Crimen en el call center

El inspector Diego Whitehead y su colega, la subinspectora Anette Briand, desembarcaron en el aeropuerto de El Prat el lunes a las cinco de la tarde. El puñetero vuelo de Ryanair había llegado puntual por una vez. Los recortes de presupuesto también habían alcanzado a la Interpol y ahora los policías volaban en aerolíneas de bajo coste. En fin, tanto Diego como Anette eran de poco quejarse. Y más si iban a tener la oportunidad de pasar unos días en la capital de aquella inexistente república catalana. El inspector era hijo de madre española y padre británico, por lo que nunca supo muy bien cual era esa que otros llaman su patria. Quizá por ello, en momentos históricos como aquellos que se estaban viviendo en Cataluña, la parte española de Diego dudaba sobre si llorar o reír, aunque se enfocaba más hacia lo primero. Claro que su parte inglesa no andaba mucho mejor, con aquel monumento a la torpeza que era el Brexit. Había momentos en que hubiera preferido ser, por ejemplo, mitad paraguayo y mitad tunecino. Pero no; era mitad inglés y mitad español. Quería a sus padres, pero le habían dejado aquel legado envenenado, ¡qué se le iba a hacer!

En su colección de nostalgias, Barcelona ocupaba un lugar de preeminencia. Durante sus tiempos de profesional de la informática, antes de entrar a formar parte de la Unidad de Cibercrimen de la Interpol, la había visitado bastante por motivos profesionales. No llegó a conocer la mítica Barcelona previa al 92, aquella ciudad canalla tan bien descrita en las novelas de Vázquez Montalbán. Para Diego nunca existió el Distrito V, su referencia era el Raval, pero bueno, eso no tenía importancia. En su mente se mezclaba lo novelesco de aquel turbulento barrio chino con el actual Raval donde convivían hípsters y putas en buena armonía. Realmente Carvalho fue una de sus fuentes de inspiración para convertirse en policía. Lo había leído todo sobre aquel gallego ex agente de la CIA, ex militante del Partido Comunista, bon vivant, cocinero y amante de la buena mesa. Uno de los secretos inconfesables de Diego era que los primeros platos que aprendió a cocinar salieron de las novelas de Pepe Carvalho. Durante sus largos días de aburrimiento en la IBM de Bruselas, casi sin nada que hacer más que trabajar y sin muchos amigos con quienes compartir, gastó algunas horas de ocio en leer a Vázquez Montalbán. Entre otras cosas le ayudó a saber que aquello no era lo suyo y a decidir que debía cambiar de rumbo. El escritor barcelonés funcionó como incentivador de un cierto proceso socrático, le llevó a un mejor conocimiento de sí mismo, le empujó a una vida más centrada en la acción que aquella, algo liviana, de informático especializado en data wharehousing, con la que había comenzado su vida profesional tras salir de la universidad. 

Pero ahora tocaba centrarse en el caso que se traían entre manos. Un cliente que asesina a la teleoperadora que le llama para venderle un seguro de vida. Aunque lo pareciera, la cuestión no tenía gracia. Al principio los mossos lo trataron como un caso más de violencia de género, pero cuando se dieron cuenta del alcance del asunto pidieron la colaboración de la Interpol para abordarlo y como había meollo tecnológico por en medio, fue la Unidad de Cibercrimen de aquella policía transnacional la que tuvo que hacerse cargo. Por eso Diego y Anette estaban aterrizando en Barcelona.

Clara, una chica peruana, había aparecido muerta en su casa. La habían degollado y no parecía haber ningún síntoma de que hubieran forzado la puerta de entrada ni otros similares que pudieran indicar que el asesino fuera un desconocido. Tras analizar su móvil, los mossos descubrieron muchas fotos de ella con alguien que parecía ser su pareja sentimental. No tardaron en encontrarlo y dirigieron la investigación sobre un posible caso de violencia machista, pero en seguida lo descartaron. El chaval estaba más que afectado, además de tener todas las coartadas del mundo. Sin embargo, les proporcionó algunos datos que comenzaron a dirigir la investigación por otros derroteros.

