La garganta del Endrinal

Para Martín,
mi luz en un mundo de tinieblas.

Para Pastora,
siempre viva y querida en el recuerdo.

 

Querida Águeda, han pasado tantos años que me va a resultar difícil recordar algunos de los detalles de aquellos días tan excitantes que vivimos en el pueblo. Por otro lado, no han pasado tantos como para impedirme recordar lo esencial, la maravilla de aquella sierra tan poco poblada de personas como sobrada de misterios. Cómo no resultar impactado por esos bosques plagados de robles y salpicados por algún que otro castaño más que centenario, por aquellos regueros de agua con la Garganta tapizada de endrinos. Era normal que en nuestra infancia, cuando el atardecer dejaba caer sus sombras, todo nos pareciera más irreal de lo que auténticamente era. A ello hemos de unir la prodigalidad de nuestra mente infantil, ansiosa de investigar, de abrirse a realidades diferentes, de vagar por terrenos donde nadie antes hubiera habitado.

¿Lo recuerdas? La Serranía, anejo de Santa Lucía de la Sierra, partido del Barco, provincia de Ávila. Así rezaba el cartel a la entrada del pueblo. Y cada verano cuando el coche de mi padre terminaba su ruta por aquella temible carretera llena de curvas y llegaba por fin, siempre giraba lentamente mi cabeza y releía despacio el cartel mientras el coche avanzaba por la calle de Abajo. Era como si pretendiera fijar en mi mente el hecho de que ya estábamos allí, de que era verano, de que se acababa el tedioso colegio y comenzaba ese territorio feliz de las vacaciones. Vacaciones en un lugar con poco más de veinte casas, donde a lo largo de todo el año vivían alrededor de diez personas y donde en plenas vacaciones no nos juntábamos más de treinta almas.

Era frecuente que tú hubieses llegado algún día antes. Me esperabas expectante, sentada en el poyete de la entrada de la casa de mi abuela. Te abalanzabas al coche, nos quedábamos mirándonos el uno al otro y enseguida salíamos corriendo para llegar a no se sabe dónde. Lo normal era que cogiéramos las bicicletas y nos lanzáramos a pasar horas sobre ellas, derrapando en las curvas, subiendo a Los Loros y luego dejándonos caer a todo trapo. ¡Cuántas veces nos desollamos las rodillas en nuestras estrepitosas caídas! Mi abuela tenía que sacar el bote de árnica, aquella planta guardada en alcohol, ¿o era aguardiente?, que realizaba el milagro de dejarnos listos en unos minutos para continuar con nuestras locuras. Siempre recordaré con un cariño especial aquel día en que mi abuela no estaba y tú insististe en curarme. Con tus pocos años te dabas maña para el asunto, una pena que con el tiempo no te hayas orientado a la medicina o la enfermería. Querida amiga, el mundo se ha perdido una gran profesional para curar rozaduras.

¡Cuántos recuerdos! A la mañana siguiente de llegar, acompañaba a mi padre hasta la piscifactoría de La Aliseda. Allí comprábamos unos cuantos kilos de truchas y esa misma tarde la abuela la pasaba entera limpiándolas, cortandolas en trozos, friéndolas y escabechándolas. Luego se guardaban en una olla enorme y así teníamos para todo el verano. Me encantaba voltear la olla para que el escabeche se mezclara bien y luego levantar la tapa para olerlo. Pesaba tanto que en más de una ocasión estuve a punto de desparramar todas las truchas por el suelo, mientras la abuela me regañaba nerviosa. Después de tantos años, aún tengo ese olor presente como si ahora mismo estuviera en mi nariz. Los olores, qué placer y qué tortura para los que tenemos un olfato muy desarrollado. Quien me iba a decir entonces que mi vida profesional derivaría hacia el mundo del perfume, oliendo y seleccionando esos aromas que luego invadirían las calles sobre los cuerpos de las personas que las transitan. Cuántos aromas diferentes teníamos en aquellos veranos. El de los regueros de agua reblandeciendo la hierba que nacía en su fondo. El del heno recién cortado cuando desbrozaban las huertas. El de las manzanas tempranas. El de las moras que manchaban con su jugo nuestras pequeñas manos. El de las boñigas de las vacas que poblaban todas las calles del pueblo. El de la leche en las cántaras mientras esperaban, cada mañana, el camión que las recogiera. El del plato de los embutidos, convenientemente tapado con un limpísimo trapo bordado con las iniciales de mi abuela. El de las bollas de pan recién horneado cuando nos las daba el panadero desde su furgoneta de reparto, esa que cada mañana casi nos despertaba con su inmisericorde claxon para avisar de su llegada. Los olores definieron una buena parte de mi infancia. Tú no eras buena con ellos. Me superabas en muchas cosas. A pesar de ser chica, me ganabas con la bici, eras más fuerte que yo, eras más extrovertida. Pero con mi capacidad para oler no podías. Siempre te sorprendía que pudiera avisarte mucho antes de que Gus llegara desde sus excursiones amorosas. Y no por sus ladridos sino por su olor que yo detectaba cuando aún ni siquiera había enfilado nuestra calle.

