A colación de Madrid (1)

La abultada victoria de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones a la Comunidad de Madrid del 4 de mayo debe motivar algunas profundas reflexiones. Y, sobre todo, debe hacerlo en los partidos que se han visto arrollados por el fenómeno de la intrépida líder madrileña del PP. En este artículo expondré mis puntos de vista al respecto. Algunos de ellos los llevo manteniendo desde hace bastante tiempo sin que observe cambio alguno al respecto. Otros derivan más concretamente de las elecciones de ayer.

Comenzaré por mencionar una situación que se produce desde siempre, pero que en los últimos meses toma ya un tinte que a algunos nos desespera. Me refiero a cómo se utiliza la criminalización del contrario en la política. Podríamos decir que esto no es nuevo. Ciertamente no podemos dejar de recordar el acoso a que el PSOE sometió a Adolfo Suárez. O las tremendas diatribas con que el hoy moderado Alfonso Guerra sometía a cualquier político, estuviera a su izquierda o a su derecha. Tampoco se nos escapa el modo de hacer política que se instituyó desde el inicio del aznarismo. Una derecha ya libre de sus complejos históricos y dispuesta a difuminar intelectualmente el dominio histórico de la izquierda en el ámbito de las ideas.

La histórica refriega que se produce a raíz de los atentados del 11-M deja ya las espadas mucho más altas. La izquierda abandona el olvido a que el largo periodo de Felipe González sometió a algunos de sus leit-motiv clásicos. Y la derecha le realiza a Rodríguez Zapatero una de las oposiciones más virulentas que se han vivido desde el inicio de nuestra democracia.

Pero, desde mi punto de vista, la cima de esta escarpada montaña se produce con la irrupción en política de Pablo Iglesias. Pedro Sánchez en el PSOE o Isabel Díaz Ayuso en el PP no son más que epifenómenos del modelo del maestro. El empleo de los medios de comunicación y las redes sociales para exponer unas ideas como si fueran las únicas racionales ha sido uno de sus marchamos. Pero, con ello, en lugar de alimentar la duda, la reflexión serena, las estrategias prudentes lo único que ha conseguido es que el enemigo político haya aprendido la lección. Y hoy, la alumna Díaz Ayuso ha derrotado por goleada al maestro Iglesias.

A uno le gustaría pensar que con el incremento de la cultura en las sociedades la democracia gana. Que conforme la gente está más formada, el pensamiento crítico y la toma de decisiones fundada en razones van a más. Para nuestra desgracia no es así. Hoy somos sociedades más manipuladas que nunca. Por todos lados y en todas direcciones. Y en política los partidos llevan tiempo optando por mover a sus votantes a través de los afectos frente a hacerlo con argumentos racionales. Y, dentro de este ámbito de cosas, la criminalización del oponente es la clave que todos (o casi todos) suelen emplear. Véase en esta última campaña la escasa difusión de programas que se ha realizado. En cambio, lo que hemos tenido ha sido un continuo rifirrafe que, aunque surgido de los extremos Vox-Podemos, ha contagiado a casi todas las fuerzas en liza.

Ello parece relativamente natural en candidatos con Iglesias, Monasterio o Díaz Ayuso. En ellos tres estamos acostumbrados a su vocerío habitual. A la transmisión de eslóganes buscando el asentimiento. Se trata de decir cualquier cosa que quieran hacer (Díaz Ayuso, bajar los impuestos, Iglesias, reglar el precio del alquiler o Monasterio, cerrar las puertas a la inmigración irregular), pero sin explicar cómo lo pueden hacer. Una especie de guiño al sol que exalta los ánimos del oyente y le sugiere que, una vez cumplidas esas promesas, va a entrar en un universo onírico donde todos los problemas de su vida se van a resolver. Pero no es así.

Cada medida a tomar afecta de modo complejo a muchos intereses y, precisamente, una actitud pragmática implica intentar llegar al puerto que nos hemos planteado como el adecuado intentando seguir líneas de acción que no pisen demasiados callos. Porque la democracia, queridos lectores, es así. Si hoy le pisamos los callos a un segmento de la sociedad, mañana las urnas nos devolverán doblada la afrenta.

Por eso, cuando uno ve a candidatos como Ángel Gabilondo hablando del trío de Colón o arengando a la lucha antifascista, se queda de piedra. A ese honesto catedrático de metafísica uno se lo imagina como un hombre de ideas, un conversador ejemplar, un tipo inteligente, alguien que lee sentado enfrente de su chimenea. Y de repente me lo lanzan a soltar eslóganes propios de adolescentes cuya misión no es otra que la de enardecer los ánimos de la multitud en lugar de convencer con propuestas sensatas. No es de extrañar su batacazo electoral.

Digamos que a votantes como yo, que esperan de él algo mucho más centrado, definido, sensato, se le cae el alma a los pies cuando se encuentra con estridencias como las mencionadas. Y, desde luego, al votante joven, ese nuevo izquierdista que está en los inicios de su vida política y que tiende a buscar propuestas radicales, pues tampoco. El viejo catedrático de metafísica debe recordarles al profesor que puede evaluarlos e incluso suspenderlos. Por eso Mónica García le ha robado la cartera de este último auditorio.

En el escenario de la política han irrumpido personajes del mundo del marketing y la comunicación, al estilo de Miguel Ángel Rodríguez con Díaz Ayuso o Iván Redondo con Sánchez (sí, sí… Sánchez, esta campaña en Madrid ha sido más de Sánchez y su equipo que del propio Gabilondo). Y, por supuesto, la propia Díaz Ayuso o el propio Iglesias, buenos especialistas en la materia. Ello ha supuesto que la idea de vender el proyecto al estilo de como lo hace el marketing se haya sobrepuesto a la tradicional confrontación de ideas y proyectos políticos. Una frase, en este nuevo contexto, hace mucho más que la presentación de un programa o el ponderado discurso de un candidato.