Clara le había mencionado a su novio que había llamado un día a un posible cliente que mostró bastante interés en contratar el seguro que ella le proponía. A la chica le pareció algo sospechoso el tono baboso con el que el hombre le comentó que tenía una voz preciosa y cómo trataba de alargar la conversación. No era demasiado usual encontrarse con clientes así. En fin, había que vender el seguro y ella le siguió el juego todo lo que pudo. A partir de ese día su novio la había notado extraña, distante. Pero a pesar de su insistencia, Clara siempre le decía que no pasaba nada y no volvió a mencionar el asunto de la llamada. Al fin y al cabo, así es la vida de un teleoperador. Cada día haces centenares de llamadas, te insultan, se burlan de ti, te ignoran y, con un poco de suerte, quizá en alguna ocasión tengas un par de comunicaciones que medio merezcan la pena y consigas vender algo que haga que a fin de mes puedas mejorar tu triste salario con alguna parca comisión. Ello unido a un entorno laboral de mierda donde te presionan por todos lados para que obtengas resultados, donde alguien está escuchando tus llamadas en la sombra y cada dos por tres se reúne contigo para hacerte coaching, lo que quiere decir abroncarte, porque en una llamada no seguiste el protocolo y en un momento se te olvidó la norma y tuteaste al cliente.

Finalmente fue la recepcionista del call center donde trabajaba la peruana la que arrojó algo más de luz sobre los hechos. Ella informó a los mossos de que en las últimas semanas una persona había estado preguntado insistentemente por la agente asesinada. El primer día Clara no le atendió. El sujeto se quedó esperando en la recepción. Lo que más tarde levantó sospechas en la recepcionista fue que Clara la llamó contándole que era un cliente algo pesado, que la tenía preocupada y que no lo iba a atender. De este modo, cuando la teleoperadora finalizó su turno y salió junto con el resto de las compañeras, el tipo no pudo abordarla, ya que no la conocía físicamente. Pero, para sorpresa de la recepcionista, al día siguiente, el pesado volvió, le pidió de nuevo que avisara a Clara y esta vez la chica bajó y tomó un café en la sala de descanso junto con él. A partir de ese día hubo dos o tres visitas más y el tono cordial pareció continuar. La recepcionista, algo sorprendida, le preguntó a Clara y esta le contestó que se había equivocado, que no se trataba de ningún cliente pesado sino de un viejo amigo al que hacía tiempo que no veía y con el que había vuelto a reencontrarse.

Desde ese momento, los mossos pusieron el foco en este individuo sospechoso. Partieron de los datos del registro de entradas que tenían en recepción, pero en cuanto hicieron las comprobaciones se dieron cuenta de que eran falsos. A pesar de la decepción, esto contribuyó a fijar la investigación en una única dirección. El cliente pesado se había convertido en el principal sospechoso del asesinato de Clara. El problema es que no había forma de dar con él. Debía tratarse de alguien sumamente cuidadoso, ya que en el domicilio de la chica no encontraron ni el más mínimo rastro que pudiera ayudar en su localización.

Pero el subinspector de los mossos encargado del caso, Sergi Mascarell, era un tipo avispado. Su siguiente paso fue pedir las grabaciones de las llamadas que Clara había atendido durante los días previos a su asesinato. ¡Qué puta locura! Imagine el lector pasar horas oyendo centenares de molestas llamadas, como las que nos suelen hacer a nosotros a diario para interrumpirnos la siesta. Había de todo, gente que insultaba a la operadora, gente que aguantaba el tipo educadamente hasta que Clara se convencía de que no había nada que hacer. Y algunos, muy pocos, que contrataban el seguro. A pesar de que el subinspector Mascarell oyó la llamada de aquel fulano con tono baboso, no le dio más importancia. Al fin y al cabo, había oído decenas con peores insultos. Pero la curiosidad se la despertó el hecho de que había una llamada entrante atendida por Clara con una conversación que le resultó inquietante:

[CLIENTE] Hola Clara, hace unos días me llamaste para ofrecerme un seguro y te lo contraté. Me encantó lo bien que me atendiste, lo buena profesional que eres y llamaba para darte las gracias.

[CLARA] Ya… lo siento… no entiendo cómo ha podido llamarme aquí. ¿Cómo ha conseguido este número y mi extensión? Nosotros solo facilitamos los datos de la empresa que nos contrata el servicio de llamadas… O sea, la aseguradora con la que ha contratado el seguro, pero no de este call center.