Fueron muchos veranos. Pero ninguno como el de 1999. Yo iba a cumplir diez años, a ti aún te faltaba algo más para llegar a ellos. Fue el año en que establecimos amistad con Julián, aquel viejecillo del que nos habíamos prometido no volver a hablar. Pero hoy no tengo más remedio que hacerlo. Tras tantos años aun me corroe por dentro todo lo que pasó. Sé que ambos hemos cumplido y durante todo este tiempo no hemos mencionado aquel terrible asunto, pero ya no puedo más. Hay algo que me impulsa a recapitular sobre todo lo que pasó. Dejarlo escrito, contártelo. No te enfades conmigo, por favor. Yo creo que ya ha pasado el tiempo suficiente como para que ambos podamos si no superarlo, al menos integrarlo en nuestras vidas como una parte de las mismas. Una parte de la que quizá no nos sintamos orgullosos, pero que forma parte de nosotros. Espero que lo entiendas.

Pero antes de seguir con ese asunto, déjame que recapitule un poco más sobre aquellos días. Son mis mejores recuerdos. Mi abuela, mi pueblo… Qué afortunados fuimos de pasar aquellos veranos de la infancia en un lugar como aquel. Reconozco que cuando mis padres se marchaban a Madrid tras el fin de semana o al terminar sus vacaciones, y yo me quedaba con la abuela, me invadía una cierta tristeza. Veía el coche salir de la huerta y enfilar por la calle de Abajo hasta incorporarse a la carretera. Corría tras él mientras algunas lágrimas pugnaban por salir. A veces llegaba hasta el cruce de Santa Lucía y lo veía perderse por la cuesta del Reguero camino del Barco. La abuela me seguía gritando, “Martín, ten cuidado, a ver si va a venir algún coche. ¡Vente ya mismo para casa!”. Yo volvía cabizbajo y la abuela se esforzaba en consolarme, “sabes que tienen que trabajar, solo pueden venir los fines de semana y luego cuando se cojan las vacaciones”.  Sacaba la cena y entre algún trozo de lomo y alguna trucha escabechada, la tristeza se iba difuminando. Yo adoraba a mi abuela, y ella me quería con locura. Dormíamos en la misma habitación. Dejaba una lamparilla encendida para eliminar mis miedos. Para que no alumbrara mucho la tapaba con un trapo. Recuerdo el susto que nos llevamos una noche en que por el calor de la lámpara el trapo salió ardiendo. Mientras intentaba dormirme o me hacía el dormido, la oía rezar susurrando. Como las dos camitas en las que dormíamos estaban cerca, me agarraba la mano desde la suya para que no me diera miedo. Los ruidos de la casa me impresionaban. La habitación estaba en la planta intermedia y por encima teníamos el desván. La madera del suelo crujía por la noche y parecía que algo o alguien se arrastraba continuamente por el suelo de la planta de arriba. Sería algún ratón, o ruidos lejanos de la casa de los vecinos, ¿quién sabe? La abuela intentaba que yo rezara con ella, trataba de enseñarme el Padre Nuestro o el Ave María, esas oraciones de las que en mi colegio laico nunca me hablaron. Yo trataba de seguir sus palabras para que no se enfadara, pero sin ningún sentimiento especial. Casi nunca terminaba sus oraciones. En algún momento su susurrante voz se mezclaba con un respirar más profundo, señal de que se había dormido. Yo le agarraba aún más fuertemente la mano para ayudarme con mis terrores nocturnos. Y así, poco a poco, me vencía el sueño. Por la mañana la abuela se levantaba pronto. Yo iba desperezándome conforme la luz entraba por la ventana del Casarón y la oía trastear por la planta de abajo. Cuando bajaba tenía mi desayuno preparado. Aquellas magdalenas del panadero de Palacios y las perrunillas que tanto le gustaban. Luego tocaba vestirse e ir a buscarte para lanzarnos a nuestras aventuras. Así era nuestra vida allí.

