La ruta del odio

Mario sentía como el odio se adueñaba del escenario de su vida. Era como un aguijón que horadaba lenta, pero minuciosamente su piel, sus músculos, sus órganos vitales. Pero no se trataba de un odio cualquiera, abstracto, retórico. Era algo más que concreto. Personal, directo. El odio le daba fuerzas cada día, le mantenía en pie con toda su energía disponible y orientada hacia un solo fin, el menoscabo de su enemigo, de aquel que antaño fue su amigo, su hermano, su compañero inseparable y que ahora representaba para él lo peor que la esencia humana podía aportar.

Odiaba porque existía. Solo la muerte podía acabar con aquel sentimiento ingrato, feroz, brutal, amargo. El odio surgía de su interior, como una fuente inagotable de rencor. Aquella voz martilleaba su cabeza a cada instante, “¡odia!”, “¡agrede!”, “¡insulta!” La voz solo se callaba cuando notaba que sus palabras habían herido a su enemigo, cuando un whatsapp o un tuit denotaban que le había hecho perder su calma habitual, su asquerosa serenidad, tan practicada como fingida.

Y es que David representaba todo lo que querría destruir del mundo en que vivía. La aceptación del statu quo, la normalidad, el éxito social. Todo. Cada cosa que se desprendía de los poros de su antiguo amigo constituía para él una afrenta personal. No podía soportarlo. Al principio todo se quedaba en sus adentros como una especie de polvos infernales que le infectaban lentamente. Cada día el veneno iba en aumento. Cuando se cruzaban por la calle o hablaban por teléfono el odio se manifestaba en gestos desabridos y palabras agrias. Pero David parecía no verse afectado. Seguía invitándolo a tomar unas cañas en el bar, lo buscaba de vez en cuando para dar un paseo.

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David y Mario se conocían desde siempre. Fueron al mismo colegio y todos los recordaban juntos desde niños. Hasta sus primeros lances amorosos diríase que los hicieron en común. Se ennoviaron a la vez y, con sus respectivas parejas, salían juntos todos los fines de semana. Ambos comenzaron a estudiar una ingeniería en la universidad de la capital de su provincia. Cuando les llegó ese momento se fueron del pueblo, alquilaron un piso en la ciudad y allí compartieron todos los avatares de la vida estudiantil. Mario descollaba por su inteligencia. Parecía que las cosas no le costaban y aprobaba los exámenes casi sin esfuerzo. David sustituía su menor talento con una voluntad ilimitada. Pasaba horas y horas estudiando y, finalmente, aunque con mucho más esfuerzo que Mario y con bastante peores notas, terminaba aprobando.

Sea por aquella razón o por cualquier otra, la cuestión es que Mario se acostumbró a que las cosas eran fáciles para él. Lo fue relegando todo para mañana. No buscaba trabajo, no se esforzaba en actualizar sus conocimientos… En general se entregó a una cierta molicie. David, mientras tanto, era puro tesón. Tras terminar los estudios se unió a otros compañeros de la facultad y montó una pequeña empresa que enseguida comenzó a crecer hasta convertirse en un proyecto de cierta relevancia. Pasaba todo el tiempo ocupado, su vida se enfocó totalmente hacia el trabajo y ese escenario les fue separando poco a poco.

David recriminaba a Mario su falta de empuje. “Te sobra talento, pero lo dilapidas”. Lo que comenzó siendo un simple comentario de amigos, que se diluía entre las cervezas de la noche del sábado en algún pub, fue convirtiéndose en un abismo que los fue separando. La vida de David se fue copando con las actividades de la empresa, por lo que el tiempo que pasaban juntos cada vez era menor. Mario caía en un pozo sin fondo aparente de insatisfacción. Apático, sin ilusiones, desencantado de la vida que llevaba, comenzó a ver en su amigo todo lo que él le faltaba.

David, apenado del amigo y queriendo ayudar le ofreció trabajar en su empresa. Aquello fue la gota que desbordó el vaso de agua. Todos los sentimientos de envidia se dispararon en Mario. Solo podía pensar en que su amigo menos inteligente, era ahora su jefe, que además él era quien aportaba inteligencia, siendo mal tratado con su salario. Todo contribuía a hacer que la olla bullera cada vez más fuerte.

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Cuando vinieron las voces las cosas comenzaron a tomar otra dimensión. Para Mario fue como si su odio ya no partiera solo del fondo de su ser, sino que brotara de algo externo más grande y profundo. Una sima abisal donde se concentraba el mal más abigarrado, personificado en una extraña criatura invisible que solo se manifestaba golpeando su cabeza con aquellas órdenes tan rigurosas. “Debes acabar con él”, “no merece vivir”, “solo alcanzarás la calma cuando él desaparezca”.