[CLIENTE] ¡oh, vaya, no te molestes! Solo quería agradecerte. Tengo mis métodos para descubrir las cosas, pero no te preocupes que no soy peligroso [risas ligeras]. Un día de estos me paso para dejarte un pequeño regalo en agradecimiento por el buen trato recibido.

[CLARA] No tiene por qué molestarse. Le agradezco su amabilidad, pero debo cortar la comunicación. Mi supervisora es muy estricta y tengo algunas llamadas en espera que debo atender de inmediato.

[CLIENTE] Está bien, Clara, espero no haberte molestado. Adiós, que tengas un buen día.

[CLARA] Igual para usted. Adiós.

A partir de ese momento, Mascarell se dedicó a revisar si había más llamadas entrantes y volvió a encontrar otra que le fue aclarando las cosas a la vez que le perturbaba un poco más.

[CLIENTE] Clara, hoy he estado en tu oficina para darte un pequeño regalo, pero ya he visto que no has querido atenderme. Te lo he dejado en recepción.

[CLARA] Lo siento, pero no nos está permitido admitir regalos de clientes. Por eso no puedo aceptárselo. Además, yo no he hecho nada especial, solo le he vendido un seguro.

[CLIENTE] Clara, entiendo que pienses que soy un perturbado, pero nada más lejos de la realidad. Dile, por favor a la recepcionista que te dé lo que te he dejado. En serio que me pareció un encanto como me trataste, además necesitaba ese seguro y llamaste en el momento idóneo, lo que contribuyó a resolver un problema que tenía. No estoy muy acostumbrado a recibir ayudas así de meritorias y por eso el agradecimiento. Mañana me paso de nuevo a verte, si no aceptas mi invitación ya no insistiré más.

[CLARA] Haga lo que quiera, pero ya le he dicho que no debemos tener trato directo con los clientes. Adiós.

Esa era la última llamada entrante que encontró. A Mascarell le sorprendió que la recepcionista no le indicara lo del regalo, por lo que volvió a hablar con ella. La chica, algo asustada le confirmó el asunto y su reticencia a indicárselo porque tenían prohibido aceptar ningún obsequio de los clientes. Temía que, al haber intervenido ella, pudieran despedirla. El subinspector la tranquilizó. No iba a comentar nada con sus jefes, pero necesitaba que le facilitara cualquier otra información que tuviera, que no se guardara ningún detalle. Pero no había mucho más. Ella le había dado a Clara el paquete que el cliente había dejado y le sorprendió que, al día siguiente, cuando aquel insistente tipo volvió, la chica lo atendiera y pasara un rato tomando café con él en la sala de descanso. Por lo visto, las visitas se repitieron con cierta frecuencia en los días sucesivos y, en un par de ocasiones, el presunto asesino había estado esperando a Clara a la salida de su turno y se habían marchado juntos. Mascarell tenía ya claro que el foco se posicionaba de forma prácticamente segura sobre este hombre.

Más allá de la descripción física del fulano, que la recepcionista le había proporcionado, el subinspector de los mossos no tenía muchos hilos de los que tirar. En esos momentos el policía solía concentrarse en revisar todas las bases de datos a las que tenía acceso para intentar encontrar modus operandi similares, algo que arrojara un poco de luz, que abriera nuevos caminos para poder continuar la investigación. Y es ahí donde surgió la relación con la Interpol. Entre las muchas búsquedas que Mascarell intentó, encontró una coincidencia que le pareció más que curiosa. Se trataba de que al indicar la palabra clave “teleoperadora”, en la base de datos de la Interpol encontró una operación abierta donde, con un método similar, habían sido asesinadas varias mujeres. Al parecer existía una cierta componente tecnológica en el asunto y, por ello, era la Unidad de Cibercrimen la que estaba al cargo del asunto. Mascarell contactó enseguida con el jefe de la unidad y su sorpresa llegó cuando éste le habló en español sin más. Era Diego Whitehead.

Este era el motivo que había llevado a Diego y Anette a Barcelona. Ahora tenían las horas que les quedaban del día para llegar a su hotel, dejar el equipaje y buscar a Mascarell, con el que habían quedado citados en la comisaría de los mossos de Gloriès. 