¡Qué aventuras infantiles! Pero, aquella ¿fue una aventura infantil? ¿algo fruto de nuestra imaginación calenturienta, como hasta ahora hemos mantenido? ¿o fue algo real? ¿real? ¿cómo podía ser real aquello? Pero, si no lo era, ¿cómo dejó en mi cabeza una impronta tan potente? Aún siento el miedo fluir por mis venas y erizarse todo el vello de mi cuerpo cuando recuerdo lo que pasó. Julián, ¡pobre Julián! Recuerdas cómo nos gustaba ir a verlo todas las tardes. El viejecillo salía de Mazalinos y subía por la carretera hasta llegar el punto donde la garganta del Endrinal la rondaba. Entonces se sentaba allí, entre los endrinos y los robles, y dejaba vagar su mente arrullada por el ruido del agua, durante una buena parte del atardecer. Caía la luz y muchas tardes aún esa hora le sorprendía sentado sobre aquella gran piedra, con la mirada perdida quién sabe en qué. Probablemente dejaba vagar su mente entre los recuerdos acumulados durante tantos años. A nosotros nos gustaba sentarnos cerca de él y observarlo. Hablábamos poco. Él era parco en palabras y nosotros apenas unos críos con más capacidad para imaginar, correr y jugar que para mantener sesudas conversaciones. Pero estábamos bien juntos. A pesar de ello, nosotros nos cansábamos pronto y le dejábamos sobre su piedra, oyendo el rotundo fluir del agua de la garganta y sumido en sus pensamientos. Cuántas veces me he arrepentido de haber tenido aquella nefasta idea esa tarde del demonio. Qué me empujaría a convencerte de hacer lo que hicimos. Pobre Julián.

Pero prefiero continuar anotando las cosas de nuestra vida aquellos días. Ello me ayuda a quitar dramatismo al resto de lo que debo contar y que me abruma. Disculpa que siga este método que quizá sea algo desquiciante para ti, pero que a mi me ayuda a bordear la idea principal, rodeándola de tantas cosas agradables como vivimos allí aquellos días.

Mi abuela no paraba de tener relaciones sociales durante los veranos. Todos los atardeceres salía a pasear con varias de sus vecinas y yo la acompañaba. Recuerdo una por una a todas aquellas mujeres. Subíamos por la carretera desde La Serranía hacia Los Loros. Ellas no paraban de hablar contando cosas de su pasado o quejándose de sus problemas familiares o de salud. Pero siempre se reían. Se reían continuamente. La felicidad parecía nutrir aquellos paseos a los que, normalmente, les ponían fin las primeras sombras del anochecer. También venía mucha gente a visitarnos. Recuerdo que de Mazalinos venía el tío Ángel. La verdad es que no sé qué grado de parentesco tenía con nosotros, pero mi abuela lo llamaba así. Era un abuelo, muy, muy viejo; enjuto y hablador. Fibroso y de arrugas moldeadas por aquel sol de montaña y el clima intemperante. Parecía querer mucho a mi abuela y ella le profesaba también mucho afecto. Una tarde nos estaba contando lo que le gustaban las torrijas y que su nuera lo martirizaba no haciéndoselas nunca. Aquella mala mujer parecía disfrutar haciendo sufrir al viejo con uno de los pocos placeres que debían quedarle. Entonces mi abuela, ni corta ni perezosa, le dijo, “no se preocupe usted, tío, que ahora mismo voy a hacerle yo unas torrijas que se va a chupar los dedos. Y cuando quiera comerlas no tiene más que venirse por aquí y pedirlas”. En seguida se puso a prepararlas en la cocina y aquella tarde el tío Ángel se llevó una buena fiambrera llena para su casa. Me imagino la cara de sorpresa de la nuera cuando lo viera llegar con aquel cargamento. Yo nunca me aburría en esos veranos, siempre había algo interesante en qué poner la atención.