Dejó de comer con normalidad, cayó en la falta de aseo. No dormía regularmente, desatendía el trabajo, gritaba exacerbado ante el más mínimo contratiempo. Todo ello alarmó a quienes lo rodeaban. Se negó a recibir asistencia médica, pero, tras mucho insistir, sus padres consiguieron llevarlo al psiquiatra. Tras la evaluación del caso, el diagnóstico no pudo ser más atroz. Un brote psicótico que podía derivar en una esquizofrenia paranoide con facilidad si no recibía el tratamiento adecuado.

Así comenzó lo peor para él. Notaba como la medicación se había ido adueñando de todo su ser. Las voces no habían dejado de sonar, solo hablaban más despacio. Con un tono tan bajo que no podía percibir sus instrucciones. Esto le sacaba de quicio. Sabía que tenía que obedecer sus órdenes, pero no podía oírlas. Tenía que librarse de todo aquello, salir del caparazón que lo envolvía.

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Una noche, cuando llevaba algo más de un mes ingresado fue consciente de que la sombra de la muerte se cernía sobre él. En su desesperación por liberarse percibió como dejaba de respirar, como cada célula de su cuerpo se paralizaba, como el aliento vital lo abandonaba. Se sabía muerto, pero tenía una vaga percepción de sí mismo. Se sentía como una especie de hálito maligno, una sobra oscura que salía del cuerpo y en la que iba su capacidad de sentir y, lo mejor, de odiar. Se vio libre. Sin límites, aquella sombra infernal podía desplazarse por el espacio como si la resistencia a su movimiento no existiera. Primero sobrevoló por encima de su cuerpo tendido sobre la cama que había habitado en el manicomio. Con unos minutos de entrenamiento transitó por los pasillos y las salas. Salió del edificio y se confundió con el cielo oscuro de aquella noche sin luna. El odio le empujaba, era como un viento de cola que le hacía volar por las calles y los tejados en busca de lo que más deseaba. Todo su afán se centró en llegar a la casa de su amigo. Sentía como si al haberse liberado de su cuerpo, todo un conjunto de sensaciones, de sentimientos, de pensamientos superfluos hubieran desaparecido. Solo era un ser guiado por un único sentimiento, el odio. Todo lo demás había desaparecido. Era un soplo del infierno, un viento maligno que barría a su paso cualquier cosa que le desasosegara. Era el puro mal, la capacidad de destruir personificada en ese hálito satánico que corría con presteza buscando su objetivo final.

En su vagar errante, llegó a la casa de David. Como era puro aire no tuvo ninguna dificultad para entrar por la rendija de una ventana. Buscó la cama del amigo que dormía, lo rodeó con su etéreo manto de maldad y aspiró su vida. Y cuando fue consciente de que el último aliento vital de su objetivo se había desvanecido, todo fue desapareciendo. Notó como poco a poco su consciencia se desdibujaba entre las sombras oscuras. Y entonces dejó de sentir, todo desapareció.

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Informe clínico
Dr. Sánchez Rupérez
Unidad de agudos – Psiquiatría
Hospital Provincial

El paciente Mario Lozano Gómez ingresó en este hospital psiquiátrico el 6 de julio de 2018. El equipo médico que realizó la anamnesis diagnosticó un brote psicótico original que había degenerado en una psicosis esquizofrénica de rasgos paranoides que se encontraba en fase aguda. Mantenía un persistente delirio cuyo principal foco se centraba en una tenaz actitud de odio hacia un antiguo amigo. Refería voces internas que le incitaban a actuar contra la persona odiada. En general, todos los aspectos arquetípicos de la clase de esquizofrenia mencionada.

Se le prescribe Clozapina con la pauta de toma habitual: 25 mg. en dos tomas el primer día, 50 mg. el segundo y 100 mg. a partir del tercero durante 15 días.

El sexto día de la toma el paciente entra en estado cataléptico sin que hasta el día de hoy (a dos semanas del hecho) se haya recuperado del mismo. Se le regula el antipsicótico a 50 mg. diarios.

No se aprecia hasta el momento ningún cambio en el estado mencionado. El paciente recibe visitas habitualmente tanto de sus padres como su amigo David Hernández sin que se aprecie ninguna alteración en su catalepsia al producirse dichas visitas.

Si el estado persiste en los próximos días procederemos a retirar el tratamiento antipsicótico y se le mantendrán las dosis habituales de relajantes musculares continuando en observación.

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