Aquella comisaria del carrer de Bolivia era el típico edificio funcional, administrativo; de esos tan abundantes en Barcelona como en el resto de España. Frío, desangelado, gris…  Lo más opuesto a la personalidad de Mascarell que era un tipo alegre, abierto, jovial. Nada más llegar los recibió efusivamente con fuertes apretones de manos y los llevó a la sala de reuniones donde iban a establecer la coordinación de sus operaciones. Parecía entusiasmado con tenerlos allí. A Diego no dejaba de sorprenderle esa especie de admiración con la que muchos policías locales los recibían. Ese toque internacional de lo que hacían, la sofisticación de las técnicas de su brigada… Todo aquello parecía intimidar a sus colegas. Y esa intimidación solía manifestarse como admiración. Aunque también a veces se había encontrado con recelo y malos modos, lo más común eran las buenas formas y la gran disposición a colaborar. El subinspector de los mossos estaba claramente en esta última línea.

—Bueno, subinspector, creo que estamos ante una oportunidad única para cazar a este tipo —Diego fue al grano— Su llamada ha sido providencial. Todo parece indicar que es el mismo psicópata tras el que llevamos bastante tiempo. Pero hasta ahora siempre iba delante de nosotros. Parece que en esta ocasión podemos tenerlo detrás y ello va a facilitarnos mucho las cosas.

—No termino de entenderle  —apuntó Mascarell—. Estamos algo atascados y no vemos la forma de poder localizarlo.

—Quizá la tengamos  —continuó Diego —, por lo que usted me comentó, hay registros de las llamadas que Clara le hizo o que él hizo a Clara. Podemos intentar tirar de ese hilo.

—Pero, inspector ­ —Mascarell se quedó algo confuso—, no estamos ante un vulgar aficionado. El tipo usa telefonía IP y su dirección está enmascarada a través de una VPN. Y para complicar más, la ubicación de su proveedor de internet está en Rusia, donde no es necesario dar tus datos personales para contratar estos servicios. Imposible acceder a él por este sistema. Ya lo hemos intentado. Además, hemos llamado a su número y, a pesar de hacerlo desde varios diferentes, siempre tenemos la respuesta de que estamos bloqueados y no atiende nuestras llamadas.

—No me refiero a que lo localicemos por ahí. Seguro que tiene algún sistema en la VPN para controlar las llamadas entrantes. Pero quizá podamos atraerlo de otra forma. Ya sabemos su método. Cuando recibe una llamada por parte de alguna teleoperadora cuya voz le parece sugerente, lanza sus redes. Y, además de un psicópata asesino, es un hacker de primera. Localiza la procedencia del número desde el que le llaman, con ello ya sabe la empresa y el punto desde el que se ha realizado la llamada. Al contratar el servicio que ofrecen la operadora suele dar su nombre. Y si no se lo da, él lo pregunta. A partir de ahí ya tiene todo lo que necesita. Se desplaza al lugar desde el que le llaman, pregunta por la chica, intenta atraerla como sea y, en cuanto aparece la oportunidad adecuada, la asesina. Hay gente rara por el mundo y parece que a nosotros nos toca siempre una porción superior a la media. Hasta ahora en los casos de los que tenemos información hemos llegado cuando ya habían pasado meses, investigando por aquí y por allá. Cuando hemos hecho algún intento de atraerlo el tipo estaba ya fuera de nuestro alcance, había cambiado de proveedor de servicios y nos era imposible dar con él. Pero usted ha tenido el buen sentido de llamarnos a los pocos días del crimen. Quizá estemos a tiempo y aún podamos atraerlo.

—No sé por qué  —interrumpió Anette— me está dando la impresión de que volveré a ser el cebo. Pero no os preocupéis, estoy acostumbrada.

En el tono de Anette había un poco de ironía y un poco de expectación, pero nada de miedo.

—De eso se trata —Diego sabía que su colaboradora francesa no iba a poner pegas—. ¡No es una fortuna que en los últimos tiempos te haya dado por estudiar español! Y que tengas ese acento francés tan sensual. Seguro que eres capaz de venderle cualquier cosa.