Presentación heroica de la figura del líder y conjunto de eslóganes dirigidos a denostar a los contrarios. Se trata de lanzar eslóganes, frases simples pero impactantes sobre las propuestas propias. De ahí el empleo continuo de términos tan sangrantes como «la rata» para referirse a Pablo Iglesias, «los fascistas» o «los comunistas» para presentar de forma simplificada y peyorativa a los enemigos. Y, quizá lo peor, el intento de ridiculizar al conjunto de votantes de un partido, como por ejemplo el apelativo de «tabernarios» que el irreductible Tezanos ha lanzado para los votantes de Díaz Ayuso.

Y, por supuesto, toda esa maquinaria de simplificar para mejor acceder a un electorado cuya mente está cada vez más ocupada con los montones de cosas que nos afligen, se manifiesta también en la simpleza de las propuestas. Cuando se repite machaconamente lo de bajar impuestos o se remarca la palabra «libertad» de continuo, sin especificar a qué tipo de libertad hacemos referencia, solo se busca impactar con cosas simples, recordables, fácilmente identificables. Ese ha sido el punto fuerte de Díaz Ayuso, algo que ha resultado muy atractivo a muchas personas.

La sencillez del mensaje para muchos supone un plus frente al modo de ver las cosas algo engolado de otros políticos. Dar la imagen de una muchachita frágil, pero que saca las garras para defenderse, con una dialéctica hasta poco brillante ha sido un éxito. Ello representa una imagen con la que muchos se identifican, una imagen en la que muchos se ven reflejados.

Ahora bien, ¿es que son los madrileños absolutamente tontos? Por supuesto que no. En Madrid se aglutina uno de los colectivos sociales más culto, dinámico, tolerante, multicultural y abierto de los que pueblan España. Si ha aplastado Díaz Ayuso lo ha hecho merecidamente, porque ha sabido atraerse con su modo de hacer las cosas la simpatía de una gran parte de ese colectivo. Por eso es algo absolutamente vil (y, además, estúpido) insultar al electorado, como están haciendo algunos políticos (por ejemplo, la vicepresidenta primera del gobierno).

Ahora tenemos que oír frases del tipo «que se aguanten si han votado eso», «es que no saben lo que votan», o la sempiterna «eres más tonto que un obrero de derechas». ¡Dios! ¡qué hartazgo! Parece que no entendemos nada. La democracia implica que el pueblo es soberano y, por eso, mal que les pese a algunos, hay que respetar sus decisiones. Y, de paso, felicitar al candidato ganador, cosa que vergonzantemente parece que eludieron sus oponentes políticos el día de las elecciones.

Y, sí, no voy a hablar mal de Díaz Ayuso. Por muchos motivos. El primero porque tiene todo el derecho del mundo a tener su programa político, presentarlo al auditorio e intentar que cale entre la gente. Lo segundo porque lo ha hecho y ha ganado. Y como parto del punto de vista de que las personas no son absolutamente imbéciles tiendo a suponer que algo habrá presentado al electorado para haber ameritado que se le vote. Ojo que el PP no es el coco, es el proyecto político preferido de más o menos media España. Yo prefiero otras opciones, pero el respeto al ganador de unos comicios como estos debe ir por delante de cualquier otra consideración.

Para ir terminando esta primera parte, me gustaría comentar también otro de los efectos colaterales preocupantes que han tenido estos sufragios. Me refiero al batacazo electoral de Ciudadanos a través del escaso porcentaje de votos obtenido por sus candidato Edmundo Bal. Desde mi punto de vista, un proyecto político como el representado por Ciudadanos es absolutamente imprescindible en nuestro país. Un centro liberal que medie entre las dos alternativas clásicas conservadora y socialdemócrata me parece clave a la hora de mantener estable y centrado el panorama político.

Por otro lado, Bal es un candidato de primer orden. Probablemente el más capacitado entre los que se han presentado. Abogado del Estado con uno de los primeros números de su promoción y servidor público que ha hecho de la dignidad de este servicio su lema de vida. Alguien que lo mismo fue azote de la Gurtel para el PP que de los independentistas catalanes. Alguien cuya firmeza no fue bien vista por el gobierno de Sánchez que lo cesó de sus funciones. El mensaje no frentista que ha manejado durante toda la campaña, la política de moderación de su partido, el hecho de intentar permanecer en un espacio de centro equidistante tanto de la derecha como de la izquierda le ha pasado factura en una sociedad altamente polarizada. Una pena.

En resumen, lo que hemos de hacer quienes nos consideramos parte de la opción perdedora es analizar qué anda mal como para haber tenido un tan sonoro batacazo. Más trabajo interno y menos andar ahora criticando a la población de Madrid por no habernos elegido a nosotros. Parece que el PSOE anda algo desnortado y a Pedro Sánchez cada vez se le ve más alambicado, haciendo solo apariciones de plástico en los medios, sin que su mensaje resulte atractivo para casi nadie. O quizá lo sea solo para un parte de su militancia y para el votante medio de Podemos, pero no, desde luego, para la masa de votantes socialistas que han llevado al PSOE al poder en otras ocasiones.

Y un PSOE que no gana en Madrid, Andalucía o Cataluña no podrá gobernar nunca España. Y que conste que digo todo esto no con saña, sino con pena, con la pena de ver hundirse el proyecto político en el he creído históricamente y por el que he votado en un 90% de las ocasiones. Pero creo que esto merece una reflexión más amplia y la abordaré en la segunda parte de estas consideraciones.

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