También estaban las tardes maravillosas en que bajábamos al pantano. La abuela preparaba una rica merienda, la metía junto con algunos manteles en una de aquellas cestas de mimbre y allá que nos íbamos de excursión. Enfilábamos primero por las huertas cercanas al pueblo y había un momento en que salíamos a un llano algo más amplio, antes de tomar la bajada que nos llevaba finalmente al pantano. La abuela se paraba, respiraba profundamente aquel aroma y siempre decía “¡ancha es Castilla!”. Amaba su tierra, le producía un enorme placer que pasáramos allí los veranos. Este es uno de los recuerdos más dulces que tengo de ella.

¿Recuerdas también cuando se nos ocurrió la insensata idea de recolectar piedras y tratar de venderlas poniendo un quiosquillo con ellas en la huerta? Montamos pancartas anunciándonos entre los árboles, hasta le pedimos una vieja radio a la abuela para poner música que atrajera a los clientes. Lógicamente no vendimos ninguna y fuimos el hazmerreír de los niños mayores durante varios días. Finalmente, alguno de los más graciosos decidió fastidiarnos un poco y una mañana nos encontramos el quiosco destrozado y todas las piedras desparramadas o perdidas. Rabia y tristeza infantil, la más fácil de sobrellevar. Me hubiera gustado vengarme en aquellos momentos, pero no sabía cómo. Y la sensación duraba poco. Al día siguiente el asunto estaba olvidado y ya estábamos concentrados en nuestra nueva peripecia.

Pero, en fin, habrá que seguir con Julián. Voy bordeando el asunto, pero no queda más remedio que entrar en materia. Ya no puedo dejarlo más tiempo. Resulta que una tarde de aburrimiento mi imaginación calenturienta pergeñó algo que no debía pasar de una travesura, pero que finalmente se convirtió en una tragedia. ¡Desventurado día aquel! Debíamos estar demasiado pizpiretos y se nos ocurrió asustar al viejo. Nos ocultamos unos pocos metros por encima de la garganta y comenzamos a hacer pequeños ruidos con las piedras y otros elementos a nuestro alcance. Al principio Julián no se percataba sumido en sus arcanos misteriosos. Pero cuando insistimos con el asunto, levantó avizora su cabeza y comenzó a atisbar lo que podía estar pasando. Se movió asustado y comenzó a buscar la fuente de donde aquello podía provenir. Nosotros estábamos bien ocultos en un lugar poco accesible para él así que no nos descubrió. Pero la sorpresa vino cuando lo oímos comenzar a gritar, “¡ah!, eres tú. ¿Qué me buscas otra vez? Olvídate de mí. Vuelve a las tinieblas donde vives. Deja de perseguirme. Me queda poca vida, poco tengo ya que entregarte”. Nos quedamos estupefactos sin saber lo que podía estar ocurriendo. Julián parecía estar muy alterado. Nosotros dejamos de hacer ruído pero él no cejó en repetir su monodia. Estaba anocheciendo y, al principio, apenas si nos percatamos, pero luego comenzamos a ser conscientes de que algo estaba cambiando en el entorno. Parecía que todo el viento se había calmado. Salvo el perceptible ruído del agua fluyendo por la garganta, no parecía moverse si una hoja. Los robles estaban absolutamente inmóviles. Los endrinos parecían transmitir un silencio espectral. Todo se volvió irreal. Nos entró el pánico y salimos corriendo en dirección al pueblo. Julián no debió vernos entre su mala visión y las sombras del anochecer. Solo quizá nos oyera, lo que contribuyó a aumentar su estado de ansiedad. Aquella noche soñé con robles de hojas inmóviles y endrinos fantasmales; un espacio sin viento o sonido alguno y negras amenazas que se cernían sobre nosotros.