La francesa era una agente excepcional. Ya le había tocado servir de cebo en muchas ocasiones y siempre había logrado sus objetivos. Entre Diego y ella había una absoluta confianza profesional que en ningún caso había pasado de ahí. Nunca intimaban más allá de tomar algunas cervezas en los ratos libres de sus continuos viajes por el mundo. Unos pocos años más joven que Diego, la francesa tenía un atractivo físico innegable, pero sin menoscabar su buena preparación. Como mujer, había entendido desde el comienzo de su carrera policial que debía mantener una gran forma física para poder competir con sus compañeros masculinos. Es cierto que había entrado en el cuerpo en un momento en que las mujeres policías ya no eran una excepción, pero era consciente de que trabajar en Operaciones y tener que lidiar con malhechores de todo pelo le exigía una preparación fuerte. Al igual que Diego, Anette era ingeniera informática, pero también al igual que él, terminó aburrida de relacionarse solo con bits y comenzó a prepararse para entrar en la Gendarmería francesa. Se presentó un par de veces a los exámenes, pero la rechazaron en las pruebas físicas. Aquello, por un lado, la motivó a mejorar en ese aspecto, pero por otro le aportó una cierta inquina hacía la policía de su país. Como persona tenaz y luchadora se machacó en el gimnasio hasta conseguir una forma física impecable, pero al surgir la oportunidad de trabajar para la Interpol decidió olvidarse de sus paisanos y centrarse en esa otra policía transnacional. Dos pájaros matados de un tiro. Nunca se arrepintió de haber actuado así.

Pusieron en marcha el asunto con toda la rapidez posible. Lo primero era localizar call centers de otro lugar que no fuera Barcelona. Hasta el momento el sospechoso nunca había repetido crímenes en una misma ciudad. Seleccionaron uno de Tarragona y Mascarell se encargó de hablar con el gerente, explicarle la situación y pedirle una extensión remota para que Anette pudiera hacer llamadas que salieran a través de su centralita sin que la policía se moviera de la comisaria de Gloriés. De ese modo no levantarían sospechas. Habría que confiar a la suerte que las reglas determinadas por el asesino en su VPN solo hubieran excluido números de teléfono de Barcelona y que aún anduviera por la zona por lo que una ciudad cercana podría parecerle un asunto tentador.

En cuestión de horas todo estaba montado. Pero faltaba algo importante. Anette no había vendido nada en su vida, así que había que adiestrarla. Era preferible esperar unas horas pero que no hubiera fallos. Mascarell se encargó también de que en el call center de Tarragona la pusieran al día de todo. Por fortuna en ese momento estaban en plena campaña para vender el cambio a una operadora telefónica. Todos los agentes seguían el mismo guión durante horas y horas. Le dieron a Anette unos auriculares y se pasó un par de horas oyendo la rutina con la que se intentaba la venta. Cuando se sintió preparada hizo un primer test real llamando a un cliente e intentando venderle el servicio. No lo consiguió, pero al menos sus instructores comprobaron que estaba más que lista para abordar aquello.

Ese primer día nadie cogió el teléfono que tenían recabado como el del asesino de Clara. Aquel al que la chica le había llamado para venderle el seguro y desde el que él llamó a su oficina para localizarla. Sin embargo, no perdieron la esperanza, ya que simplemente nadie descolgaba el teléfono, sin que hubiera síntomas de que el número de Tarragona desde el que llamaban estuviera bloqueado o de que el número llamado hubiera sido dado de baja. Quizá simplemente, el titular no estuviera en casa en ese momento. Solo había que esperar.

Entre unas cosas y otras, eran ya más de las nueve de la noche y no parecía que fuera prudente seguir intentándolo. No eran horas para vender ningún servicio a nadie, por más psicópata que ese alguien fuera. Decidieron que al día siguiente continuarían intentándolo. Mascarell se ofreció a llevarlos a cenar y los dos policías accedieron encantados.

