Juan de Prado, un paisano de Lopera

Siguiendo con el trabajo de hablar sobre personajes de este país, poco ortodoxos respecto a la historia oficial del mismo, quiero escribir hoy sobre un paisano mío,  jienense. Se trata de Juan de Prado, un médico nacido en Lopera (Jaén) que vivió en la primera mitad del siglo XVII. Pertenecía a la estirpe de los marranos, es decir a los descendientes de los judíos que quedaron en el país tras el decreto de expulsión de 1492. De él no sabemos directamente casi nada. Nuestra única fuente es, precisamente, la de un energúmeno contradictor suyo, Ishack Orobio de Castro, otro marrano, también nacido en la España de la época y que escribió la Epístola Invectiva para atacar los puntos de vista de mi paisano andaluz.

Juan de Prado

Sea como fuera, la cuestión es que Juan de Prado estudió medicina en Alcalá, se graduó en 1638, practicó el judaismo en secreto y emigró a Ámsterdam, donde en el más liberal ambiente de la República Holandesa se pasó oficialmente a la religión de Moisés. En la Ámsterdam de la época terminan con sus huesos muchos criptojudaizantes ibéricos que han huido de la terrible inquisición española con la finalidad de encontrar un lugar donde practicar con libertad la que consideran religión de sus ancestros. Pero el asunto no termina bien para una buena parte de ellos. Ese ir y venir de una doctrina religiosa a otra solo podía traer consigo un cierto eclecticismo que no podía desembocar en otra cosa que en escepticismo, agnosticismo o, en ciertos casos, en puro ateísmo. Así, nuestro médico (libertino según el pertinaz y aburrido Orobio) termina dudando de la verdad de la sagrada escritura y visualizando a dios como la Ley de la Naturaleza. Esto le acerca tremendamente a nuestro gran Spinoza.

Juan de Prado fue estigmatizado por los suyos y se vio sometido al Herem (la excomunión judía). Fue expulsado de la Sinagoga y sufrió uno de los máximos niveles de apartamiento de la comunidad. Al fin y al cabo, los rabinos del Kahal Kados de Ámsterdam habían tenido unos buenos maestros entre los inquisidores españoles. Eso cuando, en casos como el de Orobio, no habían sufrido ellos mismos el castigo inquisitorial.

La cuestión es que parece que tubo tiempo de mantener algunas tertulias con el bueno de Baruch de Spinoza y quien sabe si parte de la doctrina sobre dios del insigne filósofo, no partía de apreciaciones de mi paisano de Lopera. Sería un honor, para un jiennense pensar que frases espinosianas del tipo «La voluntad de dios, ese asilo de la ignorancia», o aquella otra de «… que las ficciones humanas pasan por revelaciones divinas y la credulidad por fe…» proceden en parte de aquel paisano librepensador y escéptico. La teoría espinosiana mantiene que dios no es otra cosa que la ley natural, que todas las cosas obedecen a causas, pero que la religión ha introducido un cierto finalismo en este análisis, de forma que se achaca a esa figura confusa todo aquello que el hombre no puede explicar con su razón, de ahí el «assylum ignorantiae» mencionado. Entrando ya más en harina política y social, también defiende que la religión es una herramienta crucial para controlar a las personas, de forma que el premio y el castigo que se produce con la vida eterna en el cielo o en el infierno, son puntales necesarios para que los humanos puedan ser manejados con facilidad en este mundo. De «Epycureos y Atheistas» eran tachados estos pensadores que destrozaban con sus argumentos la tradicional idea de la divinidad que el cristianismo o el judaísmo habían creado a la mayor gloria de los poderosos.

De la relación entre Prado y Spinoza dan fe algunas fuentes. Por ejemplo, el poeta Miguel de Barrios, defendiendo la ortodoxia hebraica escribe un verso alegórico, y poco bueno por cierto, que comienza «Espinos son los que en Prados de impiedad desean luzir con el fuego que los consume…». Tenemos también dos deposiciones ante el tribunal inquisitorial, la de un fraile, Fray Tomás Solano y Robles, y la de un soldado, el capitán Miguel Pérez de Maltranilla que, tras volver de un viaje a Ámsterdam deciden aligerar el peso de su conciencia confesando ante el alto tribunal, las nefandas cosas que han visto en la ciudad del Amstel. Ambos indican haber conocido al doctor Juan de Prado y a un «fulano Espinosa» que era «buen filósofo» y que ambos han sido expulsados de la comunidad judía de la ciudad por decir que «el alma moría con el cuerpo y no havía Dios sino filosofalmente». Estas declaraciones fueron descubiertas por el gran estudioso de la relación de Prado y Spinoza, el también judío francés de ascendencia sefardí,  Israel Revah que aborda el tema de las fuentes marranas del spinozismo en varias de sus obras, pero sobre todo en su Spinoza et le Docteur Juan de Prado, París, Mouton, 1959.

«Aquí yace Spinoza, ¡Escupid sobre su tumba!» grabaron los rigurosos protestantes holandeses en la lápida que albergó el joven cuerpo del gran filósofo castigado por la tuberculosis. No muy lejano del «Maldito sea de día y maldito sea de noche»  del Herem Shamatha, el máximo grado de excomunión judía, con el que los suyos lo castigaron. Pero el germen de su idea de dios quedó ahí para que algunas grandes mentes posteriores respondieran, como Einstein, a la pregunta de si creían en dios: «Sí, creo en el dios de Spinoza». Y el libertino Juan de Prado, si existiera esa inmortalidad en la que no creían, estaría partiendose el pecho de la risa.

 

 

 

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