Tardamos algunos días en volver al lugar, pero al final la curiosidad pudo con nosotros. Fue sorpresivo no encontrarnos a Julián en la zona durante los momentos en que nunca solía faltar. Ahí comenzamos a preocuparnos de verdad. Nos fuimos a Mazalinos a buscarlo y su hija nos dijo que llevaba unos días algo alterado y que salía poco, pero que estaba bien. Nos fuimos algo más tranquilos a casa. Deseábamos pensar que aquella travesura había sido algo intrascendente, que la locura que percibimos en Julián y esas sensaciones en el bosque eran más alucinaciones nuestras que una realidad. Intentamos olvidarnos del asunto en los siguientes días, pero pasados unos cuantos volvimos a la zona. Y allí estaba Julián. Nos dirigimos alegres hacia él pero su rostro no invitaba a inducirnos tranquilidad. Tenía la mirada perdida y el rictus contraído. Sus manos aferraban con fortaleza la garrota con la que se ayudaba para andar. “¡Alejaos de aquí!”, nos gritó. “No véis que ella está cerca y puede haceros mucho daño. Yo no le tengo miedo, quiero que venga a por mí de una vez, pero vosotros será mejor que os marchéis”.  Ni que decir tiene que salimos pitando. Nuestras mentes infantiles ya no sabían a qué atenerse. ¿Habría perdido la cabeza a colación del susto que le dimos? Pero la sensación que habíamos vivido en la garganta aquel día nos invitaba a pensar que no todo era locura suya, que había una presencia misteriosa que le causaba aquel estado.

La casa de mi abuela contribuía bastante a mantener mi sensación de miedo permanente. Era una casa de campesinos bastante grande, con tres plantas, paredes de adobe que sustentaban fuertes piedras de granito de la zona y suelos de madera que crujían en todo momento. La construyó mi tatarabuelo, Manuel Hernández, en 1920. De él pasó a la herencia de mi bisabuela y de ella a mi abuela que era la propietaria entonces. Formaba un todo con la del tío Crispín. Ambos debieron decidir construirlas al mismo tiempo en un momento en que algunos de los habitantes de Santa Lucía optaron por mudarse al anejo de La Serranía y las levantaron sobre las casas de ganado que tenían en la aldea. Sobre un dintel de granito que se ubicaba en la ventana principal de la primera planta rezaba grabado “M.H.  1920”. Pero más allá de que, en ocasiones, me pareciera algo misteriosa, la casa me encantaba. Era fresca, y por más que estuviéramos en pleno verano, entrar en ella y sentir una sensación de bienestar era todo uno. La madera la hacía muy acogedora y las ventanas, mirando directamente hacia el circo de Gredos, le proporcionaban una luz y unas vistas espectaculares. Por otro lado, tenía tantas estancias que era fácil pasar el día perdido entre una y otra. La chimenea sobre una gran laja de granito era otro de sus encantos. Si alguna de aquellas noches veraniegas arreciaba el frío serrano, la abuela echaba unos troncos y era un gran placer calentarse con ellos e hipnotizarse viendo cómo ardían. La cuadra estaba llena de madera cortada. Cada vez que se dañaba alguno de los robles, encinas, ciruelos, guindos o manzanos de los prados de mi abuela, la madera iba a parar a la cuadra y de ahí a la chimenea. Era el ciclo de la naturaleza en su mejor expresión.

Una de aquellas noches, con unos troncos de guindo ardiendo en la chimenea no pude resistirme más y le pregunté a la abuela sobre Julián. La verdad es que nunca habíamos hablado de él. Ella no sabía que tú y yo solíamos ir por las tardes al pie de la garganta, al lugar donde él solía relajarse. A pesar de que Mazalinos es una aldea distinta, a casi tres kilómetros de distancia de La Serranía, todo el mundo se conocía y ella, por supuesto, sabía quién era Julián. En un rato me proporcionó todos los datos de su genealogía, quiénes eran sus padres, cuántos hermanos tuvo, con quién se casó, quienes eran sus hijos… Pero yo quería indagar algo más en profundidad y le pregunté si sabía algo más de su vida. “¿Es que has oído algo por ahí?”. Me dijo misteriosa. “No, pero lo vemos muchos días y me interesan sus cosas”, le respondí, ocultándole la verdadera razón de mi interés. Entonces la abuela carraspeó, dibujó en su cara esa media sonrisa pícara que tanto me encantaba y se dispuso a contarnos alguna cuestión que seguro que nos iba a interesar sobre la historia de Julián.