El subinspector de los mossos se mostró como un gran anfitrión. Los llevó a cenar a Casa Leopoldo, en pleno Raval, un lugar mítico digno de la mejor Barcelona de Carvalho. No se trataba de un restaurante moderno o con alguna estrella Michelín; la comida era la clásica, aunque algo renovada por sus nuevos chefs. Pero el ambiente era espectacular. Con una buena botella de tinto del Priorat las confidencias comenzaron a fluir. Mascarell les contó lo incómodo que se sentía en ocasiones con el uso político que a veces se sometía al cuerpo policial al que pertenecía. Él era un clásico de la investigación de homicidios y se la traía floja lo de la independencia de Cataluña. Acostumbrado a colaborar en sus investigaciones con otros cuerpos policiales, no mantenía ningún resquemor sobre sus colegas de la Guardia Civil o de la Policía Nacional. También les confesó que era la primera vez que participaba con la Interpol en una operación y que aquello tenía para él unos tintes especialmente atractivos, por lo novedoso. El vino se le iluminaba la cara con una expresión de alegría infantil. Se sentía encantado de estar allí, en lo mejor de su Barcelona, atendiendo a dos colegas tan experimentados como Diego y Anette. Fue, por cierto, esta última la que comenzó a sentir cierto cansancio. Su cara expresaba el deseo de pillar pronto la cama del hotel y Diego, que percibía sus señales no verbales con suma precisión, en seguida propuso terminar la velada. Por Mascarell se hubieran quedado allí durante horas comentando los pormenores de sus casos, pero era un tipo educado y no insistió. Los llevó en su coche hasta el hotel y quedaron emplazados a volver a repetir la llamada a la mañana siguiente para probar suerte.

A Diego le costaba conciliar el sueño en los hoteles. No podía evitar el ritual de abrir el minibar y servirse un ron o un wiski. Esa copa de última hora le ayudaba a controlar la tristeza que las habitaciones de cada hotel que visitaba le proporcionaban. Nunca había terminado de entender por qué era capaz de disfrutar visitando ciertas ciudades mientras que un desasosiego tenaz le invadía en cuanto se encerraba en el hotel. Siempre se reía de la visión que las películas, o las series policiacas, daban de esos inspectores que al llegar a su habitación esparcían por el suelo un montón de papeles, fotografías y planos mientras que, vaso en mano, tomaban su wiski y resolvían casos de la forma más simple y rápida posible. Él nunca pudo hacer eso. Rara vez podía concentrarse en los casos que tuviera entre manos mientras se encontraba en la habitación de un hotel. Allí solían embargarlo otros pensamientos más profundos. La música le ayudaba. Cargó Spotify en el IPad y buceó un poco entre su biblioteca hasta que encontró lo que le apetecía oír. Esa noche fue Verdi y su Obertura de La forza del destino. Le impresionaba la limpieza de los primeros segundos de la música, con la orquesta casi en pleno introduciendo hasta que los violines tomaban el protagonismo para cedérselo al oboe que trenzaba la melodía con el leve apoyo por detrás de alguna cuerda. Era trágica, pero tranquilizadora. La obra de Verdi tenía para él un cierto carácter terapéutico. Le ayudaba a encontrarse consigo mismo. Quizá tuviera que ver el gusto de Verdi por los temas españoles. De hecho, el libreto de esa ópera estaba basado en una obra del Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino. Al final de la Obertura los instrumentos cabalgan alocadamente simulando ese destino atroz que nos persigue y que trata de sobreponerse a nuestras decisiones libres. La vida del inspector era una mezcla de decisiones libres, quizá conscientes y de caminos que la vida, el destino, había elegido por él. Decisiones que se truncaban, espacios nuevos que aparecían donde no había nada antes y hacia donde una fuerza ciega, quizá el destino, parecía empujarle.

Col sangue sol cancellasi
l’infamia ed il delitto,
ch’io ti punisca è scritto
sul libro del destin.

Sólo con la sangre se limpian
la infamia y el delito,
he de castigarte, está escrito
en el libro del destino

Escena V de la ópera de Verdi, La forza del destino[1]

En general, tener tiempo para pensar le desasosegaba. La carga de la consciencia, había leído en una novela de Iris Murdoch. Para él era un problema ser consciente, como quizá lo fuera para el resto de los humanos. Ser consciente de sus limitaciones, de los riesgos de un mundo infernal y complicado. Ser consciente de lo frágiles que son los breves estados de felicidad por los que pasan las personas. Ser consciente de nuestros miedos… Y contra la carga de la consciencia, Diego siempre se poblaba de rutinas. Cumplir un horario, abrir un ron del minibar, leer un rato antes de dormir, colgar la ropa de la maleta en las perchas del armario. Rutinas, rutinas y más rutinas que le ayudaban a cerrar ventanas contra el infinito de la consciencia. De esa consciencia imperfecta de las personas, esa que nos lleva a ser más infelices cuanto más conocemos. Esa a la cual hay que tapiar con ventanas y más ventanas de rutinas y más rutinas. Así, solo cuando nos queda solo un leve agujero suficiente para vivir, y el resto lo hemos tapado con ventanas de rutinas, podemos aspirar a algo de armonía en la vida, a esos estados tan ilusorios de lo que algunos llaman felicidad.

