual vemos continuamente mensajes que nos inducen a perseguir lo extremo, los sueños más grandiosos, todo aquello que no tenemos pero que podemos desear tener. Se juega continuamente con nuestras expectativas para, de forma permanente, caer en la trampa de la realidad. Luego se nos convence para ser resilientes, capaces de soportar el fracaso. Pero esa continua noria vital no aporta nada bueno a nuestro equilibrio y al del mundo. Gracián nos dirá que es mejor que la cordura frene nuestras expectativas. Nada dice de que no trabajemos para conseguir propósitos, lo único que apunta es que no fijemos metas imposibles sino realizables. Así todo será más fácil y seremos más capaces de gobernara con cordura nuestra vida y nuestro entorno.

 

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