“Julián enviudó pronto de su primera mujer y, según cuentan, al poco tiempo se lió con una vecina que estaba casada con uno de La Zarza. La cuestión es que el marido se enteró. Era un hombre bastante simple, pero su madre tuvo de siempre fama de bruja en la zona y, según cuentan, les echó un embrujo a su nuera y a Julián. Ella murió a las pocas semanas y Julián perdió la cabeza. Estuvo varios meses ingresado en el psiquiátrico de Arévalo y cuando volvió no era la misma persona. Dicen que intentó matar a la bruja en varias ocasiones, pero que ella siempre se zafó. Ya sabes, enfrentamientos de los pueblos que duran años y años. La cosa se tranquilizó, aunque ellos evitaban cruzarse en la calle. La bruja murió hace ya unos cuantos años y, según dicen, Julián comenzó a obsesionarse nuevamente. Decía que le perseguía su fantasma, que venía por las noches a golpearlo. Sus hijas me contaron una vez que no sabían si era porque él se lo imaginaba o por alguna otra razón, pero que verdaderamente le habían visto más de un moratón alguna mañana. Le pusieron un tratamiento y ahí anda el hombre, parece que está más tranquilo”. El que no se quedó más tranquilo fui yo. La conciencia comenzó a fustigarme. Al día siguiente te conté la historia y te quedaste tan impresionada como yo. Nuestras mentes infantiles tenían delante un dilema complicado. Si pensábamos que Julián estaba mal de la cabeza nos quedaba la responsabilidad de haber contribuido a su estado de agitación. Pero lo que habíamos visto en el bosque nos invitaba a darle vueltas a algo que nos daba aún mucho más miedo. ¿Esa bruja existiría de verdad o solo estaba en la cabeza de Julián? ¿Por qué tuvimos aquella sensación de que el mundo se paralizaba, de que algo misterioso estaba difundiéndose por la zona para aterrorizar a Julián y, de paso, a nosotros?

El verano avanzaba. Enfilábamos la segunda quincena de agosto y tocaba celebrar mi cumpleaños. Siempre lo celebraba en el pueblo, ya que caía durante las vacaciones. Mis padres, que solían coger días libres para estar conmigo en esas fechas, preparaban la huerta con todos los aditamentos necesarios. De una rama baja de la vieja perala colgaban una piñata llena de todo tipo de golosinas. Las papelinas de colores inundaban las cuerdas entre los árboles, en el CD del coche sonaba música infantil. En el centro de la mesa colocaban una pequeña mesa y sobre ellas los refrescos y la tarta. No es que aquello fuera mi gran fiesta deseada. Me hubiera gustado más poder contar con mis amigos del colegio, pero la fecha lo hacía imposible, así que eran los hijos de los demás vecinos o de los que veraneaban en el pueblo los que resultaban invitados al evento. No eran muchos, menos de una decena, pero lo suficientes como para llenar de algarabía la tarde en que lo hacíamos. Mi padre conserva los vídeos que grababa y hace unos días los estuve revisando. No había duda, casi todos los años tanto tú como yo éramos un terremoto de actividades en la fiesta, pero en el de 1999 parecía que una aplanadora nos había pasado por encima. Obviamente no podíamos quitarnos de la cabeza el asunto de Julián.

Nos quedaban pocos días para terminar las vacaciones, la primera semana de septiembre había que volver a Madrid y no queríamos dejar aquella historia a medias así que volvíamos insistentemente a encontrarnos con Julián en su escondrijo de la garganta. Después de mi cumpleaños estuvimos visitándolo varios días. Al principio parecía estar más calmado, aunque su rostro denotaba aún un cierto estado de ansiedad. Continuamente examinaba todo lo que nos rodeaba. No había dejado de posar la vista sobre uno de los robles lejanos cuando volvía insistentemente a mirarlo nuevamente. Terminaba siempre invitándonos a que nos marcháramos, “niños, iros, no dejéis que esa bruja os sorprenda. Es muy mala, puede haceros mucho daño”. Y nunca dejaba ya que el anochecer le sorprendiera en la zona. Debíamos haber percibido todas estas señales como un síntoma de peligro, pero no lo hicimos. Y el último día que lo vimos ocurrió la catástrofe. Al principio todo fue discurriendo con normalidad, nosotros andábamos ya confiados saltando entre una piedra y otra, jugando a escondernos entre los gruesos troncos y corriendo sorteando todos los regueros del agua. Julián parecía tranquilo apoyado sobre su cachaba con la mirada perdida en lo más recóndito del bosque. De repente comenzamos a oír voces susurrantes, pero no entendíamos nada de lo que decían. Julián comenzó a alterarse y a dar mandobles en el aire con su garrota. El terror nos invadió de nuevo. Comenzamos a sentir la falta de atmósfera, igual que lo hicimos el primer día. El viento se calmó, hasta el agua de la garganta pareció detenerse. De aquel viejo roble que Julián había estado mirando fijamente pareció salir una sombra que rodeó al viejo. A nosotros nos pareció que se oía una carcajada de alguien que no parecía ser de este mundo. “Iros, hijos, iros… Va a acabar con todos”. Tú y yo nos miramos asustados y salimos pitando de allí. Agarramos las bicicletas que habíamos dejado en la carretera y salimos disparados para La Serranía. Llegamos a casa más que alterados y gritándole a mi abuela, “abuela, abuela… Julián… le pasa algo… en el bosque… hay algo malo, una sombra… ¡hay que hacer algo!”. Mi abuela intentó tranquilizarnos, buscó en su agenda el número de teléfono de la hija de Julián y la llamó. Le contó lo que le habíamos dicho y la hija debió salir de inmediato para buscar a su padre en la garganta.