Ayudado por el alcohol, Diego olvidó sus terrores y se durmió. Y lo hizo profundamente hasta que sonó la alarma de su móvil a la hora programada. Con Anette había quedado en que se lo iban a tomar con algo de calma aquella mañana, sabían que realizar muy pronto una llamada de telemarketing no era muy procedente y podría levantar sospechas, así que aprovecharon para levantarse tarde y dar un buen repaso al buffet del desayuno que el hotel les ofrecía. A las nueve y media entraban por la puerta de la comisaría de Gloriès. Tras tomar un café con Mascarell y debatir algunos pormenores más del caso, Anette se lanzó al ataque. A las diez y veintiocho le respondían su llamada. Aquel tipo había mordido el anzuelo.

Todo fue según lo previsto. Anette convenció al cliente de que contratara los servicios de la nueva operadora, tal como la habían instruido. Aunque solo por ese hecho no tenían la evidencia de que pudiera tratarse del presunto asesino de Clara, su forma de expresarse les invitaba a creer que iban por el buen camino. Los datos que dio lo identificaban como un tal Pedro Rovira. Los comprobaron y obviamente eran falsos. Ahora solo había que esperar. Por supuesto que Mascarell se encargó de coordinar con el call center de Tarragona para que Anette fuera registrada como una operadora más. Teniendo en cuenta el modus operandi seguido en sus anteriores crímenes, lo normal es que averiguara el lugar de la llamada y se presentara allí preguntado por Anette. Así, pues, lo que procedía era abandonar el teletrabajo desde Gloriès e instalar el cuartel general en Tarragona. Habría que esperar a ver si el tal Rovira se presentaba.

Se instalaron esa misma noche. Cabía esperar que, según su actuación en otras ocasiones, Rovira llamara preguntando por Anette, como la agente que le había atendido. O que se presentara directamente para intentar establecer el primer contacto. En cualquier caso, la situación requería que la agente de la Interpol se instalara en el call center como una operadora más, esperando lo que pudiera acontecer. Desde la mañana siguiente presentaron a Anette como una empleada nueva. Lo mejor era actuar con normalidad absoluta ante toda la plantilla y para ello lo mejor sería que la subinspectora trabajara como cualquier otro empleado, de forma que no levantara sospechas ante nadie. De ese modo, si el sujeto llamaba o se presentaba allí, nadie daría lugar con su actuación a levantar sospechas.

—¡Vaya, Anita!— Diego españolizaba con frecuencia el nombre de su compañera—  El sueño de tu vida. Trabajar de teleoperadora vendiendo conexiones a internet. Por fin has encontrado un trabajo de verdad y no esta birria de la Interpol.

—Menos guasa, jefe. Espero que Rovira actúe pronto, si no me va a dar algo. Y lo peor es que seguro que vendo un montón y me terminarán haciendo una oferta de trabajo de verdad. Y, no te creas, dudaré si me merece la pena cambiar de profesión. Me estoy comenzando a aburrir del asunto de perseguir psicópatas por el mundo.

Diego y Mascarell se instalaron en el control de seguridad. Desde allí tenían cámaras que les permitían observar cualquier lugar de la empresa. Solo quedaba esperar. Esperar… Ese tiempo en el que no se hace nada, los seguimientos, las escuchas telefónicas, las guardias dentro de una furgoneta oyendo llamadas telefónicas o monitorizando una línea de datos… Eso es lo peor del trabajo de policía. Es cuando más se echa en falta la acción, que pasen cosas. En esos momentos esperas capturar el dato que impulsará la orden del juez para actuar. Pero a veces las esperas se eternizan. Y a veces el dato nunca llega. Y aunque sabes que estás en el camino adecuado y que tienes a tiro de piedra a un asesino en serie o a un tremendo estafador, no puedes actuar. En fin, es lo que hay. Y así debe ser.

En Tarragona pasaron dos días sin noticias. Anette vendía líneas telefónicas como loca. Le estaba ya cogiendo el gusto al asunto, cuando el tercer día, una llamada de recepción le avisó que había una persona que preguntaba por ella. El anzuelo había funcionado. Bajó a atender a Rovira, se reunieron en una de las salas de visitas, con la total monitorización de Mascarell y de Diego a través de las cámaras desde la sala de control. El argumento se repitió. El presunto asesino le llevaba a Anette un pequeño obsequio para agradecerle la buena atención y el ahorro que le había proporcionado con su estupenda oferta para cambiar de compañía. Anette era muy buena cuando tenía que representar un papel y aquí lo hizo a la perfección. Primero se mostró remisa, mantuvo durante un buen rato una actitud de rechazo, a fin de no levantar sospechas, pero terminó aceptando. Al despedirse, Rovira le pidió su teléfono personal y solicitó su permiso para llamarla en un par de días e invitarla a tomar algo. Anette se lo dio encantada, deseando internamente que la llamada se produjera con rapidez y que el tipo intentara algo cuanto antes para pillarlo infraganti y poder detenerlo.

Fueron tres días más de continuar vendiendo líneas telefónicas en Tarragona. No quisieron abandonar la posición del call center por si Rovira intentaba localizarla allí en lugar de hacerlo a través de su móvil. Finalmente, en la tarde del tercer día, cuando ya había terminado la jornada de trabajo y los tres policías tomaban una cerveza antes de dirigirse al hotel donde se instalaron en Tarragona, el móvil sonó. Rovira preguntó a Anette si podía invitarla a cenar esa noche. Tras la actuación pertinente, la subinspectora Briand terminó aceptando.

Mascarell montó un operativo para controlar toda la situación. Un par de unidades de los mossos se ubicaron en las inmediaciones de la zona donde se iba a producir la cita. Rovira llegó a la hora convenida, Anette se incorporó al poco rato y ambos pasaron al restaurante. Diego y Mascarell esperaron unos minutos y entraron también como unos clientes más. Anette llevaba un micrófono oculto a través del que Diego podía oír toda la conversación. Además, la mesa que había elegido tenía visión completa sobre la que ocupaban la policía y su cliente. Rovira intentó seducir a Anette a lo largo de toda la cena y ella fue aplicando el ritmo necesario como para que una complacencia rápida no levantara sospechas. Terminaron de cenar y salieron. Diego oía como Rovira intentaba invitar a Anette a que subiera a su casa a tomar una última copa. Le admiraba lo bien que manejaba la francesa esas situaciones. Le daba a todo un tono tan realista que cualquiera que hubiera podido observar a la pareja no tendría ninguna duda de que lo que allí estaba ocurriendo era el normal juego de seducción entre dos personas. Anette terminó aceptando. La casa de Rovira estaba a pocos minutos andando. Los siguieron y, en cuanto tuvieron clara la ubicación a la que se dirigían (Anette dijo al llegar al piso, “¡vaya! un tercero A, yo viví en París en un tercero A”), de modo que Diego pudiera oírlo a través del micrófono.

El resto fue pura rutina. La tensión de siempre. Una pena no tener cámaras. Solo se podía confiar en el micrófono y en la pericia de Anette. Los mossos se instalaron alerta en una posición que les permitiera asaltar la casa en pocos segundos. Diego permaneció más que atento a lo que oía. Fue una primera fase de galanteo ordinario, una copa por aquí y otra por allá. Cuando llevaban algo más de una hora en el apartamento, llegaron los indicios de que algo ocurría. Ruidos y un grito algo ahogado. De inmediato se lanzaron todos al apartamento, en menos de quince segundos los mossos echaron la puerta abajo y Mascarell y Diego irrumpieron dentro. Rovira estaba en el suelo en posición fetal con sus manos aferradas a los testículos y Anette le miraba con una bolsa de plástico en la mano.

—Este estúpido ha intentado ahogar a la persona equivocada  ̶ dijo la francesa, orgullosa de sí misma— ¿Qué pensabais?, que os necesitaba para dejarlo fuera de combate.

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