Ya no supimos nada más hasta el día siguiente. No sé si tú pudiste dormir aquella noche, pero yo no pegué ojo. Si acaso me vencía el sueño en algún momento, en seguida aparecía una sombra fantasmagórica que emitía una risa como salida del averno. Y cuando nos levantamos vino el mazazo. Mi abuela, intentó tranquilizarme, “estate tranquilo, ha paso algo muy malo, pero ya no se puede hacer nada. Han encontrado el cuerpo de Julián, estaba ahogado caído en una de las pozas de la garganta. La guardia civil dice que parece haber sido un suicidio”. Creo que casi en pijama me fui corriendo a buscarte para darte la noticia, aunque tú ya también lo sabías. Estabas llorando desconsolada. Nos abrazamos y yo eché también a llorar.

La familia de Julián intentó alejar la hipótesis del suicidio, insistiendo en que lo normal es que se hubiera resbalado y caído. Los guardias civiles no insistieron, por lo que no hubo autopsia. Como yo estaba muy afectado mis padres vinieron por mí esa misma tarde y me fui con ellos a Madrid. Mi abuela se quedó unos días más en el pueblo para recoger la casa. Cuando nos despedimos tú y yo, nos prometimos no volver a hablar nunca más del asunto. Y así fue, el año siguiente y los próximos veranos transcurrieron con su parsimonia habitual. Pero ya fueron pocos, en cuanto cumplí los trece años mis padres comenzaron a mandarme a campamentos de verano y siempre hacíamos también algún viaje juntos con lo que mis días por La Serranía se acortaron mucho y ya no siempre coincidíamos. Como tus padres no vivían por Madrid, la familiaridad de nuestras vacaciones desaparecía el resto del año. Nos fuimos distanciando y ya nunca más volvimos a hablar de este asunto. No nos hemos visto demasiado. Ya de adultos cada uno ha seguido su vida, pero guardo el mejor recuerdo de aquellos veranos y hay una oscura sombra que me vence frecuentemente. Siempre que pienso en Julián y en lo que pasó aquellos días. La explicación oficial era clara. El viejecillo había perdido la cabeza y en el estado de alteración en que se encontraba aquella tarde debió dar un traspiés y caerse a la poza. Pero yo no puedo olvidarme de lo que vimos, sentimos y oímos en aquel lugar. Allí había algo, una presencia maligna que alteraba las cosas y que se llevó a Julián al otro mundo. Y, lo peor, no puedo dejar de pensar que fuimos nosotros, con nuestra broma, quienes despertamos aquello que lo llevó a la tumba, fuera algo real o que existiera solo en la mente del viejo,

Discúlpame si mi narración te ha alterado. Quizá tú ya lo hubieras olvidado todo y esto solo te esté trayendo recuerdos infelices y miedos pasados. Pero yo necesitaba ordenar en mi cabeza el tema. Me apetecería un montón que nos viéramos este año por las fiestas del pueblo y recapituláramos ambos sobre nuestros recuerdos. Quizá eso contribuya a traernos algo de serenidad.

Tu amigo, Martín.


Nota del Autor. Esto es una narración de ficción sobre un tapiz de lugares que existen y son como se describen. También son reales algunos personajes, e incluso algunas de las cosas que suceden. Pero, para tranquilidad del lector, toda la trama principal es pura ficción, producto de la mente calenturienta del autor.

Humilladero (Málaga) – La Serranía (Ávila) – La Cala de Mijas (Málaga), agosto de 2019.

 

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